A veces me encuentro con una de esas cosas de las que no me acordaba. Desde luego, eso ocurre con frecuencia. Pero en esta ocasión se trata de un cuaderno que tenía guardado entre otras carpetas de escritos. Este pequeño cuaderno anda tullido, despojado de bastantes páginas (aquellas que no quise conservar en su momento). Después de haber escrito en él no sé qué párrafos, decidí que no me gustaban y por lo tanto los hice desaparecer. A partir de ahí (y la verdad es que lo había puesto en una dieta demasiado estricta por lo que apenas su grosor pasó de ser dos centímetros a uno) lo usé para probar colores y añadir trazos al tuntún, como si se tratara de papel en sucio (si eso existe). También hice algunos apuntes que no sé muy bien a qué responden. El cuaderno arranca en el mes de julio del año pasado, 2024, y termina el mes de febrero de este año presente, 2025. Un intervalo tan largo en un solo cuaderno tan escaso de páginas por fuerza implica lo que ya he explicado: que le arranqué bastantes páginas y que también lo abandoné en diversas ocasiones por el motivo que fuera.
Pero lo que vengo a contar ahora es que acabo de verlo perdido en la balda donde tengo esas carpetas de escritos y que había olvidado que lo tenía. No buscaba nada, solo lo he visto de refilón y me he sorprendido de ver esa cosa pequeña y delgada filtrada entre sus compañeros más grandes. Me dije: «Anda mira, es cierto que estabas tú por aquí.» Me he sentado a la mesa para revisar su interior un poco y me he encontrado con estos apuntes que hice allá por el mes de diciembre de 2024. Tengo un vago recuerdo de que hice estos apuntes sentada en el sillón de nuestro salón donde suelo sentarme. Andaba ya un poco perdida con respecto a esto del dibujo, y me refiero a esas zarandajas de la apetencia, la necesidad o el rechazo en cuanto al dibujo (de pintar igualmente, pero yo a todo lo llamo dibujo). En cualquier caso, ya andaba un poco perdida y extrañada en vísperas de las Navidades y casi me forcé a dibujar algo.
Los de abajo son tres apuntes que hice en el mismo día. Fue un 6 de diciembre por lo visto. En el primero dejé testimonio de que estaba leyendo Cuento de Navidad de Dickens (supongo que por vigésima vez en mi vida); el resto, no sé de qué es testimonio. Pero una cosa me llama la atención de haber reparado en estos apuntes: los hice en el mes de diciembre, que está en las antípodas del mes de junio en el que nos encontramos estos días, y que el día fue el 6. Si quiero ponerme a elucubrar sobre las coincidencias podría añadir que seis es el número que separa al mes de diciembre del mes de junio, que el mes de junio es el que ocupa el número seis en el calendario, y que el día de hoy es el 6 de este mes de junio que está transcurriendo. También que tanto diciembre como junio son meses en los que nos preparamos para lo que llega, aunque las circunstancias sean tan distintas.
Sabemos que los frutos son algo que llegan después del verano. Aquellos frutos que se hacen comestibles.
En algún momento de un taller creativo al que asistí, hace muchos años, el profesor dijo que las novelas no se comienzan en verano.
Yo me digo: «Qué extraño que traigas a tu blog algo que pasó hace tiempo.»
Estos dibujos de abajo los hice en el mismo mes pero en años diferentes, uno seguido del otro. En el 2022 y en el 2023. Estamos en el mayo de 2025. Todavía no ha comenzado el verano. No comenzaré mi novela, sabio profesor, no te preocupes.
Ayer hice algo que he intentado hacer en sucesivas ocasiones: colgar los pinceles. Al fin y al cabo, yo no he sido más que eso que llaman una amateur, y además, una amateur que no asimila, que no se traga, que todo lo que lleva hecho fuera producto de una pasión, de una necesidad. No pertenezco al mundo de los creadores de las bellas artes. Solo tengo una destreza que se ha desarrollado poco más o menos con la práctica. Y de pronto, o no tan de pronto, comprendí que estoy cansada y que no tengo nada más que decirle a los papeles, a los colores, a los trazos, que no sé cuándo comenzó todo y que no sé por qué me ha durado tanto esta festiva presión de crear imágenes.
Anoche soñé, y soñé de continuo, que muchos de mis personajes en el sueño estaban embarazados y que parían de las formas más extrañas. Unos caían desde lo alto mientras parían, si es que eso tiene algún sentido, y otros parían discretamente, en sus guaridas. También soñé que recogía prendas de vestir de algún lugar recóndito y que estaban llenas de microorganismos, que al principio parecían granos de maíz y después musgo, y entonces se abrían como esporas de una seta y despedían una sustancia gaseosa o miles de partículas que quedaban suspendidas en el aire. Ya no recuerdo más. Puede que lo haya recreado todo un poco, pero acabo de contarlo tal como me ha ido saliendo, así que poco debo de haber inventado. Cuando desperté tuve la sensación de haber experimentado el final de una enorme gestación y de su consecutivo parto.
