Apelo a la intimidad

7 de enero de 2026

Apelo a la intimidad, a ese hueco en el que te dices tantas cosas que creías, pensabas, sentías; tantas cosas que estabas dispuesta a olvidar o contar. Pero entonces llega un día en el que todo lo que eras carece de sentido. Te has ocupado tanto de borrar, de eliminar los días, ese personaje que apenas reconoces, que de buenas a primeras hay impulsos que solo saben sostenerse en el aire. Nada más.

Yo iba a decir, yo iba a contar, yo quería, yo intentaba, yo era esto y aquello; no me gustaba, me encantaba, me causaba rechazo, me atraía, me apasionaba, me dejaba indiferente.

¿Quién eres ahora? ¿Quién eres de verdad? Una idea que se mueve con pies ligeros, una sensación que fluye y que lanza su ancla en aguas turbias, extrañas.

Un olor, una visión, una imagen descolorida, desvaída, un paso de baile anticuado. Todo eso eres y te sientes bien, te sientes encontrada en tu maraña de neuronas vivarachas.

Apelo a la intimidad para narrar lo que no tiene palabras. Ya no las tiene y esa es la verdad. No fue el deseo de olvidar o el deseo de cambiar; es solo que pasa el tiempo y es mucho tiempo, a la vez que demasiado estrecho. Se aglomeraron los hechos, los recuerdos repintados por la memoria imaginada.

Apelo a la intimidad para hablar de mi presente. Me siento incapaz de asirlo, pues no soy una recién nacida. Tampoco puedo decir que he muerto y he vuelto a nacer como rumorean los manuales de psicología.

Es este el rincón en el que te mueves, el hueco de tu alma en el que anidan las indefiniciones. Sin meditaciones ni actos que requieren respirar en un ritmo controlado. ¿De qué te sirve aguantar o controlar la respiración durante diez minutos —los que dicten aquellos sabios— si luego te pasas el resto de las horas jadeando como un jamelgo en un desierto? ¿Dónde van el enfado, la ansiedad, la angustia, cuando meditas para evitarlos?

Soy el tú y el yo danzando una chacona, una polka, un vals trasnochado. No primeras, ni segundas ni terceras personas. ¿Sería posible aludir a quien hace las cosas sin designarle una identidad? Pues ese, esa, eso, es lo que escribe esto: un susurro entre las piedras, un copo de nieve que no cuaja, el azul del cielo sobre la bruma en un día de invierno. Arriba el sol escondido, abajo las montañas vestidas de blanco.

No creas que lo tengo organizado. Esto ha salido de una simple expresión que surgió de la imagen: apelo a la intimidad. A eso apelo.


Y sigo, como el que se remonta al siguiente movimiento de una pieza musical.

Es la misma sensación que en un sueño, la misma que sucede después del zambullido en el agua, donde no se oye nada.

Anoche soñé muchas cosas, como en las pasadas noches. Pero anoche soñé que abría una puerta en un muro que cercaba una población y entonces se abrían las aguas en el interior de ese vano de puerta que había abierto. No me quedó más remedio que aceptar la circunstancia y penetrar las aguas. Durante lo que me parecieron minutos nadé, nadé, braceé buscando la luz que me señalara la superficie. Y veía la luz y sentía que estaba cerca. ¿Crees que estaba angustiada? Realmente no. Y eso era lo que sorprende. Quizá si saliera a la superficie finalmente, no lo sé. Dejé que el sueño se fuera, cuando desperté, como se van normalmente todas las ideas.


Escuchaba hoy viernes, 9 de enero de 2026, esta pieza de Hildegard von Bingen intepretada por Marion Frère y Balthazar Naturel y me dije que la incluiría en esta entrada. Aquí está:

Mutabilidad (con P. B. Shelley)

Aquí estoy de vuelta, con el deseo de que la entrada de este año nuevo os haya sido amable.

Quiero compartir uno de los poemas de Percy Bysshe Shelley (1792-1822) a los que llamó Mutability, y voy a hacerlo intercalando tres dibujos de mi cosecha en el texto. Al final de esta entrada dejo su traducción en español por Juan Abeleira (1991) que aparece en el volumen publicado por Ediciones Hiperión (edición bilingüe).

