Querido diario, hoy es 31 de octubre

Querido diario, hoy es 31 de octubre. Estoy asando batatas en el horno, como solía hacer mi madre en sus tiempos remotos. He puesto una música de ambiente en el portátil que se llama Spooky Songs for Halloween. Hoy es el día en el que todo se viste de negro, naranja, algún gris y ciertos colores despistados que desean lo que está por venir después de esta somnolienta noche de difuntos.

Mis batatas ya asadas. Los agujeritos del tenedor parecen costuras como las de un Frankenstein.

Te voy a decir un secreto, me gusta esta fiesta cada vez más. Me gusta el otoño, me gusta ver cómo las hojas —las que deben hacerlo— se caen, me gusta soñar en un día lleno de bruma o nubes plateadas que esconden un tímido sol blanco.

Te contaré algo más: este es el momento en el que comienzo mi nuevo año y miro hacia atrás y me digo qué o cuántas cosas han pasado. Bueno, no es cierto del todo. El recuento lo hago casi de forma inconsciente. Pero la razón de escribir esto es otra. La razón de escribir esto es para decirte que prefiero esta celebración —para unos pagana y para otras religiosa— que la que llegará dentro de un mes y algo más. Nunca se me habría ocurrido pensarlo, pero ahí está.

A mí da igual de dónde lleguen las tradiciones, porque la verdad es que la tradición de este día y del día de mañana es universal. Que suceda tiene toda lógica. Dentro de poco, como decía, se empezará a celebrar a algo parecido a un nacimiento que llega en forma de sanación para la tierra, para las almas, para lo que sea. Y antes de ese nacimiento de algún modo hubo muerte.

Quizá en otra ocasión hablaré del tarot, porque está en mi lista de reencuentros con el acto de jugar, pero por adelantar algo que da sentido a lo que me estaba refiriendo antes, verás, en los arcanos mayores de un mazo de tarot convencional la secuencia es clara. En los últimos arcanos mayores, la muerte sucede a un futuro nacimiento, no sin que antes se realicen unos cuantos traspiés, de esos que nos gustan tanto a las personas —porque ni muertos nos quedamos tranquilos; que se lo digan, si no, a los fantasmas—. Esta fiesta habla de eso y de mucho más. Habla de traspiés y de muerte necesaria y de mucho más.

Secuencia de los arcanos mayores del Tarot de Marsella en la versión de Pierre Madenié (1709), desde el Arcano XIII —en otros mazos se le llama Muerte— hasta la Estrella.

Quiero decirte brevemente ahora por qué prefiero esta celebración a la que le sigue. Es una razón muy simple: verás, en esta fecha la gente podemos ser quienes somos y elegir el disfraz con el que más conectamos en lo más profundo de nuestro ser. Sacamos los miedos y las angustias y nos reímos de ello. Y si no nos reímos, lo sacamos fuera de nosotros por unos instantes. En la celebración de diciembre, sinceramente, me cuesta pensar que de pronto la bondad se instaura en el mundo. Hay compromiso forzoso, hay heridas que supuran por acontecimientos presentes o por el recuerdo; y hay poco respeto por el invierno, la retirada de la tierra para dormir, la necesidad de esos pocos que quieren descanso o, en su caso, celebrar el nacimiento de un año nuevo, de una vida nueva, de una posibilidad de reversión o restitución o de dejar ir libremente. Tal y como están las cosas, es difícil que se detenga ese tren de frenesí y de euforia. Así que me quedo con esta noche que transita entre octubre y noviembre.

