Enlazar, vincular, concluir

Soy incapaz de hablar de las cosas que me gustan de una forma metódica y razonada. Incapaz de hablar de las cosas en las que he indagado o he estudiado, de exponerlas de una forma esclarecida, de desarrollarlas por puntos, de enlazar, de vincular y concluir.

Soy incapaz, por ejemplo, de hablar de música que escucho o de por qué y de por qué no la escucho, como soy incapaz de hablar de los libros que he disfrutado o que no he disfrutado, de mis películas o series favoritas. Cuando he intentado hacerlo, me he arrepentido y me he dicho «vaya chorrada que has soltado».

Por estas y otras cosas, como las referidas a mis estudios, a construir ensayos y ese tipo de escritura en el que se necesita una mente analítica y sintética, si es que sé qué es eso, me di cuenta no hace mucho —triste de mí— de que lo mío es inventarme las cosas, beber de todo eso de lo que se supone que estoy compuesta, de eso que he experimentado, para crear una realidad alternativa, paralela, superpuesta, como sea.

Recuerdo que en aquel tiempo en el que hice una tesina para cerrar los cursos de doctorado, preparé una introducción al tema que era lo único de cierto valor en el trabajo, más que nada porque me divertí cuando lo escribí. Mi tutora me devolvió la tesina —no tesis— y me dijo que desde luego percibía mi gusto por lo literario; por lo demás había tanto salto y dispersión de ideas que era difícil ver la intención de lo que le había presentado. Si no me falla la memoria, la introducción trataba de exponer una escena en la que varios nadadores estaban a punto de saltar a la piscina para una competición y yo llamaba la atención sobre el hecho de que en un único salto a la vez de todos ellos era fácil que no compartieran la misma postura en el aire, que no estuvieran perfectamente alineados en el aire. Unos estarían adelantados y otros atrasados. Quise servirme de esta metáfora para presentar no sé qué concepto de la variación lingüística en el tiempo, algo que, por otra parte, me gustaba mucho.

A pesar de las pistas que se me han dado en el curso de mi vida, y no con eso quiero decir que fuera a hacer gran cosa con la escritura, sino tan solo disfrutarla más y de mejor manera, yo me he obcecado en desviarme de continuo. Bueno, a eso se le llama sacar experiencia. Como se suele decir siempre: es una forma de asegurarse. Consuelo de tontos.

Pero mira, ahora me sirve por lo menos para contarlo. Y esto no es una invención, sino una realidad. Es un escrito de poco fondo, pero es un ejercicio interesante para esta tarde de viernes, aunque ya lo iba rumiando desde la mañana.

Y al margen de esto de arriba, me doy cuenta de que me voy lesionando partes del cuerpo poco a poco: Primero, unos cuantos meses con el hombro estropeado por pintar paredes con palo extensible y rodillo. Y ahora, de pronto, no sé qué músculo o ligamento, lo que sea, por debajo de la rodilla. Me lo he fastidiado precisamente por empezar a hacer ejercicio físico en serio. De momento, tengo que bajar el ritmo un poco, pero siempre me quedarán los estiramientos al compás de los sonidos de la naturaleza y de los cuencos tibetanos. Con que no se me agarroten los dedos de las manos para escribir, me doy por satisfecha. Quizá debiera empezar a considerar la telequinesia por si acaso.

2 La presencia que vive en el piso de arriba

Pero para continuar lo que estaba contando, y para terminar, lo mejor es que regrese a ese momento en el que decía que «aquello» venía de la calle.

Pues así fue, intentaba conciliar el sueño cuando oí unas pisadas que se arrastraban por la calle. No debería repetir que aquí no se oye nada por la noche y menos en la madrugada; quizá algún torpe vecino que sube espeso, pero contento, las escaleras tras una experiencia milagrosa de entretenimiento en este pueblo que, por lo normal, solo despierta para celebrar sus infernales fiestas patronales. Pero no, el ruido es escaso.