Mutability

I

The flower that smiles to-day
To-morrow dies;
All that we wish to stay
Tempts and then flies.
What is this world’s delight?
Lightning that mocks the night,
Brief even as bright.

II

Virtue, how frail it is!
Friendship how rare!
Love, how it sells poor bliss
For proud despair!
But we, though soon they fall,
Survive their joy, and all
Which ours we call.

III

Whilst skies are blue and bright,
Whilst flowers are gay,
Whilst eyes that change ere night
Make glad the day;
Whilst yet the calm hours creep,
Dream thou — and from thy sleep
Then wake to weep.


Mutalibilidad de Percy Bysshe Shelley, traducido al español por Juan Abeleira:

I

La flor que hoy sonríe
mañana morirá.
Lo que ahora anhelamos
incita y luego escapa.
¿Y el gozo de este mundo?
El relámpago engaña
con su breve fulgor
a la noche sombría.

II

¡Qué frágil la virtud!
¡Qué escasa la amistad!
Amor vende su dicha
a cambio de la angustia.
Y aunque pronto sucumben,
nosotros pervivimos
a su goce y a todo
lo que llamamos nuestro.

III

Mientras los cielos brillen,
mientras las flores rían,
mientras aquellos ojos
que cambian con la noche
alegren la mañana,
o se deslice el tiempo,
sueña y luego despierta
sólo para llorar.

Recogiendo la ropa

La verdad es que no sé por qué se me ha ocurrido ponerle este título a la entrada. Creo que se me ocurrió primero la palabra «recogiendo» mientras miraba el dibujo de abajo y ya después me pregunté qué cosa sería la que podría seguir a la palabra «recogiendo» en este momento. Lo primero que se me ha venido a la cabeza ha sido «la ropa». Y así lo dejo. No hay una cosa más rutinaria y que no falta nunca en una tarea de casa que la de recoger la ropa. Lavar ropa, tender ropa, recoger ropa y guardarla. Y vuelta a empezar.

A mí este mes, que ya hace una semana que entró en escena de nuevo con sus cosas, me recuerda también a esto de recoger la ropa.

Lavo la ropa, tiendo la ropa, recojo la ropa y la guardo. Y vuelta a empezar.

Vamos a ver, así como este personaje de arriba se agacha para recoger las flores que caen, los pétalos que se desprenden, las hojas que se debilitan, yo me encuentro agachándome para recoger otra serie de cosas a espaldas de un sol que se pone o que nace. Como siempre, hablo entre metáforas y otras figuras de estilo —no que lo pretenda o que se me dé bien hacerlo— pues no sabría pronunciar con exactitud la vida que pasa. A veces mi mente planea tanto sobre los hechos y las emociones que me siento dirigir de continuo una nave espacial en misión de exploración, o quizá mejor sea decir en misión de observación.

No sé, cada vez más siento la imposibilidad de expresar.

Se abren ventanas en mi pensamiento que parecen vidrieras;
una configuración de la realidad que me conmueve y que después me estremece.


Y bueno…

A trompicones al principio, pero por fin he conseguido dar continuidad a un blog durante casi un año. Lo celebro. Me alegro de haber aprendido a compartir y me alegro de sentirme tan cómoda. Muchas gracias por estar ahí.

En cuanto a este mes, de un tiempo a esta parte no logro pillarle el tranquillo, y cada vez menos. Hay cosas que cambian de color y ya no revierten. Aun así, para quienes sí lo celebréis con especial sentimiento de fe o alegría, os deseo que paséis unos días bonitos y tranquilos.

Por mi parte, voy a retirarme hasta enero. ¡Nos vemos en el año nuevo!

Reflejos de una casa

Tengo una especial debilidad por las casas. No sé de dónde me viene. No es cuestión de arquitectura, no es una cuestión de diseño de interior, no es cuestión de período histórico. Es casi como una seña de identidad, de pertenencia, de sueño que hubo y que no está, o bien de lo que podría ser, pero no se ve porque existe en una especie de realidad alternativa. Desde el punto de vista de la psicología la visualización de una casa implica muchas cosas.

