Distintos momentos del día para cada cosa y El Loco

Yo creía que las rutinas se imponían de manera consciente. Pensaba que decidía cuándo hacía cada cosa a lo largo del día según una apetencia o una inclinación, después,claro, de cumplir otra serie de cosas que suceden porque tienen que suceder: dormir, asearse, limpiar, cocinar, hacer la compra, cocinar, etc. (en general, todo eso que surge de la necesidad de recomponer los días en un hogar). Por aquello de que creía que yo tomaba esa decisión de «hacer lo que me apetecía hacer en el momento en el que me apetecía hacerlo», y me refiero a leer, escribir, salir para andar, e incluso ver una película, incurría en algunas frustraciones anímicas. Por ejemplo, si quería escribir una entrada del blog a una hora cualquiera, no siempre daba un buen resultado; si quería leer a otra hora cualquiera volvía a no dar un buen resultado, y así con lo demás.

Pero recientemente me he dado cuenta de que ciertas rutinas no se me imponen de forma consciente. Me dado cuenta de que hay cosas que tienen su horario. Fue un día que me puse a observar mis propios movimientos y lo comprendí. Mi escritura es para la mañana, mi dibujo (aunque ahora solo es un entretenerme con los papeles) es para primeras horas de la tarde, mi lectura es para primera hora de la mañana después de un desayuno o bien por la noche. Y he visto que siguiendo esa pauta que yo desconocía, me siento mejor. Lo único que ocurre es que los momentos se interrumpen por los cambios de dinámica a lo largo de la semana, pero como estos hábitos del placer y la creatividad no forman parte de una ocupación profesional no me importa posponerlos. Aplico la rutina cuando se puede y ya las frutraciones se minimizan. De todas formas, estoy casi prejubilada, así que cada vez puedo mantener más el esquema de tiempos en mi vida. No es nada consciente, de verdad, aunque ahora que ya comprendo, sí que me dejo llevar por ello de manera consciente.

Al margen de esto, el otro día saqué la carta de El loco de la baraja de Tarot. Suelo sacar una carta de vez en cuando y la dejo en un lugar del corcho que tengo encima de la mesa durante un tiempo. Antes solía sacar una carta cada día y ahora solo lo hago cuando me inclino a pensar que ha habido un cambio o un movimiento hacia alguna parte. La baraja que tengo es la de Marsella, una réplica de la que se supone que tiene el aspecto original de una de las barajas de Marsella. Esto del Tarot no lo tomo como un medio de adivinación del futuro ni del presente. A poco que se lea sobre ello desde un punto de vista psicológico o antropológico, se entiende que las cartas del Tarot reflejan cosas que ya llevamos dentro de nosotros. Actúan como proyecciones del interior y, dicen, ayudan a canalizar un estado de ánimo, una situación que no se define.

Hay un libro al respecto de una seguidora de las lecturas o lecciones de Jung que hace buenas reflexiones acerca del significado de la baraja del Tarot, en concreto de los Arcanos Mayores, que son en realidad arquetipos que anidan en el colectivo humano (Jung y el Tarot de Sallie Nichols). Dejé hace tiempo de ser una aficionada a las lecturas en torno a la psicología y las búsquedas de la identidad personal, así que tampoco persigo una lectura psicológica en el Tarot. Es más un juego mental, un juego creativo. No voy a entretenerme en dilucidar de qué tipo de juego se trata, solo que es sugerente y como poco atractivo, porque esta baraja de Marsella me resulta muy atractiva. Sus imágenes simplificadas, casi de dibujo infantil, invitan a emprender un viaje de aventuras, como lo de los cuentos. Y es que de eso se trata: de un viaje iniciatico, todas las veces. Y este viaje empieza por El Loco. El Loco, en realidad, somos cada uno de nosotros, que iremos haciendo, y tendremos que hacer, todas las paradas que nos proponga la vida.

El 2 de junio publiqué mi entrada en la que comentaba que había dejado los pinceles. En ese mismo día, por la noche, saqué una carta y me salió El Loco. Me pareció que me anunciaba el viaje que yo misma acababa de emprender. No se trata de un anuncio, como dije antes, sino de una mera proyección del alma. Así es, mi viaje iniciático comenzaba a los cincuenta y siete años justo en el día de mi cumpleaños. No lo había programado de esta manera. Quiero decir que no me daba cuenta de que fuera mi cumpleaños cuando escribí la entrada en la que decía que dejaba los pinceles ni cuando me decidí a sacar mi siguiente carta resultando ser El Loco. Pero las coincidencias, impliquen o no un significado, son agradables cuando confirman un estado de cosas.

