Color de azul

Hay ocasiones en los que nos gustaría decirlo todo sin hablar. Pocas veces es posible que nos quedemos satisfechos por completo sin usar una palabra de más, lo que no quiere decir que no lo hayamos logrado. Lo hemos dicho todo, lo hemos intentado al menos, pero hay una mala vocecilla interior que nos invita a insistir por querer rematar una cuestión.

Esto que acabo de escribir no viene a cuento de nada en concreto. Es uno de esos pensamientos que me vienen después de darme cuenta de lo poco que necesita la visualidad de las cosas para expresar algo complejo e íntegro, algo que no se deja asir por conceptos. Dentro de esta capacidad de la visualidad de las cosas hay un aspecto que nos compromete de inmediato con lo que transmite. Solo que depende mucho de la cultura, del tiempo en la historia donde nos ubicamos, del lugar en el mundo que nos ha tocado vivir. Es de un relativismo absoluto. Este aspecto de la visualidad a la que me estoy refiriendo es el color. El color parece que no atiende a arquetipos.

Hay algo en la práctica del dibujo y de la pintura que siempre me dejaba acomplejada cuando era más joven, y esto es el desconocimiento de la teoría del color. Sentía que debía controlar la teoría para poder comprender su uso, o mejor dicho, para obtener una apreciación más real del color de las cosas y para realizar una aplicación adecuada de esa observación en lo que fuera que estuviera dispuesta a hacer.

Desde el punto de vista académico (y son pocas las ocasiones en las que estado expuesta a ese punto de vista), el color era una cosa. Pero desde el punto de vista de la creatividad el color era un capricho de cada cual. Localizar el lugar común e intermedio entre esos dos puntos de vista era algo que me dejaba cansada y desalentada. Es uno de los motivos que me hizo desistir de una actividad que en sí era pura afición por hacer conforme a un sentir.

Cierto es que con la práctica, más que con el conocimiento (aunque este ayuda en su comienzo, claro) se comprende que las cosas en el dibujo son como las ve la persona que está dispuesta a transferirlas en el soporte que sea desde su propio universo. Me parece que esto es extensible a todos los asuntos humanos. Y llega un momento en que esa misma persona se agota de tener que excusar lo particular para que encaje en aquello general que no sabe siquiera de qué trata. Sí, con el tiempo ocurren los milagros, normalmente por agotamiento. Y entonces toca seguir una intuición. «Por lo menos que los dibujos me digan algo a mí», me digo. «Por lo menos que los colores me hablen», me digo.

He estado leyendo el libro de Daniel Entrialgo, «Cuando el mar no era azul», que me ha hablado del color azul, un color tan común como enigmático. Aunque en este libro se habla principalmente de un color tan al uso en nuestra vida occidental y de este tiempo presente como es el color azul, en general, me ha hecho reflexionar sobre los colores y la relatividad en la percepción del color de las cosas así como la relatividad en la percepción de todo lo demás.

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