Un poco de luz la vuelve toda blanca. Asoma por encima de la verja para ver quién pasa delante de la casa y le roba la mirada sin pretenderlo. Si aquella persona le preguntara por su pelo cano, por la caída en gracia de su mirada lánguida, diría que el sol le arrebató todo lo que tenía de púrpura intenso cuando era pequeña. Si le preguntara por su nombre, no acertaría a dar la respuesta correcta, porque ella se olvidó de tener uno propio. Todos y cada uno de los retoños que convivían con ella en el mismo hogar compartían nomenclatura. Qué poca conciencia de sí misma, se dijo. Aunque recuerda que cuando nació, y ella fue la primera de sus hermanas, oyó la palabra magnolia, pero también la palabra lirio. Por último y así ha permanecido convencida de que es lo único que las representa a todas, oyó la palabra Liliflora. Oh, un nombre de leyenda, un nombre también insignificante. Oh, qué bonito. Qué extraño también saberlo cuando se le acaba el tiempo.
Eran dos hermanas. Eran la sombra la una de la otra, y juntas desafiaban la exigencia de las horas.
A lo largo del pasillo que recorría la casa del extremo este al del oeste, de la luz a la penumbra, caminaban hombro con hombro sin mirarse las caras y cruzaban la salita donde tomaban el té por la mañana mientras intercambiaban ténues impresiones y donde, por la tarde, se leían libros en alto mutuamente. Más allá de este cuarto que les servía, al fin y al cabo, de antesala de lo posible, traspasaban el umbral de la noche y dormitaban.
Desconocían entonces si estaban despiertas. Se convertían en dos seres traslúcidos o quizá en uno solo de dos cabezas, para conducirse mejor entre las tinieblas. La claridad era un capricho onírico en la casa toda, y en esa claridad de ensueño quedaban de inmediato enmudecidas. Era como si cayeran de un peldaño escondido, inadvertido, en el recodo del camino que las hacía olvidarse del día, y así pasaban el resto de las horas fundidas en una única percepción que se fragmentaba y se disolvía apenas el alba atravesaba los cristales de las ventanas.
En este tiempo en el que procuro alejarme de todo lo que creía querer, o de lo que pensaba que eran mis motivaciones, voy rescatando las entradas de tres blogs que había eliminado. En realidad, ya están todas las entradas cargadas, pero no tienen las imágenes o dibujos que acompañaban el texto, porque al eliminar los blogs después de exportar el contenido, aquellos desaparecieron. Al rescartar las entradas poco a poco, haciendo coincidir más o menos los meses de este y otro año pasado, me permito volver a insertar las imágenes y me permito hacerlo con calma. Esta es mi despedida de lo que fui en un instante concreto.
En la entrada del 20 de marzo de 2024 las imágenes eran fotografías que ya no conservo, así que he insertado a final del texto un dibujo de una época pasada.
20 de marzo de 2024
Habrá momentos en que deba escupir, expulsar, siempre sacar, extraer, y habrá momentos en que deba inspirar, absorber. Unos momentos por otros, todos serán buenos.
Si leo, escribo. Si estoy leyendo, estoy escribiendo. No tengo que abandonar la lectura por creer que no estoy avanzando en la escritura.
Cuando estoy leyendo, estoy escribiendo, estoy dibujando, estoy construyendo.
Dejar de dibujar y de escribir es bueno cuando siento que no lo necesito. Es un buen respiro de mí misma.
Con frecuencia necesito nutrirme.
Si me evado con un pensamiento, o con la música o con una película, eso no es pérdida de tiempo, no se me escapa la vida, porque es construcción.
Hay un tiempo para leer y otro para escribir; un tiempo para observar y otro para dibujar.
Un tiempo para estar.
Un tiempo para dormir.
Un tiempo para la vigilia y otro para el subconsciente.
Un tiempo para el inconsciente y otro para la intuición.
Un tiempo para dejarse llevar y un tiempo para atacar. Un tiempo para escuchar y otro para retirarse.
