A veces los títulos me salen antes de lo que voy contar, como movida por una intuición de lo que se aproxima en mi cabeza. Otras veces me cuesta poner nombre a lo que voy a decir o colgar en una entrada. En este último caso, lo más seguro es que no necesite encontrar una frase que resuma la idea. Lo cierto es que esto sucede normalmente cuando se trata de subir un dibujo al blog, o varios. Lo mejor que puedo hacer entonces es mirar de qué trata y poner lo primero que se me ocurre.
Los dibujos que aparecen en esta entrada son variaciones de un mismo motivo. Está a la vista. Mientras mi cabeza anda escribiendo sus historias, que ahí están, de pronto asoman las ganas de dibujar. Creo que me permite tomar perspectiva, sin más, y yo me dejo llevar. Ahora es así, porque también sé que lo que dibujo tiene mucho que ver con lo que escribo. Pero bueno, en cuanto a estas variaciones de un mismo motivo, la cosa empezó por dibujar el fragmento de una realidad pequeña y ver hasta dónde me llevaba. Primero el original, el que haría de prototipo para el resto, y que está hecho con lápiz, y ya después surgieron los demás. Me gusta mezclar materiales. Últimamente, materiales con los que no me pringue demasiado: son rotuladores de toda naturaleza (de base de agua, acrílicos y acuarelables), sanguina, carboncillo, grafito, tintas…
En el caso de abajo del todo, he hecho el dibujo sobre papel vegetal, porque quería tener una primera impresión de hacer un dibujo sobre un soporte transparente. Cada vez me gusta más el tema de las vidrieras (siempre me interesaron, pero ahora es algo diferente), y no me refiero a hacerlas, ¿vale?, sino a sus patrones, sus variantes según movimientos artísticos (de lo cual sé bastante poco y estoy indagando en ello), y me apetece experimentar con la transparencia. Por ejemplo hacer una ilustración con efecto de ventana pintada. El misterio de que pueda haber un dibujo debajo de otro dibujo. La mirada dentro de la mirada. La composición de una superposición de motivos. No sabría explicarlo ya que me encuentro perezosa para darle forma a este pensamiento mientras estoy en el terreno del dibujo y me temo que comenzaré a decir tonterías. Digamos que solo quería ver cómo sería hacer una ventana. De hecho, he pensado en aplicarlo sobre acetato transparente para que sea un poquito más real. El papel vegetal es traslúcido y no es lo mismo. Pero me vale como juego. Él último de los dibujos muestra el efecto de poner el dibujo que hice en el papel vegetal sobre uno de los dibujos de «La casa en ruinas» de la pasada entrada: una ventana imaginaria a un universo imaginario.
Al tomar el desvío del camino que, por detrás, circundaba el edificio del albergue se llegaba a la elevación de la carretera principal y allí, entre otras viviendas aun vivas, despiertas, estaba la casa en ruinas donde vivió Verity. Era difícil pasear por esa extensión menos concurrida de la propiedad y no fijarse en ella. Sí, estaba en ruinas y al mismo tiempo se hacía atractiva. Supongo que por mi deseo de hallar una historia que respaldara su estado, me hice una buena idea de su aspecto.
Era una casa de piedra gris de un solo piso. El tejado era de arcilla y caía a dos aguas a lo largo de la construcción, o vamos a decir mejor a lo largo de la deconstrucción, porque lo cierto es que parte de ese mismo tejado estaba ya hundido. Hundido por la dejadez, hundido por el abandono, por las aguas intermitentes o continuas. Hundido en parte y amenazaba con dejarse hundir por completo. El jardín que rodeaba la casa estaba cubierto por todo tipo de maleza: de plantas crecidas en invierno y de plantas silvestres que crecían en el verano a la sombra de un par de robinias cuyas ramas no se distinguían de los vástagos y ramajos de los arbustos. Tenían los troncos cubiertos de trepadoras, hiedras y quinquefolias. Desde la valla de la propiedad era imposible ver, que no imaginar, los pequeños roedores que seguro poblaban el sotobosque de aquella selva rústica. Había un pozo hecho de ladrillos de arcilla coronado por un arco, también hecho de ladrillos, en un rincón del sombrío jardín. El rojo de la arcilla estaba oscurecido y cubierto por otras tantas trepadoras, aquellas que agotaron el espacio en una de las robinias y que se inclinaron para proseguir su incansable crecimiento en otro lugar, donde las aceptaran sin remilgos. La parte trasera de la casa sería un misterio. Pude llegar a ver una de las ventanas laterales que estaba protegida por una reja, o bien protegía el exterior de lo que hubiera dentro. El único lugar que no se escondía a la vista con determinación, era la verja. Desde allí pude ver la entrada con claridad a la que se accedía por unos cuantos escalones de piedra flanqueados por dos muretes curvos que le daban una apariencia de humilde elegancia. Más tarde pensé: “Esta es la casa de Verity, el hogar desaparecido de mi pequeño fantasma”.
