3 Crónicas del albergue: La llegada

Ya ves cómo me alojé en ese lugar para estudiantes y jóvenes viajeros que antiguamente fue una gran mansión, una de esas casas señoriales de época indefinida.

Sí, me hallaba delante de ese edificio que recuerdo como enorme vaguedad. Tendría que inventármelo todo para decirte cómo era. Me doy cuenta, además, de que en ese momento, en esa edad, cualquier casa grande de esas que llamamos mansiones, nos parece que pertenecen a una sola época que se extiende en el tiempo. No entendemos de siglos en la arquitectura o no queremos entenderlo. Se divide en los grandes bloques en los que se dividen nuestros gustos por la lectura que se asiente entre sus muros. Decimos que es romántico, que es gótico, que es sensual, que es señorial, que es sobrio, que es suntuoso, que es frío, que es fantasmal. Y por más que nuestros ojos hayan pasado por todas su diferencias, no nos percatamos de que el estilo puede llegar a definir esos edificios que nacieron con el fin de proteger y conservar las reliquias de unos pocos privilegiados. Son atractivos y nos resultan atractivos por pertenecer a una época que no hemos vivido y a unos relatos que no nos permiten acceder a su interior sin que antes nos disfracemos de lo que no somos. Y no te hablo de esos edificios, de esas casas de la modernidad que con frecuencia imitan lo inasible de épocas pasadas. Eso no son más que pastiches de la imaginación que carecen de personalidad propia. Yo me refiero a las grandes casas que todavía quedan en pie a pesar del derrumbe de su sentido a lo largo de los años. Elysia Hall era uno de esos bastiones del pasado que abandonada por los últimos que la habitaron como hogar hace siglo y medio, la dejaron morir poco a poco hasta que la convirtieron en un albergue juvenil. Sorprendente transmutación de un edificio.

Pero ya que estamos en esto de inventar desde lo poco que recuerdo, voy a hacer el pesado esfuerzo de recrear la escena de mi llegada. Que sepas que es todo un desafío, pues ya sabes que las letras en principio no son la voz que da forma a lo que observo. Puede que incluso por eso ya me puedo ayudar del recuerdo tan poco.

Mira, voy a empezar por contarte que hice un recorrido a pie desde donde me dejó el tren hasta el albergue. Tuve que atravesar la ciudad para cumplir mi cometido. Por las parcas indicaciones de sus habitantes, me dijeron que me llevaría como mucho un cuarto de hora. Pero se ve que no supe entenderles bien en las direcciones que me dieron porque transcurrió más de un cuarto de hora hasta darme cuenta de que no hacía más que andar en círculos innecesarios y dibujando meandros por callejuelas llenas de historia —eso por lo menos lo hacía más ameno—. Tenía las piernas cansadas y también me quedaban restos del viaje. Le sumamos a esa carga el hecho de que estuviera haciendo un calor inusitado para el verano de aquellas tierras y de que estuviera trazando el camino por la tarde, cuando el día está fatigado. Para cuando por fin remonté la cuesta que se veía sería la definitiva para alcanzar mi destino, habían pasado tres cuartos de hora. Tenía hambre y, sobre todo, tenía sed. Pero por fin, ya divisé la fachada de la casa por entre los arbustos que ribeteaban el curso de mi andadura y también se adivinaban las copas de los árboles que se erguían en defensa de la propiedad. Vamos a poner que eran fresnos y que eran acacias. Es una buena elección, aunque habrá otros nombres que vayan surgiendo en el relato.

Pues bien, había llegado. Me detuve en el recodo del camino por el que se podía acceder al recinto de aquel monumental albergue juvenil. ¿Quién lo diría? No estaba muy segura de saber a qué se refería mi prima en sus diarios cuando hablaba del albergue. Pensé que lo había imaginado, que había magnificado la realidad del lugar en el que se alojó. Deduje que se trataría de otro edificio que había adoptado para sus relatos. Hasta entonces solo pude suponer que lo que contaba en esos cuadernos que me dejó leer su madre eran meros relatos de una aspirante a escritora. Los datos que se acumulaban entre las páginas constituirían una gran metáfora de su experiencia. Puede que lo que contaran fuera cierto o puede que no lo fuera. En cualquier caso, no esperaba que el albergue juvenil en el que yo iba a alojarme fuera a tener la apariencia que estaba presenciando en ese momento; en ese momento en el que las copas de los fresnos y de las acacias se fueron abriendo y dejaron la vetusta fachada a la vista de los que íbamos llegando.