Un tiempo para concentrarse y otro para disiparse, dispersarse.
Un tiempo para jugar y otro para trabajar.
Transcurre el tiempo.
Cayeron las flores del almendro, nacen las flores de los prunos. Permanecen las flores del jazmín. Se abren los conos de los cedros. Nacen frutos que son apenas un asomo ocre entre las púas.
Se caen las puntas amarillas de los cipreses. Puedo acercarme a ellos, no me rechazan. Se acabó, es marzo. Puedo oler sin amenaza.
Nacen las semillas de alas verdes de los olmos. Brotan los retoños del castaño de indias; parecen pollitos envueltos en su pelusa verdiamarilla.
El fresno se rezaga.
Los perales se engalanan con humildes ramilletes de flores blancas entre diminutas hojas alimonadas. El plátano de sombra recoge sus bolitas y da salida a sus hojas palmeadas. Apenas son una sombra de lo que serán en breve.
La mimosa ha perdido la intensidad de su amarillo. Esas pelusitas que se aferran unas a otras. Se despiden lentamente con el dulzor de su aroma.
Crecen hojas, aparecen, permanecen, mudan de color, perennes y caducas. Flores y frutos proyectan olores y posibilidades. Prometen una larga conversación con el aire, el suelo, lo que haga falta.
La morera se rezaga.
Los arbustos lanzan una gama extensa de colores. Algunos. Otros comienzan a lucir sus mejores galas, cuanto pueden.
Retoños silvestres, inflorescencias extrañas, formas alejadas del rosal, el pensamiento o la petunia. Pequeñas, imperceptibles, pero qué fulgor el de la hierba y las espigadas gramíneas cuando se encuentran invadidas por el volátil diente de león, la margarita, una purpúrea vinca o la aromosa lavanda, nuestro prosaico espliego.
Transcurre el tiempo. Mis ojos no se acostumbran a su paso.
Pero hay un tiempo para todo.
Gracias por el que me regalas.
Olmo con sámaras en el Retiro | Marzo de 2019 | Acuarela
Es complicado pensar que nunca va a haber problemas, que todo será equilibrado, que siempre habrá ese pequeño rayo de luz que te facilitará el camino sin obstáculos. Es complicado y es ingenuo.
Estoy empezando a escribir como forma de olvidar lo que me preocupa, y también para continuar con la construcción de esa historia cuya idea y premisa todavía desconozco.
La inquietud se está apoderando de mí como hace tiempo que no lo hacía. O quizá no lo recuerde y no haya pasado tanto tiempo. Los hijos. Aun sin hacer nada, generan inquietud, temor. La existencia más allá del control de los padres, más allá de mi control, me desazona. Y no siempre es así, pero quién sabe qué le pasa al cuerpo en ocasiones que le da por sacudirse como si sufriera turbulencias. Puede ser los efectos del arranque de una primavera, los niveles altos de cortisol, los fantasmas que acosan desde la experiencia.
Acabo de disponer dos tableros en la pared encima de la mesa donde escribo. Los dos tableros juntos, uno más ancho que el otro, el de la derecha, porque en el chino no había las dimensiones que deseaba, ochenta o noventa centímetro por lo menos. Pero de este modo, habiendo comprado uno de sesenta de ancho y otro de veinte (la altura en ambos casos es de cuarenta centímetros), me parece mejor. Porque utilizaré cada espacio por separado para un propósito diferente. La finalidad de los tableros es poner anotaciones de la narración que ahora tengo entre manos, la de «Una vida llena de fantasmas», En el de la izquierda, el más grande por ser más ancho irán las anotaciones de las sucesivas historias o hilos narrativos que surjan, y en el de la derecha, el más pequeño, irán quizá las anotaciones o notas referidas a detalles como los personajes o los escenarios.