Creo que ya en otro momento lo he contado. Yo miro una casa que me llama la atención, sea cual sea su aparaciencia, y pienso en quién la habita, cuántas vidas ha contenido y durante cuántas generaciones; si la han habitado diferentes familias y qué huellas han dejado tras de sí en sus habitaciones, qué eco se oye todavía si se presta la debida atención a su silencio.

Quizá por eso, a veces y solo a veces, veo una imagen de una casa que me gusta, en su ambiente, en su escenario, y la dibujo. No es que pretenda retratarla; en realidad es una forma de prestar atención precisamente a ese silencio, residual, que antes mencionaba. Al final es como cerrar un ciclo o generar un reflejo de un estado interior.

Dibujo hecho con rotulador (pentel fudepen) de punta pincel fino y rotuladores de base de agua Sakura Koi.

El recuerdo de Las casas verdes

Hablando de Poe…

Pues resulta que cuando yo andaba cursando algún año de mis estudios de universidad, un día me encontraba en una clase de literatura norteamericana tomando apuntes, o cosa parecida, acerca de Edgar Allan Poe. No recuerdo qué nos estaban contando exactamente, pero sí recuerdo que entre las líneas de un folio que estaría utilizando entonces para anotar asuntos claves de la lección, me puse a dibujar algo parecido a tres edificios pequeños (imagino) de estilo más o menos románico. Tres casas, una capilla con dos casitas adyacentes… No sé muy bien qué eran. A mí el estilo románico me atrae y me atraía en esa época. La cuestión es que luego esas tres casitas o piezas de una sola edificación pasaron a ser un lienzo. Las pinté de verde y las situé en el centro de un escenario donde el suelo era más bien gris (que yo recuerde) y el cielo estaba cubierto por una nube amenazante púrpura. Lo llamé Las casas verdes.

El otro día, leyendo el capítulo que trata del arcano número 13, o la Muerte, en el libro en el que Sallie Nichols habla acerca de los arcanos mayores del tarot, me encontré con la cita del poema de Edgar Allan Poe de título A Dream Within a Dream. Y aquello me gustó. Una semana después de la lectura de Nichols, encontré una imagen en internet de un edificio, una iglesia —supongo— que estaba inmersa, hundida, entre la vegetación. Me apeteció dibujarla y solo cuando estuve a punto de terminar con el color, me vino la memoria de ese lienzo de Las casas verdes que tuvo origen en una clase de literatura de Poe.

Por aquel entonces me gustaba dibujar edificios románicos, iglesias, lugares de recogimiento. Eso es lo que recuerdo y de pronto regreso a esos motivos.

Este es el poema de Poe al que me refería:

A Dream Within a Dream (Edgar Allan Poe)

Take this kiss upon the brow!
And, in parting from you now,
Thus much let me avow —
You are not wrong, who deem
That my days have been a dream;
Yet if hope has flown away
In a night, or in a day,
In a vision, or in none,
Is it therefore the less gone?
All that we see or seem
Is but a dream within a dream.

I stand amid the roar
Of a surf-tormented shore,
And I hold within my hand
Grains of the golden sand —
How few! yet how they creep
Through my fingers to the deep,
While I weep — while I weep!
O God! Can I not grasp
Them with a tighter clasp?
O God! can I not save
One from the pitiless wave?
Is all that we see or seem
But a dream within a dream?


¡Toma en la frente este beso!
Y déjame ser sincero
ahora que parto: yo creo
que no está errado quien diga
que han sido un sueño mis días;
pero si huye la esperanza
por la noche o de mañana,
en visiones o sin ellas,
¿cambia el hecho de que huyera?
Lo que creemos ver o vemos
es solo un sueño en un sueño.

Frente al tronar de las olas
que castigan esta costa,
ciño con fuerza en la palma
granos de arena dorada.
¡Son tan pocos! Y qué pronto
se me escurren hacia el fondo,
¡mientras lloro, mientras lloro!
¡Oh Dios mío! ¿No puedo apretarlos
más firmemente en mi mano?
¡Oh Dios! ¿No puedo salvar
ni a uno del mar voraz?
¿Es lo que creemos o vemos
tan solo un sueño en un sueño?