Lo de El loco es interesante. Dicen que representa ese estado del ser inocente, en el que las cosas aún están por suceder, las buenas y las malas. Yo me lo tomo por su lado de limpieza y simplifcación y la tendencia a evitar la dispersión en lo posible. En un mar de posibilidades me pierdo. En lugar de contemplar ese mar de posibilidades, contemplo un mar que me habla de integrarme en él sin mirar sus posibilidades y observar desde ahí lo que viene y lo que va. Retenerlo en imposible. Cómo fraccionar el mar. No soy más que el destello de una pequeña onda a la luz del sol en la superficie del agua. Un pequeño y diminuto destello, pero estoy de enhorabuena porque puedo contemplar esa luz del sol. No hay mucho más y ya es bastante.

En el mismo día de mi cumpleaños y en el mismo día en que dije basta, puse manos a la obra. Todo se hizo sencillo. Fui recogiendo los bártulos de los lugares de almacenaje donde los tenía guardados. Primero fueron los tubos de pintura, de óleo y de acrílico, paletas y pinceles grandes. Me puse en contacto con el local que está cerca de casa y que hace de galería de arte normalmente (una propuesta inusual en el pueblo) y le ofrecí donar los materiales. Después fueron los pinceles más pequeños y las tintas y lo doné en otra parte. Las acuarelas en tubo también, aunque en este caso fueron a parar a una mujer que conozco y que le gusta pintar con acuarelas. Finalmente todo lo demás, excepto lápices de grafito y unos pocos rotuladores. Así acabé con todo en cuatro días. Porque, no creas, no lo hice de golpe y supongo que es porque hay vicios enraizados, esas reticencias del inconsciente. Demasiados años dando con el martillo de la insistencia. Pero lo hice. Y entonces pasó algo. Me alivié. Y al cuarto día saqué una carta del Tarot, casi por inercia, por hacer algo en la mesa y en el cuarto donde estoy que de pronto parece vacío y espacioso, casi como de primera mudanza. Y la carta fue la de El Carro; pero de esta carta hablaré en otro momento. El Carro en cualquier caso es movimiento, es emprendimiento, pero se salta unos cuantos estadios de por medio, porque es la carta VII de las XXI que hay. No quiero darle mayor importancia y la dejo ahí en el corcho, como hago siempre, reposando y me dedico a otra cosa.

Los dibujos que aparecen abajo son una representación de la carta de El Loco. No voy a decir que son estudiados. Ambos surgieron en momentos diferentes. Uno, el primero, es de enero de 2024. El otro es de esta semana de junio de 2025. Son diferentes, pero puedo decir que los dos son de mi estilo, si es que hay un estilo que se me reconozca. En todo caso, no me salen de otra forma a no ser que imite. Pero lo cierto es que en el segundo tenía intención de acercarme más a la simplicidad de la carta original en la que me he basado, la de la baraja de Marsella.

A raíz de esta decisión de abandonar la actividad plástica en uno de sus aspectos, asoman los dibujitos que parecen que cuentan alguna historia. No me importa decir que esos dibujos son lo que soy en realidad. Mi alma se aproxima más a un monigote, de esos que vagan por escenas y parajes indefinidos llenos de trazos que abocetan, que al empeño de manipular la realidad a través de los materiales. No soy buena dibujante; no soy de esos dibujantes que te hacen una figura al instante con solo pensarla, ni de esos que se pasan el día garabateando en cualquier servilleta de papel de un café; pero sí estoy llena de imágenes y de mundos de los que he mamado desde pequeña. He bebido de las ilustraciones de los cuentos y comics que han llenado mis horas y también de la letra impresa que sin ilustraciones han impregnado mi cabeza con lugares imaginarios gracias a una brillante descripción de las circunstancias que los envuelven. Benditos autores todos, los que dibujan y los que escriben. Yo, como El Loco, solo voy tomando nota y disfruto de todo ello. Los monigotes son apenas un ápice de lo que experimento y no es ni siquiera un reflejo bueno de lo que pienso. Pero en cierto modo me divierto. Cuando dejo de divertirme, me callo y sigo admirando y disfrutando de lo que hacen otros para mi deleite.

A propósito de lo que cuenta la carta de El Loco, además de ese viaje iniciatico, pues resulta que la representación es la de una persona que camina hacia delante con la vista hacia atrás. Es decir que no presta atención hacia donde va y supuestamente a pocos metros hay un barranco por el que corre el riesgo de caer si no se percarta de ello a tiempo. El perro parece querer avisarle del inminente supuesto peligro. El Loco avanza despreocupado. Se puede entender como algo bueno o como algo malo. De momento camina, lleva lo justo para el viaje, su atadillo, y parece contento. A esto se le puede añadir las mil y una ideas que surgen de observar una imagen por sus formas y por sus colores.

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