Y sí, a mí me da igual de dónde vengan las tradiciones porque es un hecho universal que hay muerte y hay nacimiento y luego muerte otra vez. Podría leer El monte de las ánimas de Bécquer, o Rip Van Winkle de Washington Irving, o hacer algún rito celta, o tallar ojos y boca en una calabaza, irme de truco o trato por las calles pensando que estoy en un barrio residencial norteamericano, o preparar calaveras de azúcar escuchando un dulce acento mejicano de fondo, o comerme directamente unos huesos de santo o terminar de asar mis batas, que es en lo que estoy ahora mismo; la cuestión es que me vale todo esto y no pertenece a nadie. Es una celebración universal del acontecimiento mas difícil y duro de todos, el único que provee de sentido a la vida. Esta noche podemos vestirnos —física o espiritualmente— de aquello que más miedo nos dé y sentirnos bien por quedar ridículos. Esta es la noche en la que todos nos conocemos por lo que somos.

Buuu

Ya está, la cocina huele a batata, he apagado el horno. Miro por la ventana y veo un velo gris plata extendido por encima de los cipreses de Arizona —cipreses al fin y al cabo—. Vamos a disfrutar la víspera, escondernos después en las tinieblas de la noche. Mañana habrá templanza.

Este no es un ciprés de Arizona, es un castaño que vi esta mañana.

Que la noche te acompañe en los sueños y la templanza te reciba en la mañana🌕🍂

Garabatear es un juego

Hablaba de los bloques de madera, de las barajas de cartas, de los cuentos de siempre, pero hoy prefiero dar espacio al garabateo.

El garabateo es un juego. En el momento en el que se convierte en una obligación o en un esfuerzo por ocupar un espacio en la vida, deja de ser juego. Yo lo siento así. Y es que esto lo estoy escribiendo desde mi experiencia.

Nunca he sentido que nací con un lápiz en la mano, ni tampoco con una voluntad férrea de construir un mundo de escenarios visuales o escritos. Eso solo lo imaginé más tarde. De pequeña, que yo recuerde, jugaba o pasaba el tiempo o mataba el tiempo. Si me aburría se me ocurría una forma de atravesar el desierto de las horas muertas. Una de esas formas era hacer esas cosas que se hacían en las ocasiones en las que la imaginación ayudaba: una felicitación para un cumpleaños, una invitación para una celebración, un calendario de adviento… esas cosas varias. Y entonces me esmeraba en hacer algo que pudiera hacer con mis manos y mi cabeza. Cierto es que a veces me frustraba ver que las figuras no me salían del todo como desearía. Tenía a las ilustraciones de mis cuentos de siempre como un referente.

Pero tampoco me descorazonaba —o eso creo, a saber—, hacía mis atajos y remiendos, o bien usaba otros recursos. No era solo dibujar; muchas veces era continuar desarrollando algo que acabara de aprender en las clases de manualidades, que entonces se llamaban «pretecnología». Por cierto que hasta ahora no caía en lo que significaba, en la morfología y significado del término. A mí me parece que era todo artesanía, pero bueno. Y lo que iba diciendo, que no era solo dibujar, podía haber aprendido un poco de trabajar con el estaño y me liaba con ello en casa, o bien sacar el azogue de un espejo para encajar una estampa o imagen, o bien formar figuras con masa de pan, de arcilla blanca, o tallar en arcilla blanca también, hacer flores con papel pinocho. No digo que se me dieran bien todas estas cosas, no, desde luego que no. Únicamente que echaba mano de ellas para hacer cosas decorativas.

Pero volviendo a lo de dibujar, otra ocasión para hacerlo, para experimentarlo o iniciarse en ello, eran esas famosas tareas del colegio que consistían en copiar una imagen del libro de estudios. También podía improvisar dibujos para los trabajos, en lugar de usar fotografías recortadas, y en ese caso copiaba de lo que veía en nuestras fantásticas y ya obsoletas enciclopedias. Ahí, en ese momento, comprendí que no se me daba mal copiar una imagen. Me dio cierto gusto. Me sentía, creo, orgullosa del resultado.

