Los textos que escribo de este modo que aparece abajo, son de esos fragmentos que me llegan de un tiempo a esta parte como entradas de un diario. En ocasiones los escribo como si hablara de una tercera persona y normalmente en pasado, aunque sean presente, y en otras los trato desde la primera persona, como es el caso. Intento alejarme del tabú del pensamiento. Son un ejercicio de honestidad conmigo misma, en la medida de lo posible, porque la mente procura evitar cuestiones constantemente; y además son un ejercicio de salida.
He visto que una de las cosas fundamentales que no me deja escribir libremente es el hecho de que intento dulcificar o evitar aquello que me incomoda, aquello que no me permito pensar o sentir. También no me deja escribir libremente el hecho de creer que la escritura debería ser un vehículo de perpetua fidelidad al entorno que me rodea o al pasado que he vivido; pero a mí no me gusta tocar ciertos temas, siento que no tengo derecho a distorsionarlos con mi perspectiva.
En estos fragmentos, que son como un diario, estoy realizando un ejercicio de escritura a través de los cuales es posible que descubra una manera de escribir que concilie estos conflictos internos. Porque es un hecho que necesito escribir, aunque no sepa aún cuál puede ser mi medio o camino. Al final, como reza el tópico, puede que el camino vaya a ser mi único y maravilloso disfrute, por fin.
Para quien pueda llegar a leer estos ejercicios, que no sé hacia dónde evolucionarán, espero que no les aburra demasiado y que lo vean como lo que son, un ejercicio personal. Podéis pasar de largo por este lugar y regresar solo cuando publico dibujos, que, si no son de la mejor calidad, siempre serán más luminsos y coloridos, o bien a los momentos de lectura, por si entre las referencias que hago —que no reseñas— llegáis a descubrir alguna próxima lectura. Pasad de largo por estos escritos y regresad cuando os apetezca, si os apetece. Gracias:)
Y este es el fragmento que escribí el pasado 6 de febrero de 2025:
A estas alturas ya he visto que lo mío no es escribir, pero no significa que no pueda hacerlo, porque, para empezar, la escritura no está reservada para los que quieran construir mundos nuevos —como si eso fuera posible—. La escritura está hecha para comunicar, para expresar. Al fin y al cabo, si es que no está hecha para desarrollar los sentimientos, sí lo está al menos para desarrollar el pensamiento. Y como yo me digo, si no hay un lugar para deshacerse de los pensamientos, de la morralla de las palabras que apenas dicen algo, algo así como las palabras cuya función solo es el nexo de las ideas, entonces qué sería de nuestra cabeza, desde luego, de la mía.
Ayer me dio por reírme sola mientras estaba viendo a Gustavo Dudamel dirigir una pieza de música, que creo recordar se trataba del Allegro de la quinta sinfonía de Beethoven, ese movimiento que surge del caos, como si emergiera de la mera afinación de un conjunto de instrumentos; es todo un estallido de júbilo, aunque no fue eso lo que me hizo reír. Lo que me hizo reír es que en cuestión de segundos comprendí que hay personas que pueden decir que son algo en la vida, aunque sea a través de sus puestos de trabajo, y otras que no. O sea, como la sociedad premia los logros visibles y comprensibles, los tangibles y los que son admirables, los que dan dinero o reputación o son dignos de emular o de ambicionar, cuando una persona deja de trabajar y solo siente que la vida es un dejar pasar los días delante de sus ojos, con sus pequeñas tribulaciones, entre amigos, miembros de la familia que desaparecen o se agregan, o en soledad, esa persona de pronto se llega a preguntar, “¿y qué aporto yo a este mundo, a esta existencia?”. Pues sí, esa persona soy yo. Jamás llegué a pensar que me estaría haciendo esta pregunta. Yo siempre creí, de forma más o menos consciente, que mi hueco tenía un sentido, pero últimamente no lo siento así. No tengo ganas de quitarme la vida por ello, aunque sí me ha venido el suicidio como concepto a mi cabeza. Tanto el suicidio como la muerte. La idea de no existir. La complejidad de la existencia frente a algo tan extraño y tan simple como la nada.
