Las señales del cuerpo

Pensaba transferir las notas que escribí ayer al anochecer del cuaderno al ordenador, pero llevo un buen rato sintiendo una molestia en la boca del estómago que me han recordado lo sensible que se pone enseguida mi cuerpo cuando percibe que mi cabeza no acepta una situación. Y he pensado que en lugar de transferir mis notas de ayer al anochecer, mejor le daría voz a esto de las señales que me envía el cuerpo.

Es tan simple como lo siguiente: llevo un buen rato buscando imágenes para mis entradas, para las últimas entradas de este blog. Me refiero a las entradas que llevo escritas desde que se convirtió en un recorrido exclusivo de palabras. Y decía que llevaba un buen rato buscando y rebuscando imágenes para mis entradas, y resulta que mi cabeza empezó a rebelarse. A mi cabeza no le da la gana de buscar imágenes; no le interesa para nada acicalar las palabras con imágenes de otra parte. O sea, que mi cabeza exige que deje de buscar imágenes. Porque la verdad sea dicha, ninguna le satisface, y ninguna me satisface.

No me malinterpretes. En realidad, a mi cabeza sí le gustan las imágenes que encuentra, pero no las siente como propias, y no siente la necesidad de acicalar las palabras que va soltando por las entradas con figuras, paisajes, colores, luces y sombras que las mejoren. Para eso ya dibujaba antes, o lo intentaba, y ahora no me interesa. Es decir, mi cabeza dice que si el propósito de esta nueva empresa (o vieja) era contar, relatar, narrar o lo que sea que quiera hacer con la escritura, parece que no debería preocuparme demasiado el hecho de que queden más o menos bonitas en su apariencia. Por ejemplo ¿Qué es un libro? Si un libro no está ilustrado, son solo páginas y páginas, físicas o virtuales, de lectura. ¿Entonces debería empeñarme en poner una imagen por página en este blog, si cada entrada del mismo se considerara cada una de las páginas de un libro? Todo depende de la intención de su creador. Pero en mi caso estaba claro: mi intención no es ilustrar mis palabras. Creo que ya lo dije en mi anterior entrada, que esto lo uso como lugar de ejercicio, así como lugar para dar el salto al vacío, en ese punto en el que también quedo expuesta, igual de expuesta que si camino por la calle. De otros depende ya que mi presencia sea visible o invisible. Ser un fantasma no me asusta.

Pero la cuestión no es esa. La cuestión es que mi cabeza dice que no y mi cuerpo responde. No hay respuesta más tajante y clara. La boca del estómago se me tensa, se me cierra. Como sea que ocurra eso, lo que significa es que «por ahí no debo seguir». Así que sin más, lo dejo. Y cuando descubro que es eso exactamente lo que me ocurre, ay, qué alivio.

Y así me van las cosas de un tiempo a esta parte: que mi cabeza no traga, mi estómago se cierra. Que mi cabeza se tensa y se aturulla, mis hombros se duelen. Por cierto que llevo meses con el hombro izquierdo dolido por una lesión cuyo origen desconozco (quizá fuera por pintar unas cuantas paredes). De ahí que de pronto haya familiarizado tanto con el concepto del dolor sordo producido por la lesión del manguito rotador. Pero, como diría ese personaje que hacía de camarero en la película de Irma la dulce «esa es otra historia».

Volviendo a lo anterior, en cuanto a buscar imágenes que acompañan mis entradas, ¿qué tipo de imagen podría encontrar yo para acompañar esto que acabo de escribir acerca de las señales que me envía el cuerpo? ¿Encontraría una imagen que mostrara un estómago a punto de cerrarse, o bien un manguito rotador dañado emitiendo su dolor sordo? Es toda una incógnita que no me apetece descifrar en este momento.

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