Y aquellas pisadas que se arrastraban y se aproximaban a la puerta del exterior de la finca eran el preludio de una rutina que me tenía aprendida. El forcejeo en la puerta de metal, acompañado de dos o tres golpes impacientes hasta que alcanzaba a abrirla. Después se cerraba, lo que tuviera que cerrarse, con un aplomo difícil de imitar por el portón de un castillo en un cuento de fantasmas. Por supuesto que ya no podría dormirme hasta que aquello se alejara de nuestra vivienda. Solo una pared separa nuestro dormitorio del vestíbulo comunitario. Me quedé agazapada bajo la delgada sábana con la que nos cubríamos a estas alturas de septiembre, cuando el frío parece indeciso.

De pronto, mi marido tomó la posición que suelo temer tanto cuando estoy despierta y sé que me costará dormirme de nuevo, esto es, decúbito supino. No pintaba bien la cosa, porque de inmediato su respiración escalaría notas graves, ásperas. Pero eso realmente me daba igual en ese momento. Casi lo agradecí porque me desvió la atención a otra parte por unos segundos. Aunque también sentí cierto resentimiento hacia su actitud despreocupada. Verdaderamente es de locos creer que se tratara siquiera de una actitud. Tan solo dormía. Sin embargo, comprender que a él no le estaba afectando la situación, me hizo sentir más molesta a la par que asustada.

Y todo esto que estoy contando sucedía mientras «aquello» no avanzaba al otro lado del muro de la habitación donde dormimos. Y yo me preguntaba ¿qué pasa? ¿Por qué no te vas? Metí la cabeza debajo de la sábana; no del todo, solo cubriendo la oreja, que estaba de lado, y hasta la coronilla; algo que solía hacer de pequeña y desde hace un tiempo he vuelto a hacer en ocasiones. ¡Vete, por favor, vete! No me escuchó, yo creo que no. Desde luego mi marido no lo oyó. Si acaso se oyeron los ruidos que producía su garganta. Sea como fuere, «aquello» se fue. Se deslizó por delante de la puerta de nuestra casa y subió el vuelo de escaleras que conducía al primer piso. Yo me dije, por Dios, ya estamos otra vez, va a entrar en la casa de esta pobre familia. No me queda más remedio que mantenerme vigilante. A veces incluso creo que podría filtrarse por la rejilla de ventilación del baño y descender hasta nuestra casa. No pocas veces me he despertado con la sensación de que alguien se ha sentado a los pies de mi cama para observarme. Aunque eso forma parte de otra historia.

Pero bueno, decía que me lamentaba de que volviera a entrar en la casa de esa pobre familia, y no bien me hacía el comentario en silencio, oí que la puerta del piso de arriba se abría con su chirrido característico de estar falta de lubricante en sus goznes, y poco después se cerraba. Ya está, estaba dentro. Se oían sus pasos avanzando por el techo de nuestra casa. Unos pasitos hacia un lado, otros pasitos hacia otro, la cisterna del váter a lo lejos, la bajante resonando como una catarata. Al cabo de un rato, el crujido del somier, pues también andaba falto de lubricante, como la puerta. Y yo, como la que cuenta ovejas para combatir el insomnio, caí finalmente bajo los efectos del paracetamol y me quedé dormida. Gracias a Dios, mi marido había cambiado de postura y su garganta dejó de emitir asperezas. Nada. silencio. Qué fácil es sentir la intensidad del miedo y qué fácil olvidarlo.

Y eso es todo, en realidad. Este relato se funde en rutinas. Empecé por contar que «aquello» llegó de la calle, y me concentré en esa anécdota con esfuerzo para resumir una serie de detalles que me hacen pensar —a mi marido también cuando está despierto— que algo no cuadra con el piso de arriba. Que debe de haber un entresuelo o espacio entre techo falso y tarima flotante donde un pequeño ser se establece por las noches y grita y ulula por el día. Es, además, una voz que sabe imitar todo tipo timbre y tono: gritos, alaridos, aullidos, todos aparentemente humanos, y en ocasiones un recitar de escalas musicales con tesitura de embriaguez, aunque no es de continuo. Se mueven los muebles, incluso después de constatar, o más bien de presentir, cómo nuestros vecinos, la tímida familia que vive encima de nosotros, han salido. Al menos eso es lo que refleja el chirriar de los goznes de su puerta cuando se abre y se cierra y entonces se oyen pasos que descienden con parsimonia por las escaleras, pasan por delante de nuestra puerta y salen al exterior de la finca entre susurros de velados comentarios. Ahora que lo pienso, es de veras inquietante, tanto la presencia de «aquello» como el sigilo y la timidez de nuestros vecinos.

