Una anotación del 19 de agosto de 2025 que se mantuvo oculta por pereza.
Tengo mi propio espacio en línea para crear y para decir lo que se me venga a la cabeza, pero pocas ganas de publicarlo, incluso de abrir la entrada. Esto es algo del todo diferente a todo lo que he vivido anteriormente. Siento pereza incluso de revisar lo que se mueve en mi entorno. Me gusta saber que no es estático, que tiene sus corrientes de pensamiento, que hay quien comparte y se habla, intercambian emociones y experiencia y eso lo dice todo. Pero yo permanezco en mi huequito de exploración interna y de miradas al exterior con escaso escudriñamiento de lo que veo. Lo percibo como una historia que escapa de mis manos y eso es agradable. Cuánta posibilidad hay en ello.
Me muevo por el mundo como un fantasmita de pacotilla y lo acepto. No hace falta dármelas de espectro. Moldeo el tiempo a mi manera. Merodeo por las habitaciones de mi cabeza y busco la mejor orientación para cada estación del año, así como definir sus puntos cardinales, aunque estos se me resisten la mayoría de las veces. Podría imaginar dónde está el norte y dónde el sur; podría también seguir el curso del sol y definir el este y el oeste y de este modo ajustar el día y la noche y reservar un espacio para todo tipo de sueños, los que aparecen cuando duermo y los que aparecen cuando estoy despierta. Al menos diferenciarlos, aunque yo creo que se distinguen por un nivel de veracidad que corresponde solo a los que aparecen cuando duermo.
Buscar otra voz, otra cara, cualquier cosa en el aburrimiento. Sentir que si no ves el «otro» de frente puede hacer que pierdas la ruta.
Empezar un nuevo cuaderno al que, antes de nada, le has arrancado las dos primeras páginas donde quedaban restos de otro momento que ya no está vivo.
Anotar por anotar.
El cuaderno limpio. Las páginas ¿con rayas o con cuadrícula? Cuadrícula nunca (Aun el nunca o el siempre son inciertos). ¿Lisas tal vez? Reducir la posibilidad y estamparla en el papel con tinta gris azulada, azul grisáceo.
Poco me apetece contar nada porque los días han estado llenos de palabras, para allá y para acá.
Escribir como el que camina, como «la» que camina. No llegar a nada y alcanzar un punto.
A los quince años, más o menos, ¿o puede que a los dieciséis?, apuntaba en el papel lo que veía a través de la ventana. Sentada en el aula a primera hora de la tarde cuando todavía nadie había llegado. Mi primer recuerdo consciente de escritura. Escribir por escribir. Era después de comer. Todavía teníamos clase por la tarde. Y entonces, escribir. Era un acto tonto.
Mi marido limpiando la alfombra con una herramienta que quita las pelusas y la suciedad más fácilmente que hacerlo con el cabezal grande de la aspiradora de mano. El cabezal pequeño de la aspiradora de mano es aún mejor que los dos anteriores.
Leer poco, leer lento. Releer. Conservar en la librería solo los libros que estoy dispuesta a releer.
El descubrimiento de lo nuevo, las nuevas lecturas. Esto es algo extraño.
Escribir con pluma fuente, con la tinta gris azulada o azul grisácea. Se me hace incómodo hacer que el texto corra sobre el papel. Se me levanta la hoja. Mejor un lápiz o un bolígrafo. ¿O es el formato del cuaderno de espiral que impide que el bloc de hojas se pegue a la superficie de la mesa?
La perra tumbada en el mismo espacio en el que estoy yo. Respira hondo, duerme. Sueña mucho.
La boca del estómago se me tensa. Siento tensión e hinchazón en la boca del estómago en momentos determinados. Me ocurre últimamente. Se va y se viene. Cojo el lápiz y viene, cojo el libro y viene. Dejo todo y se va.
Ocupar el tiempo, ocuparlo en la transición de las ideas, del pensamiento, en el cambio.
Mejor con bolígrafo.
Necesidad de aferrarse a lo que queda atrás. Miedo a soltar, ¿qué es eso?