Al margen de todo esto, insisto que no he sentido ninguna de esas cosas que se suelen decir para expresar que la vocación le llega a una de lejos: que nací con un lápiz en la mano, o con una libreta para escribir en la mano, o con el deseo de leer y todo eso. Creo que estaba en primero de primaría cuando escuché por primera vez esa pregunta de «¿qué quieres ser de mayor?». Recuerdo vagamente que tuve que inventarme algo porque no tenía ni idea. Por favor, ni siquiera ser qué quiero ser todavía. Lo que sí tengo claro, insisto, es que no nací con un lápiz en la mano ni con una libreta para escribir en la mano, ni el resto de las cosas que se presuponen para seguir una determinada llamada vocacional. Simplemente lo usé como juego. Era totalmente consciente de mis limitaciones, pero es que cuando era pequeña tampoco sentí que debiera tener una ambición por algo que hacía por entretenerme o por embellecer una ocasión. Solo cuando en algún momento del camino eso cambió —esa inoportuna toma de conciencia que llegó por el motivo que fuera —, perdí la oportunidad de seguir cultivando una faceta como tal, como juego al menos.

Me consta que hay muchas personas que en eso no han fracasado.

Pero… no hay que darse por vencidos. Estos últimos tiempos, semanas, en las que el juego se ha vuelto a imponer como una forma de abrazar la vida —y no me refiero a tomarse la vida a broma—, o como un espejo en el que mirarme, no he podido remediarlo, el dibujo regresó para llamar a la puerta. Esta vez, sin embargo, ha llegado para imponer sus propias normas. Me dijo: «o me tomas por lo que soy o me largo, me voy del todo; te lo digo en serio».

Me lo pensé un rato largo y esto es lo que ha estado sucediendo, entre mazos de tarot, recuerdos de infancia, cuentos de siempre, etc.

El balanceo de las hojas, ese apartado del blog en el que dejé que aparcada una trayectoria quebrada de intenciones ha resurgido, o resucitado —debe de ser la proximidad de Halloween—, de la mejor manera, en mi opinión, que es la que vale para seguir jugando. Si no disfruto —incluso si me parece una tontería o me frustro un pelín— lo dejo. De lo contrario, él me deja a mí.


Estas son unas pocas muestras de mi profunda regresión a la infancia. No me digáis que no, pero oye, yo lo llamo garabateo y esto es lo que hay cuando se aligera el peso, cuando los pensamientos se hacen ingrávidos para dar paso a lo espontaneo. Garabatear puede ser un juego.


A este dibujo de abajo lo llamé algo así como «Iban a ser cinco, pero a uno lo desplumó el vuelo».

Jugar en la cocina al calor de la lumbre

Mi anterior entrada no era una entrada aislada fuera de programa. Se trataba de un propósito personal y una hoja de ruta, como se le suele llamar ahora.

Mi blog, este blog, tiene por nombre «Hogar de fábulas». Me vino así a la cabeza porque ya no se me ocurría cómo llamar a la nueva andadura que surgió a partir del pasado mes de septiembre lejos de ese primer impulso de subir dibujos y del posterior impulso de subir escritos. A lo largo de este año 2025, esto es lo que ha sido: una consecución de intenciones en lo que publicaba que se iban desinflando según se desinflaban los propósitos que llenaban mis días. Al principio fue El balanceo de las hojas y luego El primer escrito (cada uno de los cuales están encapsulados almacenados en categorías de este blog). Ahora es un simple Hogar de fábulas. Pero me gusta cómo suena, aunque hasta publicar mi anterior entrada no tenía forma, no sabía qué forma tendría.

En esa entrada anterior hablaba de una serie de cosas que me gustaba hacer de pequeña, a lo cual remitía para contar qué es eso que abandoné a los doce años (más o menos) y cuyo abandono me hizo sentir la misma frustración que ocasionalmente he sentido a lo largo de mi vida hasta hace poco. Esa serie de cosas que me gustaba hacer eran (y me cito): «mi juego con mis muñecos, con mis bloques de madera, con mis barajas de cartas (infantiles), mis cuentos de siempre, mis diálogos mentales y verbales acerca de la historia que estuviera fabricando en torno a los juguetes (físicos o simulados, con amigas y sin ellas).»