En fin, yo solo quería hablar de esta noche en la que el hombro me empezó a doler y que me dejó el tiempo suficiente como para darme cuenta de que «aquello» regresaba de la calle una vez más y subía al piso de arriba. Pero hasta aquí he llegado porque no se trata de un relato que tenga final; es algo que estamos viviendo y soportando. Quizá haga falta que pase el tiempo para concluirlo. Ojalá sea así y ojalá que concluya con la buena noticia de saber que la presencia de arriba, y toda señal de su existencia, se ha marchado para siempre.

1 La presencia que vive en el piso de arriba

Inspirado en hechos reales, y puede que esta entrada sea una primera parte.

Eran las tres menos cuarto de la mañana, más o menos. Lo sé porque cuando me despierto de mis seriales oníricos, suelo ponerme las gafas para ver la hora en el móvil. De otro modo, no veo más que una luz punzante y borrosos garabatos en un indefinido mar de color azul y amarillo. Estos dos colores son los que predominan en la pantalla de mi móvil desde que le puse un tema de fondo azul y margaritas de refulgente amarillo y blanco. Bueno, me voy por las ramas.

Decía que me desperté de mis seriales oníricos, y fue porque tan pronto sentí que las escenas estaban cambiando, noté que el velo del sueño se estaba levantando y que iba a descubrir el misterio que ocultaba y eso no podía permitírmelo. Y por otra parte, que es lo más probable, el manguito rotador, ese que se me lesionó no sé sabe cuándo y que intento recuperar con un conjunto de ejercicios que en mi vida había considerado, comenzó a hacerse notar. Regresó el dolor sordo. Ese dolor molesto que recorre algunas zonas del cuerpo como un explorador para ver donde depositar su existencia durante un tiempo apreciable. En definitiva, lo que quería decir es que empezó a dolerme y ya sabía que me costaría dormirme de nuevo. Al cabo de unos minutos procurando encontrar la postura más afable para mi hombro, me levanté y me fui al cajón de medicinas para coger un paracetamol. Me resisto, yo me resisto a tomar la pastillita, pero me puede más la necesidad de dormir para recuperar mis seriales, de modo que extraje el blíster de la cajita del Antidol y me proporcioné un comprimido. El paracetamol, qué medicina más curiosa. En mi caso, no solo me permite afrontar molestias leves o estados febriles, sino que también me induce al sueño. A saber por qué me sucede, pero es algo que me viene de madre; a mi madre también le pasaba lo mismo. Y de nuevo me ando por las ramas.

Pues bien, eran las tres menos cuarto de la mañana, o quizá ya habría pasado un cuarto de hora desde entonces, y ya me habría tomado mi medicina, cuando aquello regresó de la calle. La noche, la madrugada, estaba totalmente en calma, como suele estarlo a esas horas en este lugar en el que vivo. Y suele estar en calma salvo por determinados momentos. En esos momentos a los que me referiré en lo sucesivo, hay una rotura en el silencio de la noche y un desequilibrio en el día de los que he podido ser testigo desde que vivimos en esta casa, en este piso. Pues sí, poco después de mudarnos nos dimos cuenta de que había una presencia viviendo en el piso de arriba.