No te he contado cómo fue mi breve caminata por la ciudad, esa caminata en la que me perdí por no haber comprendido bien las instrucciones de los paisanos que dirigían al albergue. Solo te dije que fue pesada, pero hubo algo más que tendría ocasión de revivir más tarde, cuando me incorporase a este estúpido curso en el que me matriculé con el fin de venir hasta ese país, esa ciudad y a ese albergue. Esa tonta excusa que tomó forma. Y lo comento porque antes he dejado caer aquello de “los que íbamos llegando”. Y era así; éramos un plural indefinido todos los que llegábamos en tropel a la ciudad, y todos los que ya estaban en la ciudad, durante la estación de verano para simular ser un personaje más de los que entraban y salían de sus colegios antiguos y prestigiosos. No fui consciente de mis propios suspiros mientras caminaba procurando encontrar el hilo que me condujera a las afueras. Pero sí suspiraba y no era solo por el jadeo del cansancio, sino porque mi ojos sin querer resbalaban por los muros ocres y grises de los colegios y descubrían, si acaso, ventanas y ventanucos que se hundían en la penumbra de los dormitorios que callaban abandonados por los estudiantes en el calor del estío. Éramos muchos y parecíamos desentonar, y desentonábamos, pero allí estábamos, aferrados a la idea de pertenecer a un lugar que se mostraba distante. Como esos personajes que no pueden evitar atraer a la par que repelar, la ciudad se hacía densa bajo un sol vespertino de julio. En cuestión de minutos, desde mi percepción de estudiante frustrada, tuve que asumir que se trataba de un espejismo. Creo que por eso lo olvidé; olvidé lo que había visto y vivido a mi paso por la ciudad y olvidé contártelo. Lo cierto es que seguí andando y sorteando a todos los demás, a través de la parte menos bucólica de la ciudad, donde la antigüedad de los edificios universitarios se iba apagando, encontré la ruta definitiva hasta el albergue. Era todo cuesta arriba, pero me sentía más liviana. Cierto que debía seguir subiendo y volvería a sentirme cansada y así fue. Pero una vez que alcancé ese punto entre los árboles que antes te describí, entré en un estado de ingravidez. No se puede hablar de felicidad, pero la sensación era rayana a esa innombrable sacudida de emociones que te coloca en el umbral de la posibilidad. Habitaría ese edificio viejo de estilo indeterminado, pero a todas vistas una mansión antigua en desuso por sus antiguos propietarios y rescatada por jóvenes viajeros y residentes. No le pertenecía a la ciudad que acababa de dejar atrás, con sus puertas y accesos cerrados al extranjero, pero podría franquear la puerta de una casa solariega y me convertiría por décimas de segundo en un personaje de mis admiradas historias. En ese instante sentí mayor urgencia por convertirme en un personaje de novela que en un estudiante de universidad milenaria. Sí, la ficción era mi hogar por aquel entonces aunque a veces se me hacía difícil reconocerlo, cuando me veía presionada por un deber que se escapaba a mi entendimiento.

Y a partir de ahí, qué puedo decirte, mi memoria no hace más que trampear la realidad de lo que viví. Sin embargo, ya que estoy en este empeño de contarlo, voy a hacer el esfuerzo de coser las imágenes, las escenas, las palabras que existieron. Voy a suponer, así, que estoy ya de frente a su fachada y que esta reflejaba al menos tres alturas. La última de ellas sería uno de esos áticos angostos cuya altura se ajusta a la caída del tejado que desciende. Creo que nunca llegué a estar en ese último piso, aunque seguro que ganas no me faltaron. El paso estaría cancelado justo en el último tramo de la escalera que daba acceso a todo el interior del edificio.

Me pregunto, ahora que lo pienso, de qué color sería esa fachada que me he quedado contemplando. Sería blanca, sería gris por la suciedad, o incluso azulada o rosada. No tenía aspecto de que la hubieran restaurado en mucho tiempo o nunca. Su interior daba la misma impresión, pero me estoy adelantando.

Como te decía, me hallaba en ese estado de ingravidez en un recodo del camino desde donde divisé la fachada blanca, gris o azulada, y entonces el terreno volvía a elevarse levemente. Un sendero de tierra conducía hasta la escalinata de la entrada. Apenas puedo recordar nada aunque lo finja, pero puedo suponer de nuevo un ir y venir de jóvenes mochileros, y de algunos que no lo eran tanto, lo de jóvenes me refiero. Y puedo rememorar también, y creo que no entra en el reino de la suposición esta vez, una visión fugaz o el destello de un fantasía muy breve de una llanura cubierta de verde a los pies de la escalinata o desplazada de esa escalinata, pero cerca. El verde debería de estar amarilleando como debería de estar ocurriendo en el resto de las zonas verdes, pues ya te dije que el verano se estaba comportando con extrañeza en esa época por una temperatura más elevada y por la timidez de la lluvia.

Y cómo era por dentro. Qué puedo decirte. Los espacios en la memoria se comportan como los espacios que vemos en los sueños, y el de Elisya Hall no iba a ser menos. No es que se hubieran esforzado mucho en adecentar la ruina para los viajeros y residentes nuevos. Era un lugar de techos altos y un amplio vestíbulo que distribuía las salas de la primera planta. El suelo se elevaba dos o tres escalones en el centro del espacio y una gran vuelo de escalera de madera ascendía al fondo hasta la siguiente planta del edificio donde estaban los dormitorios y los baños comunes. Cómo recuerdo todo esto, ya te digo que no lo sé, pero tengo una vaga impresión de haberlo experimentado tal como lo cuento. Las paredes pintadas del mismo color que el de la fachada, ese color blanco o gris o azulado, o bien puede que todavía tuviera restos de un papel pintado con cornucopias y pájaros exóticos. Las lámparas colgaban del techo a modo de arañas o sencillos candelabros. Los apliques perdieron lustre con los años. Todo ello, en verdad, se perdía en la mirada del visitante porque estaban viejos. Ya solo irradiaban la luz que hacía falta. El eco de los que llegamos, de los que ya están dentro y de los que se van, reverbera en la oquedad de la casa.

Había un mostrador de recepción a un lado de la escalera. Me acerqué para registrarme y subí, según indicaciones de la persona que me atendió, por la escalera hasta el primer piso para dirigirme a uno de los dormitorios de mujeres y tumbarme un poco. Necesitaba descansar. Necesitaba descansar.