Un poco de sol al fin; hago una pausa

Un poco de sol, al fin, y ya me cansaré de su brilloso calor en otro momento. Esto es así.

Esta entrada no es para hablar de que está brillando el sol. Quería decir que he cerrado los comentarios temporalmente, porque no voy a estar por la plataforma también temporalmente. Si acaso alguien fuera a comentar en este tiempo de pausa no me gustaría dejarle sin respuesta o por lo menos hacerle saber que lo he leído.

De todas formas, si apetece, está la sección de contacto para escribirme en el menú principal.

Gracias y feliz entrada de primavera:)

No para de llover y la historia comienza

Celebro este mes de marzo tan mojado en el que arranca una historia, mi historia. Una tibia luz de esperanza ilumina el camino mientras el invierno, mohino, se despide con tan malos modos.

Agradezco poder acudir a las imágenes, por simples o absurdas que resulten, cuando mi cabeza se enciende y se arremolina con entusiasmo: a veces sirven para atemperar la emoción, y otras, para hacer la espera más llevadera. El dibujo, entonces, no es un fin, sino un modo de realizar transiciones. Qué alivio.

Llueve, llueve, llueve.

Hay una ventana en la memoria y una nube que se abre en el ensueño. El viento difumina los contornos, azota las plantas. El cielo se desploma sobre marrones, verdes y ocres. Una franja de claridad aguarda a lo lejos.

La arquitectura de las casas

Esto, dentro de lo que cabe, es el fragmento de una historia, de una historia de las que se inventan. Una historia hecha ficción y no tiene espejo donde pueda reflejarse. Es una ficción, una ficción, una ficción. No pertenece a ninguna forma de diario. Es un fragmento de la historia de Abigail.

Tenía alrededor de diecinueve años cuando me dio por investigar la estructura interior de las casas. Si quería escribir algo acerca de lo que sucedía en una casa, era importante saber cómo era esa casa por dentro. Era como jugar con una casa de muñecas en la imaginación. Me quedé con las ganas de tener una casa de muñecas cuando era pequeña. Yo quise una de esas casas hechas de madera que imitaban las mansiones que tampoco llegaría a conocer en persona. Me gustaba jugar en el suelo con todo lo que se prestara a ser manejado para montar una historia. Pero no tenía conciencia de que me gustara crear historias; creo que más bien quería vivir las historias y para ello tenía que crearlas. ¿Tiene algún sentido que después de eso, cuando crecí y empecé a leer, me diera por pensar que quería escribir para crear esas historias en las que podría llegar a vivir? Del juego en el suelo al papel va un gran trecho, a veces insalvable. Porque no es lo mismo sentir la espontaneidad del momento, que forzar el impulso de la escritura. No es lo mismo ser niña que ser adulta.

Cuando estaba en la universidad, como ya dije, me dio por investigar la estructura interior de las casas; casas en las que sucedían mis historias. ¿Pero existían esas historias? Cuando era niña sí existieron o bien eran una concatenación de sucesos, como en los sueños, que saltaban de un escenario a otro con toda sencillez y naturalidad. A veces momentos costumbristas, los de un hogar o el colegio. A veces instantes de angustia en los que mis personajes debían escapar de un terremoto, de una tormenta violenta, de un volcán en erupción, de la persecución de criaturas malvadas. Eran breves y se sucedían unos a otros como si fueran nada; como en los sueños, cada uno de ellos se desvanecían para dar paso al siguiente. Una cabeza en la que miles de escenas y sensaciones derivadas bullían y se dejaban liberar para ser olvidadas. Yo las vivía todas. No es lo mismo ser niña que ser adulta.