En una comunidad de vecinos es lógico pensar que haya personas residiendo en el piso de al lado, en el piso de arriba, en el piso de abajo. Nuestro caso no es una excepción, aunque de forma más reducida, pues se trata de edificios de pocas unidades familiares, propietarios o inquilinos. Y por supuesto, sabíamos que arriba ya vivía alguien antes de que llegáramos. La cuestión es que no es coherente con lo que conocemos. Los que dicen que viven arriba se comportan de una manera que no parece encajar con lo que escuchamos en ocasiones. Para empezar, los que dicen vivir arriba son una familia de madre, padre y una hija, que a lo largo de estos cuatro años se ha ido convirtiendo en una adolescente; le queda rato todavía de furia, energía, angustia, rebeldía y todas esas cosas que parecen atravesar el páramo del crecimiento. Y al margen de esta sucinta explicación de la encantadora edad del despertar, lo que quería decir es que son una familia, en principio, corriente. Imagino que Tolstoi diría que lo es, al menos, a su manera.

Así es, los vemos salir del portal cuando nosotros entramos y parecen tranquilos, incluso tímidos, especialmente la madre y la hija, y también, podría decirse que colaborativos. Parecen ser respetuosos con el entorno. Los vemos integrarse en el pueblo con amabilidad y conciencia de pertenencia. En la piscina pequeña que tenemos, bajan la madre y la hija, una enormidad de mujer en el primer caso y una fina silueta en el segundo, ambas con caras circunspectas y concentradas en sus acciones, y se echan al agua con poca temeridad, con cautela, como si cada vez que se introdujeran en el fluido elemento sintieran la necesidad de medir las consecuencias. Lo hacen por la tarde, más bien al atardecer; lo hacían, porque ya va acabando el verano y aquí no hay quien moje un pie a estas alturas de la temporada, del mes de septiembre. Y, por otra parte, ya han extendido la lona sobre la cubeta. En cualquier caso, es digno de mención cómo se entretenían en el agua. Lleva la niña, que aún lo es quizás, sus figuritas de plástico, un delfín y una ballena y coge cada cual su figurita y las alzan en el aire y las enfrentan. Madre e hija se hablan y se susurran o comentan. No sé qué hacen realmente.

Y esta de arriba es un poco la historia de la familia que, presumiblemente, vive en el piso de arriba. Sin embargo, sucede algo extraordinario. Nosotros la mitad de las veces no oímos su trasegar en el techo. Estos son tabiques, separaciones endebles. Ya sabemos que las construcciones del presente tienen poco que ver con los gruesos muros de antes. Nos oímos unos a los otros. El cuarto de baño es el peor caso. Gracias o por culpa del hueco para la ventilación, la transmisión de todo tipo de sonidos es extraordinaria, la cisterna, la bajante, las cascadas de agua sobre el plato de ducha o la bañera, el abrir o cerrar de un grifo, el flujo en las cañerías y otras cosas más orgánicas. Nuestra suerte es vivir en un piso bajo, pero tenemos un piso encima de nosotros que debería reflejar la rutina de nuestros tímidos vecinos. Mucho me temo que no puedo decir que esto suceda. En su lugar, pasan los días sin que se oiga nada. Pasan las horas en un insólito silencio, salvo cuando se rompe, y cuando se rompe, ya te digo, sucede de una forma que nos inquieta.

Cuencos y cristales

Los cuencos tibetanos.

Encontrar cuál es tu frecuencia. Encontrar el sonido que deseas repetir. Encontrar que te pierdes en la vibración que se apaga lentamente.

Estoy escuchando una lista de reproducción en la que suenan cuencos tibetanos, otras veces, campanas de cristal, otras, «wind chimes» de esos, carillones de viento, y me refiero a esos adornos de los que penden cosas pequeñas —piedras, cristales, metales— que chocan entre sí y tintinean con el roce del aire. De fondo, a veces, se oyen pájaros, a veces riachuelos. Otras veces no se oye más que la resonancia de los objetos que he mencionado antes.

A mí no sé qué me pasa, pero llevo muchos días ya escuchando estas cosas. Aparentemente, y de momento, forma parte de mi rutina mientras leo, mientras escribo, mientras estoy aquí picando texto en el ordenador, mientras me estiro o extiendo cartas sobre el suelo para contemplar. Lo que quiero decir es que no se trata de una obsesión, sino de que está ahí, incorporado en lo que hago y mientras lo hago. Y es muy posible que esto cambie, porque todo cambia, pero ahora esto es lo que me está ocurriendo.