La casa en ruinas en la calle Real. Un proyecto de vida que termina igual que comienza.
La casa en ruinas en la calle Real. La impresión en el sueño. Amenazan las ramas desnudas de los árboles y amenazan los esqueletos de las trepadoras al final del invierno. El sol desciende en el oeste. La casa se prepara para oscurecerse por dentro.
La casa en ruinas en la calle Real. La luz cae por los perfiles y despliega su alfombra vespertina por la acera y el asfalto. No hay nadie en varios metros a la redonda. Estamos solos paseando en nuestras ideas, paseando en nuestros recuerdos. El aire es tibio y apenas se mueve. La primavera es una llamada a la puerta. No hay quien la reciba. Los anfitriones del hogar, cansados como están de vagar por senderos de una experiencia que se repite una y otra vez, prefieren postergar la bienvenida. Mientras tanto la realidad se hace transparente, sin forma. Solo la luz la sostiene en su baile de sombras.
Un poco de luz la vuelve toda blanca. Asoma por encima de la verja para ver quién pasa delante de la casa y le roba la mirada sin pretenderlo. Si aquella persona le preguntara por su pelo cano, por la caída en gracia de su mirada lánguida, diría que el sol le arrebató todo lo que tenía de púrpura intenso cuando era pequeña. Si le preguntara por su nombre, no acertaría a dar la respuesta correcta, porque ella se olvidó de tener uno propio. Todos y cada uno de los retoños que convivían con ella en el mismo hogar compartían nomenclatura. Qué poca conciencia de sí misma, se dijo. Aunque recuerda que cuando nació, y ella fue la primera de sus hermanas, oyó la palabra magnolia, pero también la palabra lirio. Por último y así ha permanecido convencida de que es lo único que las representa a todas, oyó la palabra Liliflora. Oh, un nombre de leyenda, un nombre también insignificante. Oh, qué bonito. Qué extraño también saberlo cuando se le acaba el tiempo.
Eran dos hermanas. Eran la sombra la una de la otra, y juntas desafiaban la exigencia de las horas.
A lo largo del pasillo que recorría la casa del extremo este al del oeste, de la luz a la penumbra, caminaban hombro con hombro sin mirarse las caras y cruzaban la salita donde tomaban el té por la mañana mientras intercambiaban ténues impresiones y donde, por la tarde, se leían libros en alto mutuamente. Más allá de este cuarto que les servía, al fin y al cabo, de antesala de lo posible, traspasaban el umbral de la noche y dormitaban.
Desconocían entonces si estaban despiertas. Se convertían en dos seres traslúcidos o quizá en uno solo de dos cabezas, para conducirse mejor entre las tinieblas. La claridad era un capricho onírico en la casa toda, y en esa claridad de ensueño quedaban de inmediato enmudecidas. Era como si cayeran de un peldaño escondido, inadvertido, en el recodo del camino que las hacía olvidarse del día, y así pasaban el resto de las horas fundidas en una única percepción que se fragmentaba y se disolvía apenas el alba atravesaba los cristales de las ventanas.
En este tiempo en el que procuro alejarme de todo lo que creía querer, o de lo que pensaba que eran mis motivaciones, voy rescatando las entradas de tres blogs que había eliminado. En realidad, ya están todas las entradas cargadas, pero no tienen las imágenes o dibujos que acompañaban el texto, porque al eliminar los blogs después de exportar el contenido, aquellos desaparecieron. Al rescartar las entradas poco a poco, haciendo coincidir más o menos los meses de este y otro año pasado, me permito volver a insertar las imágenes y me permito hacerlo con calma. Esta es mi despedida de lo que fui en un instante concreto.
En la entrada del 20 de marzo de 2024 las imágenes eran fotografías que ya no conservo, así que he insertado a final del texto un dibujo de una época pasada.
20 de marzo de 2024
Habrá momentos en que deba escupir, expulsar, siempre sacar, extraer, y habrá momentos en que deba inspirar, absorber. Unos momentos por otros, todos serán buenos.
Si leo, escribo. Si estoy leyendo, estoy escribiendo. No tengo que abandonar la lectura por creer que no estoy avanzando en la escritura.
Cuando estoy leyendo, estoy escribiendo, estoy dibujando, estoy construyendo.