Bueno, pues para seguir con mi propósito o para empezar a darle forma a este apartado del blog, ahora ya sé qué me apetece hacer en mi hogar de fábulas: se trata simplemente de jugar y de hablar de esos juegos de antes y de ahora; de la fábula, de la imaginación, de la posibilidad que encierran.

Pero antes de hundir los pies en el río que todo lo mueve y renueva, quiero contar a qué me suena ese hogar de fábulas, quiero decir cómo o por qué me parece que me llegó este nombre. A eso va dirigida esta entrada de hoy.

La palabra hogar tiene para mí una connotación doble: el refugio, el lugar que habito, físico y mental (o espiritual), y el que contiene la lumbre que da calor. Cuando pienso en un lugar que da lumbre, pienso en un lugar que da luz y da calor. No puedo evitar pensar en un lugar de refugio igualmente.

La palabra fábula, aparte de todos sus significados desde el pensamientos de los antiguos y los clásicos, yo la asocio a las fábulas que leía de pequeña y a la idea de inventar, gracias a la imaginación, cuantas historias te vengan a la cabeza.

Ahora voy a juntar estas dos cosas y lo primero que se me ocurre o se me suele ocurrir es contar historias a la luz y el calor de una lumbre en el interior de un hogar. Y eso lo he visto en muchas películas y lo he leído en muchas historias de libros, pero a donde mi recuerdo vuela de inmediato es a esa película de 1962, El maravilloso mundo de los hermanos Grimm (de Henry Levin y George Pal).

Recuerdo ese momento en el que uno de los hermanos Grimm sigue la estela de niños del pueblo que se adentran de continuo en el bosque a una cierta hora de un cierto día para desaparecer en el interior de una casita, o cabaña (que dicen que pertenece a una bruja) para saber qué ocurre. Este hermano Grimm ve y escucha a través de una ventana. Lo que ocurre es que los niños toman posiciones en el interior de la casita en torno a la bruja (la señora que vive sola en el bosque y a la que todos llaman bruja o alguien de la que hay que tener miedo) y se disponen a escuchar lo que la mujer les tiene que contar. Por cierto que esta mujer deja a un lado el puchero o lo que esté cocinando para hacer eso que los niños esperan. El fuego está ardiendo, hay luz y hay calor y empieza la magia. La mujer les cuenta cuentos. El hermano Grimm se sienta debajo del alfeizar de la ventana, saca un cuaderno y comienza a tomar nota de lo que escucha.

Probablemente no sea exactamente así como sucede en la película y en la realidad tampoco (por una parte, hace tiempo que no he visto la película y, por otra parte, no me quiero meterme en fidelidades de una ficción). Lo que importa es lo que mi memoria ha retenido, asociado, impulsado. Sí, ese es mi hogar de fábulas.

En mi casa, en la casa de mis padres más bien, yo solía hacerlo todo en la cocina. Teníamos la suerte de contar con una cocina más o menos grande y acogedora (mi padre forró sus paredes con listones de madera de forma constante y paciente). En ningún sitio me he sentido mejor que en una cocina para conectar con el día a día, y no precisamente por cocinar, sino por un sentimiento de hogar. Es curioso que en este piso donde vivimos ahora, he tenido y dispongo de un lugar para aislarme y escribir, aunque sean estas tonterías del blog, pero de pronto, desde hace unos dos meses, me voy a la cocina cuando quiero ponerme a escribir una entrada, a leer, a garabatear, lo que sea. Cuando renové el blog en septiembre, me crucé con una foto que mostraba un fragmento de cocina, una mesa con libros, cuadernos, etc., una alacena, una ventana o puerta desde la que entraba luz. Pues así es, me quedé observando la foto y me reconocí en ella y de ahí surgieron otros pensamientos y otros, y el recuerdo de la mujer de la casita del bosque y el hermano Grimm en su intención de registrar los cuentos orales que se narraban a la luz y el calor de la lumbre e impregnados de un guiso que se hacía lentamente, y otras tantas cosas, como el juego…

Ahí lo dejo. Esa es mi idea, la que me impulsa ahora. Hay tres facetas que conviven en este hogar virtual y tendrán sus distintos armarios o cajones, y saldrán a demanda de sus propias necesidades o apetencias, pero que todo lo guíe el juego. Sin el juego, poco soy capaz de hacer de un tiempo a esta parte. La seriedad me inunda de tristeza y me viste con un traje de sobriedad que se me hace inmenso e inaguantable. Porque sencillez no es sinónimo de simpleza. Y si soy simple, pues me vale también. Será hora de reconocerlo.