Sí, ya no tengo nada que decir con los pinceles o con las pinturas. De pronto me dije: «Ya está, basta». Me siento mejor observando algo que ya hice, que haciendo algo nuevo. Hay cosas que no querría tener que volver a mirar porque no me dicen nada o porque me dicen demasiado acerca de lo que ya no quiero volver a mirar; hay cosas que redescubro y me veo reflejarme en ellas, me quedo mirándolas y buscando en ellas aquello que me hace querer volver a mirarlas. Y es curioso, las veo alejarse de mí y hacerse independientes de mí y por eso me gustan. Me lo dicen todo. Son pequeños frutos de una carrera de aficionada, relatos testigo de mi vida, quizá mensajes encriptados.
Diré que me gustaría dedicar el blog, a partir de ahora, a esos pequeños frutos pasados que asomarán de vez en cuando como para darles un lugar en el presente, si surge. Aparte de eso, prefiero compartir escritura como extensión de un pensamiento, o en ocasiones como extensión de mi fantasía. Necesito fantasear y necesito imaginar y necesito soltar lastre.
Me he quedado con unas pocas herramientas de dibujo, las que básicamente ya solo estaba utilizando últimamente: rotuladores, grafito y algunas sustancias líquidas como el carboncillo (el resto de materiales lo he regalado y donado). Y aunque me he quedado con esos pocos materiales básicos, no seguiré dibujando asiduamente con el fin de retratar una realidad, un motivo de mi entorno o lo que sea, sino como entretenimiento, como el que colorea mandalas o crea patrones para relajarse o para pasar el tiempo, si acaso, porque puede que ni eso. Siento el mismo alivio que sentía después de los exámenes finales cuando era estudiante. Y ya que he recurrido a este símil para explicarme, me doy cuenta de que realmente es la misma sensación. Del mismo modo había cosas de los estudios que merecían recordarse, pero en general, solo quería que terminaran, alejarme lo más posible de los exámenes. Por el motivo que fuera, hubo momentos en los que quise reengancharme a los estudios, pero el impulso no se consolidaba, no cuajaba en una acción constante. ¿Cómo saber de dónde nos llegan los impulsos? No voy a decir que en el dibujo me he dejado arrastrar por el mismo tipo de impulso, pero se le llega a parecer bastante. Lo importante, en cualquier caso, es que ahora tengo atesorados algunos frutos que me gustan mucho, tanto como para no sentirlos ya míos, sino distanciados y ajenos.
Las nueces
Si no recuerdo mal, este dibujo de las nueces lo hice tomando como modelo unas nueces que recogimos mi marido y yo de un nogal que hay junto a la iglesia del pueblo, por donde caminamos para pasear con nuestra perra. Representa una cáscara abierta y vacía y dos nueces con su fruto encerrado todavía. Era allá por el mes de octubre de 2022, casi un año después de mudarnos al pueblo desde la ciudad. Mi marido me decía que tuviera cuidado manejando la cáscara porque podía manchar bastante, lo cual es cierto. El dibujo lo hice con pintura acrílica, que en su momento me gustaba usar y con la que hice la mayoría de las pinturas durante ese año. Los acrílicos ya no están conmigo, como he dicho antes. Este es un relato testigo de cuando los usaba.
Espino blanco
Al espino blanco le brotan unas florecitas blancas, menudas, bonitas; sus frutos, pues bueno, sus frutos son rojos como los que intenté reflejar en el dibujo de abajo.
También en octubre pero un año más tarde, en 2023, empecé a usar los rotuladores Pitt Artist pincel y los acuarelables Albrecht Dürer, ambos de Faber Castell, y hasta la fecha siguen conmigo. Fue un feliz encuentro el de estos rotuladores y mis necesidades. Sentí la comodidad de inmediato. Aquí, que yo recuerdé, me serví más de los acuarelables. El ejemplar de espino blanco que usé como modelo lo cogí también en uno de nuestros paseos, pero esta vez en una dirección contraria, lejos de la iglesia del pueblo y muy cerca de las vías del tren (pegado a las vías del tren, las mismas que menciono en mi relato La casa distante junto a las vías del tren.)