Un cuenco, una campana de cristal, un carillón de viento, el agua que corre, el aire que baila, un eco, un tintineo, una nota que reverbera, un sonido que resuena, la repercusión, el silencio.

Escuchas, escucho.

Crónicas de un albergue: Un propósito profundo

Sigue el enlace para leer acerca de «Crónicas de un albergue


Aquí te quiero ver, en la soledad de tus días. Tú, que querías dejarte llevar por el aire y querías ser ave que construyera su nido en los arbustos en lugar de en las copas de los árboles. Se abre la puerta que te conduce al interior de la sombra que no se aparte por más luces que enciendes. Te ayudas de un pequeño farolillo de latón oxidado para hacerte paso por entre los muebles ajados, y llegas a tu mesa de trabajo. Trabajo, dices, y te ríes. Tú no trabajas. No hay lugar en esta tierra que necesiten de tus bondades. Pero tú vas y te lo crees, y juegas a ser esa persona que se entrega a un propósito profundo, uno que ni tú misma conoces.

Sea como sea, no te separes de la senda que has tallado en el suelo de tu casa. Alcanza la mesa y siéntate. Deposita tu farolillo muy cerca de los papeles que tienes a la vista, o de ese cuaderno que está abierto, y recoge el bolígrafo que cruza sus páginas abiertas. Continúa por donde lo dejaste.

¿Qué fue aquello? ¿Una casa de fantasmas? ¿Un albergue de almas desorientadas? ¿Un chico que escribía en un libro de experiencias dentro de ese supuesto albergue que visitaste cuando tenías veinte años? O puede que sean simples meditaciones. Tú sigue por el lugar en el que te encontrabas, incluso ignorando su sentido, y a partir de ahí talla más surcos en el suelo o en el pensamiento, si es que la imaginación y la capacidad de inventar te va fallando. La soledad se hace menos pesada y menos dura si te acompañas en las palabras, si vuelves en las ideas y te olvidas de procurarles una coherencia.

Estoy aquí, sentada frente a la mesa de la cocina, y no puedo creer que haya encontrado un lugar mejor para descargarme en mi caminar sin rumbo, en el silencio de las horas del anochecer, en el instante solitario de mi conciencia, ese desconocido punto donde se abre y se cierra mi conciencia.

Flying solo

Yo no sé por qué, pero esta expresión inglesa «flying solo» se me ha quedado grabada desde siempre. Cada vez que me desprendo de algo, me desapego, decido que la ruta es diferente, que debo abandonar ese esfuerzo por contactar con el mundo, me digo de forma automática «flying solo». Y son dos palabras que me vienen a la cabeza como un fogonazo de intuición, que no entiendo por qué tampoco, pero se desvanecen al poco de haberlas pronunciado en silencio.

Caigo una y otra vez en el empeño de contactar con el mundo. Me parece que estar sola en una comunidad construida para compartir es una especie de aberración. También me recuerda que es una actitud que me ha perseguido desde que tengo conciencia de ella, puede que en la adolescencia.

No me malentiendas, no es que no me guste el mundo, no es que no me guste la comunicación con ese mundo, es que no me hace falta realmente demostrarlo y al ir contra esta no necesidad me confundo y entro en conflicto con un montón de sensaciones, sentimientos, emociones y, lo que es peor, pensamientos, que no tienen que ver con el origen del caos que lo produce. Es literal que mi interior estalla en mil pedazos cuando todo ese remolino asciende en una espiral sin salida y conforma una especie de locura, lo que algunos llamarían neurosis.

Esto es algo que afortunadamente he conseguido paliar con el tiempo. Y puedo entender más o menos cómo sucede, pero no deja de abrumarme cuando lo experimento. Y al mismo tiempo, comprendo que solo es el preludio de una fase de renovación. La cuestión es que las fases de renovación se van agotando a la par que esas espirales, remolinos son menores. Ya no me sorprendo de que sucedan como tampoco me sorprendo de que ya carezcan de poca importancia. Porque sé qué quiero, sé qué no quiero, sé qué necesito y qué no necesito. Y si esto último es así, ¿por qué no me quedo tranquila en ese «flying solo»? Podría ser que en algún momento interioricé que el hecho de querer estar a solas, que no incomunicada, es algo malo. Tal vez se me hizo entender que no era bueno. Pero ahora que tengo tantos años sumados, ¿cómo no dejo atrás ese estúpido lastre que de cuando en cuando, aunque sea casi ya imperceptible, frena mis pasos con la edad que tengo?