Podría cambiarlo todo, pero de momento es lo que ya he hecho. He escrito fichas, una por cada uno de los hilos narrativos que he abierto y los he fijado en el tablero de la izquierda. Todavía no he dicho que sobre el fondo de cada tablero que es de corcho, he pegado (en realidad está sujeto con chinchetas) una capa de fieltro de distinto color. Amarillo para el tablero de la izquierda y azul oscuro para el de la derecha. Tuve esa fijación desde que me vino la idea de poner tableros sobre la mesa donde escribo y dibujo, que a estas alturas llamaré mesa de trabajo. También puede que me dejara llevar por los argumentos de aquel pintor famoso acerca del color. Una vez lo leí y ya se me quedó en el subconsciente.
Tengo una predisposición hacia lo visual. A pesar de lo mucho que agito el pensamiento por asociaciones o argumentos verbales en silencio, no soy del pensamiento abstracto; las matemáticas no son lo mío, especialmente porque me parecen inasibles incluso en su dominación por el mundo. Necesito proyectar los asuntos para verlos. Una vez me preguntó un amigo si pensaba en imágenes o en palabras. Vaya pregunta aquella. Quizá porque mi forma de pensar es asociativa y dispersa cuando me siento abrumada o desalentada o bien inquieta, necesito ver los asuntos expuestos, ver un escenario, ver el movimiento. La conexión de lo que llevo hecho. De otro modo, es muy probable que abandone. De pequeña me enseñaron a hacer esquemas en el colegio y ya me llevé ese aprendizaje en la mochila a través del instituto y de la universidad.
Esto que acabo de decir, lo de que necesito visualizar los asuntos es algo que ya sabía de hace tiempo, pero no lo puse en práctica durante un largo intervalo de tiempo salvo por el dibujo. Gracias al dibujo, gracias a haber tenido cierta constancia en su desarrollo —a veces a pesar de mí misma, de mi juicio interno—, y gracias a que he sabido conservar parte de lo que he hecho en los últimos años, ahora puedo observar el conjunto de lo que hago, de lo que hecho, de lo que era y de lo que soy capaz de hacer. Solo al final del camino y gracias a la exposición de una labor, es posible, me ha sido posible constatar que puedo llegar a realizar algo, a completar algo que no deseo rechazar.
Azul en deconstrucción
Por supuesto lo que hice ayer ya fue deconstruido y me refiero a los tableros que pegué en la pared. Los he quitado. De hecho los quité anoche antes de irme a la cama. No estaba convencida de su utilidad o bien no estaba convencida de su formato ni tampoco del fieltro que usé para cubrirlos, ni del color. Por alguna razón que se me escapa, y que seguramente solo podría encontrar en la lógica de los sueños mientras duermo, sentí la necesidad de poner un tablero en la pared encima de mi mesa y ese tablero debería ser amarillo o azul celeste. Esta idea creció en mí después de verlo en Internet.
Yo buscaba tableros y de pronto vi uno de color amarillo anaranjado, como de ese matiz de amarillo nápoles que llaman en los materiales de pintura; al poco de seguir buscando, vi un tablero de color azul claro. Y he dicho antes que debería ser azul celeste, pero el matiz no es exacto. Es el azul del cielo a plena luz del día en un instante anterior a la entrada del otoño. Finalmente, tras otras tantas búsquedas en la red, topé con un gris claro, perlado. Este es otro valor en la pintura que me transporta una realidad sutil, de neblina que oculta lo feo y realza la templanza.
El amarillo se dispone como una herramienta de acción positiva; al azul intenso, que no oscuro o punzante, habla de las sombras a tener en cuenta; el gris perla, vela por la constancia, por no dejar que la nitidez de la realidad enturbie el impulso primero e interrumpa una riada de pensamientos sobre el teclado o el papel. Esa riada de pensamientos, argumentos que se solapan, tienen su curso aun antes de ser generados, deben seguir ese curso para construir y deconstruir, para construir y deconstruir ajenos al juicio, atentos al momento, dejándose llevar para la consecución de un fin. El fin solo surge por prueba y error, por prueba y error, por prueba y error.
