En este tiempo en el que procuro alejarme de todo lo que creía querer, o de lo que pensaba que eran mis motivaciones, voy rescatando las entradas de tres blogs que había eliminado. En realidad, ya están todas las entradas cargadas, pero no tienen las imágenes o dibujos que acompañaban el texto, porque al eliminar los blogs después de exportar el contenido, aquellos desaparecieron. Al rescartar las entradas poco a poco, haciendo coincidir más o menos los meses de este y otro año pasado, me permito volver a insertar las imágenes y me permito hacerlo con calma. Esta es mi despedida de lo que fui en un instante concreto.
En la entrada del 20 de marzo de 2024 las imágenes eran fotografías que ya no conservo, así que he insertado a final del texto un dibujo de una época pasada.
20 de marzo de 2024
Habrá momentos en que deba escupir, expulsar, siempre sacar, extraer, y habrá momentos en que deba inspirar, absorber. Unos momentos por otros, todos serán buenos.
Si leo, escribo. Si estoy leyendo, estoy escribiendo. No tengo que abandonar la lectura por creer que no estoy avanzando en la escritura.
Cuando estoy leyendo, estoy escribiendo, estoy dibujando, estoy construyendo.
Dejar de dibujar y de escribir es bueno cuando siento que no lo necesito. Es un buen respiro de mí misma.
Con frecuencia necesito nutrirme.
Si me evado con un pensamiento, o con la música o con una película, eso no es pérdida de tiempo, no se me escapa la vida, porque es construcción.
Hay un tiempo para leer y otro para escribir; un tiempo para observar y otro para dibujar.
Un tiempo para estar.
Un tiempo para dormir.
Un tiempo para la vigilia y otro para el subconsciente.
Un tiempo para el inconsciente y otro para la intuición.
Un tiempo para dejarse llevar y un tiempo para atacar. Un tiempo para escuchar y otro para retirarse.
Un tiempo para concentrarse y otro para disiparse, dispersarse.
Un tiempo para jugar y otro para trabajar.
Transcurre el tiempo.
Cayeron las flores del almendro, nacen las flores de los prunos. Permanecen las flores del jazmín. Se abren los conos de los cedros. Nacen frutos que son apenas un asomo ocre entre las púas.
Se caen las puntas amarillas de los cipreses. Puedo acercarme a ellos, no me rechazan. Se acabó, es marzo. Puedo oler sin amenaza.
Nacen las semillas de alas verdes de los olmos. Brotan los retoños del castaño de indias; parecen pollitos envueltos en su pelusa verdiamarilla.
El fresno se rezaga.
Los perales se engalanan con humildes ramilletes de flores blancas entre diminutas hojas alimonadas. El plátano de sombra recoge sus bolitas y da salida a sus hojas palmeadas. Apenas son una sombra de lo que serán en breve.
La mimosa ha perdido la intensidad de su amarillo. Esas pelusitas que se aferran unas a otras. Se despiden lentamente con el dulzor de su aroma.
Crecen hojas, aparecen, permanecen, mudan de color, perennes y caducas. Flores y frutos proyectan olores y posibilidades. Prometen una larga conversación con el aire, el suelo, lo que haga falta.
La morera se rezaga.
Los arbustos lanzan una gama extensa de colores. Algunos. Otros comienzan a lucir sus mejores galas, cuanto pueden.
Retoños silvestres, inflorescencias extrañas, formas alejadas del rosal, el pensamiento o la petunia. Pequeñas, imperceptibles, pero qué fulgor el de la hierba y las espigadas gramíneas cuando se encuentran invadidas por el volátil diente de león, la margarita, una purpúrea vinca o la aromosa lavanda, nuestro prosaico espliego.
Transcurre el tiempo. Mis ojos no se acostumbran a su paso.
Pero hay un tiempo para todo.
Gracias por el que me regalas.