Hoy he soñado que mi casa se llenaba de personas, como esa película en la que una mujer se ve acosada por la presencia incesante de personajes cuya presencia no tiene sentido. Creo recordar que no podía deshacerse de ellos y que la historia se repetía. En mi sueño, sin embargo, no había angustia, sino un lento despertar. Miles de caras se iban arracimando en el sueño, aparecían y sumaban algo de lo que hacían a lo que ya se estaba haciendo. Recuerdo particularmente una mujer que estaba a cargo de la cocina y pretendía hacer una tortilla de patatas picando las patatas y la cebolla en trocitos muy pequeños y yo le decía que así no, y mi sentir era que alguien respaldaba mi parecer. Hubo muchos saltos en mi sueños, muchos rostros que reconocía en el momento de verlos, personajes de la televisión, de la política, y de personajes de mi entorno pasado y presente. Se iban sumando y también se marchaban y daban paso a otros. Me ha ocurrido de vez en cuando que he soñado con esa misma sensación de acoso como la de la protagonista de la película, pero esta noche no sentí el acoso; era como dejar pasar una cosa tras otra y yo participaba de lo que fuera que estuviera ocurriendo. El sueño me condujo hasta el interior de un colegio. No recuerdo nada más.

Si pudiera reunir fuerzas para dar coherencia a mis sueños, quizá tendría esa primera historia para contar, esa historia que no me importara leer a mí misma, esa historia en la que quisiera vivir. Una historia de otras tantas. Pero no tengo esas fuerzas.

Empecé a hablar del interior de las casas. Pues sí, es cierto que cuando estaba en la universidad me dio por querer escribir teatro y entonces pensaba en los posibles escenarios. Para ello me puse a pensar en cómo sería la casa que querría representar en la historia, pues desde luego la trama se desarrollaría en una casa. De modo que me puse a diseñarla con sus distintas plantas y lo dibujé en el papel. No es tan fácil la verdad. Lo que me daba más problemas era la disposición de la escalera, cómo hacer para que tuviera lógica en la distribución del espacio para que las plantas estuvieran conectadas, para que las salas o las habitaciones fueran accesibles. Porque yo tenía la vana impresión de que si tenía un lugar para mi historia, la historia surgiría de buenas a primera.

Estaba convencida de que el lugar era la base de la historia.

Puede que sea por las películas que veo o por los libros que leo, pero el tema del espacio no me queda del todo claro. Al mismo tiempo, cuando contemplo el retrato de un determinado ambiente ya sé que me sentiré atraída por la historia. Me sumerjo en el espacio y formo parte de él. Me adentro en la historia, soy uno de sus personajes. Cuando todo acaba, me quedo vagando por entre las paredes de la casa en la que todo ha sucedido y pienso que quiero más de eso, que se me ha hecho breve; yo acaso pudiera crear una historia que lo perpetúe. O quizá transformarme en un fantasma que no entiende de finales.

La escritura de la obra de teatro, esa que pretendía en mis años de estudiante, se derrumbó al tiempo que el diseño de la casa en la que tendría lugar. Se desplomaron las líneas sobre el papel. La escalera no encontró su lógica.

Desde entonces voy como alma en pena caminando por las páginas de los libros en los que se cuentan las historias. Investigo como cuando era estudiante en los libros de arquitectura en los que se habla del estilo de las casas y me detengo sobre todo en esas casas por donde mi alma se solaza como sombra de fantasma. Casas tudor, casas georgianas, casas victorianas, casas gótico-victorianas, casas modernistas, casas, casas.

Acaso soy realmente un fantasma y no me haya dado cuenta. Me tiro al suelo cubierto por tarimas desgastadas pero hermosas, me tiro al suelo cubierto por alfombras persas que aguantan el peso de los ácaros con dignidad de sultana, orgullosas. Juego con mis historias, aquellas que son un suspiro breve, como son las de los sueños que me ya no me acosan, aquí en esta casa de gran envergadura de la que no conozco el estilo o el diseño. No sé que distribución me rodea; no sé si se orienta hacia el norte, hacia el sur, hacia el oeste o el este. Comprendo tan solo de momentos del día en los que la luz penetra por una ventana y se deposita sobre los muebles, los paneles de la pared para crear las sombras que me son tan necesarias. También de la oscuridad que se extiende como un manto por los vanos de las puertas.

