Es un día bueno. Un día diferente y también igual a los demás que llegaron antes y que vendrán después. Es un día en el que me siento para hacer lo que hago todos los días y, sin embargo, todo lo que hago es diferente.

Porque no es lo que hacen mis manos, sino lo que hace mi cabeza, lo que la habita.
Es lo que veo y es lo que percibo y es lo que no anticipo y es lo que no espero y es el tiempo que utilizo y el tiempo que inutilizo y el espacio que ocupo y el espacio que desocupo.

Hoy es un día parecido a todos. Guarda la apariencia de los espejos. Pero entro en su interior, en esa imagen de luces escondidas y recónditas que se sitúan en un universo redimensionado y a la vez finito, y contemplo una eterna diferencia en un movimiento perpetuo.
Escribo por escribir, es así. Pero en serlo ya siento haber completado un segundo y un minuto y decenas de horas y un día que deja de ser por fuerza igual al resto. La mínima, remota distinción que lo pinta con una forma que solo le corresponde a ese único y preciso día por entero.

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Si te apetece saber por qué he cerrado los comentarios, lee esta entrada: «Los paisajes imaginarios (y los comentarios inexistentes).»