Necesitaba descansar. Necesitaba descansar.
Necesitaba descansar y no me canso de repetirlo así como recuerdo ese momento de echarme en el camastro superior de la litera. No soy amiga de las alturas y no lo era entonces, pero sentí que la altura podía darme refugio. Un colchón incómodo, como lo son todos los que se nos ofrecen fuera de nuestro hogar, pero igualmente válido. Se me fueron cerrando los ojos mientras observaba el techo alto, ajado por el tiempo. No llegué a dormirme. Creo que el cansancio lo impedía y me sumí en un letargo, uno de esos momentos en los que cualquier sonido, de una voz, de una melodía, de un movimiento, penetra la frágil cortina del subconsciente y empieza a construir una realidad alternativa. Pero no me sumergí en el sueño. Bailaba el eco de las voces de quienes entraban o salían del dormitorio o en el baño común al otro lado del pasillo que rodeaba la escalera. Y entonces llegó la frase, sí, la frase que leí en un cuaderno de Estela. Y me llegó así, sin más, y era esta: “soy huesped o parte de la casa”. Vi la cara de Estela, o vi su figura que se alejaba, que vagaba por delante de mí como un fantasma y se alejaba de su casa. Y vi a mi tía que me miraba y me llevaba de la mano a los diarios de su hija que estaban sobre la cama abiertos y me decía que los leyera, que le dijera por qué me había marchado. Yo miré uno de esos diarios y leí la frase que también podía ser una pregunta. Y de pronto, no sé de dónde surgió, oí mi nombre. Fue apenas un golpe sordo de voz, como de alguien que pasara por ahí corriendo y dejara caer una breve llamada en mi oido sin otro motivo que el de no permitir que me durmiera del todo. Sucede tan rápido, ¿verdad? Y cuando abres los ojos no sabes dónde te encuentras, qué hora es, qué momento del día. Había una sombra a mi lado, la silueta de una cabeza que se daba la vuelta, salía por la puerta del dormitorio y se desvanecía, se fundía con la oscuridad del pasillo. Fíjate que aún tenía los ojos cerrados y lo supe porque los abrí solo al ver lo que te he dicho que vi. Lo que significa que no vi nada parecido. La luz de la tarde seguí brillando a través de las contraventanas semicerradas y el pasillo al fondo se veía claro, nada penumbroso. Las voces se hicieron menos tenues y yo me incorporé en la litera comprendiendo de inmediato dónde estaba y qué me había ocurrido. Me había acostado con la mochila aferrada al costado.
Ya sé, ya sé. Yo también me acabo de dar cuenta. ¿Cómo es posible que estuviera en un albergue, de esos en los que te alojas para dormir en un cuarto con varias literas, de los que se comparten para que la estancia salga más barata? ¿Cómo es posible alojarse en un lugar así cuando la intención de tu visita era realizar un curso? ¿Pero es que llevar una mochila era suficiente? ¿Y el resto del equipaje? ¿Mencioné algo acerca del equipaje al principio de mi relato? Sí, claro. Me olvidé de ese pequeño detalle. Me olvidé de ese curso en el que me había inscrito. Pasé con toda rapidez por la población donde habría de acudir a mis clases para las que había pagado. Me olvidé también de que yo debería estar en una residencia de estudiantes en la periferia de esa misma población a la que por otra parte sentí que no pertenecía nada más salir de la estación del tren y preguntar por el paradero del insípido colegio al que asistiría para realizar un curso de verano que tendría muy poca relevancia para mi futuro. De modo que mi maleta debería estar ahora en otro lugar, en la periferia de la población, aparcada en ese insípido colegio y yo estaba recostada en el camastro superior de una litera en el albergue con mi mochila aferrada a un costado. ¿Y qué importa nada de eso para lo que te estoy contando? Por otra parte, ¿dónde quedaba ese dormitorio en penumbra que acababa de soñar y qué fue de esa voz que se coló en mi oído? Así que vamos a dejarlo en ese estado, en el que no tenía otra cosa que mi mochila para rendir cuentas de mi presencia en un albergue. El mismo albergue en el que mi prima Estela se alojó cuando escapó de su casa. He dicho que escapó porque parece que eso fue lo que hizo.
