Y luego no fue nada

En mi última entrada decía algo de «primero era algo y luego lo fue nada». Así es. Primero era una persona que pensó que quería dibujar; una persona que quería escribir; una persona que quería hacer una tesis, y luego nada de eso sirvió. Me refiero a pensarlo o quererlo. Pasaron unas cuantas cosas más por mi cabeza a lo largo de los años, pero entonces también pasaron otras de verdad en mi vida. Cada una de esas cosas, más o menos complicadas, me situaron en un lugar, más o menos alejado de lo que pensaba o quería hacer.

Todo eso pasó también. Lo que pensé o quise, lo que de verdad me ocurrió. Todo eso pasó.

Me quedo con una versión de mí misma, de una persona que ocupa sus horas con lo que puede, con vestigios de lo que pensé o quise hacer; con la experiencia de lo que sí hice y de verdad me ocurrió. Y ahora me quedo varada en una costa, que antes era extraña y poco a poco se me va haciendo más familiar.

Me siguen sucediendo cosas, pero digamos que las controlo más. No es un control de no dejar que las cosas discurran por su cauce; muy al contrario, intento que discurran por su cauce. Necesito el desapego para llegar a un punto de partida anterior, si es posible, a aquellos instantes en los que pensé o quise hacer algo. Cosa complicada por ser alguien ya diferente o por situarme en un espacio y tiempo diferente.

Voy a lo básico. Dibujar. Escribir. Escribir o dibujar. Qué hay de real en esto que hago. Cuál de estas dos cosas discurren bien por mi cauce: las lentejas. Qué cambio de tono, es cierto. Las lentejas.

Yo recuerdo que una vez me dejé aconsejar por mi directora de tesis, en esa vez que pensé o quise hacer una tesis, hace mucho tiempo. Y en esa ocasión, mi directora de tesis me dijo que era cuestión de sentarse dos horas todos los días y pim pam. Que era muy fácil dejarse llevar por cuestiones como «ay que tengo que hacer las lentejas» u otra excusa lógica derivada de vivir en un hogar, de llevar un hogar, para alejarse de la simple obligación de esas dos horas, de esa pequeña constancia. No había que hacer caso a esa vocecita que incordia. Había que ignorar esa voz interior que te pide atender las lentejas como si fueran cantos de sirena, metáfora que me he sacado yo de la manga. Sencillo decirlo, difícil cumplirlo.

Todo empieza por saber si quieres hacer «eso» o solo es una pose o solo es algo que crees que quieres hacer porque lo sientes como una pulsión, pero que no parece tener continuidad. La mayoría de las ocasiones es tener demasiadas cosas en la cabeza, el runrun eterno. También la inseguridad es un monstruo de tres cabezas. No sé por qué de tres cabezas, pero lo es. Tendrá su significado y lo averiguaré. En todo caso, la continuidad no es posible si no se le da la oportunidad.

Las lentejas. Ya no me detienen las lentejas, ni siquiera el trabajo, ni la sombra de la familia, la de mis padres o la mía.

El pasado viernes casi tomé la decisión definitiva de abandonar los instrumentos —especialmente los del dibujo— y dedicarme a la lectura y a la vida. A la tranquilidad de ánimo y al aburrimiento también. Llevo un buen tiempo redescubriendo el acto de leer, que me proporciona bienestar incluso en las historias tristes o de miedo. Pero entonces, ocurrió algo, al margen de que ya mi vida se estaba disponiendo de una manera determinada para adoptar el cambio. Cambios sutiles, pero suficientes. Ocurrió algo y sentí una energia extraña, casi ajena. Como si hubiera nacido de nuevo, como si me hubiera quitado un traje viejo. Y empecé a escribir, si es que alguna vez realmente lo dejé. Que para mí lo mismo es escribir que pensar. La cuestión es que llevo haciéndolo de una forma determinada desde hace unas semanas y precisamente el pasado viernes, último día de febrero, tomé conciencia de ello. Y me dejé llevar. Me dejé llevar.

Aquí estoy escribiendo sin escuchar cantos de sirena. Procuro la continuidad hasta donde me llegue. Exploro otros jardines y páramos. Costas desconocidas. La profunda humildad que siento cuando admiro las historias de los demás. La lectura es mi amiga. Cuantas voces alentando el uso de la palabra. La extensión imposible de parar de mi pensamiento, de las asociaciones de ideas. Las historias que quiero vivir a través de las palabras que leo; mis respuestas de admiración en la escritura. Un conglomerado de partículas móviles que se retroalimentan.

Y cuando no haya nada que contar, escuchar, disfrutar.

Es hora de ponerse serios. Es hora de que las lentejas se cocinen solas.


Este texto de abajo lo escribí previamente al anterior. Tiene cabida en la misma entrada, que hay que ahorrar página:)

Y continúo…

No me pondré de espaldas a una puerta, no señor.
A veces me da por situar las cosas de otro modo, como cambiar los muebles para ver otra perspectiva. Pero, ¿qué digo? ¿A veces? En realidad, hace mucho tiempo que dejé de hacerlo. No, ya no me gusta mover los muebles, ni se me ocurre pensar en distintas disposiciones en cuanto a los enseres de casa. Si lo hago, será por necesidad más que nada.
Ahora me cuesta mover una disposición que se me hace cómoda. Y eso es lo que percibe mi ánimo en estos tiempos, que quiere escuchar qué le hace sentir cómodo y qué no le hace sentir cómodo. Solo así puedo concluir qué quiero, qué no quiero.
Lo que pasa es que a veces la indolencia va disfrazada de comodidad, y la indolencia muchas veces procede de haber vivido un tipo de experiencia durante mucho tiempo. Es como el lagarto que se ha quedado sin querer tumbado sobre el frío. Y no sé por qué se me ha ocurrido esta imagen para describirlo. Por alguna razón se me viene la imagen de un lagarto al sol o en el frío con cierta frecuencia. No es que adore los reptiles. Tampoco me disgustan del todo.
Pues sí, la indolencia puede ir disfrazada de comodidad y la indolencia no siempre llega de la pereza, sino de un periodo de tiempo estanco. Una vez se disipa, o empieza a disiparse, ese periodo estanco, es posible que la indolencia cobre un color diferente. Se transforme, aunque sea poco a poco. La cuestión es poder identificar esta situación y la cuestión es procurar quitarle el disfraz de comodidad que llevaba. Se hace complicado, pero merece la pena intentarlo.
Esto es todo un lenguaje figurado que no se afinca en ninguna parte, pero es parte del preámbulo del cambio de sentido. Todo es tan lento como lo fue cuando me fui adentrando en esa situación estanca. Nada es de buenas a primeras en cuanto a la personalidad de un ser humano. Las emociones sí; una forma de ser, sin embargo, se deja calibrar más dificilmente. El cerebro, adaptado a lo viejo, evita lo nuevo. Trampea y no permite ver claro. Instiga a la duda. Nada parece cierto, y solo lo que parece cierto merece la confianza.
Cambié la posición de la mesa donde suelo explayarme en mis horas huecas. Frente a una ventana pequeña que da a la calle. Una calle por la que pasan pocas cosas. Es tranquila. Pero en esa posición, con la mesa frente a la ventana, la puerta de la habitación quedaba a mis espaldas. No, así no. La puerta no podía quedar a mis espaldas. La puerta debía quedar de modo que pudiera verla por el rabillo del ojo. Así que volví a cambiar la mesa a su posición original y entonces recuperé el aliento. Es solo una idea que me hizo ver lo que era cierto. En ese punto deposité mi confianza.

Esta vez no hay dibujo. No señor.

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