Castañas
Estos frutos de Castanea sativa, el sencillo castaño que da castañas que sí se pueden comer, parecen erizos en sus caparazones. Difícil hacerte con uno de ellos sin pincharte. Este dibujo llegó unos días antes del espino blanco, pero lo hice en la misma época, octubre 2023, y con los mismos materiales. También recogí el ejemplar en el transcurso de uno de nuestros paseos. En la Calle Real del pueblo, en dirección a la estación de tren de cercanías.
Grandes o pequeñas, silvestres o cultivadas, en el campo o en un jardín, todas las plantas conforman un paisaje del que es difícil cansarse.
Hace dos años hice el dibujo de abajo en el que retrataba una violeta. Junto con este dibujo publiqué, en un blog ya desaparecido, el siguiente texto:
Humildad violeta, 23 de octubre de 2023
Humildad, eres violeta. No pronuncies su primera letra. Léela y asimila su significado. No la busques en grandes macizos de plantas, ni persigas su rastro a la sombra de centenarios árboles. Está en ninguna y en todas partes. Pequeña violeta, tu humildad te delata. Quizá no exijas tan poco; quizá no seas tan delicada.
«Quizá no exijas tan poco; quizá no seas tan delicada.» Son palabras que resuenan en mi cabeza.
A veces remiro los dibujos y me encuentro con alguno del pasado y en ese momento lo saco de la carpeta donde lo tenía guardado y pienso que necesito verlo durante un tiempo. Me está diciendo algo que necesito escuchar.
Dibujo hecho con rotuladores acuarelables (Faber Castell – Albrecht Dürer) sobre papel de acuarela grano fino
Mi reencuentro con el dibujo de la violeta llegó pasados unos días después de terminar el dibujo de la vinca (abajo). Me di cuenta de que las tonalidades eran comunes a los dos: el verde, el violeta y el fondo terroso. No es extraño que estos colores se utilicen de manera asidua cuando se retrata la naturaleza, pero en mi caso, siento una debilidad por esta combinación y en especial por los fondos terrosos. No lo hago como algo consciente. Mi cerebro escoge esos tonos automáticamente o bien escoge los motivos que ofrecen esas combinaciones. Creo, además, que necesito la tierra como base del motivo.
Rotuladores de base de agua Faber Castell (punta pincel) y rotuladores acrílicos sobre papel satinado
A veces me gusta ver las cosas de un color que no es real en apariencia. Es el caso del dibujo de la malva silvestre (abajo). Si hay una tonalidad que me fascina es la de la tierra que parece oxidada. Entre naranjas y marrones, rojizos, ocres. Me dispuse a recrear una apariencia imposible aprovechando, en primer lugar, el dibujo que había comenzado con sanguina líquida, colores tierra líquidos, tintas acrílicas y en alguna ocasión incluso rotuladores punta pincel de Faber Castell (tonos tierras). Ya después todo fue un intento de hacer que el motivo destacara en un entorno casi monocromo, como si intentara esculpir en el cobre.
Tierras líquidas, tintas acrílicas, rotuladores punta pincel Faber Castell
Para mi madre, en el día que fuera su cumpleaños, un 14 de mayo de 1933 (aunque ella contaba que en realidad su nacimiento fue el 10 de mayo y que se demoraron cuatro días en registrarlo).
Ahora no está lloviendo, pero probablemente lloverá y lo hará toda la tarde y parte de la noche hasta que amanezca de nuevo y las ideas vuelvan a encontrar un orden.
No se recuperan las ideas como no se recuperan los tiempos en los que aquellas se crearon. Vivo en una consecución de razones cuyos cabos no llegan a atarse, y no importa porque he alcanzado la meta de mis sueños, de los malos y de los buenos. La meta es rascarle una hora a los días; la meta es estar haciendo lo que estoy haciendo. Si pongo la esperanza en otra cosa, muero.
Ahora no está lloviendo, pero presiento que comenzará a hacerlo en pocos segundos. Ya escucho el repicar de las menudas gotas sobre el canalón que está pegado a la esquina de la calle, fuera de mi cuarto, este cuarto en el que se mezclan mis tareas de casa y las tareas del alma. Las letras, los trazos, los colores, los grises, los extremos del negro y del blanco, todo se amalgama a mi alrededor mientras la primera llovizna golpea a la puerta.