Comprendo que llego a un lugar ajeno y neblinoso; algo de lo que no gusta hablar, pero que está ahí. Y es que resulta tan sencillo llegar a ese lugar cuando el mundo no hace más que hablar de la utilidad de las personas en la sociedad. Se manejan cifras de muertes por catástrofes, enfermedad, guerras, como si fueran cosas ajenas a la realidad de cada uno. Nos lamentamos y nos indignamos, pero están ajenas a nuestra realidad, hasta que dejan de ser ajenas, pero mientras tanto son ajenas. Se habla de que sobran viejos, de que somos demasiados, de la edad útil laboral, de lo que sea. Se habla de tantas cosas que cuando una persona llega a rebasar la primera mitad de siglo y se sitúa debido a un cúmulo de circunstancias en el limbo de las cosas que dejan de ser relevantes, de las vidas que dejan de ser relevantes, en ese estadio en el que lo que fue dejó de tener importancia, entonces se le vienen a la cabeza el concepto del tiempo, de la muerte, del suicidio, y no es que tenga ganas o necesidad de enfrentarse a esos conceptos, pero esos conceptos se vienen a la cabeza.
Se comprende que este limbo ha de llegar en cualquier momento, a los cincuenta o en la tan deseada edad de jubilación, pero cuando la persona deja de ser lo que creía que era a una edad mucho más temprana que la de la jubilación, y se da cuenta de que quizá hubiera estado equivocada toda su vida con respecto a lo que creía que era y otra serie de asuntos, entonces siente que ha habido una interrupción abrupta, prematura. La capacidad de reacción es mínima, pero debe reaccionar, porque hay vida por delante mientras la haya. La cuestión es cómo reaccionar. Porque cuál será su legado, qué dejará constancia de su experiencia entre los suyos, aunque sean solo entre unos pocos. Y sobre todo, cómo hacer que las horas le merezcan la pena, cómo recuperar el sosiego o mantenerlo, cómo dejar de ver el tiempo como una espera y comenzar a verlo como una tierna compañía.
Y ayer me reí viendo a Dudamel dirigiendo el caos de Beethoven hasta hacerlo resucitar, hasta esclarecerlo, y pensé que ese hombre podía estar orgulloso de su estar ahí en ese lugar dirigiendo a Beethoven; y que, como él, podrían estarlo otros. Yo no estaba en ningún lugar aparentemente. Tengo aficiones, ocupo el tiempo, como se le quiera llamar, pero esa persona que fui y que pensé que era ha desaparecido, y con ella todo su pasado entorno, y a partir de aquí ya no sé cómo seguir caminando. Porque lo esencial del movimiento es crear un estímulo lo suficientemente potente como para que una persona desee seguir avanzando en una dirección o en otra. Es inevitable, igualmente, que la persona avance, no hay otro remedio. El tiempo mueve a avanzar, aunque sea solo como idea. Así que avanzo con el tiempo, pero el aire parece estanco o solo me dice que las cosas no pueden resultar de otra manera.
Lo mío no es escribir ni tampoco lo es dibujar, porque para que pueda considerar cualquiera de estas cosas como propias de mi expresión, debería haber entrado en una dinámica de consecución de objetivos. Más allá de terminar un dibujo o de dar por terminado un escrito, no veo la consecución de objetivos. Es todo tan lejano. Y en este estado de extrañeza llegan de nuevo las ideas y los conceptos, los de la utilidad de la vida, la muerte o el dejar de existir.
Sin embargo, como el caos de ese Allegro del que emergen las cosas buenas y el júbilo de al menos tener algo que sentir, así es el milagro de las palabras, la mezcla de los colores, los trazos que se pierden entre las formas. Es casi seguro o por fuerza debe de ser seguro: hay algo ahí dentro, hay algo ahí dentro y aunque sea solo por un mero presentimiento, merece la pena estar ahí para experimentar ese presentimiento. Soy un cúmulo de presentimientos. Qué fantástico misterio.