Así que de nuevo recurro a estas dos palabras inglesas «flying solo» para ayudarme a emprender el vuelo, a seguir hacia delante y no girar la cabeza hacia donde ya no hay nada que contemplar.

Las señales del cuerpo

Pensaba transferir las notas que escribí ayer al anochecer del cuaderno al ordenador, pero llevo un buen rato sintiendo una molestia en la boca del estómago que me han recordado lo sensible que se pone enseguida mi cuerpo cuando percibe que mi cabeza no acepta una situación. Y he pensado que en lugar de transferir mis notas de ayer al anochecer, mejor le daría voz a esto de las señales que me envía el cuerpo.

Es tan simple como lo siguiente: llevo un buen rato buscando imágenes para mis entradas, para las últimas entradas de este blog. Me refiero a las entradas que llevo escritas desde que se convirtió en un recorrido exclusivo de palabras. Y decía que llevaba un buen rato buscando y rebuscando imágenes para mis entradas, y resulta que mi cabeza empezó a rebelarse. A mi cabeza no le da la gana de buscar imágenes; no le interesa para nada acicalar las palabras con imágenes de otra parte. O sea, que mi cabeza exige que deje de buscar imágenes. Porque la verdad sea dicha, ninguna le satisface, y ninguna me satisface.

No me malinterpretes. En realidad, a mi cabeza sí le gustan las imágenes que encuentra, pero no las siente como propias, y no siente la necesidad de acicalar las palabras que va soltando por las entradas con figuras, paisajes, colores, luces y sombras que las mejoren. Para eso ya dibujaba antes, o lo intentaba, y ahora no me interesa. Es decir, mi cabeza dice que si el propósito de esta nueva empresa (o vieja) era contar, relatar, narrar o lo que sea que quiera hacer con la escritura, parece que no debería preocuparme demasiado el hecho de que queden más o menos bonitas en su apariencia. Por ejemplo ¿Qué es un libro? Si un libro no está ilustrado, son solo páginas y páginas, físicas o virtuales, de lectura. ¿Entonces debería empeñarme en poner una imagen por página en este blog, si cada entrada del mismo se considerara cada una de las páginas de un libro? Todo depende de la intención de su creador. Pero en mi caso estaba claro: mi intención no es ilustrar mis palabras. Creo que ya lo dije en mi anterior entrada, que esto lo uso como lugar de ejercicio, así como lugar para dar el salto al vacío, en ese punto en el que también quedo expuesta, igual de expuesta que si camino por la calle. De otros depende ya que mi presencia sea visible o invisible. Ser un fantasma no me asusta.

Pero la cuestión no es esa. La cuestión es que mi cabeza dice que no y mi cuerpo responde. No hay respuesta más tajante y clara. La boca del estómago se me tensa, se me cierra. Como sea que ocurra eso, lo que significa es que «por ahí no debo seguir». Así que sin más, lo dejo. Y cuando descubro que es eso exactamente lo que me ocurre, ay, qué alivio.

Y así me van las cosas de un tiempo a esta parte: que mi cabeza no traga, mi estómago se cierra. Que mi cabeza se tensa y se aturulla, mis hombros se duelen. Por cierto que llevo meses con el hombro izquierdo dolido por una lesión cuyo origen desconozco (quizá fuera por pintar unas cuantas paredes). De ahí que de pronto haya familiarizado tanto con el concepto del dolor sordo producido por la lesión del manguito rotador. Pero, como diría ese personaje que hacía de camarero en la película de Irma la dulce «esa es otra historia».