Yo podría creer de pronto que estoy dentro de una de las múltiples estancias que se distribuyen por el amplio vacío de la casa distante; esa casa que se esconde al final del gran paseo romántico del pueblo. Es un paseo que se extiende a lo largo de las vías del tren que conducen hasta el noreste donde las montañas se hacen más frías. Las casas que adornan este paseo son grandes y son distantes. Protegidas por muros anegados de plantas trepadoras, canceladas por verjas que anuncian su cuidado por algunos perros peligrosos, que yo aún no he visto, se disponen en línea frente a las vías del tren; parece que quisieran ser las primeras en saludar, y también las primeras en despedir, los escasos y cronometrados vagones blanquirojos que transcurren por delante de sus fachadas y sombreados jardines. Podría cerrar los ojos, una vez me situara en algún punto del paseo de cara a las vías, y pensar que lo que hay ahí fuera no son vías sino un río y su vereda. Podría hacerlo mientras el rumor fuera débil, hasta que me llegara el fragoroso ruido del transporte que se anuncia primero como el silbido del viento que resuena a lo lejos y se trasforma en un rascar ominoso de alas de cigarra para después desplegar el terrible poder de su velocidad en un movimiento que hace que el suelo retumbe y se eleve hasta envolver el espacio abierto en un destructor eco. Me conmuevo. Siempre me sobrecoge cuando lo oigo y me veo temblar de emoción como si lo hubiera anhelado en el fondo: el despertar de una bestia perdida de mi fuero interno. Así abro los ojos y comprendo que no hay río sino el profundo silencio que acampa cuando cesa la tormenta atronadora. Son solo las vías del tren, las que se ven desde cada una de las casas distantes que recorren el gran paseo romántico del pueblo.
Pues bien, hay una casa al final del recorrido que linda con el túnel donde penetran las vías férreas para desaparecer, y es esta una casa distante también, la más distante de todas y además la más grande y extraña del paisaje semiurbano o semirural del que forma parte. No es de estilo arquitectónico reconocible. Ahí está, distante como dije, y demasiado altiva para el lugar que habita. Se llega a ella, a su puerta de entrada, por un sendero flanqueado por los pinos ya fortalecidos en su carácter por los años pasados. Se accede a su interior por una orgullosa escalinata de piedra. Su disposición elevada se adapta al declive del terreno. Es un suelo que se encarama al collado por donde se extiende el municipio entero.
Y a mí se me ocurre que lo mismo podría estar en este cuarto mío que en cualquiera de los que hubiera en la oquedad de esa casa perdida, escuchando el repiqueteo de las gotas de lluvia que, a estas alturas, ya se han hecho de piedra y caen como siguiendo un patrón de melodía sincopada. Solo que en el cuarto aquel de la casa distante y última del paseo romántico, junto al túnel donde penetran las vías del tren, hay un misterioso silencio que me envuelve cuando imagino que lo ocupo. Me doy cuenta de que la casa no pertenece a este tiempo y yo no le pertenezco a ella.
Aun así siento que mi alma, como un fantasma errante de sus propias ilusiones, camina por el sendero de pinos, sube la escalinata de piedra, abre sin esfuerzo su puerta de madera maciza y, tras un breve merodeo por la cavidad de la vivienda, como para habituarse a la opacidad repentina de sus entrañas, elige sin dudar el ambiente que le es más propicio para abandonarse a su tarea. Sí, esa misma tarea a la que me dedico de cuerpo presente en mi cuarto, donde se mezclan las cosas del corazón y de la casa. Este cuarto que sigue soportando la caída de la lluvia sobre el canalón que tiene anclado debajo de su ventana. Este cuarto donde le rasco una hora a los días y donde asumo que mi meta es simplemente hacer esto que estoy haciendo, porque que si pongo la esperanza en otra cosa, muero.
Dibujo hecho con rotuladores de base de agua Faber Castell y tinta china negra
Hace un tiempo, y no tanto pues solo estoy hablando de hace cuatro años, comencé a dibujar paisajes imaginarios o imaginados al estilo del que aparece abajo. Lo hacía con acuarela y ahora que me he aficionado a la tinta los hago con tintas, si los hago. Digo «si los hago» porque no es tan frecuente como antes que me dedique a hacer estos paisajes imaginarios. La razón es porque hago otras cosas que en su momento me apetece hacer más; no tiene otra razón.
Hay algo muy bonito que dice (David) Hockney acerca de la pintura de paisajes y creo que está inspirado a su vez en algo que dijo Van Gogh. Lo que dice es que la pintura de paisajes no puede cansar nunca, porque la naturaleza no cansa nunca. Me parece que esto lo dice en respuesta a los que creen que es un aspecto aburrido, trasnochado y socorrido del arte de pintar. Él dice algo así como que lo aburrido no es el paisaje, sino la forma con la que se mira o se trata el motivo.
Así que un paisaje no puede ser aburrido.