Creo que ya he usado esta expresión, la del limbo, en una entrada anterior, de las que publiqué en la fase del blog que llamé El balanceo de las hojas. No voy a comprobarlo, porque no es el propósito de que escriba esto. El propósito de escribir esto es solo escribir algo.
Pasan los días con el blog en el limbo, que no es que me importe, y me sorprendo precisamente de eso, de que no me importe. Sin embargo, he visto un movimiento agradable en el entorno y me he animado, aunque sea para decir algo.
Puedo decir, por ejemplo, que estoy implicada en la escritura de forma bastante activa y que estoy disfrutando de ese momento. La sensación no es parecida a nada que haya vivido antes (o a lo mejor sí, pero no me acuerdo). No es nada extraordinario, ni epifánico, es una sensación de estar conectada con lo que hago. Incluso cuando la escritura se vuelve silenciosa; me refiero a cuando no sale nada porque no tiene por qué salir nada. Parón, descanso, o quedarse en la inopia. No son cosas que pueda compartir aquí, porque así, fragmentadas en diversas publicaciones no guardan sentido, y tampoco se sienten como en casa, esa narración o narraciones a las que pertenecen.
Así que ¿qué puedo decir para sumar con mis palabras en este entorno? Bueno, ya irá saliendo.
Me apetece incluir en esta entrada algo que tenía escrito para publicarlo y que luego me pareció una tontería. A pesar de parecerme una tontería, solo lo dejé aparcado y ahora tiro de él como recurso oportuno. Se trata de una impresión acerca de la palabra resonar.
Ahí va:
¿Qué decíamos en lugar de esta palabra antes de que se extendiera por nuestro vocabulario, y no en el sentido que se le daba anteriormente?: ¿Lo sientes familiar? ¿Te dice algo? ¿Te sientes atraída o atraído por algo? ¿Te parece interesante?
El caso es que la palabra es bonita. Claro que lo es. Porque evoca un sonido que se repite o que se sostiene en el espacio según el tipo de superficie en el que el sonido golpea, rebota, choca. Y depende, sobre todo, de eso que ha producido el sonido: un cristal que se rompe; el golpe en el metal; un trueno en una tormenta; un instrumento de percusión; el viento en las hojas de un árbol; la voz humana en una sala llena de espectadores en silencio; los pasos que avanzan en un camino de piedra por la noche.
Al preguntar si algo resuena con nosotros, como una respuesta a una pregunta, a la elección entre varios colores, a la lectura de un texto literario, o a la celebración en un día de fiesta, puedo imaginar, entonces, que hay un sonido en cualquiera de estas cosas que he mencionado antes que no es perceptible para el oído físico, pero sí para el oído de nuestro ánimo, de nuestra disposición y atención hacia la realidad que vivimos.
Así que si algo resuena con nosotros, y no se refiere a que podamos escucharlo como si de un ruido se tratara, lo que nos pasa es que de pronto el oído interno se nos abre a una dimensión desconocida, una en la que las ideas resuenan de una manera u otra, como resuena la música. Esto resuena conmigo. Esto resuena con lo que pienso, esto resuena con lo que siento, con lo que quiero. Esto resuena conmigo.
No sé muy bien qué decíamos antes de utilizar la palabra resonar, pero ya es un hecho que vino para quedarse, para resonar en nuestro vocabulario; intentar decirlo de otra forma es como querer atrapar su propio sonido. Un imposible.
Hasta aquí esta parte del camino. Cruzo el puente, me establezco por uno tiempo en ese umbral que se hace necesario para considerar las cosas, para dejar que se asienten o para dejar que se vayan. Ya después vamos viendo. Es verano y esta estación es buena para hacerlo.