Verde en el regreso
Ha pasado una semana de mi última desesperación y ha pasado casi todo, gracias a la providencia. Llegarán otros bucles, otras vorágines, pero llegarán otras calmas. Y siempre de este modo hasta que no se puedan contar ni los bucles o las vorágines ni las calmas. Como dijo ese monje cuando trataba de explicar el satori: este llega cuando tienes los pies por delante. Ya se imagina a qué se refiere el monje. No te angusties por eso, el humor es sano. Es lo más sano que hay y hacer aquello que una voz cada vez más lejana te pide hacer, también es bueno, es lo mejor, incluso en la lucha por no saber acometerlo. Debes disponer un pie detrás de otro, antes de que decidan por sí solos ponerse juntitos y por delante.
Un poco de sol, al fin, y ya me cansaré de su brilloso calor en otro momento. Esto es así.
Esta entrada no es para hablar de que está brillando el sol. Quería decir que he cerrado los comentarios temporalmente, porque no voy a estar por la plataforma también temporalmente. Si acaso alguien fuera a comentar en este tiempo de pausa no me gustaría dejarle sin respuesta o por lo menos hacerle saber que lo he leído.
De todas formas, si apetece, está la sección de contacto para escribirme en el menú principal.
Celebro este mes de marzo tan mojado en el que arranca una historia, mi historia. Una tibia luz de esperanza ilumina el camino mientras el invierno, mohino, se despide con tan malos modos.
Agradezco poder acudir a las imágenes, por simples o absurdas que resulten, cuando mi cabeza se enciende y se arremolina con entusiasmo: a veces sirven para atemperar la emoción, y otras, para hacer la espera más llevadera. El dibujo, entonces, no es un fin, sino un modo de realizar transiciones. Qué alivio.
Llueve, llueve, llueve.
Hay una ventana en la memoria y una nube que se abre en el ensueño. El viento difumina los contornos, azota las plantas. El cielo se desploma sobre marrones, verdes y ocres. Una franja de claridad aguarda a lo lejos.
Esto, dentro de lo que cabe, es el fragmento de una historia, de una historia de las que se inventan. Una historia hecha ficción y no tiene espejo donde pueda reflejarse. Es una ficción, una ficción, una ficción. No pertenece a ninguna forma de diario. Es un fragmento de la historia de Abigail.
Tenía alrededor de diecinueve años cuando me dio por investigar la estructura interior de las casas. Si quería escribir algo acerca de lo que sucedía en una casa, era importante saber cómo era esa casa por dentro. Era como jugar con una casa de muñecas en la imaginación. Me quedé con las ganas de tener una casa de muñecas cuando era pequeña. Yo quise una de esas casas hechas de madera que imitaban las mansiones que tampoco llegaría a conocer en persona. Me gustaba jugar en el suelo con todo lo que se prestara a ser manejado para montar una historia. Pero no tenía conciencia de que me gustara crear historias; creo que más bien quería vivir las historias y para ello tenía que crearlas. ¿Tiene algún sentido que después de eso, cuando crecí y empecé a leer, me diera por pensar que quería escribir para crear esas historias en las que podría llegar a vivir? Del juego en el suelo al papel va un gran trecho, a veces insalvable. Porque no es lo mismo sentir la espontaneidad del momento, que forzar el impulso de la escritura. No es lo mismo ser niña que ser adulta.
Cuando estaba en la universidad, como ya dije, me dio por investigar la estructura interior de las casas; casas en las que sucedían mis historias. ¿Pero existían esas historias? Cuando era niña sí existieron o bien eran una concatenación de sucesos, como en los sueños, que saltaban de un escenario a otro con toda sencillez y naturalidad. A veces momentos costumbristas, los de un hogar o el colegio. A veces instantes de angustia en los que mis personajes debían escapar de un terremoto, de una tormenta violenta, de un volcán en erupción, de la persecución de criaturas malvadas. Eran breves y se sucedían unos a otros como si fueran nada; como en los sueños, cada uno de ellos se desvanecían para dar paso al siguiente. Una cabeza en la que miles de escenas y sensaciones derivadas bullían y se dejaban liberar para ser olvidadas. Yo las vivía todas. No es lo mismo ser niña que ser adulta.
