2024
El año pasado (2024), a principios del mes de julio, comenzaron mis dudas sobre si realmente me divertía mientras hacía lo que hacía, y en este caso me refiero al dibujo en general. No era un pensamiento que me llegara de una forma clara y precisa, sino como en ráfagas de hastío y sensación de angustia. Era pleno verano, estaba claro, y el calor me suele abrumar, pero la cosa continuó en otoño. A veces me sentía mejor y otras decaía y descendía cada vez un peldaño más bajo. A partir de diciembre, ya no eran peldaños, sino ese constante retirarse de la orilla del mar donde posiblemente pensaba que iba a querer alcanzar algún día, pero que de pronto me disgustaba, o bien no sentía el mismo impulso que me proyectaba para avanzar. No sé, a mí me recuerda a esas ocasiones en las que una persona se queda tumbada boca abajo sobre una tumbona flotante cerca de la playa; se queda ensimismada dejándose balancear muy poquito por la débil marea, el agua vacilante induce a la modorra. Esa persona está en duermevela y ve a través de sus pestañas los destellos de luz de un sol que está siendo extraordinariamente amable, pero no ve que se va alejando de la arena. Se está alejando.
Bueno, pues, a principios del mes de julio del año pasado comencé a zozobrar sobre las aguas de verano.
En una de esas en las que me estaba hartando de la espontaneidad, del impulso, del no saber para qué nada y de si no me estaba atascando en una idea empecinada y malconcebida, comencé a dibujar en un cuaderno, otras veces era en hojas sueltas, esos típicos personajillos que a veces saco del baúl de los recursos. Hace mucho tiempo solía hacerlo para ilustrar un escrito; hace mucho tiempo. No hace tanto tiempo, lo he hecho para alguna entrada de blogs que ya he eliminado donde hablaba de una lectura que formaba parte del club de mis lecturas favoritas. Desde el año pasado, de vez en cuando, los personajillos me han salido, o los he sacado, para hacer algo con un lápiz, una plumilla o un rotulador de punta pincel de esos que imitan a los pinceles orientales. Total que desde el año pasado, algunos de estos personajes y sus viñetas salieron a contar algo que ni yo sabía qué era.
De entre estas viñetas surgió la primera que aparece a continuación, la primera a la izquierda del todo. Los cuatro bocetos estaban originalmente en lápiz, pero para poder transferir las formas a otra superficie con ayuda de una mesa de luz (en realidad, una tableta de luz), los repasé con un fineliner; vamos, uno de esos rotuladores de puntas calibradas.
Primero fue la mujer con el niño que tiene alas. El niño baja de unas escaleras que no se sabe de dónde proceden. El sol es enorme y así posicionado, detrás de la cabeza de la mujer, parece que fuera un halo espiritual. Pues no fue mi idea, pero es como salió. A continuación le puse letra, una leyenda, que decía:
(El niño) —No soy un ángel, aunque tengo alas.
(La mujer ) —No hace falta tenerlas para serlo. Las alas sirven para volar.
Cada vez que he vuelto a leer este brevísimo diálogo me he preguntado por qué lo he formulado de esta manera y no de otra. Podrían darse variaciones que cambiara el sentido. Pero lo he dejado tal cual.
En cualquier caso, a partir del primer boceto, surgieron los otros tres. Me pregunté cómo sería el siguiente boceto si me pusiera a ello y surgió el segundo y después el tercero y después el cuarto. Total que hay una pequeña historia y en esta historia por lo que se ve el final es que el niño se marcha y queda una cuestión pendiente, su regreso, solo indicada por las palabras de la mujer en el cuarto boceto, que trata del consejo que le facilita al niño para poder regresar. También aquí, se me ocurre que puede tener muchos sentidos.




Sin más que contar acerca del diálogo que me fue llegando según avanzaban los bocetos, ya he dicho antes que dejé que los dibujos reposaran. La verdad, es que más que dejarlos reposar, los aparté. Había una parte de mí que me decía que, si las cosas fueran como hace mucho tiempo, enseguida me habría puesto a darles más forma y quizá color. Pero no me encontraba como hace mucho tiempo, lo que no significa que fuera cosa mala; solo que era diferente.
Sin embargo, cuando ya terminaba el mes de julio, no recuerdó por qué, recuperé los bocetos y los transferí a otro papel para colorearlos. Lo hice con gouache, sin pensar mucho en los colores que iba a utilizar en la ropa de los dos personajes. Lo único que tenía claro era que el cielo sería azul y que el sol sería dorado. El gouache, la témpera, es un material muy agradecido para las cosas espontáneas, pero cuando es verano y lo utilizas con un ventilador azotándote la espalda, es muy probable que tengas que cuidar mucho los tiempos porque se seca de inmediato. Siempre puede humedecerse sobre el soporte donde lo estás aplicando (está a un paso de parecerse a la acuarela), pero entonces ya no es lo mismo, no lo era para mí. Pero de un punto débil puede salir una fortaleza, y es que en el caso de dar color a unas viñetas, el aspecto que proyecta es de desenfado, de ligereza; yo diría que sugiere más que explica. De todas formas, tenía tantas ganas de evitar el proceso del dibujo en sí, por aquello de que no andaba fina con este aspecto de mi creatividad, que fui muy rápido. Si no lo hacía rápido, mi angustia o ansiedad, según se mire, ascendía por segundos. Qué momentos aquellos.
Y estas fueron las viñetas que salieron con color a finales del mes de julio del año pasado, que también fueron quizá uno de los últimos dibujos donde usé el gouache.
La curiosidad de esta nueva proyección de los bocetos iniciales es que realicé alguna incorporación al dibujo. Por ejemplo, en el tercer dibujo aparece la mujer de lejos y en el cuarto, aparece el niño de lejos; a veces el sol está presente y a veces está ausente, o se hace más o menos grande, o se sitúa más hacia la izquierda o más hacia la derecha.