Lo cierto es que sea mi dibujo aburrido o no, real o ficticio, forma parte de esa serie de dibujos que hago de forma espontánea para jugar con los trazos o con los colores (en el caso de abajo), y lo hago de memoria. Cuando hablo de memoria me refiero a que ya se trata de un paisaje interior hecho de partes de la observación. No soy persona de salir a la calle para dibujar; en general no soy persona de salir demasiado, de modo que procuro embeberme de lo que veo cuando salgo para retenerlo en mi cabeza y disponer de ello según mi estado de ánimo y necesidad de expresión. Nos respalda una gran cantidad de años de observación, de perplejidad, de experiencia y eso hace que podamos tirar de las rentas que masticamos con el tiempo para poder plasmarlo a través de una forma de expresión, ofreciéndole nuestra mejor mirada, la más personal y la que nos es necesaria para reconocernos en aquello que estamos haciendo o que ya hemos hecho.
«Algo se eleva», es como lo he llamado a este dibujo. Es una leyenda a pie de imagen que procede de una sensación: la que sugiere un tímido movimiento hacia arriba. Hoy es el cumpleaños de mi segundo hijo y puede que ayer de manera inconsciente me lo estuviera contando con las tintas. O puede que se tratara de otro nacimiento el que se avecinaba. Como siempre algo tímido, algo que no denota importancia, pero que quiere que se le tenga en cuenta, que se le preste la atención necesaria. Estoy hablando de esto que hago y que probablemente, mientras tenga ojos y manos para hacerlo, medios para hacerlo, seguiré haciéndo. Más vale que me acostumbre al hecho de que forma parte de mí intrínseca y de que no podré deshacerme de ello. Más vale que me reconcilie con el hecho de que en silencio o en alto, estoy toda hecha de dibujo y letras.
Tintas sobre papel arches (detalles con rotulador acrílico)
Ayer, miércoles 21 por la tarde, publiqué esta misma entrada, y el texto que contiene es de lo más abstracto. Responde más a un impulso por escribir sin saber qué decir. Cuando eso ocurre, desato la escritura automática, que en ocasiones me es suficiente pero en este caso me pareció forzado. Aun así, regreso esta mañana a ponerlo en circulación con algunos cambios como para que tenga un pequeño sentido. Por alguna razón hay momentos en los que mi cerebro se enmaraña, quizá un asomo de ansiedad es el principal motor, y entonces empiezo a dibujar; y la producción es relativamente ágil, pero si quiero decir algo al respecto de lo que he dibujado, no me sale nada. Hay algo, como un sentido que se me escapa y que necesito rescatar, pero no me sale nada. Así que ayer dejé caer este riachuelo de palabras.
Tengo la impresión de que podré volver a leerlo y me sentiré agradecida de haberlo conservado, el texto junto a su dibujo, pero no eso no lo sabré hasta que pase un tiempo y haya sido capaz de conservarlo mientras tanto:
El bajo muro que hace sombra sobre la hierba, esa que crece en mayo, es el preferido de sus pensamientos. Allá que vuelan su rumiar con alas transparentes hasta alcanzar el recuerdo esquivo de las lejanas horas tranquilas, si es que alguna vez las hubo en los días donde todo era efímero sin ella saberlo.
La ve, a la pequeña sombra, empequeñecerse como si estuviera al otro lado de unas lentes que alejan las cosas. Cierra los ojos y sueña con reconocerse en ella, la niña que nunca supo de ambiciones o logros. Cierra los ojos y se duerme con el mecer del viento que despeja los galimatías del razonamiento. Se duerme y respira hondo como solo pueden hacer los durmientes.
Escucha los pájaros: uno de ellos, el ruiseñor, se despide poco a poco. Su cometido ha llegado a su fin y cede ante la inminente aparición de los días amarillos y cálidos.
Lejos de tener lógica, solo es un remedo de poesía.
Anterior a esto de arriba, me había quedado algo colgada del color azul y sus matices, de estos días de atrás en los que leí sobre el color azul y me entretuve en la práctica de aplicar azul sobre el papel. Pues bien, ayer me vinieron también las ganas de seguir azulando las cosas y me salió el ejercicio que aparece abajo. El fondo es tinta china azul cobalto con textura creada con film transparente. Sobre este fondo apliqué tinta acrílica en dos tonalidades terrosas: la siena natural y la siena tostada. Ya después añadí algunos detalles, ramajos, etc. con la de tonalidad de sombra natural, la más oscura de las tres. El resto es tinta china amarilla que, sobre el azul del fondo, hace resurgir al verde brillante, de mayo, «aunque en sombra» ( lo de verde brillante de mayo me lo he inventado y hace referencia al escrito de arriba). Será que también en este dibujo hay un «bajo muro que hace sombra» y no lo vea porque está de parte de quien lo dibuja.
