Al tomar el desvío del camino que, por detrás, circundaba el edificio del albergue se llegaba a la elevación de la carretera principal y allí, entre otras viviendas aun vivas, despiertas, estaba la casa en ruinas donde vivió Verity. Era difícil pasear por esa extensión menos concurrida de la propiedad y no fijarse en ella. Sí, estaba en ruinas y al mismo tiempo se hacía atractiva. Supongo que por mi deseo de hallar una historia que respaldara su estado, me hice una buena idea de su aspecto.
Era una casa de piedra gris de un solo piso. El tejado era de arcilla y caía a dos aguas a lo largo de la construcción, o vamos a decir mejor a lo largo de la deconstrucción, porque lo cierto es que parte de ese mismo tejado estaba ya hundido. Hundido por la dejadez, hundido por el abandono, por las aguas intermitentes o continuas. Hundido en parte y amenazaba con dejarse hundir por completo. El jardín que rodeaba la casa estaba cubierto por todo tipo de maleza: de plantas crecidas en invierno y de plantas silvestres que crecían en el verano a la sombra de un par de robinias cuyas ramas no se distinguían de los vástagos y ramajos de los arbustos. Tenían los troncos cubiertos de trepadoras, hiedras y quinquefolias. Desde la valla de la propiedad era imposible ver, que no imaginar, los pequeños roedores que seguro poblaban el sotobosque de aquella selva rústica. Había un pozo hecho de ladrillos de arcilla coronado por un arco, también hecho de ladrillos, en un rincón del sombrío jardín. El rojo de la arcilla estaba oscurecido y cubierto por otras tantas trepadoras, aquellas que agotaron el espacio en una de las robinias y que se inclinaron para proseguir su incansable crecimiento en otro lugar, donde las aceptaran sin remilgos. La parte trasera de la casa sería un misterio. Pude llegar a ver una de las ventanas laterales que estaba protegida por una reja, o bien protegía el exterior de lo que hubiera dentro. El único lugar que no se escondía a la vista con determinación, era la verja. Desde allí pude ver la entrada con claridad a la que se accedía por unos cuantos escalones de piedra flanqueados por dos muretes curvos que le daban una apariencia de humilde elegancia. Más tarde pensé: “Esta es la casa de Verity, el hogar desaparecido de mi pequeño fantasma”.

La casa en ruinas en la calle Real. Un proyecto de vida que termina igual que comienza.

La casa en ruinas en la calle Real. La impresión en el sueño. Amenazan las ramas desnudas de los árboles y amenazan los esqueletos de las trepadoras al final del invierno. El sol desciende en el oeste. La casa se prepara para oscurecerse por dentro.

La casa en ruinas en la calle Real. La luz cae por los perfiles y despliega su alfombra vespertina por la acera y el asfalto. No hay nadie en varios metros a la redonda. Estamos solos paseando en nuestras ideas, paseando en nuestros recuerdos. El aire es tibio y apenas se mueve. La primavera es una llamada a la puerta. No hay quien la reciba. Los anfitriones del hogar, cansados como están de vagar por senderos de una experiencia que se repite una y otra vez, prefieren postergar la bienvenida. Mientras tanto la realidad se hace transparente, sin forma. Solo la luz la sostiene en su baile de sombras.