2025
Y así y todo, durante el presente mes de junio, a principios del mes de junio más bien, después de mis cavilaciones, limpiezas, depuraciones, expurgos de mi cuarto en cuanto a materiales y una indecible e indescriptible sensación de «no sé qué» que me deja avanzar a través de los días en un único escenario de continuidad sin cortes, como si de una producción de Wes Anderson se tratara, regreso a esos dibujos que dejé aparcados el verano del año pasado. Y de nuevo me encontré, en el momento de revisarlos, en la tesitura de si los transferiría a un nuevo papel y les aplicaría un coloración diferente, o lo que fuera. No conseguí decidirme hasta hace dos semanas, lo cual fue muy oportuno porque hasta entonces todavía tenía en propiedad todo ese material que más tarde acabaría por liberar mediante donaciones. Lo cierto es que después de limpiar el espacio, las posibilidades se estrecharon y a la vez la voluntad se recondujo.
Empecé por el primero de los dibujos, el primero de los bocetos de arriba: ese en el que están la mujer y el niño con alas entablando su ambiguo diálogo. Hice un dibujo en el que los rotuladores aportarían el color y el perfilador de tinta china repasaría las líneas externas con su punta pincel. A continuación hice otro (el segundo dibujo a la derecha) aplicando color y añadiendo algunas líneas de volumen con plumilla en el interior de los cuerpos. Las figuras me gustaron, pero el resto no, así que recorté las figuras de la mujer y del niño y los dejé sueltos como recortables hasta que se me ocurriera qué hacer con ello. Finalmente hice un fondo con la plumilla y un rotulador azul celeste de punta muy fina, además del dorado del sol y pegué las figuras recortadas encima de ese fondo. Sinceramente, me gustó. Me parecía que jugaba con unos recortables o con una de esas pegatinas de quita y pon con las que jugaba de pequeña.
Hablando de rotuladores, que acabo de comentar, los Faber Castell ya no están en mi cuarto. La razón es que he encontrado un tipo de rotulador más ecológico y práctico para cuando quiero usarlos y los Faber Castell, por más que los elogie, también acabé donándolos. Resulta complicado ser ecológico en esto de hacer «arte» (y esa es otra cuestión paradójica), pero quiero intentarlo. Qué mejor manera que encontrar el material y la fórmula que lo facilite: rotuladores que se recargan, de base de agua, un lápiz, tinta china. Un bote o dos como máximo (los menos posibles) con contenidos que duren, etc., y pensármelo un poquito. Yo recuerdo eso que me decían y que dicen de: «Practicar, practicar, practicar, cuántos papeles hay que usar, tirar y arrugar.» Pues la verdad, yo cada vez lo entiendo menos. El arte y la ecología, no sé.
En fin, será para otro sermón, pero el caso es que salieron estos dos nuevos dibujos, y una vez que parecía encontrarme quizá renovada y refrescada, como emergiendo de un buen lavado de cerebro (y todavía queda mucho por recomponer) me vi implicada sin angustia ni ansiedad ni prisa en la reconstrucción de unas viñetas, ya solo por curiosidad y por dar sentido a un recorrido, a una búsqueda inconsciente de una conclusión y una apertura.


Y llegaron las demás reformas. Las que vienen a continuación. Solo cuando terminé de completar la última viñeta de abajo, supe que había sido un acierto para mi calma personal. Porque entre viñeta y viñeta no hubo ni un solo apresuramiento. Cada una de ellas las hice en días diferentes y no necesariamente los días fueron consecutivos. Y cuando las acabé y fui a guardarlas con el resto en la misma carpeta, regresé a aquellas que había pintado con gouache el año pasado, así como a las que sirvieron de boceto y para la transferencia del dibujo, y observé las diferencias. De pronto me di cuenta de que el sol cambiaba de una versión a otra, de que había un personaje en una versión que no aparecía en la otra; todas esas pequeños detalles que resultan de no copiarme en un lado y en otro. También me di cuenta de que los títulos no coincidían. Al principio fue «Lecciones de vuelo» (que me gusta más) y luego fue «Tengo alas» porque no recordaba haberle puesto ya un título en las versiones anteriores.




La historia de «Tengo alas» o «Lecciones de vuelo»

—No soy un ángel, aunque tengo alas.
—No hace falta tenerlas para ser un ángel. Las alas sirven para volar.
—Úsalas bien. No sobrevueles las nubes. Ellas te quitan el sol de los ojos.


—¿Cuándo sabré que estoy de vuelta?
—Sigue tu propia estela al revés. No te preocupes. Las alas tienen memoria.