Subo por la escalera que lo conecta todo, pero no sé de qué manera. Soy verdaderamente el fantasma que vive su propia historia.

Y luego no fue nada

En mi última entrada decía algo de «primero era algo y luego lo fue nada». Así es. Primero era una persona que pensó que quería dibujar; una persona que quería escribir; una persona que quería hacer una tesis, y luego nada de eso sirvió. Me refiero a pensarlo o quererlo. Pasaron unas cuantas cosas más por mi cabeza a lo largo de los años, pero entonces también pasaron otras de verdad en mi vida. Cada una de esas cosas, más o menos complicadas, me situaron en un lugar, más o menos alejado de lo que pensaba o quería hacer.

Todo eso pasó también. Lo que pensé o quise, lo que de verdad me ocurrió. Todo eso pasó.

Me quedo con una versión de mí misma, de una persona que ocupa sus horas con lo que puede, con vestigios de lo que pensé o quise hacer; con la experiencia de lo que sí hice y de verdad me ocurrió. Y ahora me quedo varada en una costa, que antes era extraña y poco a poco se me va haciendo más familiar.

Me siguen sucediendo cosas, pero digamos que las controlo más. No es un control de no dejar que las cosas discurran por su cauce; muy al contrario, intento que discurran por su cauce. Necesito el desapego para llegar a un punto de partida anterior, si es posible, a aquellos instantes en los que pensé o quise hacer algo. Cosa complicada por ser alguien ya diferente o por situarme en un espacio y tiempo diferente.

Voy a lo básico. Dibujar. Escribir. Escribir o dibujar. Qué hay de real en esto que hago. Cuál de estas dos cosas discurren bien por mi cauce: las lentejas. Qué cambio de tono, es cierto. Las lentejas.

Yo recuerdo que una vez me dejé aconsejar por mi directora de tesis, en esa vez que pensé o quise hacer una tesis, hace mucho tiempo. Y en esa ocasión, mi directora de tesis me dijo que era cuestión de sentarse dos horas todos los días y pim pam. Que era muy fácil dejarse llevar por cuestiones como «ay que tengo que hacer las lentejas» u otra excusa lógica derivada de vivir en un hogar, de llevar un hogar, para alejarse de la simple obligación de esas dos horas, de esa pequeña constancia. No había que hacer caso a esa vocecita que incordia. Había que ignorar esa voz interior que te pide atender las lentejas como si fueran cantos de sirena, metáfora que me he sacado yo de la manga. Sencillo decirlo, difícil cumplirlo.

Todo empieza por saber si quieres hacer «eso» o solo es una pose o solo es algo que crees que quieres hacer porque lo sientes como una pulsión, pero que no parece tener continuidad. La mayoría de las ocasiones es tener demasiadas cosas en la cabeza, el runrun eterno. También la inseguridad es un monstruo de tres cabezas. No sé por qué de tres cabezas, pero lo es. Tendrá su significado y lo averiguaré. En todo caso, la continuidad no es posible si no se le da la oportunidad.

Las lentejas. Ya no me detienen las lentejas, ni siquiera el trabajo, ni la sombra de la familia, la de mis padres o la mía.

El pasado viernes casi tomé la decisión definitiva de abandonar los instrumentos —especialmente los del dibujo— y dedicarme a la lectura y a la vida. A la tranquilidad de ánimo y al aburrimiento también. Llevo un buen tiempo redescubriendo el acto de leer, que me proporciona bienestar incluso en las historias tristes o de miedo. Pero entonces, ocurrió algo, al margen de que ya mi vida se estaba disponiendo de una manera determinada para adoptar el cambio. Cambios sutiles, pero suficientes. Ocurrió algo y sentí una energia extraña, casi ajena. Como si hubiera nacido de nuevo, como si me hubiera quitado un traje viejo. Y empecé a escribir, si es que alguna vez realmente lo dejé. Que para mí lo mismo es escribir que pensar. La cuestión es que llevo haciéndolo de una forma determinada desde hace unas semanas y precisamente el pasado viernes, último día de febrero, tomé conciencia de ello. Y me dejé llevar. Me dejé llevar.

