¿Verdad que hay veces en las que no se te ocurre qué poner en un sitio público como este y prefieres dejarlo hasta que salga?
Mi recorrido en los cuadernos es diferente, porque el lugar no es público obviamente. La cuestión es que me gusta andar por aquí de vez en cuando y por eso permanezco con el blog abierto. Decir esto que acabo de decir tiene poco interés pero ya es algo concerniente a escribir en una plataforma en línea. Yo lo veo como salir a la calle. En mi caso, como tengo poca necesidad de socializar, mi salida a la calle suele ser para pasear, para merodear, para hacer ejercicio con las piernas y el cuerpo entero —que no viene mal, además de los ejercicios de estiramiento en mi casa—, para comprar comida. Poco más. Así que yo veo esto de escribir en este lugar un poco como mis salidas a la calle; lo uso para merodear y hacer un tipo de ejercicio distinto al que hago en mis cuadernos.
Me gusta el mes de agosto, que ya está pasando. Siempre me ha gustado. No es que lo vea como un intervalo de tiempo cerrado, pues el hecho de que se llame agosto solo certifica que se trata de un mes en el calendario como cualquier otro que transita. Pero el mes de agosto, que duda cabe, habla de que el verano tiene también su final. Sí, me gusta el mes de agosto, aunque en la tercera semana me lo estropean las fiestas que se celebran anualmente en el pueblo donde vivo. No me gustan la fiestas, no siento necesidad de celebrar nada de un modo diferente a cualquiera de los demás días del año. Me gusta la rutina tranquila. Es algo que he aprendido con los años. Comprendo, sin embargo, que para muchos la celebración es salirse de una rutina que no les gusta. Por eso me digo, cuando llegan las fiestas del pueblo, que es un momento importante para la gente y lo dejo pasar.
El ruido infernal en la calle, de 5 de la tarde a las 2 de la madrugada. Alcohol a borbotones, la desgracia de esos pobres animales astados para alegrar los corazones de quienes necesitan salir de su rutina. En fin, no estoy aquí para hablar de eso. Estoy aquí para decirme que a pesar de todo he aprendido algo más este año. Recluidos en un rincón de nuestro hogar como estábamos para poder escuchar la furia y la euforia exterior lo más distante de nuestro centro, me sentí más o menos relajada, o sentía que pasaría. Ni siquiera tenía que recordármelo; era un hecho que pasaría.
Lo que sí puedo decir es que me roban un trocito de este mes de agosto. Bueno, pero me queda el resto. Y ahora estamos en el día 31 de este ciclo y ya se me ha olvidado, salvo por que lo estoy contando. Diré como curiosidad que, durante aquellos infernales días, combatía las horas hasta que se apagara la música y el ruido con la lectura de un amigo de este espacio Juan: una novela que me trajo muy buen momento mientras la humanidad ahí fuera se desfogaba. Y también que me perdía en el juego del tarot con el que desde hace tiempo he mantenido una lúdica y provechosa relación. Una relación muy divertida, pues dejo los esoterismos aparte.
El tarot me cuenta historias sobre mí misma y sobre supuestos personajes que a veces anoto en mis cuadernos. Es como cuando jugaba de pequeña en el suelo con mis juguetes. No, no es «como», es exactamente igual a lo que hacía de pequeña con mis juguetes en el suelo. Y es que cuando jugaba de pequeña en el suelo con mis juguetes toda yo entera estaba reflejada en sus combinaciones y estrategias.
Y esto es un poco lo que me sale decir por el momento.