(Esta versión en español la he extraído del ejemplar bilingüe de Penguin Clásicos (2020), El cuervo y otros textos poéticos)

Realmente la obra poética de Poe merece la pena. Aunque me gusta su narrativa, tengo la impresión de que prefiero su poesía.


Un dibujo para despedir el mes de noviembre de 2025 en el blog y una frase que surgió cuando lo terminé: «Yo siento que tengo algo que decir, pero no sé dónde dejarlo».

Os deseo una buena entrada de diciembre🍂🪾

Yo era y ahora soy

Tremenda conclusión. Yo era y ahora soy. Pero no sé qué soy, aunque sí sé qué percibo y qué veo, y también qué hago y no hago. Más allá no hay horizonte. No es poca cosa.


Un pajarito más. Se ve que dibujar pájaros me va siendo amable. Un adjetivo que resulta extraño en ocasiones. Creo que es precisamente amabilidad lo que necesitaba recuperar en este acto de dibujar. Amabilidad con el tiempo, amabilidad con lo que hago, amabilidad en el aburrimiento, amabilidad con mi impaciencia o mi impotencia. Amabilidad con dejar la memoria flotar en la inopia. Amabilidad con el presente.

Me he dado cuenta de una cosa, ¡eureka!, qué importancia es la sensación de pertenencia. Yo estaba fuera y ahora estoy dentro. Qué amabilidad rezuma de esa sensación.

Y de pronto hay circunstancias y personas que son amables. Personas que dicen, mientras hablan de otras cosas —ni siquiera hay conciencia de que lo estén haciendo—: «Te veo, ¿sabes? Te estoy viendo.»

Feliz sábado🍂

Un día como otro cualquiera

Pues aquí estoy, en un día como otro cualquiera. Me pongo a crear una entrada porque, aunque no tenga algo concreto que compartir, me apetece dejar constancia de este viernes 14 de noviembre en la red.

Me paseo por dentro de mi cabeza como si estuviera paseando por una feria. Cada puesto me ofrece algo que contemplar y algo a lo que jugar. Me paseo entre los puestos llenos de dulces, premios, curiosidades, como si regresara a un lugar en el que las opciones se dan eternamente. Pero no participo exactamente de la oferta; en su lugar, observo. Y es una observación, por momentos, agradable, extraña, inquietante, un pelín dolorosa, y también reconfortante. Aprendí hace un tiempo a pasearme en mis sueños, cuando duermo, de esa misma manera.

No es decir mucho, pero es decirlo y con eso me vale.

Me gustaría compartir este dibujo de un pájaro —más abajo— que parece arrebujarse en su propio plumaje, quizá para no pasar frío o quizá para quedarse sumido en su pequeña existencia sin esperar grandes glorias. Hay algo en la forma de un pájaro —de tantas imágenes bonitas que revuelan por la red— que se me hace atractivo para dibujar. Se aleja de la forma humana y está más cerca del cielo, del aire, de cierta libertad de pensamiento o de sentimiento.

Un momento… sí, sé que dije que ya no le daría al dibujo —¿allá por el mes de julio?—. Pero esta es la cosa, hay algo de cierto en lo que dije. Fue una muerte necesaria, un lugar de cambio. Mis herramientas ahora son diferentes. Mentí en parte: me guardé los rotuladores y algún instrumento que no implica trapos, paletas, contenedores de agua. Y aquí estoy, dibujando pajarillos o los garabatos que se presten a presenciar la feria en la que vivo en mi cabeza.

Me ando paseando por entre los puestos de feria y sonrío. Cuántas opciones, me digo, cuál será la mía. Y entonces echo la vista hacia arriba, dirigida hacia la rama de un arbolito, por ejemplo, y veo un pájaro que se arrebuja —bonita palabra, ¿verdad?— en su plumaje, casi ajeno al ajetreo y el movimiento que tienen lugar en el entorno. Ahí está, quieto y vigilante.

Y esto es todo por el momento. Feliz viernes (14) de noviembre🍂

Querido diario, hoy es 31 de octubre

Querido diario, hoy es 31 de octubre. Estoy asando batatas en el horno, como solía hacer mi madre en sus tiempos remotos. He puesto una música de ambiente en el portátil que se llama Spooky Songs for Halloween. Hoy es el día en el que todo se viste de negro, naranja, algún gris y ciertos colores despistados que desean lo que está por venir después de esta somnolienta noche de difuntos.