El año pasado (2024), a principios del mes de julio, comenzaron mis dudas sobre si realmente me divertía mientras hacía lo que hacía, y en este caso me refiero al dibujo en general. No era un pensamiento que me llegara de una forma clara y precisa, sino como en ráfagas de hastío y sensación de angustia. Era pleno verano, estaba claro, y el calor me suele abrumar, pero la cosa continuó en otoño. A veces me sentía mejor y otras decaía y descendía cada vez un peldaño más bajo. A partir de diciembre, ya no eran peldaños, sino ese constante retirarse de la orilla del mar donde posiblemente pensaba que iba a querer alcanzar algún día, pero que de pronto me disgustaba, o bien no sentía el mismo impulso que me proyectaba para avanzar. No sé, a mí me recuerda a esas ocasiones en las que una persona se queda tumbada boca abajo sobre una tumbona flotante cerca de la playa; se queda ensimismada dejándose balancear muy poquito por la débil marea, el agua vacilante induce a la modorra. Esa persona está en duermevela y ve a través de sus pestañas los destellos de luz de un sol que está siendo extraordinariamente amable, pero no ve que se va alejando de la arena. Se está alejando.
Bueno, pues, a principios del mes de julio del año pasado comencé a zozobrar sobre las aguas de verano.
En una de esas en las que me estaba hartando de la espontaneidad, del impulso, del no saber para qué nada y de si no me estaba atascando en una idea empecinada y malconcebida, comencé a dibujar en un cuaderno, otras veces era en hojas sueltas, esos típicos personajillos que a veces saco del baúl de los recursos. Hace mucho tiempo solía hacerlo para ilustrar un escrito; hace mucho tiempo. No hace tanto tiempo, lo he hecho para alguna entrada de blogs que ya he eliminado donde hablaba de una lectura que formaba parte del club de mis lecturas favoritas. Desde el año pasado, de vez en cuando, los personajillos me han salido, o los he sacado, para hacer algo con un lápiz, una plumilla o un rotulador de punta pincel de esos que imitan a los pinceles orientales. Total que desde el año pasado, algunos de estos personajes y sus viñetas salieron a contar algo que ni yo sabía qué era.
De entre estas viñetas surgió la primera que aparece a continuación, la primera a la izquierda del todo. Los cuatro bocetos estaban originalmente en lápiz, pero para poder transferir las formas a otra superficie con ayuda de una mesa de luz (en realidad, una tableta de luz), los repasé con un fineliner; vamos, uno de esos rotuladores de puntas calibradas.
Primero fue la mujer con el niño que tiene alas. El niño baja de unas escaleras que no se sabe de dónde proceden. El sol es enorme y así posicionado, detrás de la cabeza de la mujer, parece que fuera un halo espiritual. Pues no fue mi idea, pero es como salió. A continuación le puse letra, una leyenda, que decía:
(El niño) —No soy un ángel, aunque tengo alas.
(La mujer ) —No hace falta tenerlas para serlo. Las alas sirven para volar.
Cada vez que he vuelto a leer este brevísimo diálogo me he preguntado por qué lo he formulado de esta manera y no de otra. Podrían darse variaciones que cambiara el sentido. Pero lo he dejado tal cual.
En cualquier caso, a partir del primer boceto, surgieron los otros tres. Me pregunté cómo sería el siguiente boceto si me pusiera a ello y surgió el segundo y después el tercero y después el cuarto. Total que hay una pequeña historia y en esta historia por lo que se ve el final es que el niño se marcha y queda una cuestión pendiente, su regreso, solo indicada por las palabras de la mujer en el cuarto boceto, que trata del consejo que le facilita al niño para poder regresar. También aquí, se me ocurre que puede tener muchos sentidos.
Sin más que contar acerca del diálogo que me fue llegando según avanzaban los bocetos, ya he dicho antes que dejé que los dibujos reposaran. La verdad, es que más que dejarlos reposar, los aparté. Había una parte de mí que me decía que, si las cosas fueran como hace mucho tiempo, enseguida me habría puesto a darles más forma y quizá color. Pero no me encontraba como hace mucho tiempo, lo que no significa que fuera cosa mala; solo que era diferente.
