Dos hermanas pasaban las horas

Eran dos hermanas. Eran la sombra la una de la otra, y juntas desafiaban la exigencia de las horas.

A lo largo del pasillo que recorría la casa del extremo este al del oeste, de la luz a la penumbra, caminaban hombro con hombro sin mirarse las caras y cruzaban la salita donde tomaban el té por la mañana mientras intercambiaban ténues impresiones y donde, por la tarde, se leían libros en alto mutuamente. Más allá de este cuarto que les servía, al fin y al cabo, de antesala de lo posible, traspasaban el umbral de la noche y dormitaban.

Desconocían entonces si estaban despiertas. Se convertían en dos seres traslúcidos o quizá en uno solo de dos cabezas, para conducirse mejor entre las tinieblas. La claridad era un capricho onírico en la casa toda, y en esa claridad de ensueño quedaban de inmediato enmudecidas. Era como si cayeran de un peldaño escondido, inadvertido, en el recodo del camino que las hacía olvidarse del día, y así pasaban el resto de las horas fundidas en una única percepción que se fragmentaba y se disolvía apenas el alba atravesaba los cristales de las ventanas.

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