Un guiso de otoño

Estaba ayer por la mañana, o quizá fuera el día anterior (no recuerdo ahora bien), paseando con mi perra, coja como voy estos días de la pierna izquierda, y pensé en el tiempo que había pasado desde el 2019. Lo de mi cojera ha tomado el relevo de mi hombro, que ya parece ir recuperándose debido a mi insospechada constancia con el ejercicio físico. Y ya es una ironía que haya sido precisamente el ejercicio físico el que me ha provocado la cojera, aunque claro está que no debía de estar haciéndolo de forma adecuada. En cualquier caso, ahora menciono estas cosas del cuerpo porque así parece que añade cierto colorido al relato.

Bueno pues, como iba diciendo, iba paseando con mi perra y me dio por pensar en el tiempo que había pasado desde el 2019, más concretamente desde el otoño del 2019. Me parece que por aquella época comencé a sentir cierto interés por conocer más a fondo los árboles. El otoño es siempre una época que los pone a prueba, a los árboles, pero no sin que antes tengan las oportunidad de mostrar su genial abanico de colores. Y en ese año me empeñé en conocer sus nombres, al menos de aquellos árboles que tenía a mano; también de arbustos. Como por aquel entonces dibujaba, y, de hecho, me puse a dibujar con más ahínco del que había tenido en años anteriores —casi como un raro resurgir de una destreza que, de cuando en cuando, había asomado en mi vida en otras ocasiones—, los árboles, o sus hojas, frutos y flores, se convirtieron muy pronto en ese estímulo que necesitaba para sacar el lápiz o el pincel.

Diré que disfruté mucho de ese reconocimiento de los árboles, y de arbustos, y que el resultado fue que efectivamente me quedé con algunos de sus nombres, especies, variedades. Pero, desde luego, un poco por encima, lo suficiente como para no recorrer ya a ciegas un paisaje.

De todas formas, recordé el otoño de 2019, no tanto por lo que inicié sino por el tiempo transcurrido. Cada otoño que comienza y que pasa suma un año más, y cada otoño que comienza y que pasa no soy totalmente consciente de todo lo que se ha transformado en mi entorno y en mi vida. Parece que no pasa nada y ha pasado de todo. He agarrado estos últimos cinco años como puñados de legumbres para echar en remojo y hacer un guisadito al día siguiente. Suma un año tras otro y pienso que ese 2019 fue hace apenas nada. Pero tengo constancia de que no es así.

Creo que si una persona finalmente consigue reconciliarse con sus propias creaciones, un escrito, un dibujo, una entrada de blog acerca de los libros, de la música, de eso que ocupa sus horas y días, aunque no aspiren más que a ser granos de arena en una playa, el sentido de hacerlo es precisamente dejar constancia. Y no es dejar constancia para los demás, sino para sí misma. Lo que sucede es que ha de pasar tiempo hasta encontrar esa forma de expresión que le devuelva su propia imagen sin prejuicio y sin arrepentimiento. Para mí, al menos, es lo que importa.

Hay una sensación de reconocimiento en el ambiente que abre la posibilidad de ser y de cambiar y de reafirmarse que ya percibí antes de que entrara el pasado verano, y vuelvo a percibirlo con esta estación de otoño que acaba de entrar. No es casual que en esa transición acordara conmigo misma, por fin, que debía, quería, dejar el dibujo atrás y que debía, quería, nadar entre las palabras dichas y no dichas.

Efectivamente, ha pasado el tiempo y ya no soy la misma. Aunque sé que la de antes era también yo y lo acepto, es como si no lo hubiera sido, como si formara parte de un cuadro antiguo y distante, merecedor de un lugar en la memoria. Ya por el mes de junio sentí que la atmósfera me mostraba una luz diferente y no tenía nada que ver con el hecho de que el sol se estuviera acercando cada vez más a la tierra. En este pasado mes de septiembre ha vuelto a ocurrirme lo mismo con esa luz, justo cuando noté que el sol se estaba alejando. Es la percepción de mutabilidad y de posibilidad que despierta mientras las cosas se preparan para descender a la tierra. Cómo explicarlo.

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