En cualquier caso, como se trata de una cocina, todo cabe en el mismo espacio, dibujos, escritos, juego… Todo se va guisando con lentitud y cariño. Aunque el blog se llame finalmente Hogar de fábulas y me haya hecho una niña de pronto, está todo ello aquí dentro, dentro de sus respectivos nombres y cada vez que publique algo que remita a su propósito, irá bajo la categoría que le corresponde. Si pasas por aquí y te apetece quedarte durante un tiempo, léelo como te sea más cómodo, sigo siendo la misma en todas sus aristas y facetas. Espero contribuir en algo, y no quedármelo para mí sola. Recordar que fuimos niñas/os no es pequeña cosa. Recuperar esa misma sensación no lo es tampoco.

Jugar

Hoy 20 de octubre es el día mundial del perezoso. Lo dice Google.

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No pensaba empezar esta entrada con esta noticia, pero siendo el perezoso un animal que me gusta mucho y portando tal nombre debido a su lentísimo movimiento y lentísimo proceso de vida, me ha parecido bueno integrarlo en lo que voy a contar a continuación. Hoy voy a empezar a hablar de jugar.

No se trata de una definición ni de buscarle un sentido a dicha acción, la de jugar, sino de mencionar un reencuentro personal con la idea de jugar, esa cosa que solía hacer de pequeña. A partir de ello, irán surgiendo otras curiosidades que posiblemente compartiré en lo sucesivo, solo porque me apetece.

Empiezo. Estaba leyendo hace un par de días un libro que va de un encuentro entre un poeta-juglar y una médium. Se encontraron en el lugar donde vive la médium, en una población del Prepirineo catalán, para hablar de, entre otras cosas, de los arcanos mayores del tarot. Más adelante (en otra entrada) diré qué son esos arcanos. Supongo que hablaron de muchas cosas de la vida y de muchas cuestiones vitales. El libro está editado de una forma cuidada, bella, bonita, lúdica, visualmente atractiva, con alusiones constantes a la poesía y a los poetas, a la experiencia de la vida, y decorado de forma especial por la médium, Amor Estadella, con sus dibujos representando cada uno de los arcanos mayores a su manera.

Pues bien, menciono este libro porque más abajo voy a anotar una cita de Amor Estadella en la que me voy a basar para hablar de mi experiencia con el juego, o para iniciar esta serie de entradas en las que, entre otras cosas lúdicas, también hablaré del tarot. A lo largo del tiempo, así, podré entender por qué a partir de este encuentro (o quizá no se debiera a ello, pero es lo mismo), mi cabeza se ha esclarecido y he hallado una forma de significarme que no necesita de demostraciones a nadie, y menos a mí misma. Antes bien, solo siento apetencia de compartir curiosidades que pudieran, en el mejor de los casos, incitar al juego, a la observación o a la contemplación. Es posible también que no inciten a nada. En ese caso, no es un problema. Precisamente la ambición del juego (el juego no competitivo) es eso, que no ambicione nada. Todo es construcción, deconstrucción y reconstrucción. Como ese set de bloques de madera con los que jugaba una y otra vez de pequeña.

