Me parecía extraño

Recuerdo que me parecía extraño que le gustara leer el mismo libro tantas veces.

Teníamos diecisiete años, mi compañera de clase y yo, y me contó lo de su afición a leer la misma novela, que no sé cuándo le llegó. Solo sé que leía la misma novela una y otra vez y que, además, el volumen que tenía en casa correspondía únicamente a la primera parte de su historia. Yo le pregunté por qué hacía eso, por qué revisitaba esa novela de continuo en lugar de avanzar por otras narrativas. Desde luego que no se lo preguntaba con estas palabras; era más bien algo así como «¿por qué lees siempre lo mismo?», o quizá le diría, «¿pero no te aburres?» Y ahora puedo decir que eran preguntas bastante idiotas, de alguien que no comprendía del gozo de repetirse o de abundar en lo ya conocido.

He comenzado por contar esto de arriba, porque yo me encuentro en ese lugar en el que las cosas conocidas son todo un descubrimiento.

Leí hace unos días lo que decía un psicólogo acerca de las bondades de revisitar las historias, de las acciones que se repiten, en la infancia. Lejos de ser nocivo, son una maravillosa herramienta para el aprendizaje y el crecimiento, pero sobre todo, para sentir seguridad, para sentirse en lugar seguro.

Claro que estamos acostumbrados a cansarnos de las cosas y buscamos novedades que nos sorprendan y, por eso, abandonamos enseguida aquello que nos dio placer y nos ayudó a avanzar en algún sentido.

Bueno, no estoy yo para hacer argumentos filosóficos en torno a lo que hace bien o hace mal en esto de crear buenos hábitos. Nada me aterra más que caer en la psicología o en la filosofía últimamente. Solo me vino a la memoria esta anécdota de arriba, la de mi compañera de clase cuando cursábamos COU a los diecisiete años y cómo me extrañaba que hiciera algo que de un tiempo a esta parte llevo haciendo yo misma con la lectura o con lo que veo en la pantalla, y con tantas otras cosas.

No soy capaz de avanzar rápido en las novedades e incluso pocas de las novedades en las que he podido incurrir han venido para quedarse en mis estanterías o en mis listas de reproducciones. Pensaba que era pereza, pero me temo que se trata de otra cosa.

Para empezar, hay un cupo en la vida que, con los años, se va cubriendo. Creo que el mío se ha ido cubriendo y ya no me interesa mantenerlo abierto salvo para dejar que algo se desprenda, por ejemplo, estos escritos. La cabeza y el corazón no me da para tanto. Y, por otra parte, quiero degustar lo que ya entró y me ha dejado satisfecha. Esto hace que revisite mis libros, mis historias en la pantalla, como aquella compañera mía de clase hacía mientras yo le cuestionaba su hábito.

Yo no sé por qué lo hacía ella, pero recordarlo me ha hecho ver que hay cosas para las que una no está llamada a comprender hasta que lo experimenta en persona y toma conciencia. También quiero pensar que aquello de lo que fui testigo hace tanto tiempo fue una simple señal de lo que habría de sentir en el futuro.

Deja un comentario