Mis batatas ya asadas. Los agujeritos del tenedor parecen costuras como las de un Frankenstein.

Te voy a decir un secreto, me gusta esta fiesta cada vez más. Me gusta el otoño, me gusta ver cómo las hojas —las que deben hacerlo— se caen, me gusta soñar en un día lleno de bruma o nubes plateadas que esconden un tímido sol blanco.

Te contaré algo más: este es el momento en el que comienzo mi nuevo año y miro hacia atrás y me digo qué o cuántas cosas han pasado. Bueno, no es cierto del todo. El recuento lo hago casi de forma inconsciente. Pero la razón de escribir esto es otra. La razón de escribir esto es para decirte que prefiero esta celebración —para unos pagana y para otras religiosa— que la que llegará dentro de un mes y algo más. Nunca se me habría ocurrido pensarlo, pero ahí está.

A mí da igual de dónde lleguen las tradiciones, porque la verdad es que la tradición de este día y del día de mañana es universal. Que suceda tiene toda lógica. Dentro de poco, como decía, se empezará a celebrar a algo parecido a un nacimiento que llega en forma de sanación para la tierra, para las almas, para lo que sea. Y antes de ese nacimiento de algún modo hubo muerte.

Quizá en otra ocasión hablaré del tarot, porque está en mi lista de reencuentros con el acto de jugar, pero por adelantar algo que da sentido a lo que me estaba refiriendo antes, verás, en los arcanos mayores de un mazo de tarot convencional la secuencia es clara. En los últimos arcanos mayores, la muerte sucede a un futuro nacimiento, no sin que antes se realicen unos cuantos traspiés, de esos que nos gustan tanto a las personas —porque ni muertos nos quedamos tranquilos; que se lo digan, si no, a los fantasmas—. Esta fiesta habla de eso y de mucho más. Habla de traspiés y de muerte necesaria y de mucho más.

Secuencia de los arcanos mayores del Tarot de Marsella en la versión de Pierre Madenié (1709), desde el Arcano XIII —en otros mazos se le llama Muerte— hasta la Estrella.

Quiero decirte brevemente ahora por qué prefiero esta celebración a la que le sigue. Es una razón muy simple: verás, en esta fecha la gente podemos ser quienes somos y elegir el disfraz con el que más conectamos en lo más profundo de nuestro ser. Sacamos los miedos y las angustias y nos reímos de ello. Y si no nos reímos, lo sacamos fuera de nosotros por unos instantes. En la celebración de diciembre, sinceramente, me cuesta pensar que de pronto la bondad se instaura en el mundo. Hay compromiso forzoso, hay heridas que supuran por acontecimientos presentes o por el recuerdo; y hay poco respeto por el invierno, la retirada de la tierra para dormir, la necesidad de esos pocos que quieren descanso o, en su caso, celebrar el nacimiento de un año nuevo, de una vida nueva, de una posibilidad de reversión o restitución o de dejar ir libremente. Tal y como están las cosas, es difícil que se detenga ese tren de frenesí y de euforia. Así que me quedo con esta noche que transita entre octubre y noviembre.

Y sí, a mí me da igual de dónde vengan las tradiciones porque es un hecho universal que hay muerte y hay nacimiento y luego muerte otra vez. Podría leer El monte de las ánimas de Bécquer, o Rip Van Winkle de Washington Irving, o hacer algún rito celta, o tallar ojos y boca en una calabaza, irme de truco o trato por las calles pensando que estoy en un barrio residencial norteamericano, o preparar calaveras de azúcar escuchando un dulce acento mejicano de fondo, o comerme directamente unos huesos de santo o terminar de asar mis batas, que es en lo que estoy ahora mismo; la cuestión es que me vale todo esto y no pertenece a nadie. Es una celebración universal del acontecimiento mas difícil y duro de todos, el único que provee de sentido a la vida. Esta noche podemos vestirnos —física o espiritualmente— de aquello que más miedo nos dé y sentirnos bien por quedar ridículos. Esta es la noche en la que todos nos conocemos por lo que somos.