Sin embargo, cuando ya terminaba el mes de julio, no recuerdó por qué, recuperé los bocetos y los transferí a otro papel para colorearlos. Lo hice con gouache, sin pensar mucho en los colores que iba a utilizar en la ropa de los dos personajes. Lo único que tenía claro era que el cielo sería azul y que el sol sería dorado. El gouache, la témpera, es un material muy agradecido para las cosas espontáneas, pero cuando es verano y lo utilizas con un ventilador azotándote la espalda, es muy probable que tengas que cuidar mucho los tiempos porque se seca de inmediato. Siempre puede humedecerse sobre el soporte donde lo estás aplicando (está a un paso de parecerse a la acuarela), pero entonces ya no es lo mismo, no lo era para mí. Pero de un punto débil puede salir una fortaleza, y es que en el caso de dar color a unas viñetas, el aspecto que proyecta es de desenfado, de ligereza; yo diría que sugiere más que explica. De todas formas, tenía tantas ganas de evitar el proceso del dibujo en sí, por aquello de que no andaba fina con este aspecto de mi creatividad, que fui muy rápido. Si no lo hacía rápido, mi angustia o ansiedad, según se mire, ascendía por segundos. Qué momentos aquellos.
Y estas fueron las viñetas que salieron con color a finales del mes de julio del año pasado, que también fueron quizá uno de los últimos dibujos donde usé el gouache.
La curiosidad de esta nueva proyección de los bocetos iniciales es que realicé alguna incorporación al dibujo. Por ejemplo, en el tercer dibujo aparece la mujer de lejos y en el cuarto, aparece el niño de lejos; a veces el sol está presente y a veces está ausente, o se hace más o menos grande, o se sitúa más hacia la izquierda o más hacia la derecha.
2025
Y así y todo, durante el presente mes de junio, a principios del mes de junio más bien, después de mis cavilaciones, limpiezas, depuraciones, expurgos de mi cuarto en cuanto a materiales y una indecible e indescriptible sensación de «no sé qué» que me deja avanzar a través de los días en un único escenario de continuidad sin cortes, como si de una producción de Wes Anderson se tratara, regreso a esos dibujos que dejé aparcados el verano del año pasado. Y de nuevo me encontré, en el momento de revisarlos, en la tesitura de si los transferiría a un nuevo papel y les aplicaría un coloración diferente, o lo que fuera. No conseguí decidirme hasta hace dos semanas, lo cual fue muy oportuno porque hasta entonces todavía tenía en propiedad todo ese material que más tarde acabaría por liberar mediante donaciones. Lo cierto es que después de limpiar el espacio, las posibilidades se estrecharon y a la vez la voluntad se recondujo.
Empecé por el primero de los dibujos, el primero de los bocetos de arriba: ese en el que están la mujer y el niño con alas entablando su ambiguo diálogo. Hice un dibujo en el que los rotuladores aportarían el color y el perfilador de tinta china repasaría las líneas externas con su punta pincel. A continuación hice otro (el segundo dibujo a la derecha) aplicando color y añadiendo algunas líneas de volumen con plumilla en el interior de los cuerpos. Las figuras me gustaron, pero el resto no, así que recorté las figuras de la mujer y del niño y los dejé sueltos como recortables hasta que se me ocurriera qué hacer con ello. Finalmente hice un fondo con la plumilla y un rotulador azul celeste de punta muy fina, además del dorado del sol y pegué las figuras recortadas encima de ese fondo. Sinceramente, me gustó. Me parecía que jugaba con unos recortables o con una de esas pegatinas de quita y pon con las que jugaba de pequeña.
Hablando de rotuladores, que acabo de comentar, los Faber Castell ya no están en mi cuarto. La razón es que he encontrado un tipo de rotulador más ecológico y práctico para cuando quiero usarlos y los Faber Castell, por más que los elogie, también acabé donándolos. Resulta complicado ser ecológico en esto de hacer «arte» (y esa es otra cuestión paradójica), pero quiero intentarlo. Qué mejor manera que encontrar el material y la fórmula que lo facilite: rotuladores que se recargan, de base de agua, un lápiz, tinta china. Un bote o dos como máximo (los menos posibles) con contenidos que duren, etc., y pensármelo un poquito. Yo recuerdo eso que me decían y que dicen de: «Practicar, practicar, practicar, cuántos papeles hay que usar, tirar y arrugar.» Pues la verdad, yo cada vez lo entiendo menos. El arte y la ecología, no sé.
