Roble

Aquí llego otra vez con poco que decir. Pero hoy he pasado por delante de un árbol y he visto sus hojas verdes oscuras, hojas de un tono ya profundo en la época en la que estamos, y he visto sus márgenes lobulados.

El viento azotaba la calle a primera hora de la tarde y zarandeaba las ramas más débiles de los árboles y arbustos, y mecía las ramas más fuertes, incluso algún tronco joven. Y estaba este roble a mano para fotografiarlo, que pronto perderá su verde profundo para tonarse rojizo —aunque es algo que supongo o dicen de esta variante— y finalmente quedará desnudo.

Cuando la calle, a esas horas, está vacía y corre el aire, como suele hacerlo en este pueblo si le visita en ráfagas, es fácil escuchar el movimiento del viento. Es hermoso y es relajante. Hace mucho que no visito el mar, pero creo que el efecto del canto del viento puede compararse con el de las olas en cuanto a las sensaciones que suscitan. Por supuesto que son diferentes, pero el hecho es que suscitan sensaciones intensas y son voces exclusivas de la naturaleza.

El roble es un árbol que no puede evitar que se le asocie a la fortaleza y a la nobleza. Solo pronunciar su nombre evoca la imagen de la constancia, la permanencia.

Fuerte como un roble, dicen.