Soy incapaz de hablar de las cosas que me gustan de una forma metódica y razonada. Incapaz de hablar de las cosas en las que he indagado o he estudiado, de exponerlas de una forma esclarecida, de desarrollarlas por puntos, de enlazar, de vincular y concluir.
Soy incapaz, por ejemplo, de hablar de música que escucho o de por qué y de por qué no la escucho, como soy incapaz de hablar de los libros que he disfrutado o que no he disfrutado, de mis películas o series favoritas. Cuando he intentado hacerlo, me he arrepentido y me he dicho «vaya chorrada que has soltado».
Por estas y otras cosas, como las referidas a mis estudios, a construir ensayos y ese tipo de escritura en el que se necesita una mente analítica y sintética, si es que sé qué es eso, me di cuenta no hace mucho —triste de mí— de que lo mío es inventarme las cosas, beber de todo eso de lo que se supone que estoy compuesta, de eso que he experimentado, para crear una realidad alternativa, paralela, superpuesta, como sea.
Recuerdo que en aquel tiempo en el que hice una tesina para cerrar los cursos de doctorado, preparé una introducción al tema que era lo único de cierto valor en el trabajo, más que nada porque me divertí cuando lo escribí. Mi tutora me devolvió la tesina —no tesis— y me dijo que desde luego percibía mi gusto por lo literario; por lo demás había tanto salto y dispersión de ideas que era difícil ver la intención de lo que le había presentado. Si no me falla la memoria, la introducción trataba de exponer una escena en la que varios nadadores estaban a punto de saltar a la piscina para una competición y yo llamaba la atención sobre el hecho de que en un único salto a la vez de todos ellos era fácil que no compartieran la misma postura en el aire, que no estuvieran perfectamente alineados en el aire. Unos estarían adelantados y otros atrasados. Quise servirme de esta metáfora para presentar no sé qué concepto de la variación lingüística en el tiempo, algo que, por otra parte, me gustaba mucho.
A pesar de las pistas que se me han dado en el curso de mi vida, y no con eso quiero decir que fuera a hacer gran cosa con la escritura, sino tan solo disfrutarla más y de mejor manera, yo me he obcecado en desviarme de continuo. Bueno, a eso se le llama sacar experiencia. Como se suele decir siempre: es una forma de asegurarse. Consuelo de tontos.
Pero mira, ahora me sirve por lo menos para contarlo. Y esto no es una invención, sino una realidad. Es un escrito de poco fondo, pero es un ejercicio interesante para esta tarde de viernes, aunque ya lo iba rumiando desde la mañana.
Y al margen de esto de arriba, me doy cuenta de que me voy lesionando partes del cuerpo poco a poco: Primero, unos cuantos meses con el hombro estropeado por pintar paredes con palo extensible y rodillo. Y ahora, de pronto, no sé qué músculo o ligamento, lo que sea, por debajo de la rodilla. Me lo he fastidiado precisamente por empezar a hacer ejercicio físico en serio. De momento, tengo que bajar el ritmo un poco, pero siempre me quedarán los estiramientos al compás de los sonidos de la naturaleza y de los cuencos tibetanos. Con que no se me agarroten los dedos de las manos para escribir, me doy por satisfecha. Quizá debiera empezar a considerar la telequinesia por si acaso.