Qué brillo cálido

Te vi en el espejo, y al poco comprendí que no era un espejo lo que estaba mirando, ni tampoco mi reflejo. Eras tú, como esa otra que me hablaba al otro lado de un cristal, desde un lugar remoto y cercano al mismo tiempo, con el tono de voz que necesitaba escuchar. Eras yo todo el rato que había transcurrido, pero ya acomodada en el mundo, pendiente de mis movimientos y acompañándolos a través de un agujero infinito.

Y entonces apareció de nuevo, después de tanto tiempo, ese velo que se extiende y se desprende y deja que asome la figura de una mujer que me lee el cuento de cómo transcurren mis días, de lo que fui, de lo que soy y de lo que podría ser. Y lo hace con voz queda, que casi no se pronuncia. El libro está abierto y las anotaciones continúan como forma de marcar el sendero que piso.

Ella te está mirando a ti, que a la vez me estás mirando a mí.

¡Qué brillo cálido el del cristal que tengo delante!

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