Vale, no me adelanto. Lo que ahora quiero es un poco organizarme mentalmente, y como siempre hago, me organizo en el camino. De modo que escribo esta entrada, que solo es un ápice de lo que cuento, y me voy organizando. La cuestión es que me apetece abrir la senda para hablar del juego y del tarot, que son los dos catalizadores de mi creatividad en este momento. Para ello, ahora sí, voy a anotar la cita de la que hablaba antes, la del libro de Amor Estadella (médium) y de Oriol Sauleda (poeta-juglar). El libro se llama, por cierto, Y entonces me dijo (Ed. Luciérnaga, 2025):

«[…]llega un momento en el que la vida física ya funciona por su cuenta (se refiere a las tareas de la vida, en especial de la mujer), y entonces te viene a la mente que hay algo dentro de ti que está por hacer. Cuando estoy en una sesión en situaciones de ese tipo, dirijo a la persona hacia la infancia, el lugar donde reside la auténtica esencia, sin manipulación social. Procuro que recuerde alguna actividad que la hiciera feliz y que tuvo que abandonar. Hay aficiones que pueden comenzar en cualquier momento: una puede crear hasta la muerte, nunca es tarde. El número 31 está vivo siempre que tú lo mantengas con vida».

(1Esta cita pertenece a un lugar en el que está hablando del arcano de la Emperatriz, que ella ha renombrado como La Mujer, y que ocupa el número 3 en la serie de los arcanos mayores.)

Antes de leer este fragmento y este libro, yo ya andaba con mi necesidad de recuperar una memoria particular, la que tiene que ver con el juego en mi infancia. Porque cada vez estoy más convencida de que algo se me perdió en el camino, algún tipo de conexión que luego regresó en la adolescencia y en la juventud de una forma reinventada, disfrazada, quizá dramáticamente disfrazada y muy distorsionada. En cualquier caso, cuando leí este fragmento de arriba, me pregunté: «¿qué responderías tú a esto?»

Intenté visualizar la respuesta, como si estuviera delante de esta mujer. Estaba muy claro. La respuesta sería «jugar». Si por algo me sentí frustrada, incluso sin ser consciente de ello, cuando cumplí doce años, más o menos, fue por el abandono de mi juego con mis muñecos, con mis bloques de madera, con mis barajas de cartas (infantiles), mis cuentos de siempre, mis diálogos mentales y verbales acerca de la historia que estuviera fabricando en torno a los juguetes (físicos o simulados, con amigas y sin ellas). Estaba claro, la respuesta era «jugar». Y la verdad, aquí es donde me detengo de momento, de aquí surgen muchas cosas en las que me he empeñado y no tenían mucho que ver con el original. Aquí es donde me gustaría marcar el comienzo de mi charla empedernida acerca de ese simple acto de significación, el juego. Porque ese es el punto en el que la nostalgia deja de tener sentido y se transforma en posibilidad real.

A partir de ahí ya es solo avanzar según tu organismo necesite, como el perezoso. Cada cual a su ritmo.

Y entonces me dijo de Amor Estadella y Oriol Sauleda, Luciérnaga, 2025.

Una hoja de tilo

¿Qué es una hoja? Una prueba de vida. Ya fuera de su elemento, no tiene sentido, pero es lo que toca.


Este ha sido un día especial, diferente, y agradezco todos y cada uno de los momentos que he dedicado a leeros, y los que he dedicado a sentirme tranquila en el espacio que ocupo, en general.

No sentía que tuviera algo que decir en el blog, pero me acabo de sentar con una infusión a un lado del portátil, y otros pocos cachivaches alrededor, y me ha salido abrir esta entrada para compartir la hoja de tilo que recogí del suelo de la calle hace una semana. Os la dedico.

Hoy me siento alineada con las estrellas de cierto universo. No sé cuál es ese, pero creo que lo estoy.

Cuesta elegir

Observas el follaje de los árboles en otoño, antes de que se les caigan las hojas, y te pones a pensar si hay alguno que te guste más que otro. No, la verdad es que no es cuestión de elegir.

Tienes la costumbre de fotografiar las hojas en su cambio de color como si así pudieras conservar su mudanza, su sorprendente belleza. Sorprende. Siempre sorprende.