Volviendo a lo anterior, en cuanto a buscar imágenes que acompañan mis entradas, ¿qué tipo de imagen podría encontrar yo para acompañar esto que acabo de escribir acerca de las señales que me envía el cuerpo? ¿Encontraría una imagen que mostrara un estómago a punto de cerrarse, o bien un manguito rotador dañado emitiendo su dolor sordo? Es toda una incógnita que no me apetece descifrar en este momento.

Un reflejo extraño

Comenzaba las mañanas posponiendo una idea. Era mala cosa. Y entonces me di cuenta de que lo que debía hacer era no proponerme nada. De este modo todo lo que surgiera sería agradecido.

Del mismo modo que hago mis ejercicios físicos, hago este ejercicio de escritura incluso cuando los pensamientos no cuadran. Son minutos dedicados a aquello que he dado por perdido, pero que ocupan el tiempo sin miramientos. Lo dejo cuando creo que ya no me da más de sí la cosa. Al cabo de las horas, o puede que un poco antes, continúo en un cuaderno.

Recientemente le di vueltas al blog, en cuanto a su aspecto, y por fin di con uno de esos temas de los que ofrecían hace muchos años, antes de que la cuestión de personalizarlos, esto es, de ponerlo a gusto de cada cual, se convirtiera en ese incómodo comando de edición de los nuevos modelos. De pronto, no existen las plantillas, o casi no existen, o las han ocultado de su oferta, y en su lugar están esas propuestas vistosas que no están al alcance de cualquiera que solo quiere alquilar un espacio para escribir o publicar de corrido.

Pero entonces intenté hacer memoria y pude recuperar algunos de los nombres antiguos de los temas, o plantillas, que existían por aquella época en la que di mis primeros pasos por esta plataforma. Uno de esos temas fue el que ahora estoy utilizando para mi blog. Y fíjate que, de pronto, ese aspecto que no me encajó en su momento, de buenas a primeras se me hizo cómodo y agradable. La imagen de cabecera que sale por defecto me es más que satisfactoria. Es la primera vez que no siento ganas de cambiar la imagen que sale por defecto en una plantilla. Quizá sea el tipo de luz que aparece en la fotografía, o que el paisaje no difiere mucho de algunos lugares que hay en mi entorno, o que la casa de madera situada a la izquierda pudiera muy bien ser el hogar de fábulas al que me refiero en el título de mi espacio. Y si no fuera ese el lugar donde sucedieran todas la fábulas, podría ser que estuviera yo ahí dentro escribiéndolas simplemente.

¿Ves qué sencillo es considerar unos minutos de tu tiempo para ejercitar la escritura, aunque el mensaje sea insustancial?

Bueno, pues ahora dejaré nota de un breve apunte que hice en mi cuaderno ayer por la tarde:

15 de septiembre de 2025

Cuando ya la luz se va por la tarde en este mes de septiembre, algo me dice que voy dejando de ser un poco más la que era. Si es que sé qué significa eso.

Puedo observar la parte superior de las arizónicas a través de la ventana y contemplar un resplandor diferente al de los días de verano. Aunque la estación no ha concluido y la calidez de aire no cede, de pronto avanzan las horas y ¡puf! el entorno parece caer a plomo, como si todo el rato hubiera estado sosteniendo una atmósfera que ya no le convenía sostener.

Poquito a poco llegan los momentos deseados en los que la caída es reflejo de renovación. Extraño reflejo.

Cuidado con los deseos, porque suelen cumplirse.

No podré concluir una historia, pero seguiré narrando a pesar de todo y contra todo pronóstico.

Y llegarán los fantasmas dorados y las fábulas, y mientras me queden las ganas o la capacidad de pensar, me llegarán todas esas cosas que aparentemente no tienen ningún fundamento; y las pondré por escrito, por aquí o por donde sea que mi mano corra como ser con vida propia. Y todo eso haré porque ya me da igual si estoy aquí o allá. No me quedan segundas intenciones ni fuerzas para sobrellevar una nueva empresa. La mayor de ellas ya la vivo ahora y es más que suficiente. Todavía estoy en eso de pillarle el tranquillo; un empeño que me mantiene toda entera ocupada.