Dejar de dibujar y de escribir es bueno cuando siento que no lo necesito. Es un buen respiro de mí misma.
Con frecuencia necesito nutrirme.
Si me evado con un pensamiento, o con la música o con una película, eso no es pérdida de tiempo, no se me escapa la vida, porque es construcción.
Hay un tiempo para leer y otro para escribir; un tiempo para observar y otro para dibujar.
Un tiempo para estar.
Un tiempo para dormir.
Un tiempo para la vigilia y otro para el subconsciente.
Un tiempo para el inconsciente y otro para la intuición.
Un tiempo para dejarse llevar y un tiempo para atacar. Un tiempo para escuchar y otro para retirarse.
Un tiempo para concentrarse y otro para disiparse, dispersarse.
Un tiempo para jugar y otro para trabajar.
Transcurre el tiempo.
Cayeron las flores del almendro, nacen las flores de los prunos. Permanecen las flores del jazmín. Se abren los conos de los cedros. Nacen frutos que son apenas un asomo ocre entre las púas.
Se caen las puntas amarillas de los cipreses. Puedo acercarme a ellos, no me rechazan. Se acabó, es marzo. Puedo oler sin amenaza.
Nacen las semillas de alas verdes de los olmos. Brotan los retoños del castaño de indias; parecen pollitos envueltos en su pelusa verdiamarilla.
El fresno se rezaga.
Los perales se engalanan con humildes ramilletes de flores blancas entre diminutas hojas alimonadas. El plátano de sombra recoge sus bolitas y da salida a sus hojas palmeadas. Apenas son una sombra de lo que serán en breve.
La mimosa ha perdido la intensidad de su amarillo. Esas pelusitas que se aferran unas a otras. Se despiden lentamente con el dulzor de su aroma.
Crecen hojas, aparecen, permanecen, mudan de color, perennes y caducas. Flores y frutos proyectan olores y posibilidades. Prometen una larga conversación con el aire, el suelo, lo que haga falta.
La morera se rezaga.
Los arbustos lanzan una gama extensa de colores. Algunos. Otros comienzan a lucir sus mejores galas, cuanto pueden.
Retoños silvestres, inflorescencias extrañas, formas alejadas del rosal, el pensamiento o la petunia. Pequeñas, imperceptibles, pero qué fulgor el de la hierba y las espigadas gramíneas cuando se encuentran invadidas por el volátil diente de león, la margarita, una purpúrea vinca o la aromosa lavanda, nuestro prosaico espliego.
Transcurre el tiempo. Mis ojos no se acostumbran a su paso.
Pero hay un tiempo para todo.
Gracias por el que me regalas.
Olmo con sámaras en el Retiro | Marzo de 2019 | Acuarela
Es complicado pensar que nunca va a haber problemas, que todo será equilibrado, que siempre habrá ese pequeño rayo de luz que te facilitará el camino sin obstáculos. Es complicado y es ingenuo.
Estoy empezando a escribir como forma de olvidar lo que me preocupa, y también para continuar con la construcción de esa historia cuya idea y premisa todavía desconozco.
La inquietud se está apoderando de mí como hace tiempo que no lo hacía. O quizá no lo recuerde y no haya pasado tanto tiempo. Los hijos. Aun sin hacer nada, generan inquietud, temor. La existencia más allá del control de los padres, más allá de mi control, me desazona. Y no siempre es así, pero quién sabe qué le pasa al cuerpo en ocasiones que le da por sacudirse como si sufriera turbulencias. Puede ser los efectos del arranque de una primavera, los niveles altos de cortisol, los fantasmas que acosan desde la experiencia.
Acabo de disponer dos tableros en la pared encima de la mesa donde escribo. Los dos tableros juntos, uno más ancho que el otro, el de la derecha, porque en el chino no había las dimensiones que deseaba, ochenta o noventa centímetro por lo menos. Pero de este modo, habiendo comprado uno de sesenta de ancho y otro de veinte (la altura en ambos casos es de cuarenta centímetros), me parece mejor. Porque utilizaré cada espacio por separado para un propósito diferente. La finalidad de los tableros es poner anotaciones de la narración que ahora tengo entre manos, la de «Una vida llena de fantasmas», En el de la izquierda, el más grande por ser más ancho irán las anotaciones de las sucesivas historias o hilos narrativos que surjan, y en el de la derecha, el más pequeño, irán quizá las anotaciones o notas referidas a detalles como los personajes o los escenarios.