En fin, será para otro sermón, pero el caso es que salieron estos dos nuevos dibujos, y una vez que parecía encontrarme quizá renovada y refrescada, como emergiendo de un buen lavado de cerebro (y todavía queda mucho por recomponer) me vi implicada sin angustia ni ansiedad ni prisa en la reconstrucción de unas viñetas, ya solo por curiosidad y por dar sentido a un recorrido, a una búsqueda inconsciente de una conclusión y una apertura.
Y llegaron las demás reformas. Las que vienen a continuación. Solo cuando terminé de completar la última viñeta de abajo, supe que había sido un acierto para mi calma personal. Porque entre viñeta y viñeta no hubo ni un solo apresuramiento. Cada una de ellas las hice en días diferentes y no necesariamente los días fueron consecutivos. Y cuando las acabé y fui a guardarlas con el resto en la misma carpeta, regresé a aquellas que había pintado con gouache el año pasado, así como a las que sirvieron de boceto y para la transferencia del dibujo, y observé las diferencias. De pronto me di cuenta de que el sol cambiaba de una versión a otra, de que había un personaje en una versión que no aparecía en la otra; todas esas pequeños detalles que resultan de no copiarme en un lado y en otro. También me di cuenta de que los títulos no coincidían. Al principio fue «Lecciones de vuelo» (que me gusta más) y luego fue «Tengo alas» porque no recordaba haberle puesto ya un título en las versiones anteriores.
La historia de «Tengo alas» o «Lecciones de vuelo»
—No soy un ángel, aunque tengo alas.
—No hace falta tenerlas para ser un ángel. Las alas sirven para volar.
—Úsalas bien. No sobrevueles las nubes. Ellas te quitan el sol de los ojos.
—¿Cuándo sabré que estoy de vuelta?
—Sigue tu propia estela al revés. No te preocupes. Las alas tienen memoria.
Pues de momento estas son las últimas flores, o motivos florales que he hecho.
La limitación de material me resulta agradable después de la limpieza que he realizado en mi cuarto de operaciones. Me centra y me da libertad de pensamiento. Acota el terreno. Resulta extraño poner dos palabras en un mismo párrafo que aparentemente se posicionan en extremos opuestos, y me refiero a «limitación» y » libertad». Pero la verdad es que para mí es mano de santo. Acotar no significa que no haya avance, sino un regreso al descubrimiento por tiempos. O una oportunidad para, si acaso, volver a recorrer una ruta que, más que caminada, quizá ha sido transitada de forma descuidada.
Sin más que decir al respecto, la travesía se hace pausada. Espacio los momentos y doy importancia, prácticamente inconsciente de que lo hago, a los intervalos que median entre esos momentos que parecen ser más activos, aunque en el fondo todos son iguales. Todos aportan. Es el silencio necesario entre las pautas sonoras. Lo mejor de este asunto es que entiendo qué ha pasado. Así que tomo con cuidado el camino que se abre a mis pies y procuro que no se transforme en espejismo.
13 de junio de 2025 Será que ambas palabras, viernes y verano, empiezan por la letra «v» cuando se escribe y yo sé qué va a suceder: la desconexión se hará patente en las calles y las ventanas, también en las pantallas. Las caras dejarán de verse; las voces, de escucharse. Así como en un viernes infinito, solo habrá eco de emociones o de hastío o de calma. Pero no quieres abandonarte; esta vez no. Caminarás por el jardín descalza escogiendo ese momento que lo dice todo y no habrá marcha atrás. Solo el aire se permitirá el lujo de moverse en un sentido y en otro. Permanecerás firme y en un mutismo constante, pero dejarás que el aire te hable.