Me parecía extraño

Recuerdo que me parecía extraño que le gustara leer el mismo libro tantas veces.

Teníamos diecisiete años, mi compañera de clase y yo, y me contó lo de su afición a leer la misma novela, que no sé cuándo le llegó. Solo sé que leía la misma novela una y otra vez y que, además, el volumen que tenía en casa correspondía únicamente a la primera parte de su historia. Yo le pregunté por qué hacía eso, por qué revisitaba esa novela de continuo en lugar de avanzar por otras narrativas. Desde luego que no se lo preguntaba con estas palabras; era más bien algo así como «¿por qué lees siempre lo mismo?», o quizá le diría, «¿pero no te aburres?» Y ahora puedo decir que eran preguntas bastante idiotas, de alguien que no comprendía del gozo de repetirse o de abundar en lo ya conocido.

He comenzado por contar esto de arriba, porque yo me encuentro en ese lugar en el que las cosas conocidas son todo un descubrimiento.

Leí hace unos días lo que decía un psicólogo acerca de las bondades de revisitar las historias, de las acciones que se repiten, en la infancia. Lejos de ser nocivo, son una maravillosa herramienta para el aprendizaje y el crecimiento, pero sobre todo, para sentir seguridad, para sentirse en lugar seguro.

Claro que estamos acostumbrados a cansarnos de las cosas y buscamos novedades que nos sorprendan y, por eso, abandonamos enseguida aquello que nos dio placer y nos ayudó a avanzar en algún sentido.

Bueno, no estoy yo para hacer argumentos filosóficos en torno a lo que hace bien o hace mal en esto de crear buenos hábitos. Nada me aterra más que caer en la psicología o en la filosofía últimamente. Solo me vino a la memoria esta anécdota de arriba, la de mi compañera de clase cuando cursábamos COU a los diecisiete años y cómo me extrañaba que hiciera algo que de un tiempo a esta parte llevo haciendo yo misma con la lectura o con lo que veo en la pantalla, y con tantas otras cosas.

No soy capaz de avanzar rápido en las novedades e incluso pocas de las novedades en las que he podido incurrir han venido para quedarse en mis estanterías o en mis listas de reproducciones. Pensaba que era pereza, pero me temo que se trata de otra cosa.

Para empezar, hay un cupo en la vida que, con los años, se va cubriendo. Creo que el mío se ha ido cubriendo y ya no me interesa mantenerlo abierto salvo para dejar que algo se desprenda, por ejemplo, estos escritos. La cabeza y el corazón no me da para tanto. Y, por otra parte, quiero degustar lo que ya entró y me ha dejado satisfecha. Esto hace que revisite mis libros, mis historias en la pantalla, como aquella compañera mía de clase hacía mientras yo le cuestionaba su hábito.

Yo no sé por qué lo hacía ella, pero recordarlo me ha hecho ver que hay cosas para las que una no está llamada a comprender hasta que lo experimenta en persona y toma conciencia. También quiero pensar que aquello de lo que fui testigo hace tanto tiempo fue una simple señal de lo que habría de sentir en el futuro.

Qué brillo cálido

Te vi en el espejo, y al poco comprendí que no era un espejo lo que estaba mirando, ni tampoco mi reflejo. Eras tú, como esa otra que me hablaba al otro lado de un cristal, desde un lugar remoto y cercano al mismo tiempo, con el tono de voz que necesitaba escuchar. Eras yo todo el rato que había transcurrido, pero ya acomodada en el mundo, pendiente de mis movimientos y acompañándolos a través de un agujero infinito.

Y entonces apareció de nuevo, después de tanto tiempo, ese velo que se extiende y se desprende y deja que asome la figura de una mujer que me lee el cuento de cómo transcurren mis días, de lo que fui, de lo que soy y de lo que podría ser. Y lo hace con voz queda, que casi no se pronuncia. El libro está abierto y las anotaciones continúan como forma de marcar el sendero que piso.

Ella te está mirando a ti, que a la vez me estás mirando a mí.

¡Qué brillo cálido el del cristal que tengo delante!