Textos sin dirección

Me ha costado mucho mantenerme en la red. Me sigue costando. Me consta que resulta desconcertante, como lo ha resultado en mi vida real, pero en ningún caso la responsabilidad está fuera de mí. Yo soy la que me alejo y soy la que se acerca. Me cuesta asumir muchas cosas de la vida, y eso que he tenido que asumir muchas. De todas formas, me doy cuenta de que tengo poco que perder por estar en alguna parte y de que necesito depositar partes de mí en alguna parte, no solo en mi casa, para sentir que conecto con algún supuesto mundo que está ahí fuera. Lo siguiente es una de esas partes de mí:

No encuentro el sentido de las cosas. No sé qué hacer en adelante. Yo era alguien que ya no soy. No sé cómo podría ganarme la vida a esta edad que tengo. Todo lo que sé hacer no vale de nada para ganar dinero. Estoy aquí para ver mi familia cerrarse, para verlos avanzar en las direcciones que elijan o se permitan elegir. Más allá de ese horizonte, no tengo más planteamiento. Me veo incapaz de tomar una ruta u otra que no implique unas herramientas que no poseo. Dibujo, escribo, pero voy perdiendo la fuerza mientras lo hago; la vida tiene muchas horas y días y no siempre iguales. A quién podrá importar esto que hago. Aquella que fui en el plano laboral se ha desvanecido. Esta vida dedicada a los que quiero es bonita, pero no es suficiente. Sin amigos, de verdad, sin personas con las que pueda compartir lo que hago, de verdad, sin mi pasado, el aire me sabe a distancia y brevedad.

No sé si hago bien en hacerlo, pero quiero compartir algunos de los textos que he estado escribiendo sin mucha dirección. A veces parecen fragmentos de una historia más larga que en realidad no existe de momento; otros son fragmentos de historias un poco más larga. Otros son cosas que surgen como en un diario y que me cuento en pasado como para tomar distancia; otros son meras ideas que podrían evolucionar en el futuro. Ya no me cierro a nada, aunque dudo de mi capacidad para desarrollar algo con continuidad.

Voy a compartir este primer texto que he escrito antes de abrir esta entrada. Creo que es el que ha motivado que abra esta entrada:

Ya se encontraba perezosa. Incluso cuando dibujaba, lo hacía como atraída por una energía antigua, anciana y desconocía de dónde le llegaba. Con el tiempo, de hecho, lo dejó. Dejó eso, el dibujo, y dejó las ganas de contarse las cosas, a sí misma y a los demás. Además, ¿dónde estaban los demás? Lo malo de haberse retirado del mundo es que luego le fue difícil volver a entrar en él. No solo se había retirado del mundo, sino que el mundo se había retirado de ella. ¿Dónde andaba oculto ese mundo en el que alguna vez estuvo o pensó que estuvo?
Se sentó frente al portátil y se dejó llevar. Comenzó a escribir como quien estaba contando una historia ya pasada. Tomó una ligera conciencia de estar perdiendo la dirección de las cosas, algo así como si estuviera su presencia estuviera adquiriendo la ingravidez de la vida que no se afinca en ninguna parte y que no se ancla en un pensamiento. Como si el propio pensamiento fuera una mera excusa para ser consciente de su existencia. Por supuesto, nada de esto formaba parte de un razonamiento; era una mera sensación.
Se sentó y se quedó quieta. Dos párrafos: un primer párrafo para introducir el momento; un segundo párrafo para exponer el conflicto; un último párrafo para cerrar un pequeña intención, la de poner los pies en la tierra para no olvidarse de quien era, para evitar que la ingravidez le hiciera perderse por completo.

Luz detrás de los días | 31 de febrero de 2025

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