Buuu

Ya está, la cocina huele a batata, he apagado el horno. Miro por la ventana y veo un velo gris plata extendido por encima de los cipreses de Arizona —cipreses al fin y al cabo—. Vamos a disfrutar la víspera, escondernos después en las tinieblas de la noche. Mañana habrá templanza.

Este no es un ciprés de Arizona, es un castaño que vi esta mañana.

Que la noche te acompañe en los sueños y la templanza te reciba en la mañana🌕🍂

Garabatear es un juego

Hablaba de los bloques de madera, de las barajas de cartas, de los cuentos de siempre, pero hoy prefiero dar espacio al garabateo.

El garabateo es un juego. En el momento en el que se convierte en una obligación o en un esfuerzo por ocupar un espacio en la vida, deja de ser juego. Yo lo siento así. Y es que esto lo estoy escribiendo desde mi experiencia.

Nunca he sentido que nací con un lápiz en la mano, ni tampoco con una voluntad férrea de construir un mundo de escenarios visuales o escritos. Eso solo lo imaginé más tarde. De pequeña, que yo recuerde, jugaba o pasaba el tiempo o mataba el tiempo. Si me aburría se me ocurría una forma de atravesar el desierto de las horas muertas. Una de esas formas era hacer esas cosas que se hacían en las ocasiones en las que la imaginación ayudaba: una felicitación para un cumpleaños, una invitación para una celebración, un calendario de adviento… esas cosas varias. Y entonces me esmeraba en hacer algo que pudiera hacer con mis manos y mi cabeza. Cierto es que a veces me frustraba ver que las figuras no me salían del todo como desearía. Tenía a las ilustraciones de mis cuentos de siempre como un referente.

Pero tampoco me descorazonaba —o eso creo, a saber—, hacía mis atajos y remiendos, o bien usaba otros recursos. No era solo dibujar; muchas veces era continuar desarrollando algo que acabara de aprender en las clases de manualidades, que entonces se llamaban «pretecnología». Por cierto que hasta ahora no caía en lo que significaba, en la morfología y significado del término. A mí me parece que era todo artesanía, pero bueno. Y lo que iba diciendo, que no era solo dibujar, podía haber aprendido un poco de trabajar con el estaño y me liaba con ello en casa, o bien sacar el azogue de un espejo para encajar una estampa o imagen, o bien formar figuras con masa de pan, de arcilla blanca, o tallar en arcilla blanca también, hacer flores con papel pinocho. No digo que se me dieran bien todas estas cosas, no, desde luego que no. Únicamente que echaba mano de ellas para hacer cosas decorativas.

Pero volviendo a lo de dibujar, otra ocasión para hacerlo, para experimentarlo o iniciarse en ello, eran esas famosas tareas del colegio que consistían en copiar una imagen del libro de estudios. También podía improvisar dibujos para los trabajos, en lugar de usar fotografías recortadas, y en ese caso copiaba de lo que veía en nuestras fantásticas y ya obsoletas enciclopedias. Ahí, en ese momento, comprendí que no se me daba mal copiar una imagen. Me dio cierto gusto. Me sentía, creo, orgullosa del resultado.

Al margen de todo esto, insisto que no he sentido ninguna de esas cosas que se suelen decir para expresar que la vocación le llega a una de lejos: que nací con un lápiz en la mano, o con una libreta para escribir en la mano, o con el deseo de leer y todo eso. Creo que estaba en primero de primaría cuando escuché por primera vez esa pregunta de «¿qué quieres ser de mayor?». Recuerdo vagamente que tuve que inventarme algo porque no tenía ni idea. Por favor, ni siquiera ser qué quiero ser todavía. Lo que sí tengo claro, insisto, es que no nací con un lápiz en la mano ni con una libreta para escribir en la mano, ni el resto de las cosas que se presuponen para seguir una determinada llamada vocacional. Simplemente lo usé como juego. Era totalmente consciente de mis limitaciones, pero es que cuando era pequeña tampoco sentí que debiera tener una ambición por algo que hacía por entretenerme o por embellecer una ocasión. Solo cuando en algún momento del camino eso cambió —esa inoportuna toma de conciencia que llegó por el motivo que fuera —, perdí la oportunidad de seguir cultivando una faceta como tal, como juego al menos.

