Inspirado en hechos reales, y puede que esta entrada sea una primera parte.
Eran las tres menos cuarto de la mañana, más o menos. Lo sé porque cuando me despierto de mis seriales oníricos, suelo ponerme las gafas para ver la hora en el móvil. De otro modo, no veo más que una luz punzante y borrosos garabatos en un indefinido mar de color azul y amarillo. Estos dos colores son los que predominan en la pantalla de mi móvil desde que le puse un tema de fondo azul y margaritas de refulgente amarillo y blanco. Bueno, me voy por las ramas.
Decía que me desperté de mis seriales oníricos, y fue porque tan pronto sentí que las escenas estaban cambiando, noté que el velo del sueño se estaba levantando y que iba a descubrir el misterio que ocultaba y eso no podía permitírmelo. Y por otra parte, que es lo más probable, el manguito rotador, ese que se me lesionó no sé sabe cuándo y que intento recuperar con un conjunto de ejercicios que en mi vida había considerado, comenzó a hacerse notar. Regresó el dolor sordo. Ese dolor molesto que recorre algunas zonas del cuerpo como un explorador para ver donde depositar su existencia durante un tiempo apreciable. En definitiva, lo que quería decir es que empezó a dolerme y ya sabía que me costaría dormirme de nuevo. Al cabo de unos minutos procurando encontrar la postura más afable para mi hombro, me levanté y me fui al cajón de medicinas para coger un paracetamol. Me resisto, yo me resisto a tomar la pastillita, pero me puede más la necesidad de dormir para recuperar mis seriales, de modo que extraje el blíster de la cajita del Antidol y me proporcioné un comprimido. El paracetamol, qué medicina más curiosa. En mi caso, no solo me permite afrontar molestias leves o estados febriles, sino que también me induce al sueño. A saber por qué me sucede, pero es algo que me viene de madre; a mi madre también le pasaba lo mismo. Y de nuevo me ando por las ramas.
Pues bien, eran las tres menos cuarto de la mañana, o quizá ya habría pasado un cuarto de hora desde entonces, y ya me habría tomado mi medicina, cuando aquello regresó de la calle. La noche, la madrugada, estaba totalmente en calma, como suele estarlo a esas horas en este lugar en el que vivo. Y suele estar en calma salvo por determinados momentos. En esos momentos a los que me referiré en lo sucesivo, hay una rotura en el silencio de la noche y un desequilibrio en el día de los que he podido ser testigo desde que vivimos en esta casa, en este piso. Pues sí, poco después de mudarnos nos dimos cuenta de que había una presencia viviendo en el piso de arriba.
En una comunidad de vecinos es lógico pensar que haya personas residiendo en el piso de al lado, en el piso de arriba, en el piso de abajo. Nuestro caso no es una excepción, aunque de forma más reducida, pues se trata de edificios de pocas unidades familiares, propietarios o inquilinos. Y por supuesto, sabíamos que arriba ya vivía alguien antes de que llegáramos. La cuestión es que no es coherente con lo que conocemos. Los que dicen que viven arriba se comportan de una manera que no parece encajar con lo que escuchamos en ocasiones. Para empezar, los que dicen vivir arriba son una familia de madre, padre y una hija, que a lo largo de estos cuatro años se ha ido convirtiendo en una adolescente; le queda rato todavía de furia, energía, angustia, rebeldía y todas esas cosas que parecen atravesar el páramo del crecimiento. Y al margen de esta sucinta explicación de la encantadora edad del despertar, lo que quería decir es que son una familia, en principio, corriente. Imagino que Tolstoi diría que lo es, al menos, a su manera.
Así es, los vemos salir del portal cuando nosotros entramos y parecen tranquilos, incluso tímidos, especialmente la madre y la hija, y también, podría decirse que colaborativos. Parecen ser respetuosos con el entorno. Los vemos integrarse en el pueblo con amabilidad y conciencia de pertenencia. En la piscina pequeña que tenemos, bajan la madre y la hija, una enormidad de mujer en el primer caso y una fina silueta en el segundo, ambas con caras circunspectas y concentradas en sus acciones, y se echan al agua con poca temeridad, con cautela, como si cada vez que se introdujeran en el fluido elemento sintieran la necesidad de medir las consecuencias. Lo hacen por la tarde, más bien al atardecer; lo hacían, porque ya va acabando el verano y aquí no hay quien moje un pie a estas alturas de la temporada, del mes de septiembre. Y, por otra parte, ya han extendido la lona sobre la cubeta. En cualquier caso, es digno de mención cómo se entretenían en el agua. Lleva la niña, que aún lo es quizás, sus figuritas de plástico, un delfín y una ballena y coge cada cual su figurita y las alzan en el aire y las enfrentan. Madre e hija se hablan y se susurran o comentan. No sé qué hacen realmente.
Y esta de arriba es un poco la historia de la familia que, presumiblemente, vive en el piso de arriba. Sin embargo, sucede algo extraordinario. Nosotros la mitad de las veces no oímos su trasegar en el techo. Estos son tabiques, separaciones endebles. Ya sabemos que las construcciones del presente tienen poco que ver con los gruesos muros de antes. Nos oímos unos a los otros. El cuarto de baño es el peor caso. Gracias o por culpa del hueco para la ventilación, la transmisión de todo tipo de sonidos es extraordinaria, la cisterna, la bajante, las cascadas de agua sobre el plato de ducha o la bañera, el abrir o cerrar de un grifo, el flujo en las cañerías y otras cosas más orgánicas. Nuestra suerte es vivir en un piso bajo, pero tenemos un piso encima de nosotros que debería reflejar la rutina de nuestros tímidos vecinos. Mucho me temo que no puedo decir que esto suceda. En su lugar, pasan los días sin que se oiga nada. Pasan las horas en un insólito silencio, salvo cuando se rompe, y cuando se rompe, ya te digo, sucede de una forma que nos inquieta.