¿Un albergue? ¿Podía imaginar que se hospedó en este albergue para realizar su posgrado de Literatura inglesa? Me incorporé y miré a mi alrededor. Me había abandonado a la aparente fragilidad y desnudez de una litera que se sostenía en una estructura de metal. Algo anodino para un ensueño. Vi mochilas apoyadas en el resto de literas. Gorras, zapatillas, sandalias. Algunas pertenencias estaban a la vista. Un cuaderno, una libreta, un taper vacío. El sol, que ya he dicho antes, se escurría por las ranuras de las contraportadas semiabiertas y se dirigía solo a aquel punto donde enfocaba dejando una parte de la estancia en sombra. Me bajé de la litera con la mochila echada en un hombro y avancé hasta la puerta. Fue entonces cuando oí un leve chasqueo, como si se tratara del canto apagado de una chicharra. Primero lejano y luego más nítido. Procedía del rincón más alejado de la ventana y de la puerta. Ya no era chasqueo, sino el sonido que hace el papel al deslizarse por encima de otro papel, o bien el tropiezo de un dedo en una hoja de cuaderno. Quizá fuera algo más grueso, una cartulina. Los movimientos se hicieron rápidos y alternos, interrumpidos. No sé por qué no me atrevía a mirar e hice como si necesitara mirar en el interior de la mochila. De verdad, que estaba tan oscuro que no pude ver por el rabillo del ojo si había alguien ahi conmigo, observándome desde el rincón. Bueno, eso es lo que siempre imaginamos. El ego crece en los buenos y en los malos ratos. Pero desde luego, la curiosidad es es más fuerte que el ego y ya no solo era imaginar que que me miraba, sino saber quién o qué estaba oculto en la incomprensible negrura de ese rincón. Incomprensible fue también que una de las contraventanas cediera un poco y dejara pasar mayor cantidad de luz, y lo hizo de tal modo que dejó al descubierto a la figura que estaba sentada con las piernas cruzadas sobre el camastro inferior de una de las literas que se apoyaban en la pared del fondo. Era una mujer aparentemente mayor que yo, quizá de unos cuarenta años, aunque la verdad es que se me daban y se daban muy mal calcular la edad de las personas. Estaba, como te dije, sentada en uno de los camastros al fondo de la habitación con las piernas cruzadas y rodeada de fichas de estudio; sus manos las aferraba y las trasladaba de lugar después de haberlas leído movida por algún orden o impulso interno. No sé si me vio, y si lo hizo, pienso que fingió no haberme visto. Sentía que la mayoría de las personas que van a un albergue, especialmente a un albergue del extrajero, un lugar donde los propósitos se definen más por una sola intención, no se fijaban en los demás; sentía que no curioseaban sobre la situación y naturaleza de los demás. Era como si vivieran en burbujas predeterminadas por una voluntad fuerte que los arrastraba a la consecución de sus deseos, cometidos, sin atender a juicios externos, sin plantearse si encajaban en ese nuevo entorno, en esa nueva comunidad, en esa nueva comunidad. Lo daban por hecho. Lo que fuera, lo daban por hecho. No era mi caso, me temo. Así que me quedé disimulando, pero enseguida los ojos se me fueron hacia ella, y al ver que ella no levantaba la mirada para recibir mi curiosidad, reemprendí la marcha para salir al pasillo, a aquel espacio en el que los sonidos se hacían inteligibles. Eran más presentes. Aquella fue la primera vez que la vi.
Y después de eso, cuando ya me vi recorriendo el pasillo hasta el baño donde entré para descargarme y para asearme en un espacio que parecía haber sido fabricado en mis sueños, donde mi intimidad corría el riesgo de verse fracturada por el hecho de tener que compartirla, y luego caminé hacia la planta inferior, recobré cierto aspecto de mi experiencia. Las voces que había oído desde el dormitorio, las que resonaban mientras dormitaba, pertenecían a individuos como yo, que habían elegido Elysia Hall como alojamiento; no eran las presencias sobrenaturales que empezaban a nutrirse de mi imaginación.