Podría cambiarlo todo, pero de momento es lo que ya he hecho. He escrito fichas, una por cada uno de los hilos narrativos que he abierto y los he fijado en el tablero de la izquierda. Todavía no he dicho que sobre el fondo de cada tablero que es de corcho, he pegado (en realidad está sujeto con chinchetas) una capa de fieltro de distinto color. Amarillo para el tablero de la izquierda y azul oscuro para el de la derecha. Tuve esa fijación desde que me vino la idea de poner tableros sobre la mesa donde escribo y dibujo, que a estas alturas llamaré mesa de trabajo. También puede que me dejara llevar por los argumentos de aquel pintor famoso acerca del color. Una vez lo leí y ya se me quedó en el subconsciente.
Tengo una predisposición hacia lo visual. A pesar de lo mucho que agito el pensamiento por asociaciones o argumentos verbales en silencio, no soy del pensamiento abstracto; las matemáticas no son lo mío, especialmente porque me parecen inasibles incluso en su dominación por el mundo. Necesito proyectar los asuntos para verlos. Una vez me preguntó un amigo si pensaba en imágenes o en palabras. Vaya pregunta aquella. Quizá porque mi forma de pensar es asociativa y dispersa cuando me siento abrumada o desalentada o bien inquieta, necesito ver los asuntos expuestos, ver un escenario, ver el movimiento. La conexión de lo que llevo hecho. De otro modo, es muy probable que abandone. De pequeña me enseñaron a hacer esquemas en el colegio y ya me llevé ese aprendizaje en la mochila a través del instituto y de la universidad.
Esto que acabo de decir, lo de que necesito visualizar los asuntos es algo que ya sabía de hace tiempo, pero no lo puse en práctica durante un largo intervalo de tiempo salvo por el dibujo. Gracias al dibujo, gracias a haber tenido cierta constancia en su desarrollo —a veces a pesar de mí misma, de mi juicio interno—, y gracias a que he sabido conservar parte de lo que he hecho en los últimos años, ahora puedo observar el conjunto de lo que hago, de lo que hecho, de lo que era y de lo que soy capaz de hacer. Solo al final del camino y gracias a la exposición de una labor, es posible, me ha sido posible constatar que puedo llegar a realizar algo, a completar algo que no deseo rechazar.
Azul en deconstrucción
Por supuesto lo que hice ayer ya fue deconstruido y me refiero a los tableros que pegué en la pared. Los he quitado. De hecho los quité anoche antes de irme a la cama. No estaba convencida de su utilidad o bien no estaba convencida de su formato ni tampoco del fieltro que usé para cubrirlos, ni del color. Por alguna razón que se me escapa, y que seguramente solo podría encontrar en la lógica de los sueños mientras duermo, sentí la necesidad de poner un tablero en la pared encima de mi mesa y ese tablero debería ser amarillo o azul celeste. Esta idea creció en mí después de verlo en Internet.
Yo buscaba tableros y de pronto vi uno de color amarillo anaranjado, como de ese matiz de amarillo nápoles que llaman en los materiales de pintura; al poco de seguir buscando, vi un tablero de color azul claro. Y he dicho antes que debería ser azul celeste, pero el matiz no es exacto. Es el azul del cielo a plena luz del día en un instante anterior a la entrada del otoño. Finalmente, tras otras tantas búsquedas en la red, topé con un gris claro, perlado. Este es otro valor en la pintura que me transporta una realidad sutil, de neblina que oculta lo feo y realza la templanza.
El amarillo se dispone como una herramienta de acción positiva; al azul intenso, que no oscuro o punzante, habla de las sombras a tener en cuenta; el gris perla, vela por la constancia, por no dejar que la nitidez de la realidad enturbie el impulso primero e interrumpa una riada de pensamientos sobre el teclado o el papel. Esa riada de pensamientos, argumentos que se solapan, tienen su curso aun antes de ser generados, deben seguir ese curso para construir y deconstruir, para construir y deconstruir ajenos al juicio, atentos al momento, dejándose llevar para la consecución de un fin. El fin solo surge por prueba y error, por prueba y error, por prueba y error.
Verde en el regreso
Ha pasado una semana de mi última desesperación y ha pasado casi todo, gracias a la providencia. Llegarán otros bucles, otras vorágines, pero llegarán otras calmas. Y siempre de este modo hasta que no se puedan contar ni los bucles o las vorágines ni las calmas. Como dijo ese monje cuando trataba de explicar el satori: este llega cuando tienes los pies por delante. Ya se imagina a qué se refiere el monje. No te angusties por eso, el humor es sano. Es lo más sano que hay y hacer aquello que una voz cada vez más lejana te pide hacer, también es bueno, es lo mejor, incluso en la lucha por no saber acometerlo. Debes disponer un pie detrás de otro, antes de que decidan por sí solos ponerse juntitos y por delante.