Es un día bueno. Un día diferente y también igual a los demás que llegaron antes y que vendrán después. Es un día en el que me siento para hacer lo que hago todos los días y, sin embargo, todo lo que hago es diferente.
El mar y el sol
Porque no es lo que hacen mis manos, sino lo que hace mi cabeza, lo que la habita.
Es lo que veo y es lo que percibo y es lo que no anticipo y es lo que no espero y es el tiempo que utilizo y el tiempo que inutilizo y el espacio que ocupo y el espacio que desocupo.
Agua
Hoy es un día parecido a todos. Guarda la apariencia de los espejos. Pero entro en su interior, en esa imagen de luces escondidas y recónditas que se sitúan en un universo redimensionado y a la vez finito, y contemplo una eterna diferencia en un movimiento perpetuo.
Escribo por escribir, es así. Pero en serlo ya siento haber completado un segundo y un minuto y decenas de horas y un día que deja de ser por fuerza igual al resto. La mínima, remota distinción que lo pinta con una forma que solo le corresponde a ese único y preciso día por entero.
Flor y copa
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Huelen las flores de junio. Transitan las horas hacia el verano. La hojas son grandes y verdes. Todavía el sol es amable. ¿Nos guardamos en la sombra del tilo o jugamos?
El título es a medias una frase que Gertrude Stein extendió en su poema «Sacred Emily». El verso al completo es: «Rose is a rose is a rose is a rose».
Yo, que sabía que la expresión sonaba por ahí y que estaba relacionado con alguna cuestión de enfoque o juego lingüístico, pero no de quién era, me remito a ella (y la cito) para colgar este dibujo de una rosa en la entrada. Porque la verdad sea dicha, cuando quise ponerle nombre (por decirlo de algún modo) a pie de imagen y junto a la fecha y mi minúscula firma (no me emocionan las firmas), creo que llegué a preguntarme sin tener conciencia de que me lo preguntaba, y la pregunta fue: «¿Y qué es?». Y entonces la respuesta llegó de inmediato: «Pues una rosa.» Qué más podría decirme.
Han pasado los días. Estoy todavía espaciada, esponjada en mi espacio vacío. Respiro de manera extraña como para acostumbrarme a un nuevo elemento. Me acompañan papeles, grafito, un rotulador de tinta china negra con punta de pincel y rotuladores de colores para cuando me pongo colorida por dentro y necesito verlo por fuera. A excepción de alguna forma reconocible, como esta rosa, empienzo a desvariar y a hacer líneas que se buscan unas a otras y figuran alguna realidad alternativa. Y escribir, sí. También suelto algunas palabras que buscan juntarse las unas con las otras. Por lo demás, esto es solo una rosa, porque normalmente las cosas son lo que son. A qué darle más vueltas.
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Yo creía que las rutinas se imponían de manera consciente. Pensaba que decidía cuándo hacía cada cosa a lo largo del día según una apetencia o una inclinación, después,claro, de cumplir otra serie de cosas que suceden porque tienen que suceder: dormir, asearse, limpiar, cocinar, hacer la compra, cocinar, etc. (en general, todo eso que surge de la necesidad de recomponer los días en un hogar). Por aquello de que creía que yo tomaba esa decisión de «hacer lo que me apetecía hacer en el momento en el que me apetecía hacerlo», y me refiero a leer, escribir, salir para andar, e incluso ver una película, incurría en algunas frustraciones anímicas. Por ejemplo, si quería escribir una entrada del blog a una hora cualquiera, no siempre daba un buen resultado; si quería leer a otra hora cualquiera volvía a no dar un buen resultado, y así con lo demás.