Hoy he soñado que mi casa se llenaba de personas, como esa película en la que una mujer se ve acosada por la presencia incesante de personajes cuya presencia no tiene sentido. Creo recordar que no podía deshacerse de ellos y que la historia se repetía. En mi sueño, sin embargo, no había angustia, sino un lento despertar. Miles de caras se iban arracimando en el sueño, aparecían y sumaban algo de lo que hacían a lo que ya se estaba haciendo. Recuerdo particularmente una mujer que estaba a cargo de la cocina y pretendía hacer una tortilla de patatas picando las patatas y la cebolla en trocitos muy pequeños y yo le decía que así no, y mi sentir era que alguien respaldaba mi parecer. Hubo muchos saltos en mi sueños, muchos rostros que reconocía en el momento de verlos, personajes de la televisión, de la política, y de personajes de mi entorno pasado y presente. Se iban sumando y también se marchaban y daban paso a otros. Me ha ocurrido de vez en cuando que he soñado con esa misma sensación de acoso como la de la protagonista de la película, pero esta noche no sentí el acoso; era como dejar pasar una cosa tras otra y yo participaba de lo que fuera que estuviera ocurriendo. El sueño me condujo hasta el interior de un colegio. No recuerdo nada más.
Si pudiera reunir fuerzas para dar coherencia a mis sueños, quizá tendría esa primera historia para contar, esa historia que no me importara leer a mí misma, esa historia en la que quisiera vivir. Una historia de otras tantas. Pero no tengo esas fuerzas.
Empecé a hablar del interior de las casas. Pues sí, es cierto que cuando estaba en la universidad me dio por querer escribir teatro y entonces pensaba en los posibles escenarios. Para ello me puse a pensar en cómo sería la casa que querría representar en la historia, pues desde luego la trama se desarrollaría en una casa. De modo que me puse a diseñarla con sus distintas plantas y lo dibujé en el papel. No es tan fácil la verdad. Lo que me daba más problemas era la disposición de la escalera, cómo hacer para que tuviera lógica en la distribución del espacio para que las plantas estuvieran conectadas, para que las salas o las habitaciones fueran accesibles. Porque yo tenía la vana impresión de que si tenía un lugar para mi historia, la historia surgiría de buenas a primera.
Estaba convencida de que el lugar era la base de la historia.
Puede que sea por las películas que veo o por los libros que leo, pero el tema del espacio no me queda del todo claro. Al mismo tiempo, cuando contemplo el retrato de un determinado ambiente ya sé que me sentiré atraída por la historia. Me sumerjo en el espacio y formo parte de él. Me adentro en la historia, soy uno de sus personajes. Cuando todo acaba, me quedo vagando por entre las paredes de la casa en la que todo ha sucedido y pienso que quiero más de eso, que se me ha hecho breve; yo acaso pudiera crear una historia que lo perpetúe. O quizá transformarme en un fantasma que no entiende de finales.
La escritura de la obra de teatro, esa que pretendía en mis años de estudiante, se derrumbó al tiempo que el diseño de la casa en la que tendría lugar. Se desplomaron las líneas sobre el papel. La escalera no encontró su lógica.
Desde entonces voy como alma en pena caminando por las páginas de los libros en los que se cuentan las historias. Investigo como cuando era estudiante en los libros de arquitectura en los que se habla del estilo de las casas y me detengo sobre todo en esas casas por donde mi alma se solaza como sombra de fantasma. Casas tudor, casas georgianas, casas victorianas, casas gótico-victorianas, casas modernistas, casas, casas.
