2 Crónicas del albergue: Los diarios

No sé, todo esto que te cuento puede tener algo de excusa, del mismo modo que me busqué la excusa de practicar inglés para encarar un futuro laboral. Porque si te digo la verdad, lo que empezó a picarme el gusanillo de la movilidad, del salir de mi hogar, del alejarme de esta ciudad, fue la posibilidad de vivir mi propia historia. Y al seguir el rastro de mi prima era como si fuera a vivirla. Ya sé que resulta del todo contradictorio que lo diga, pues seguir el rastro de una persona no suena a vivir una historia propia, pero tengo algo que añadir que todavía no te he contado y que puede aclararlo y es que en un momento dado en el que fui a visitar a mi tía, tuve la posibilidad de leer fragmentos de su diario. Te contaré cómo ocurrió.

Y así fue que un día, por no sé qué motivo, me encontré mirando en los diarios de Estela. Había ido a visitar a mi tía, ya digo que por no sé qué motivo, y de pronto todo giró en torno a mi prima. Es probable que fuera a su casa para pedirle un libro, o es probable que mi padre me dijera que fuera para entregarle algo a mi tía. Por aquel entonces, sus hijos, que tuvo más después de Estela, ya andaban viviendo por su cuenta o eso recuerdo —la cuestión es que recuerdo la casa vacía— y su marido había muerto y el aire parecía inmovilizado, suspendido en el silencio, que solo sucedía por dentro, porque su casa era un piso situado en una zona bastante transitada de la ciudad. Siempre me gustó su casa. Mi tía tenía esa capacidad de convertir lo sencillo en bello. No compró muebles caros, pero llenó el espacio de adornos que susurraban acerca de su paso por el mundo. Cada pieza era una historia en sí misma. No era de extrañar que Estela fuera una de esas piezas, herencia de su sensibilidad. Sin embargo, no tuvieron una buena relación, y sí la tuvieron pero una que se agrió con el tiempo. Creció un resentimiento que yo noté aquel preciso día en el que fui a visitarla y descubrí los diarios de Estela. No sé cómo ocurrió que me dejó verlos. Creo que hacía tiempo que esperaba poder enseñárselos a alguien. Y no tengo la certeza pero me parece que era yo esa persona a la que esperaba, no porque fuera yo como ese aquel que se deja identificar de buenas a primeras, sino porque necesitaba la señal que se lo indicara. Fue una tarde, aunque hubiera podido ser una mañana —quién sabe—, en que las dos tomamos un café después de entregarle la misiva de mi padre. Aún no teníamos ese canal por el que los mensajes podían hacerse inmediatos sin tener que trasladarse —y eso que ya flotaba en el ambiente la posibilidad inminente de acortar tiempos y espacios entre dos mentes que persiguen comunicarse—. Creo que se trataba de algún tipo de papeleo que mi padre le hizo en su nombre. Lo que fuera, allí estábamos las dos tomando nuestro café y entonces le hablé de mi interés por salir de la ciudad, y del país y de darme la oportunidad de practicar el idioma extranjero y no dije más, aunque por mi tono estoy segura de que supo que quería algo más que ser realista con mis expectativas laborales. Algo se le encendió en su pequeña cabeza forrada de pelaje blanquinegro y me dijo que la siguiera. Entramos en la habitación que una vez fuera de Estela y que mantuvo todo el tiempo después de que su hija desapareciera como un dormitorio de invitados —tal era la dimensión de su hogar que podía reservarlo—. Me alcanzó un taburete y lo puso delante de un armario ya estaba abierto. Me indicó que subiera y mirase aquellos cuadernos que estaban apilados en un margen del altillo. Me dijo que eran de Estela y que alguna vez los leyó, mucho después de que ya no estuviera allí, pero que no pudo volver a leerlos porque le fue suficiente. «No me hace bien». Y cuando dijo esto fruncía el entrecejo no como enojo sino como dolor por haberlo hecho. «Es mejor que no los hubiera abierto nunca. Lo escrito tiene ese peligro. Lo escrito queda escrito y lo hablado, como dice aquel se lo lleva el viento». Me sugirió que Estela había escrito sobre su propia madre y contaba cosas que ella no comprendía o no quería asumir, pero que eran cosas veladas entre las líneas. Y lo cierto es que yo al leer alguna de esas cosas, no veía nada de lo que mi tía había querido leer. Son cosas que solo se entienden entre iguales o entre una madre y una hija. No significa que te conozcan sino que desean creer que te conocen y en su lugar solo encuentran un espejo de su creencia; es el mismo espejo que proyecta a un padre o una madre quien es mucho antes de que un hijo o una hija se le aparezca de la nada.

Vi los diarios y por fin te sigo contando. Esta es un frase que me ayuda para continuar porque la verdad es que no recuerdo cómo fue que me encontré delante de ellos que estaban extendidos sobre la cama y mi tía a mi lado contemplándolos desde la lejanía que ya escogió para mirarlos. Segura de que le hicieron daño las palabras que no hablaban de una realidad tal como ella las recordaba, se quedó aparte y me cedió el paso. Me propuso llevármelos conmigo, los diarios y los pocos libros que quedaron atrás en la marcha definitiva de Estela. Tendría que subirme al altillo para recuperarlos también. Tïtulos que hablaban de escribir con la mano izquierda, de la intuición que se apaga por no saber utilizarla. Un mapa del país donde ya fue en un tiempo pasado y al que regresó aparentemente. Un sobre con una postal en su interior. El dorso escrito por mi prima solo transmitía la referencia del lugar donde había estado esa primera vez, en un albergue que se hallaba en una población cualquiera del país donde quizá todavía pudiera perseguir su rastro. Porque lo cierto es que así fue, la visita a mi tía determinó que le siguiera el rastro, y el único lugar donde se me ocurría que pudiera hacerlo era precisamente en ese punto extraviado del mapa del país al que viajó Estela por primera y por segunda vez.

Por supuesto que las conclusiones me llegaron de la voz de sus diarios. Con mi tía no recuerdo haber hablado mucho de ello. Me fui de su casa con la mochila cargada de testimonios. Había alcanzado mi propósito de encontrar una historia que pudiera habitar. Y ahora hablo de propósito y de logro, pero entonces ni siquiera era consciente de ello, que ya lo he dicho de otro modo. Así lo que cuento me delata en la distancia y lo sé, pero no me importa. Lo que importa es que conserve la voluntad de seguir contando. Me viene bien. Me viene muy bien. Me es necesario.

Está claro que me adentré en los cuadernos de Estela antes de emprender mi marcha, pero no recuerdo esos momentos de inmersión anteriores a la partida. Eso me llegó después, cuando ya estaba en el albergue.