Y ya que estoy, puesto que acabo de incluir un dibujo en esta entrada que no estaba incluido en la versión de la entrada que publiqué ayer, continúo como si se tratara del relato de una mera asociación de cosas que en realidad han estado ahí en el tiempo. Hablo de la combinación de colores. Es bueno echar la mirada atrás y darse cuenta de que he acudido a una determinada combinación de tonalidades en distintos momentos. Normalmente, que yo recuerde, lo he hecho en momentos en los que no encontraba las palabras o que mi cabeza «enmarañaba».
Así, este ejercicio de tintas de abajo, que también contiene una coloración en oro aunque es difícil apreciarlo. El oro, otro componente que me absorbe en el dibujo.
No sé si es imaginar demasiado, pero a mí me recuerda a un mapa antiguo o a una galaxia quemada. En cualquier caso, me cuenta algo sobre tiempos antiguos, muy primitivos. No le daba más de dos días en mi carpeta, pero parece que consiguió sobrevivir a la purga. Son esos misterios.
¿Qué alguien me diga, por favor, cómo no volverse loca?
Esta pregunta es también un remedo de poesía.
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Hay ocasiones en los que nos gustaría decirlo todo sin hablar. Pocas veces es posible que nos quedemos satisfechos por completo sin usar una palabra de más, lo que no quiere decir que no lo hayamos logrado. Lo hemos dicho todo, lo hemos intentado al menos, pero hay una mala vocecilla interior que nos invita a insistir por querer rematar una cuestión.
Esto que acabo de escribir no viene a cuento de nada en concreto. Es uno de esos pensamientos que me vienen después de darme cuenta de lo poco que necesita la visualidad de las cosas para expresar algo complejo e íntegro, algo que no se deja asir por conceptos. Dentro de esta capacidad de la visualidad de las cosas hay un aspecto que nos compromete de inmediato con lo que transmite. Solo que depende mucho de la cultura, del tiempo en la historia donde nos ubicamos, del lugar en el mundo que nos ha tocado vivir. Es de un relativismo absoluto. Este aspecto de la visualidad a la que me estoy refiriendo es el color. El color parece que no atiende a arquetipos.
Hay algo en la práctica del dibujo y de la pintura que siempre me dejaba acomplejada cuando era más joven, y esto es el desconocimiento de la teoría del color. Sentía que debía controlar la teoría para poder comprender su uso, o mejor dicho, para obtener una apreciación más real del color de las cosas y para realizar una aplicación adecuada de esa observación en lo que fuera que estuviera dispuesta a hacer.
Desde el punto de vista académico (y son pocas las ocasiones en las que estado expuesta a ese punto de vista), el color era una cosa. Pero desde el punto de vista de la creatividad el color era un capricho de cada cual. Localizar el lugar común e intermedio entre esos dos puntos de vista era algo que me dejaba cansada y desalentada. Es uno de los motivos que me hizo desistir de una actividad que en sí era pura afición por hacer conforme a un sentir.
Cierto es que con la práctica, más que con el conocimiento (aunque este ayuda en su comienzo, claro) se comprende que las cosas en el dibujo son como las ve la persona que está dispuesta a transferirlas en el soporte que sea desde su propio universo. Me parece que esto es extensible a todos los asuntos humanos. Y llega un momento en que esa misma persona se agota de tener que excusar lo particular para que encaje en aquello general que no sabe siquiera de qué trata. Sí, con el tiempo ocurren los milagros, normalmente por agotamiento. Y entonces toca seguir una intuición. «Por lo menos que los dibujos me digan algo a mí», me digo. «Por lo menos que los colores me hablen», me digo.
He estado leyendo el libro de Daniel Entrialgo, «Cuando el mar no era azul», que me ha hablado del color azul, un color tan común como enigmático. Aunque en este libro se habla principalmente de un color tan al uso en nuestra vida occidental y de este tiempo presente como es el color azul, en general, me ha hecho reflexionar sobre los colores y la relatividad en la percepción del color de las cosas así como la relatividad en la percepción de todo lo demás.
En algún momento, hace tiempo, solía hacer primero un boceto de lo que fuera a dibujar, especialmente si se trataba de ilustrar una historia. Después utilizaba ese boceto para hacer lo que sería el dibujo final. Me ayudaba de transparencias o de una mesa de luz. Durante un buen tiempo después, dejé de hacerlo. No me salía repetirme. Sentía impaciencia y ahora sé que no era debido al acto de dibujar.
