Esto, dentro de lo que cabe, es el fragmento de una historia, de una historia de las que se inventan. Una historia hecha ficción y no tiene espejo donde pueda reflejarse. Es una ficción, una ficción, una ficción. No pertenece a ninguna forma de diario. Es un fragmento de la historia de Abigail.
Tenía alrededor de diecinueve años cuando me dio por investigar la estructura interior de las casas. Si quería escribir algo acerca de lo que sucedía en una casa, era importante saber cómo era esa casa por dentro. Era como jugar con una casa de muñecas en la imaginación. Me quedé con las ganas de tener una casa de muñecas cuando era pequeña. Yo quise una de esas casas hechas de madera que imitaban las mansiones que tampoco llegaría a conocer en persona. Me gustaba jugar en el suelo con todo lo que se prestara a ser manejado para montar una historia. Pero no tenía conciencia de que me gustara crear historias; creo que más bien quería vivir las historias y para ello tenía que crearlas. ¿Tiene algún sentido que después de eso, cuando crecí y empecé a leer, me diera por pensar que quería escribir para crear esas historias en las que podría llegar a vivir? Del juego en el suelo al papel va un gran trecho, a veces insalvable. Porque no es lo mismo sentir la espontaneidad del momento, que forzar el impulso de la escritura. No es lo mismo ser niña que ser adulta.
Cuando estaba en la universidad, como ya dije, me dio por investigar la estructura interior de las casas; casas en las que sucedían mis historias. ¿Pero existían esas historias? Cuando era niña sí existieron o bien eran una concatenación de sucesos, como en los sueños, que saltaban de un escenario a otro con toda sencillez y naturalidad. A veces momentos costumbristas, los de un hogar o el colegio. A veces instantes de angustia en los que mis personajes debían escapar de un terremoto, de una tormenta violenta, de un volcán en erupción, de la persecución de criaturas malvadas. Eran breves y se sucedían unos a otros como si fueran nada; como en los sueños, cada uno de ellos se desvanecían para dar paso al siguiente. Una cabeza en la que miles de escenas y sensaciones derivadas bullían y se dejaban liberar para ser olvidadas. Yo las vivía todas. No es lo mismo ser niña que ser adulta.
Hoy he soñado que mi casa se llenaba de personas, como esa película en la que una mujer se ve acosada por la presencia incesante de personajes cuya presencia no tiene sentido. Creo recordar que no podía deshacerse de ellos y que la historia se repetía. En mi sueño, sin embargo, no había angustia, sino un lento despertar. Miles de caras se iban arracimando en el sueño, aparecían y sumaban algo de lo que hacían a lo que ya se estaba haciendo. Recuerdo particularmente una mujer que estaba a cargo de la cocina y pretendía hacer una tortilla de patatas picando las patatas y la cebolla en trocitos muy pequeños y yo le decía que así no, y mi sentir era que alguien respaldaba mi parecer. Hubo muchos saltos en mi sueños, muchos rostros que reconocía en el momento de verlos, personajes de la televisión, de la política, y de personajes de mi entorno pasado y presente. Se iban sumando y también se marchaban y daban paso a otros. Me ha ocurrido de vez en cuando que he soñado con esa misma sensación de acoso como la de la protagonista de la película, pero esta noche no sentí el acoso; era como dejar pasar una cosa tras otra y yo participaba de lo que fuera que estuviera ocurriendo. El sueño me condujo hasta el interior de un colegio. No recuerdo nada más.
Si pudiera reunir fuerzas para dar coherencia a mis sueños, quizá tendría esa primera historia para contar, esa historia que no me importara leer a mí misma, esa historia en la que quisiera vivir. Una historia de otras tantas. Pero no tengo esas fuerzas.
Empecé a hablar del interior de las casas. Pues sí, es cierto que cuando estaba en la universidad me dio por querer escribir teatro y entonces pensaba en los posibles escenarios. Para ello me puse a pensar en cómo sería la casa que querría representar en la historia, pues desde luego la trama se desarrollaría en una casa. De modo que me puse a diseñarla con sus distintas plantas y lo dibujé en el papel. No es tan fácil la verdad. Lo que me daba más problemas era la disposición de la escalera, cómo hacer para que tuviera lógica en la distribución del espacio para que las plantas estuvieran conectadas, para que las salas o las habitaciones fueran accesibles. Porque yo tenía la vana impresión de que si tenía un lugar para mi historia, la historia surgiría de buenas a primera.
Estaba convencida de que el lugar era la base de la historia.
Puede que sea por las películas que veo o por los libros que leo, pero el tema del espacio no me queda del todo claro. Al mismo tiempo, cuando contemplo el retrato de un determinado ambiente ya sé que me sentiré atraída por la historia. Me sumerjo en el espacio y formo parte de él. Me adentro en la historia, soy uno de sus personajes. Cuando todo acaba, me quedo vagando por entre las paredes de la casa en la que todo ha sucedido y pienso que quiero más de eso, que se me ha hecho breve; yo acaso pudiera crear una historia que lo perpetúe. O quizá transformarme en un fantasma que no entiende de finales.
La escritura de la obra de teatro, esa que pretendía en mis años de estudiante, se derrumbó al tiempo que el diseño de la casa en la que tendría lugar. Se desplomaron las líneas sobre el papel. La escalera no encontró su lógica.
Desde entonces voy como alma en pena caminando por las páginas de los libros en los que se cuentan las historias. Investigo como cuando era estudiante en los libros de arquitectura en los que se habla del estilo de las casas y me detengo sobre todo en esas casas por donde mi alma se solaza como sombra de fantasma. Casas tudor, casas georgianas, casas victorianas, casas gótico-victorianas, casas modernistas, casas, casas.
Acaso soy realmente un fantasma y no me haya dado cuenta. Me tiro al suelo cubierto por tarimas desgastadas pero hermosas, me tiro al suelo cubierto por alfombras persas que aguantan el peso de los ácaros con dignidad de sultana, orgullosas. Juego con mis historias, aquellas que son un suspiro breve, como son las de los sueños que me ya no me acosan, aquí en esta casa de gran envergadura de la que no conozco el estilo o el diseño. No sé que distribución me rodea; no sé si se orienta hacia el norte, hacia el sur, hacia el oeste o el este. Comprendo tan solo de momentos del día en los que la luz penetra por una ventana y se deposita sobre los muebles, los paneles de la pared para crear las sombras que me son tan necesarias. También de la oscuridad que se extiende como un manto por los vanos de las puertas.
Subo por la escalera que lo conecta todo, pero no sé de qué manera. Soy verdaderamente el fantasma que vive su propia historia.
