¿Y si te contara que fui a Inglaterra cuando tenía veintiún años y que me alojé en una antigua mansión reconvertida en albergue juvenil? No me preguntes todavía cómo fui a dar con este albergue. Primero te diré que la razón de viajar a Inglaterra fue porque estaba perdida. No sentía motivación alguna por los estudios, que, por aquel entonces, eran los de Filología inglesa. Pero puesto que se trataba de practicar el inglés para mejorarlo, pensé que sería una buena idea viajar con la excusa de que una estancia, por breve que fuera, sería buena cosa para aclararme las cosas de cara al futuro. No fue un viaje libre, como para hacer turismo, sino que me busqué un curso para realizar durante mi estancia por allí arriba. Había ahorrado un poco de dinero con las clases particulares que había estado dando durante el curso y el resto lo pusieron mis padres. Siendo hija única, la cosa se les hizo más fácil. Pero no te voy a mentir, no fue mejorar el idioma lo único que me dio el impulso.
No sé si te he contado alguna vez acerca de mi prima Estela. Pues bien, mi prima Estela, la mayor de todos los primos, un día de buenas a primeras desapareció. Como soy la menor de toda mi familia, me refiero a primos, sobrinos y nietos, pues poco me pude enterar de lo que le ocurrió. Solo sé que su desaparición fue un enigma y que pesó mucho sobre la familia. Que yo recuerde, mi padre quedó realmente apenado por aquello. Estela era algo más que una entre todos. Aunque yo era pequeña, he crecido con la idea compartida de que Estela era esa especie de luz iluminadora en el camino de la familia; alguien a la que admirar y alguien a la que emular. No tuve la oportunidad de convivir demasiado con Estela. Yo era muy pequeña cuando la mayoría de los sobrinos mayores salían juntos y lo compartían todo en los días de vacaciones o en los momentos de ausencia de los tíos y tías, así que no me enteraba de mucho. Pero la leyenda se instaló en mi imaginación fértil y con los años se fortaleció hasta sentir que me habría gustado conocerla y que seguramente tendríamos un nexo común que no existiría con el resto. Pues lo cierto es que a las dos nos gustaba leer y nos gustaba expresarnos a través de alguna manifestación del arte. A ella le gustaba escribir y a mí, bueno, a mí me gustaba garabatear. En cuanto a leer, que he dicho antes, resulta que leíamos el mismo tipo de cosas, pero eso no es nada extraño ya que yo iría heredando sus libros. Fue una cadena en descenso a través de todos nosotros —me refiero a como los libros fueron pasando de unas manos a otras—, y el acto de clavarse en las páginas impresas no iba con todos los que tuvieron la oportunidad de heredar las lecturas de Estela, así que aquello fue descendiendo más y más hasta llegar a mí. Al tiempo que circulaban por la familia la leyenda de Estela se fue fortaleciendo y para cuando me hice una legataria más de sus libros ya sentía el suficiente interés por adentrarme en esas historias ya solo por comenzar a indagar en la antigua propietaria de esos ejemplares, tanto como para empezar a atar cabos o puede que también para reinventar su existencia.
Ahora que si el recuerdo es un estado de perpetua reinvención de las cosas, puedo decirte que es aquí donde comenzó la narrativa que he ido trazando a lo largo de mi vida. Y lo que no consigo es que salga de una forma tradicional, me refiero a esas historias que empiezan por el comienzo y terminan con un final. Somos hijos de esa cultura de lo fragmentario y aunque yo pertenezca más bien a lo anterior, pues en mis lecturas yo solo veía eso, o me lo parecía, no me queda más remedio que rendirme a la forma que se impone, a ese cúmulo de anécdotas que se reúnen en torno a una existencia y que en el mejor de los casos parece entramarse como un relato. Lo cierto es que yo también soy uno de esos «tristes caminantes sin rumbo que merodean por los espacios y tiempos fragmentarios». Y cuando te estoy contando esto, que espero que algún día leas y empiezas a deducir sus razones, si las hay, mi intención no es otra que depositar mi memoria en alguna parte para distanciarme de ella de una vez por todas, o para ser capaz de nombrarla aunque sea a través del velo de una imaginación demasiado vívida. Y qué vas a esperar de una persona que ha experimentado las ficciones de los otros como si fueran la suya propia.
Ya era buena lectora de esas ficciones desde que era pequeña, mucho antes de que me llegaran los libros de Estela, pero para cuando llegaron a mis manos, esas sagradas, y cargadas de experiencias de todos los que las manosearon y usaron, reliquias yo estaba preparada para elevarlas a un propósito más claro. Este propósito era que me sirvieran de guía para encontrar una historia propia. Cuando una familia se extiende más de la cuenta en el número de sus miembros y en sus vivencias pasadas incluso cuando todavía no has nacido, entonces la sombra de un conocimiento que no alcanzas a divisar desde tu diminuta, lejana, perspectiva, se hace pesada e imposible de descifrar o siquiera de ser capaz de adaptarte a ver en su oscuridad. Todos los papeles que debían repartirse al comienzo de una representación teatral ya quedan repartidos y te queda por desempeñar ese último papel para el que no encuentran una persona que lo encarne, pues está lleno de todo y de nada y es ambiguo y al mismo tiempo no se hace prescindible, como el escenario, las luces, la acústica que ayudará a proyectar la obra. Pero ese papel es poco visible. La necesidad de buscar mi propia historia se hizo mi motor de búsqueda, a la par que buscaba una motivación clara para seguir formándome en algo que sostuviera mi futuro laboral inmediato, pero esto último era complicado pues yo sentía que había una llamada que se había silenciado desde el principio y lo único que estaba haciendo era seguir los consejos de los otros. No quedaba otro remedio cuando esa luz interior se muestra tibia. Lo que a mí me gustaba era una cosa que no tenía nombre y lo que era necesario para labrarte un futuro laboral era algo que se imponía. Si la luz no asomaba a la superficie había que escuchar a la necesidad que se imponía. Así que estudié una cosa y luego otra, y salté como una liebre por los campos escapando de una cosa y buscando otra, hasta que me dejé caer en la lengua inglesa, ya solo porque estaba cercano a los escenarios y las historias que me gustaba habitar de joven. Las reliquias de Estela solo fortalecieron esa ruta.