De pronto, desde hace dos semanas por lo menos, me veo haciendo de nuevo un boceto previo para ser copiado y repetido. Lo hago inintencionadamente. Lo hago porque me sale así. Pero, además, en ese proceso encuentro un tipo de claridad, de orden mental, de paz o quietud, de concentración en definitiva.
Esto que voy a comentar a continuación es algo que tampoco hacía antes, y me refiero a la repetición del motivo para obtener distintos resultados. Sin embargo, ahora me veo inmersa en satisfacer esa curiosidad, la de ver distintos resultados y la de utilizar distintos materiales. Mezclarlos sin atender a ortodoxias, si eso de la ortodoxia existe en la pintura o el dibujo. Yo, a estas alturas, solo creo en lo que es compatible o posible hacer por la naturaleza del material en sí y no por otra cosa. Quiero decir que es importante saber si algo es de base de agua o de aceite o de alcohol; también, si un papel será capaz de soportar un tipo de material o cuáles serán sus efectos al aplicarlo sobre su superficie. Es cuestión de practicidad. Por lo demás, seguir una intuición para no sofocar las ganas de continuar.
Es lo mismo que estoy haciendo con la escritura, entendida de otra forma que en el acto del dibujo, claro. En cualquier caso, no pretendo llegar a nada y eso me devuelve las ganas y la comodidad personal en lo que sea que esté haciendo o creando. Prisa no tengo.
Más variaciones, pues, de un detalle que vi en un rincón de una calle principal del pueblo. En este caso es un dibujo de una vinca y una trepadora (una parra virgen).
Arriba, a la izquierda está el boceto y a la derecha la primera variación (que en la realidad la hice después de lo de abajo) en sanguina líquida. Hay unos tubos de colores tierra (que los llaman «tierra» y son tres: sanguina, sombra y blanco tiza) que cumplen la función de los compactos, en lápiz o barra, que se utilizan para dibujo, del tipo de carboncillo, sanguina, pastel blanco, etc. Su base líquida facillita que el trazo se agarre al papel. Pero al margen de esto, a mí me ayuda para evitar el polvo de los materiales secos, además de que son ecológicos y por tanto evito la toxicidad lo más posible. El blanco en el dibujo está hecho con tinta blanca en este caso y no con la tiza blanca húmeda. Pero en otro momento, cuando me haga con ella, probaré también con la tiza blanca líquida.
Estas imágenes de arriba son el mismo dibujo hecho sobre acetato y dispuesto, el acetato, sobre distintos soportes para destacar las zonas con color. Los perfiles están hechos con pasta de relieve y el relleno de las hojas está hecho con pintura de base de agua para vidrio o cerámica. Si el objeto en cuestión es de vidrio o cerámica de verdad luego debería pasar por un horneado para hacer la pintura permanente. No es el caso de este dibujo porque mi intención era solo experimentar con un dibujo sobre acetato. Está claro que tiene todas la irregulares, que soy una principiante, pero me dio satisfacción.
Creo que ya he mencionado en otro momento que me gustan las vidrieras y que últimamente he estado observando cómo el arte de esta práctica ha evolucionado a lo largo del tiempo. En especial me gustan los motivos, los dibujos de las vidrieras. La fragmentación de los escenarios, objetos y cuerpos de modo que encajan unos con otros a través de un espacio en negativo que es evidente, que salta a la vista y no acepta transiciones. Ese espacio en negativo son los perfiles, realces o relieves que permiten que el dibujo tome forma.
A veces los títulos me salen antes de lo que voy contar, como movida por una intuición de lo que se aproxima en mi cabeza. Otras veces me cuesta poner nombre a lo que voy a decir o colgar en una entrada. En este último caso, lo más seguro es que no necesite encontrar una frase que resuma la idea. Lo cierto es que esto sucede normalmente cuando se trata de subir un dibujo al blog, o varios. Lo mejor que puedo hacer entonces es mirar de qué trata y poner lo primero que se me ocurre.