Acaso soy realmente un fantasma y no me haya dado cuenta. Me tiro al suelo cubierto por tarimas desgastadas pero hermosas, me tiro al suelo cubierto por alfombras persas que aguantan el peso de los ácaros con dignidad de sultana, orgullosas. Juego con mis historias, aquellas que son un suspiro breve, como son las de los sueños que me ya no me acosan, aquí en esta casa de gran envergadura de la que no conozco el estilo o el diseño. No sé que distribución me rodea; no sé si se orienta hacia el norte, hacia el sur, hacia el oeste o el este. Comprendo tan solo de momentos del día en los que la luz penetra por una ventana y se deposita sobre los muebles, los paneles de la pared para crear las sombras que me son tan necesarias. También de la oscuridad que se extiende como un manto por los vanos de las puertas.
Subo por la escalera que lo conecta todo, pero no sé de qué manera. Soy verdaderamente el fantasma que vive su propia historia.
En mi última entrada decía algo de «primero era algo y luego lo fue nada». Así es. Primero era una persona que pensó que quería dibujar; una persona que quería escribir; una persona que quería hacer una tesis, y luego nada de eso sirvió. Me refiero a pensarlo o quererlo. Pasaron unas cuantas cosas más por mi cabeza a lo largo de los años, pero entonces también pasaron otras de verdad en mi vida. Cada una de esas cosas, más o menos complicadas, me situaron en un lugar, más o menos alejado de lo que pensaba o quería hacer.
Todo eso pasó también. Lo que pensé o quise, lo que de verdad me ocurrió. Todo eso pasó.
Me quedo con una versión de mí misma, de una persona que ocupa sus horas con lo que puede, con vestigios de lo que pensé o quise hacer; con la experiencia de lo que sí hice y de verdad me ocurrió. Y ahora me quedo varada en una costa, que antes era extraña y poco a poco se me va haciendo más familiar.
Me siguen sucediendo cosas, pero digamos que las controlo más. No es un control de no dejar que las cosas discurran por su cauce; muy al contrario, intento que discurran por su cauce. Necesito el desapego para llegar a un punto de partida anterior, si es posible, a aquellos instantes en los que pensé o quise hacer algo. Cosa complicada por ser alguien ya diferente o por situarme en un espacio y tiempo diferente.
Voy a lo básico. Dibujar. Escribir. Escribir o dibujar. Qué hay de real en esto que hago. Cuál de estas dos cosas discurren bien por mi cauce: las lentejas. Qué cambio de tono, es cierto. Las lentejas.
Yo recuerdo que una vez me dejé aconsejar por mi directora de tesis, en esa vez que pensé o quise hacer una tesis, hace mucho tiempo. Y en esa ocasión, mi directora de tesis me dijo que era cuestión de sentarse dos horas todos los días y pim pam. Que era muy fácil dejarse llevar por cuestiones como «ay que tengo que hacer las lentejas» u otra excusa lógica derivada de vivir en un hogar, de llevar un hogar, para alejarse de la simple obligación de esas dos horas, de esa pequeña constancia. No había que hacer caso a esa vocecita que incordia. Había que ignorar esa voz interior que te pide atender las lentejas como si fueran cantos de sirena, metáfora que me he sacado yo de la manga. Sencillo decirlo, difícil cumplirlo.
Todo empieza por saber si quieres hacer «eso» o solo es una pose o solo es algo que crees que quieres hacer porque lo sientes como una pulsión, pero que no parece tener continuidad. La mayoría de las ocasiones es tener demasiadas cosas en la cabeza, el runrun eterno. También la inseguridad es un monstruo de tres cabezas. No sé por qué de tres cabezas, pero lo es. Tendrá su significado y lo averiguaré. En todo caso, la continuidad no es posible si no se le da la oportunidad.
Las lentejas. Ya no me detienen las lentejas, ni siquiera el trabajo, ni la sombra de la familia, la de mis padres o la mía.
