Perdona por la interrupción tan abrupta de antes; sé que me quedé mirando cómo el sol descendía por detrás de los árboles. Hace tiempo que no regreso a este lugar desde el que te narro, así que no sé podré guardar la coherencia. Pero voy a intentarlo. Esta mañana al coger un libro de mis estanterías, he recordado esa ocasión en la que fui a Wxx, justo al día siguiente de haberme alojado en Elysia Hall, de haber conocido a Guillaume y también, claro está, de haber experimentado todas las sensaciones, reales o no, que experimenté en el albergue. Supongo que sabes a qué me refiero.
Pues bien, te diré que me levanté muy temprano por la mañana y salí del albergue con la determinación de desayunar en una tienda de té que había visto de pasada cuando atravesaba la ciudad la tarde anterior. Es curioso cómo funcionan las cosas en el cerebro. Puede que en el momento de ver algo de importancia para su especulación de posibilidades, solo haga un breve registro de su existencia. Ya después, lo suelta a la superficie para que lo tengamos presente. En algún lugar de la ciudad estaba la tienda de té que debía visitar sin falta. Quizá fuera su escaparate, quizá las letras en su rótulo. La cuestión es que me puse en marcha y, dado que esta vez era cuesta abajo, y muy temprano por la mañana, como ya he repetido, enseguida llegué me vi caminando por la misma calle por la que había caminado el día anterior. Solo tendría que hacer el recorrido en sentido
contrario para dar por fin con la tetería. ¿De cuándo tomaba yo té? Nunca lo había probado o creo que nunca lo hice antes de esa ocasión. Pero las circunstancias eran diferentes. No transcurrió mucho tiempo hasta que di con su fachada. No digo que lo recordara de otra manera, porque solo me llevé una impresión que apenas reconocí conscientemente, así que me valió con que pusiera encima de la puerta de entrad las dos palabras en inglés que la identificaba. Una tienda de té. Habría unas tantas más, lo cual hacía misterioso el hecho de que pensase que era esa y no otra la que buscaba. Pero no voy a preservar el misterio; lo que hizo que la identificara fue el nombre real de la tienda, su distintivo, que no era otro que el del personaje de Dickens en Grandes esperanzas: Miss Havisham. Yo no sé si has leído la novela de Dickens, pero yo sí lo había leído entonces y te diré que algún que otro miembro de la familia también y que por eso llegó a mis manos esta novela. Por supuesto que estoy hablando de mi prima Estela. Y a ella le llegó de otro miembro de la familia muy cercano a ella, que quizá por esa razón, mi prima recibió este nombre, el de Estela, en un momento de enorme inspiración. Sin embargo, te diré, por si no lo has leído o no sabes de las múltiples versiones que se han hecho de la historia, que lo de Miss Havisham es ambiguo, porque, por lo que yo sé, hay dos mujeres en la novela de Dickens a las que alude. Una mujer mayor y otra más joven. Desde luego que siempre se piensa en la mayor de ellas al visualizar la historia, pero es una realidad que Estela porta el mismo apellido.
Esta era la tetería que captó la atención de mi cerebro y a ella me fui directamente. Ni el escaparate ni el interior estaban decorados en un sentido que recordara a las obras de Dickens. Era un ambiente clásico, sí, pero común a los demás ambientes que reflejan costumbres pasadas, de época. Lo que la distinguía de otros lugares que yo hubiera tenido la oportunidad de ver en mi entorno era que tenía un rincón reservardo para la venta de libros y también para leerlos en el local. Más tarde comprobé que no era exclusivo de esta tienda. Era un concepto extendido en la población y no por esnobismo. Igual que había prensa en una cafetería de mi entorno, allí habría prensa y también libros. Ten en cuenta que era una ciudad de estudios.
Pues bien, ya estaba dentro, de otra manera no habría sido capaz de describirte lo que vi y me senté frente a una endeble mesa redonda. Pronto vino alguien a tomarme nota y pronto tuve el té delante de mis narices acompañado de un bollito de textura apretada y de sabor salado y dulce al mismo tiempo. Desde entonces, ya te digo, no dejé de repetir la misma operación cuando podía. Fuera en la tetería Miss Havisham o fuera en el comedor del albergue. Pero la razón de haber insertado esta experiencia en la narración que iba desarrollando es porque de algún modo tiene que ver con la persona que conocí esa primera vez en la sala común. Sin embargo, continuaré con lo que hice en la tetería y luego retomaré la sala común. Espero que no te confunda demasiado. Bueno, pues como te decía, estaba en la tetería Miss Havisham y había terminado de degustar mi bollito con té negro cuando me acerqué al rincón de lectura que te he mencionado. Unas pocas estanterías revestían parcialmente las paredes que hacían esquina al fondo de la tienda, pero eran suficientes para dar entretener a los clientes. No eran ejemplares nuevos, sino de segunda mano pero en condiciones bastante buenas. Me resultaba difícil actuar con naturalidad delante de los dependientes, sobre todo en tierra extranjera, pero comprendí que en ese lugar tampoco era necesario fingir pues apenas prestaban atención al rincón de lectura. Su negocio, como era obvio, era la hostelería. De modo que me puse a revisar las estanterías en busca de algo que pudiera llamarme la atención. No era exactamente como te lo digo. No solía buscar algo que me llamara la atención solo, sino quizá ese elemento que destaca y que implicaba una señal que me ayudara a dar el siguiente paso. Recuerda que yo venía de una situación de indecisión, de falta de motivación clara, y que la ausencia de motivación hizo que me decidiera por recorrer la senda que había trazado mi prima Estela. Desde tu posición podrás juzgar a estas alturas, sé que ya te tienta hacerlo, si aquello era lo que ya te dije, una mera excusa. La cuestión es que yo estaba en la tetería Miss Havisham buscando algo así como un mensaje en una botella, aunque la idea no fuera cristalina. Y te diré lo que encontré, que no sé por qué fue lo que me llamó la atención de todo lo que vi en ese momento. Pues encontré un libro sobre la escritura de cartas en el siglo dieciocho. Era de tapa blanda. El fondo de la cubierta era todo de un tono azulón, o quizá de un azul profundo. Ya sabes cómo son los recuerdos con estas cosas. Me pareció interesante. Hay algo en esto de escribir cartas que ya no se vive en el presente. Es un modo de escribir diarios o de escribir relatos que se ha perdido. Dirás que todavía existe un tipo de comunicación semejante, pero no lo es en absoluto. Para algunos no representaban nada desde la perspectiva del escritor, pero pocos son los que no reconocen el valor de leer esas misivas. No voy a ponerme a profundizar en ello ahora, porque sería querer abarcar demasiado y yo solo te estoy hablando desde mi perspectiva. Elegí, pues, ese libro y no otro y a la fuerza iba a ser mi compañero de vuelta al albergue. Pagué por él y salí de la tetería con la promesa de visitar a la señorita Havisham unas cuantas más veces.