Celebro este mes de marzo tan mojado en el que arranca una historia, mi historia. Una tibia luz de esperanza ilumina el camino mientras el invierno, mohino, se despide con tan malos modos.
Agradezco poder acudir a las imágenes, por simples o absurdas que resulten, cuando mi cabeza se enciende y se arremolina con entusiasmo: a veces sirven para atemperar la emoción, y otras, para hacer la espera más llevadera. El dibujo, entonces, no es un fin, sino un modo de realizar transiciones. Qué alivio.
Llueve, llueve, llueve.
Hay una ventana en la memoria y una nube que se abre en el ensueño. El viento difumina los contornos, azota las plantas. El cielo se desploma sobre marrones, verdes y ocres. Una franja de claridad aguarda a lo lejos.