El pasado viernes casi tomé la decisión definitiva de abandonar los instrumentos —especialmente los del dibujo— y dedicarme a la lectura y a la vida. A la tranquilidad de ánimo y al aburrimiento también. Llevo un buen tiempo redescubriendo el acto de leer, que me proporciona bienestar incluso en las historias tristes o de miedo. Pero entonces, ocurrió algo, al margen de que ya mi vida se estaba disponiendo de una manera determinada para adoptar el cambio. Cambios sutiles, pero suficientes. Ocurrió algo y sentí una energia extraña, casi ajena. Como si hubiera nacido de nuevo, como si me hubiera quitado un traje viejo. Y empecé a escribir, si es que alguna vez realmente lo dejé. Que para mí lo mismo es escribir que pensar. La cuestión es que llevo haciéndolo de una forma determinada desde hace unas semanas y precisamente el pasado viernes, último día de febrero, tomé conciencia de ello. Y me dejé llevar. Me dejé llevar.
Aquí estoy escribiendo sin escuchar cantos de sirena. Procuro la continuidad hasta donde me llegue. Exploro otros jardines y páramos. Costas desconocidas. La profunda humildad que siento cuando admiro las historias de los demás. La lectura es mi amiga. Cuantas voces alentando el uso de la palabra. La extensión imposible de parar de mi pensamiento, de las asociaciones de ideas. Las historias que quiero vivir a través de las palabras que leo; mis respuestas de admiración en la escritura. Un conglomerado de partículas móviles que se retroalimentan.
Y cuando no haya nada que contar, escuchar, disfrutar.
Es hora de ponerse serios. Es hora de que las lentejas se cocinen solas.
Este texto de abajo lo escribí previamente al anterior. Tiene cabida en la misma entrada, que hay que ahorrar página:)
Y continúo…
No me pondré de espaldas a una puerta, no señor. A veces me da por situar las cosas de otro modo, como cambiar los muebles para ver otra perspectiva. Pero, ¿qué digo? ¿A veces? En realidad, hace mucho tiempo que dejé de hacerlo. No, ya no me gusta mover los muebles, ni se me ocurre pensar en distintas disposiciones en cuanto a los enseres de casa. Si lo hago, será por necesidad más que nada. Ahora me cuesta mover una disposición que se me hace cómoda. Y eso es lo que percibe mi ánimo en estos tiempos, que quiere escuchar qué le hace sentir cómodo y qué no le hace sentir cómodo. Solo así puedo concluir qué quiero, qué no quiero. Lo que pasa es que a veces la indolencia va disfrazada de comodidad, y la indolencia muchas veces procede de haber vivido un tipo de experiencia durante mucho tiempo. Es como el lagarto que se ha quedado sin querer tumbado sobre el frío. Y no sé por qué se me ha ocurrido esta imagen para describirlo. Por alguna razón se me viene la imagen de un lagarto al sol o en el frío con cierta frecuencia. No es que adore los reptiles. Tampoco me disgustan del todo. Pues sí, la indolencia puede ir disfrazada de comodidad y la indolencia no siempre llega de la pereza, sino de un periodo de tiempo estanco. Una vez se disipa, o empieza a disiparse, ese periodo estanco, es posible que la indolencia cobre un color diferente. Se transforme, aunque sea poco a poco. La cuestión es poder identificar esta situación y la cuestión es procurar quitarle el disfraz de comodidad que llevaba. Se hace complicado, pero merece la pena intentarlo. Esto es todo un lenguaje figurado que no se afinca en ninguna parte, pero es parte del preámbulo del cambio de sentido. Todo es tan lento como lo fue cuando me fui adentrando en esa situación estanca. Nada es de buenas a primeras en cuanto a la personalidad de un ser humano. Las emociones sí; una forma de ser, sin embargo, se deja calibrar más dificilmente. El cerebro, adaptado a lo viejo, evita lo nuevo. Trampea y no permite ver claro. Instiga a la duda. Nada parece cierto, y solo lo que parece cierto merece la confianza. Cambié la posición de la mesa donde suelo explayarme en mis horas huecas. Frente a una ventana pequeña que da a la calle. Una calle por la que pasan pocas cosas. Es tranquila. Pero en esa posición, con la mesa frente a la ventana, la puerta de la habitación quedaba a mis espaldas. No, así no. La puerta no podía quedar a mis espaldas. La puerta debía quedar de modo que pudiera verla por el rabillo del ojo. Así que volví a cambiar la mesa a su posición original y entonces recuperé el aliento. Es solo una idea que me hizo ver lo que era cierto. En ese punto deposité mi confianza.