En su momento me obsesioné con capturar las formas de las hojas a través del dibujo. Era mi forma de aproximarme a su naturaleza. Lo usaba como forma de conocimiento. Eso creía. Me doy cuenta de que era mi forma de «fotografiar», de capturar un instante o una idea.

Ha pasado el tiempo, ya no dibujo las hojas —no de ese modo—, y me parece que todo intento de capturar la naturaleza de las cosas, en mi caso, es un acto por así decir «desesperado» por vivir en el aspecto visual del mundo. Porque vivir en el aspecto visual del mundo es una forma de evitar la palabra, que muchas veces es solo aproximativa de la realidad y otras veces una inevitable carga de emociones o pensamientos que no hayan salida.

Pues eso, que cuesta elegir siempre. A pesar de ello, qué bonitas pueden ser tanto una imagen como una palabra.

Y los frutos… qué, qué me decís de los frutos.

Granado (con frutos) en otoño

Vamos allá, te sigo

En la carretera, ayer 9 de septiembre de 2025, por la mañana.

Vamos allá.

Llévame a presenciar tu hermosa aventura. Me mueves a participar en tu viaje por la carretera y no me siento pequeña por hacerlo. Es esto entonces, ¿no? Rodearme de gente que brille, que le quede alguna luz o que la busque. Reflejar el sol o conservarlo. Quedar al desnudo y no sentir siquiera que no estás vestida, como en ese mal sueño en el que se te olvidó vestirte antes de ir a alguna parte, al colegio, al trabajo, a una tienda y de pronto miras hacia abajo y te sabes desnuda.

Ahora no te fijas. Vamos allá, corriendo por la carretera, escuchando una música cualquiera.

Es por la mañana y el sol es un faro entre nubes que se acarician.

Yo te sigo. Di tú un lugar. Yo te sigo.


Feliz viernes🍂

Autumn 3, Max Richter (de su álbum Vivaldi Four Seasons Recomposed by Max Richter, 2012).

El primero y el último

Donde quiera que voy, los lugares están ocupados,
los papeles de la función, repartidos,
las raciones, asignadas.

Donde quiera que voy
parece que me esté yendo.

Será el impulso del propio movimiento,
la corriente que provoco al paso.
Será la cabeza que viaja de antemano
y que siente, o más bien piensa,
que ya todo lo tiene visto.

Una incapacidad de llegar
a cualquiera de los polos de la Tierra,
de avanzar y de que la orilla no se haga pequeña.

De todos los números,
soy el primero y el último.


Cae la tarde y veo que el sol se oculta detrás de la arizonica, frente a mi ventana.

La encontré en el suelo

La encontré en el suelo, con los pétalos desgastados. Al tacto parece que fuera de mentira, pero es real.

En esos días en el que ocupaba el tiempo con el dibujo o con la pintura (nunca podré dar con una palabra que englobe a estas dos actividades), el color de esta flor que me he encontrado esta mañana en el suelo me tenía, por decir así, obsesionada. Es un rojo intenso, rojo sangre, rojo que tiene su justa medida de amarillo y su puntito de azul, ¿quizá? La verdad es que no lo sé. Pero este rojo, así como el naranja, o el azul profundo, o el azul liviano, o el amarillo brillante… Sí, cualquier color. Y no le pongo los colores técnicos, porque son solo eso, técnica, y yo, en este momento y en todos los demás, me estoy refiriendo a la percepción del color y lo que provoca en el ánimo solo mirarlo. Lo que decía, que este rojo me atrapaba por su tonalidad intensa.

Pues nada, cogí la flor y me la llevé a casa. Le saqué esta fotografía y la subí al blog.

Este acto tan tonto que hacemos casi todos, me resulta ahora tan bueno como la intención de un escrito o un dibujo, o lo que sea. Porque para mí, este momento es el que ha marcado el ritmo de mi mañana y de mi día. También determina un punto en el tiempo. Representa un paso hacia delante a partir de lo que hice ayer. Y es que ayer concluí una etapa de mi largamente arrastrada crisis creativa. Primero fue el dibujo, después llegó la escritura.