Me consta que hay muchas personas que en eso no han fracasado.

Pero… no hay que darse por vencidos. Estos últimos tiempos, semanas, en las que el juego se ha vuelto a imponer como una forma de abrazar la vida —y no me refiero a tomarse la vida a broma—, o como un espejo en el que mirarme, no he podido remediarlo, el dibujo regresó para llamar a la puerta. Esta vez, sin embargo, ha llegado para imponer sus propias normas. Me dijo: «o me tomas por lo que soy o me largo, me voy del todo; te lo digo en serio».

Me lo pensé un rato largo y esto es lo que ha estado sucediendo, entre mazos de tarot, recuerdos de infancia, cuentos de siempre, etc.

El balanceo de las hojas, ese apartado del blog en el que dejé que aparcada una trayectoria quebrada de intenciones ha resurgido, o resucitado —debe de ser la proximidad de Halloween—, de la mejor manera, en mi opinión, que es la que vale para seguir jugando. Si no disfruto —incluso si me parece una tontería o me frustro un pelín— lo dejo. De lo contrario, él me deja a mí.


Estas son unas pocas muestras de mi profunda regresión a la infancia. No me digáis que no, pero oye, yo lo llamo garabateo y esto es lo que hay cuando se aligera el peso, cuando los pensamientos se hacen ingrávidos para dar paso a lo espontaneo. Garabatear puede ser un juego.


A este dibujo de abajo lo llamé algo así como «Iban a ser cinco, pero a uno lo desplumó el vuelo».

Jugar en la cocina al calor de la lumbre

Mi anterior entrada no era una entrada aislada fuera de programa. Se trataba de un propósito personal y una hoja de ruta, como se le suele llamar ahora.

Mi blog, este blog, tiene por nombre «Hogar de fábulas». Me vino así a la cabeza porque ya no se me ocurría cómo llamar a la nueva andadura que surgió a partir del pasado mes de septiembre lejos de ese primer impulso de subir dibujos y del posterior impulso de subir escritos. A lo largo de este año 2025, esto es lo que ha sido: una consecución de intenciones en lo que publicaba que se iban desinflando según se desinflaban los propósitos que llenaban mis días. Al principio fue El balanceo de las hojas y luego El primer escrito (cada uno de los cuales están encapsulados almacenados en categorías de este blog). Ahora es un simple Hogar de fábulas. Pero me gusta cómo suena, aunque hasta publicar mi anterior entrada no tenía forma, no sabía qué forma tendría.

En esa entrada anterior hablaba de una serie de cosas que me gustaba hacer de pequeña, a lo cual remitía para contar qué es eso que abandoné a los doce años (más o menos) y cuyo abandono me hizo sentir la misma frustración que ocasionalmente he sentido a lo largo de mi vida hasta hace poco. Esa serie de cosas que me gustaba hacer eran (y me cito): «mi juego con mis muñecos, con mis bloques de madera, con mis barajas de cartas (infantiles), mis cuentos de siempre, mis diálogos mentales y verbales acerca de la historia que estuviera fabricando en torno a los juguetes (físicos o simulados, con amigas y sin ellas).»

Bueno, pues para seguir con mi propósito o para empezar a darle forma a este apartado del blog, ahora ya sé qué me apetece hacer en mi hogar de fábulas: se trata simplemente de jugar y de hablar de esos juegos de antes y de ahora; de la fábula, de la imaginación, de la posibilidad que encierran.

Pero antes de hundir los pies en el río que todo lo mueve y renueva, quiero contar a qué me suena ese hogar de fábulas, quiero decir cómo o por qué me parece que me llegó este nombre. A eso va dirigida esta entrada de hoy.

La palabra hogar tiene para mí una connotación doble: el refugio, el lugar que habito, físico y mental (o espiritual), y el que contiene la lumbre que da calor. Cuando pienso en un lugar que da lumbre, pienso en un lugar que da luz y da calor. No puedo evitar pensar en un lugar de refugio igualmente.

La palabra fábula, aparte de todos sus significados desde el pensamientos de los antiguos y los clásicos, yo la asocio a las fábulas que leía de pequeña y a la idea de inventar, gracias a la imaginación, cuantas historias te vengan a la cabeza.