Aquí estoy escribiendo sin escuchar cantos de sirena. Procuro la continuidad hasta donde me llegue. Exploro otros jardines y páramos. Costas desconocidas. La profunda humildad que siento cuando admiro las historias de los demás. La lectura es mi amiga. Cuantas voces alentando el uso de la palabra. La extensión imposible de parar de mi pensamiento, de las asociaciones de ideas. Las historias que quiero vivir a través de las palabras que leo; mis respuestas de admiración en la escritura. Un conglomerado de partículas móviles que se retroalimentan.

Y cuando no haya nada que contar, escuchar, disfrutar.

Es hora de ponerse serios. Es hora de que las lentejas se cocinen solas.


Este texto de abajo lo escribí previamente al anterior. Tiene cabida en la misma entrada, que hay que ahorrar página:)

Y continúo…

No me pondré de espaldas a una puerta, no señor.
A veces me da por situar las cosas de otro modo, como cambiar los muebles para ver otra perspectiva. Pero, ¿qué digo? ¿A veces? En realidad, hace mucho tiempo que dejé de hacerlo. No, ya no me gusta mover los muebles, ni se me ocurre pensar en distintas disposiciones en cuanto a los enseres de casa. Si lo hago, será por necesidad más que nada.
Ahora me cuesta mover una disposición que se me hace cómoda. Y eso es lo que percibe mi ánimo en estos tiempos, que quiere escuchar qué le hace sentir cómodo y qué no le hace sentir cómodo. Solo así puedo concluir qué quiero, qué no quiero.
Lo que pasa es que a veces la indolencia va disfrazada de comodidad, y la indolencia muchas veces procede de haber vivido un tipo de experiencia durante mucho tiempo. Es como el lagarto que se ha quedado sin querer tumbado sobre el frío. Y no sé por qué se me ha ocurrido esta imagen para describirlo. Por alguna razón se me viene la imagen de un lagarto al sol o en el frío con cierta frecuencia. No es que adore los reptiles. Tampoco me disgustan del todo.
Pues sí, la indolencia puede ir disfrazada de comodidad y la indolencia no siempre llega de la pereza, sino de un periodo de tiempo estanco. Una vez se disipa, o empieza a disiparse, ese periodo estanco, es posible que la indolencia cobre un color diferente. Se transforme, aunque sea poco a poco. La cuestión es poder identificar esta situación y la cuestión es procurar quitarle el disfraz de comodidad que llevaba. Se hace complicado, pero merece la pena intentarlo.
Esto es todo un lenguaje figurado que no se afinca en ninguna parte, pero es parte del preámbulo del cambio de sentido. Todo es tan lento como lo fue cuando me fui adentrando en esa situación estanca. Nada es de buenas a primeras en cuanto a la personalidad de un ser humano. Las emociones sí; una forma de ser, sin embargo, se deja calibrar más dificilmente. El cerebro, adaptado a lo viejo, evita lo nuevo. Trampea y no permite ver claro. Instiga a la duda. Nada parece cierto, y solo lo que parece cierto merece la confianza.
Cambié la posición de la mesa donde suelo explayarme en mis horas huecas. Frente a una ventana pequeña que da a la calle. Una calle por la que pasan pocas cosas. Es tranquila. Pero en esa posición, con la mesa frente a la ventana, la puerta de la habitación quedaba a mis espaldas. No, así no. La puerta no podía quedar a mis espaldas. La puerta debía quedar de modo que pudiera verla por el rabillo del ojo. Así que volví a cambiar la mesa a su posición original y entonces recuperé el aliento. Es solo una idea que me hizo ver lo que era cierto. En ese punto deposité mi confianza.

Esta vez no hay dibujo. No señor.