Pero recientemente me he dado cuenta de que ciertas rutinas no se me imponen de forma consciente. Me dado cuenta de que hay cosas que tienen su horario. Fue un día que me puse a observar mis propios movimientos y lo comprendí. Mi escritura es para la mañana, mi dibujo (aunque ahora solo es un entretenerme con los papeles) es para primeras horas de la tarde, mi lectura es para primera hora de la mañana después de un desayuno o bien por la noche. Y he visto que siguiendo esa pauta que yo desconocía, me siento mejor. Lo único que ocurre es que los momentos se interrumpen por los cambios de dinámica a lo largo de la semana, pero como estos hábitos del placer y la creatividad no forman parte de una ocupación profesional no me importa posponerlos. Aplico la rutina cuando se puede y ya las frutraciones se minimizan. De todas formas, estoy casi prejubilada, así que cada vez puedo mantener más el esquema de tiempos en mi vida. No es nada consciente, de verdad, aunque ahora que ya comprendo, sí que me dejo llevar por ello de manera consciente.
Al margen de esto, el otro día saqué la carta de El loco de la baraja de Tarot. Suelo sacar una carta de vez en cuando y la dejo en un lugar del corcho que tengo encima de la mesa durante un tiempo. Antes solía sacar una carta cada día y ahora solo lo hago cuando me inclino a pensar que ha habido un cambio o un movimiento hacia alguna parte. La baraja que tengo es la de Marsella, una réplica de la que se supone que tiene el aspecto original de una de las barajas de Marsella. Esto del Tarot no lo tomo como un medio de adivinación del futuro ni del presente. A poco que se lea sobre ello desde un punto de vista psicológico o antropológico, se entiende que las cartas del Tarot reflejan cosas que ya llevamos dentro de nosotros. Actúan como proyecciones del interior y, dicen, ayudan a canalizar un estado de ánimo, una situación que no se define.
Hay un libro al respecto de una seguidora de las lecturas o lecciones de Jung que hace buenas reflexiones acerca del significado de la baraja del Tarot, en concreto de los Arcanos Mayores, que son en realidad arquetipos que anidan en el colectivo humano (Jung y el Tarot de Sallie Nichols). Dejé hace tiempo de ser una aficionada a las lecturas en torno a la psicología y las búsquedas de la identidad personal, así que tampoco persigo una lectura psicológica en el Tarot. Es más un juego mental, un juego creativo. No voy a entretenerme en dilucidar de qué tipo de juego se trata, solo que es sugerente y como poco atractivo, porque esta baraja de Marsella me resulta muy atractiva. Sus imágenes simplificadas, casi de dibujo infantil, invitan a emprender un viaje de aventuras, como lo de los cuentos. Y es que de eso se trata: de un viaje iniciatico, todas las veces. Y este viaje empieza por El Loco. El Loco, en realidad, somos cada uno de nosotros, que iremos haciendo, y tendremos que hacer, todas las paradas que nos proponga la vida.
El 2 de junio publiqué mi entrada en la que comentaba que había dejado los pinceles. En ese mismo día, por la noche, saqué una carta y me salió El Loco. Me pareció que me anunciaba el viaje que yo misma acababa de emprender. No se trata de un anuncio, como dije antes, sino de una mera proyección del alma. Así es, mi viaje iniciático comenzaba a los cincuenta y siete años justo en el día de mi cumpleaños. No lo había programado de esta manera. Quiero decir que no me daba cuenta de que fuera mi cumpleaños cuando escribí la entrada en la que decía que dejaba los pinceles ni cuando me decidí a sacar mi siguiente carta resultando ser El Loco. Pero las coincidencias, impliquen o no un significado, son agradables cuando confirman un estado de cosas.
Lo de El loco es interesante. Dicen que representa ese estado del ser inocente, en el que las cosas aún están por suceder, las buenas y las malas. Yo me lo tomo por su lado de limpieza y simplifcación y la tendencia a evitar la dispersión en lo posible. En un mar de posibilidades me pierdo. En lugar de contemplar ese mar de posibilidades, contemplo un mar que me habla de integrarme en él sin mirar sus posibilidades y observar desde ahí lo que viene y lo que va. Retenerlo en imposible. Cómo fraccionar el mar. No soy más que el destello de una pequeña onda a la luz del sol en la superficie del agua. Un pequeño y diminuto destello, pero estoy de enhorabuena porque puedo contemplar esa luz del sol. No hay mucho más y ya es bastante.