Ahora voy a juntar estas dos cosas y lo primero que se me ocurre o se me suele ocurrir es contar historias a la luz y el calor de una lumbre en el interior de un hogar. Y eso lo he visto en muchas películas y lo he leído en muchas historias de libros, pero a donde mi recuerdo vuela de inmediato es a esa película de 1962, El maravilloso mundo de los hermanos Grimm (de Henry Levin y George Pal).

Recuerdo ese momento en el que uno de los hermanos Grimm sigue la estela de niños del pueblo que se adentran de continuo en el bosque a una cierta hora de un cierto día para desaparecer en el interior de una casita, o cabaña (que dicen que pertenece a una bruja) para saber qué ocurre. Este hermano Grimm ve y escucha a través de una ventana. Lo que ocurre es que los niños toman posiciones en el interior de la casita en torno a la bruja (la señora que vive sola en el bosque y a la que todos llaman bruja o alguien de la que hay que tener miedo) y se disponen a escuchar lo que la mujer les tiene que contar. Por cierto que esta mujer deja a un lado el puchero o lo que esté cocinando para hacer eso que los niños esperan. El fuego está ardiendo, hay luz y hay calor y empieza la magia. La mujer les cuenta cuentos. El hermano Grimm se sienta debajo del alfeizar de la ventana, saca un cuaderno y comienza a tomar nota de lo que escucha.

Probablemente no sea exactamente así como sucede en la película y en la realidad tampoco (por una parte, hace tiempo que no he visto la película y, por otra parte, no me quiero meterme en fidelidades de una ficción). Lo que importa es lo que mi memoria ha retenido, asociado, impulsado. Sí, ese es mi hogar de fábulas.

En mi casa, en la casa de mis padres más bien, yo solía hacerlo todo en la cocina. Teníamos la suerte de contar con una cocina más o menos grande y acogedora (mi padre forró sus paredes con listones de madera de forma constante y paciente). En ningún sitio me he sentido mejor que en una cocina para conectar con el día a día, y no precisamente por cocinar, sino por un sentimiento de hogar. Es curioso que en este piso donde vivimos ahora, he tenido y dispongo de un lugar para aislarme y escribir, aunque sean estas tonterías del blog, pero de pronto, desde hace unos dos meses, me voy a la cocina cuando quiero ponerme a escribir una entrada, a leer, a garabatear, lo que sea. Cuando renové el blog en septiembre, me crucé con una foto que mostraba un fragmento de cocina, una mesa con libros, cuadernos, etc., una alacena, una ventana o puerta desde la que entraba luz. Pues así es, me quedé observando la foto y me reconocí en ella y de ahí surgieron otros pensamientos y otros, y el recuerdo de la mujer de la casita del bosque y el hermano Grimm en su intención de registrar los cuentos orales que se narraban a la luz y el calor de la lumbre e impregnados de un guiso que se hacía lentamente, y otras tantas cosas, como el juego…

Ahí lo dejo. Esa es mi idea, la que me impulsa ahora. Hay tres facetas que conviven en este hogar virtual y tendrán sus distintos armarios o cajones, y saldrán a demanda de sus propias necesidades o apetencias, pero que todo lo guíe el juego. Sin el juego, poco soy capaz de hacer de un tiempo a esta parte. La seriedad me inunda de tristeza y me viste con un traje de sobriedad que se me hace inmenso e inaguantable. Porque sencillez no es sinónimo de simpleza. Y si soy simple, pues me vale también. Será hora de reconocerlo.

En cualquier caso, como se trata de una cocina, todo cabe en el mismo espacio, dibujos, escritos, juego… Todo se va guisando con lentitud y cariño. Aunque el blog se llame finalmente Hogar de fábulas y me haya hecho una niña de pronto, está todo ello aquí dentro, dentro de sus respectivos nombres y cada vez que publique algo que remita a su propósito, irá bajo la categoría que le corresponde. Si pasas por aquí y te apetece quedarte durante un tiempo, léelo como te sea más cómodo, sigo siendo la misma en todas sus aristas y facetas. Espero contribuir en algo, y no quedármelo para mí sola. Recordar que fuimos niñas/os no es pequeña cosa. Recuperar esa misma sensación no lo es tampoco.