A ver cómo cuento esta historia. Es la primera parte o el primer paso y será breve. Va de una despedida (no del blog) y seguirá probablemente, aunque no sé cuándo. Según asome:
Primero era algo y luego no fue nada. Febrero termina y es viernes.
Alguno que otro que me conociera de antes, de aquellos blogs que abrí y cerré a lo largo del tiempo, se habrá encontrado con algún comentario sobre lo que dibujo y su proceso. Claro que unas cuantas personas o usuarios de este espacio ya no están en activo. Ahora, sin atenerme a razones, no me apetece hacerlo. También es cierto que con este blog presente estoy de nuevas y nada de lo que hiciera entonces cuenta. De modo que decir que ahora no me apetece comentar sobre mi práctica de dibujo es un poco innecesario, pues ya se ve que no lo hago.
Durante ese tiempo en el que abrí y cerré blogs desde el 2018 o 2019, más o menos, hasta hoy he ido subiendo al blog de turno distintos resultados de mi práctica de dibujo o pintura. A mí, en todo caso me gusta llamarlo dibujo siempre, sea pintura o dibujo, porque la precisión de nombrar el concepto no me permite fluir en la escritura. Dibujar lo engloba todo.
Así que he ido subiendo distintas formas de dibujar o distintos resultados de la práctica de dibujar, y a veces he comentado y otras no acerca del proceso. De un tiempo a esta parte no comento acerca del proceso. Me gusta leer a otros que lo hacen. Me deja descansar de mi propio proceso y aprendo o reviso, o simplemente leo, como quien lee una historia.
Me doy cuenta de que esta publicación dice poco, pero a veces apetece hablar por hablar.
No obstante, haré un pequeño apunte sobre las imágenes que vienen a continuación:
La primera de las imágenes, la que queda a la izquierda, llegó primero. La hice de memoria, como ya lo hago todo pues me agota el copieteo de la realidad. Representa un día en el que vi a tres personas que estaban cerca de una encina con sus tres perros olfateando y paseando tranquilamente en torno a ellos en la dehesa de Villaba. Al principio el árbol no tenía esos puntitos que se ven de diferentes tonalidades de verde, amarillo o azul. Añadi los puntitos dos días más tarde, cuando de pronto pensé en destacar sus supuestas hojas. Sé que parecen frutos y que no parece una encina por eso, pero realmente me da igual. Lo que me importaba era la composición en su conjunto. No es que me dé igual exactamente; lo que quiero decir es que para mí es una encina. Ese árbol robusto, no muy alto que se expande como un ramo de brócoli y que se sostiene en un tronco ancho e indudablemente fuerte.
El mismo día en el que añadí los puntitos a la encina, hice el dibujo que aparece a la derecha. Este es un dibujo inventado. Como me animé a hacer puntitos, me puse a crear una forma a partir del punteo, y me encantó la dinámica. Pum, pum, pum, pum, pum… y me fui moviendo según sentí la necesidad de trazar un árbol con el punteo. Cuando pensé que el árbol ya estaba acabado, lo dejé. Durante un rato, y mientras punteaba el árbol, me apeteció continuar con el punteo para hacer el cielo, el suelo, el entorno. Sin embargo, como a veces me ocurre, me lo quedé mirando y pensé en un cambio de dirección. Está a la vista que ya no continué con el punteo. Supongo que necesitaba el contraste en ese momento.
Otra vez será, continuará el punteo y lo cubrirá todo. Pum, pum, pum, pum…
Al final el apunte no fue breve, pero tampoco he hablado de la técnica que utilizo, que es en definitiva a lo que me refiero con lo de no hablar del proceso del dibujo.