En el mismo día de mi cumpleaños y en el mismo día en que dije basta, puse manos a la obra. Todo se hizo sencillo. Fui recogiendo los bártulos de los lugares de almacenaje donde los tenía guardados. Primero fueron los tubos de pintura, de óleo y de acrílico, paletas y pinceles grandes. Me puse en contacto con el local que está cerca de casa y que hace de galería de arte normalmente (una propuesta inusual en el pueblo) y le ofrecí donar los materiales. Después fueron los pinceles más pequeños y las tintas y lo doné en otra parte. Las acuarelas en tubo también, aunque en este caso fueron a parar a una mujer que conozco y que le gusta pintar con acuarelas. Finalmente todo lo demás, excepto lápices de grafito y unos pocos rotuladores. Así acabé con todo en cuatro días. Porque, no creas, no lo hice de golpe y supongo que es porque hay vicios enraizados, esas reticencias del inconsciente. Demasiados años dando con el martillo de la insistencia. Pero lo hice. Y entonces pasó algo. Me alivié. Y al cuarto día saqué una carta del Tarot, casi por inercia, por hacer algo en la mesa y en el cuarto donde estoy que de pronto parece vacío y espacioso, casi como de primera mudanza. Y la carta fue la de El Carro; pero de esta carta hablaré en otro momento. El Carro en cualquier caso es movimiento, es emprendimiento, pero se salta unos cuantos estadios de por medio, porque es la carta VII de las XXI que hay. No quiero darle mayor importancia y la dejo ahí en el corcho, como hago siempre, reposando y me dedico a otra cosa.
Los dibujos que aparecen abajo son una representación de la carta de El Loco. No voy a decir que son estudiados. Ambos surgieron en momentos diferentes. Uno, el primero, es de enero de 2024. El otro es de esta semana de junio de 2025. Son diferentes, pero puedo decir que los dos son de mi estilo, si es que hay un estilo que se me reconozca. En todo caso, no me salen de otra forma a no ser que imite. Pero lo cierto es que en el segundo tenía intención de acercarme más a la simplicidad de la carta original en la que me he basado, la de la baraja de Marsella.
A raíz de esta decisión de abandonar la actividad plástica en uno de sus aspectos, asoman los dibujitos que parecen que cuentan alguna historia. No me importa decir que esos dibujos son lo que soy en realidad. Mi alma se aproxima más a un monigote, de esos que vagan por escenas y parajes indefinidos llenos de trazos que abocetan, que al empeño de manipular la realidad a través de los materiales. No soy buena dibujante; no soy de esos dibujantes que te hacen una figura al instante con solo pensarla, ni de esos que se pasan el día garabateando en cualquier servilleta de papel de un café; pero sí estoy llena de imágenes y de mundos de los que he mamado desde pequeña. He bebido de las ilustraciones de los cuentos y comics que han llenado mis horas y también de la letra impresa que sin ilustraciones han impregnado mi cabeza con lugares imaginarios gracias a una brillante descripción de las circunstancias que los envuelven. Benditos autores todos, los que dibujan y los que escriben. Yo, como El Loco, solo voy tomando nota y disfruto de todo ello. Los monigotes son apenas un ápice de lo que experimento y no es ni siquiera un reflejo bueno de lo que pienso. Pero en cierto modo me divierto. Cuando dejo de divertirme, me callo y sigo admirando y disfrutando de lo que hacen otros para mi deleite.
A propósito de lo que cuenta la carta de El Loco, además de ese viaje iniciatico, pues resulta que la representación es la de una persona que camina hacia delante con la vista hacia atrás. Es decir que no presta atención hacia donde va y supuestamente a pocos metros hay un barranco por el que corre el riesgo de caer si no se percarta de ello a tiempo. El perro parece querer avisarle del inminente supuesto peligro. El Loco avanza despreocupado. Se puede entender como algo bueno o como algo malo. De momento camina, lleva lo justo para el viaje, su atadillo, y parece contento. A esto se le puede añadir las mil y una ideas que surgen de observar una imagen por sus formas y por sus colores.