Hace un tiempo, y no tanto pues solo estoy hablando de hace cuatro años, comencé a dibujar paisajes imaginarios o imaginados al estilo del que aparece abajo. Lo hacía con acuarela y ahora que me he aficionado a la tinta los hago con tintas, si los hago. Digo «si los hago» porque no es tan frecuente como antes que me dedique a hacer estos paisajes imaginarios. La razón es porque hago otras cosas que en su momento me apetece hacer más; no tiene otra razón.
Hay algo muy bonito que dice (David) Hockney acerca de la pintura de paisajes y creo que está inspirado a su vez en algo que dijo Van Gogh. Lo que dice es que la pintura de paisajes no puede cansar nunca, porque la naturaleza no cansa nunca. Me parece que esto lo dice en respuesta a los que creen que es un aspecto aburrido, trasnochado y socorrido del arte de pintar. Él dice algo así como que lo aburrido no es el paisaje, sino la forma con la que se mira o se trata el motivo.
Así que un paisaje no puede ser aburrido.
Lo cierto es que sea mi dibujo aburrido o no, real o ficticio, forma parte de esa serie de dibujos que hago de forma espontánea para jugar con los trazos o con los colores (en el caso de abajo), y lo hago de memoria. Cuando hablo de memoria me refiero a que ya se trata de un paisaje interior hecho de partes de la observación. No soy persona de salir a la calle para dibujar; en general no soy persona de salir demasiado, de modo que procuro embeberme de lo que veo cuando salgo para retenerlo en mi cabeza y disponer de ello según mi estado de ánimo y necesidad de expresión. Nos respalda una gran cantidad de años de observación, de perplejidad, de experiencia y eso hace que podamos tirar de las rentas que masticamos con el tiempo para poder plasmarlo a través de una forma de expresión, ofreciéndole nuestra mejor mirada, la más personal y la que nos es necesaria para reconocernos en aquello que estamos haciendo o que ya hemos hecho.
«Algo se eleva», es como lo he llamado a este dibujo. Es una leyenda a pie de imagen que procede de una sensación: la que sugiere un tímido movimiento hacia arriba. Hoy es el cumpleaños de mi segundo hijo y puede que ayer de manera inconsciente me lo estuviera contando con las tintas. O puede que se tratara de otro nacimiento el que se avecinaba. Como siempre algo tímido, algo que no denota importancia, pero que quiere que se le tenga en cuenta, que se le preste la atención necesaria. Estoy hablando de esto que hago y que probablemente, mientras tenga ojos y manos para hacerlo, medios para hacerlo, seguiré haciéndo. Más vale que me acostumbre al hecho de que forma parte de mí intrínseca y de que no podré deshacerme de ello. Más vale que me reconcilie con el hecho de que en silencio o en alto, estoy toda hecha de dibujo y letras.