Los dibujos que aparecen en esta entrada son variaciones de un mismo motivo. Está a la vista. Mientras mi cabeza anda escribiendo sus historias, que ahí están, de pronto asoman las ganas de dibujar. Creo que me permite tomar perspectiva, sin más, y yo me dejo llevar. Ahora es así, porque también sé que lo que dibujo tiene mucho que ver con lo que escribo. Pero bueno, en cuanto a estas variaciones de un mismo motivo, la cosa empezó por dibujar el fragmento de una realidad pequeña y ver hasta dónde me llevaba. Primero el original, el que haría de prototipo para el resto, y que está hecho con lápiz, y ya después surgieron los demás. Me gusta mezclar materiales. Últimamente, materiales con los que no me pringue demasiado: son rotuladores de toda naturaleza (de base de agua, acrílicos y acuarelables), sanguina, carboncillo, grafito, tintas…
En el caso de abajo del todo, he hecho el dibujo sobre papel vegetal, porque quería tener una primera impresión de hacer un dibujo sobre un soporte transparente. Cada vez me gusta más el tema de las vidrieras (siempre me interesaron, pero ahora es algo diferente), y no me refiero a hacerlas, ¿vale?, sino a sus patrones, sus variantes según movimientos artísticos (de lo cual sé bastante poco y estoy indagando en ello), y me apetece experimentar con la transparencia. Por ejemplo hacer una ilustración con efecto de ventana pintada. El misterio de que pueda haber un dibujo debajo de otro dibujo. La mirada dentro de la mirada. La composición de una superposición de motivos. No sabría explicarlo ya que me encuentro perezosa para darle forma a este pensamiento mientras estoy en el terreno del dibujo y me temo que comenzaré a decir tonterías. Digamos que solo quería ver cómo sería hacer una ventana. De hecho, he pensado en aplicarlo sobre acetato transparente para que sea un poquito más real. El papel vegetal es traslúcido y no es lo mismo. Pero me vale como juego. Él último de los dibujos muestra el efecto de poner el dibujo que hice en el papel vegetal sobre uno de los dibujos de «La casa en ruinas» de la pasada entrada: una ventana imaginaria a un universo imaginario.
Al tomar el desvío del camino que, por detrás, circundaba el edificio del albergue se llegaba a la elevación de la carretera principal y allí, entre otras viviendas aun vivas, despiertas, estaba la casa en ruinas donde vivió Verity. Era difícil pasear por esa extensión menos concurrida de la propiedad y no fijarse en ella. Sí, estaba en ruinas y al mismo tiempo se hacía atractiva. Supongo que por mi deseo de hallar una historia que respaldara su estado, me hice una buena idea de su aspecto.
Era una casa de piedra gris de un solo piso. El tejado era de arcilla y caía a dos aguas a lo largo de la construcción, o vamos a decir mejor a lo largo de la deconstrucción, porque lo cierto es que parte de ese mismo tejado estaba ya hundido. Hundido por la dejadez, hundido por el abandono, por las aguas intermitentes o continuas. Hundido en parte y amenazaba con dejarse hundir por completo. El jardín que rodeaba la casa estaba cubierto por todo tipo de maleza: de plantas crecidas en invierno y de plantas silvestres que crecían en el verano a la sombra de un par de robinias cuyas ramas no se distinguían de los vástagos y ramajos de los arbustos. Tenían los troncos cubiertos de trepadoras, hiedras y quinquefolias. Desde la valla de la propiedad era imposible ver, que no imaginar, los pequeños roedores que seguro poblaban el sotobosque de aquella selva rústica. Había un pozo hecho de ladrillos de arcilla coronado por un arco, también hecho de ladrillos, en un rincón del sombrío jardín. El rojo de la arcilla estaba oscurecido y cubierto por otras tantas trepadoras, aquellas que agotaron el espacio en una de las robinias y que se inclinaron para proseguir su incansable crecimiento en otro lugar, donde las aceptaran sin remilgos. La parte trasera de la casa sería un misterio. Pude llegar a ver una de las ventanas laterales que estaba protegida por una reja, o bien protegía el exterior de lo que hubiera dentro. El único lugar que no se escondía a la vista con determinación, era la verja. Desde allí pude ver la entrada con claridad a la que se accedía por unos cuantos escalones de piedra flanqueados por dos muretes curvos que le daban una apariencia de humilde elegancia. Más tarde pensé: “Esta es la casa de Verity, el hogar desaparecido de mi pequeño fantasma”.
La casa en ruinas en la calle Real. Un proyecto de vida que termina igual que comienza.
La casa en ruinas en la calle Real. La impresión en el sueño. Amenazan las ramas desnudas de los árboles y amenazan los esqueletos de las trepadoras al final del invierno. El sol desciende en el oeste. La casa se prepara para oscurecerse por dentro.
La casa en ruinas en la calle Real. La luz cae por los perfiles y despliega su alfombra vespertina por la acera y el asfalto. No hay nadie en varios metros a la redonda. Estamos solos paseando en nuestras ideas, paseando en nuestros recuerdos. El aire es tibio y apenas se mueve. La primavera es una llamada a la puerta. No hay quien la reciba. Los anfitriones del hogar, cansados como están de vagar por senderos de una experiencia que se repite una y otra vez, prefieren postergar la bienvenida. Mientras tanto la realidad se hace transparente, sin forma. Solo la luz la sostiene en su baile de sombras.