Confesiones:

Puedo dibujar y no hacerlo del todo mal si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Puedo escribir narraciones más o menos largas y no hacerlo del todo mal si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Puedo volver a estudiar, y sacar un título o dos más, si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Razones:

No quiero hacer nada de eso porque nada de eso me hace feliz.

Y ahora vamos a ver, ¿qué me hace feliz? O bueno, no voy a ser tan ambiciosa y mejor me pregunto ¿qué no me hace infeliz? Respuesta sencilla: hacer esto que estoy haciendo, leer lo que me apetece, lidiar con las cosas de la vida con el ritmo que me permita mi cuerpo y mi cabeza (esto ya lo marca la prioridad). Compartir el espacio con otros que desarrollan sus blogs. Jugar más. Por lo demás, se trata de no seguir planteándome nada que no me aporte serenidad de ánimo.

Curioso esto del juego, ¿verdad? Pero a esto del juego le dedicaré una entrada a parte.

En cuanto a lo de escribir, pues sí que seguiré escribiendo, pero me he dado cuenta de una cosa, y creo que la entrada de La presencia que vive en el piso de arriba, me ayudó a observarlo de frente, y es que no me gusta acabar los relatos; no siento necesidad de terminar los relatos. Sé que muchos dirán que es una excusa tonta para no afrontar el trabajo de escribir, y eso me preocupó en su momento, cuando pensaba que yo quería escribir para llegar a hacer algo de verdadero valor y para no sé qué más, pero ahora sé que era un error. El error era creer que quería concluir un relato, una narración. No siento la necesidad de concluir. A mí se me ocurren las cosas, pero no sé cómo terminan y no me importa.

Después de publicar en el blog el relato de La presencia que vive en el piso de arriba, me dije ¿por qué no sigues, por qué lo dejas ahí? Y la respuesta que me di fue que no me interesaba, que quizá fuera parte de una serie de anécdotas que iría contando en lo sucesivo, porque la verdad era que la historia no acababa ahí, pero no sabía cómo acabaría tampoco. Eso lo diría el tiempo. Y entonces eché la vista atrás y pensé en los relatos que todavía conservo y me di cuenta de que tienen algo en común y esto es que ninguno de esos relatos acaban, ninguno tiene fin.

Así que esto que he comentado antes me hizo reflexionar, y me dejó muy tranquila. Acto seguido hice lo siguiente: empecé a organizar el blog. Subí los pocos escritos que conservo y los guardé en diferentes páginas según su naturaleza. Los relatos en una página que he llamado del mismo modo «Relatos»; los textos breves y poéticos en una página que he llamado «Meditaciones»; otros relatos muy muy breves en una página que he llamado «Leyendas» (porque me lo parecen); una página para un cuento infantil ilustrado que publiqué hace mucho tiempo («Little Galileo«); hay una página más en la que he subido el comienzo de una narración más extensa («Crónicas de un albergue«) que dudo que vaya a tener continuidad, pero por si acaso la dejo ahí. Imagino que crearé alguna página más en un futuro para subir mis pasados dibujos, pero como los tengo muy guardados, me da pereza de momento. De todo esto que he comentado, los contenidos que he subido a las distintas páginas que he creado son muy pocos, porque son en realidad los únicos que conservaba en el ordenador, mis favoritos.

Y ya está. Puedo decir que es una etapa muy diferente. Aquí sí puedo decir que he concluido un relato, el de mi crisis creativa de años y años. Ahora puedo dedicarme a lanzar escritos inconclusos, palabras que me dicen algo, fotografías despistadas de mi entorno, observaciones triviales, o simplemente estar por aquí leyendo. Y que sepas que si apenas comento en vuestras entradas, no es porque no lo haya leído o no me interese, sino porque las más de las veces me parece que digo tonterías. Esta soy yo, toda entera.

Gracias por leer🍂