Crónicas de un albergue: Un propósito profundo

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Aquí te quiero ver, en la soledad de tus días. Tú, que querías dejarte llevar por el aire y querías ser ave que construyera su nido en los arbustos en lugar de en las copas de los árboles. Se abre la puerta que te conduce al interior de la sombra que no se aparte por más luces que enciendes. Te ayudas de un pequeño farolillo de latón oxidado para hacerte paso por entre los muebles ajados, y llegas a tu mesa de trabajo. Trabajo, dices, y te ríes. Tú no trabajas. No hay lugar en esta tierra que necesiten de tus bondades. Pero tú vas y te lo crees, y juegas a ser esa persona que se entrega a un propósito profundo, uno que ni tú misma conoces.

Sea como sea, no te separes de la senda que has tallado en el suelo de tu casa. Alcanza la mesa y siéntate. Deposita tu farolillo muy cerca de los papeles que tienes a la vista, o de ese cuaderno que está abierto, y recoge el bolígrafo que cruza sus páginas abiertas. Continúa por donde lo dejaste.

¿Qué fue aquello? ¿Una casa de fantasmas? ¿Un albergue de almas desorientadas? ¿Un chico que escribía en un libro de experiencias dentro de ese supuesto albergue que visitaste cuando tenías veinte años? O puede que sean simples meditaciones. Tú sigue por el lugar en el que te encontrabas, incluso ignorando su sentido, y a partir de ahí talla más surcos en el suelo o en el pensamiento, si es que la imaginación y la capacidad de inventar te va fallando. La soledad se hace menos pesada y menos dura si te acompañas en las palabras, si vuelves en las ideas y te olvidas de procurarles una coherencia.

Estoy aquí, sentada frente a la mesa de la cocina, y no puedo creer que haya encontrado un lugar mejor para descargarme en mi caminar sin rumbo, en el silencio de las horas del anochecer, en el instante solitario de mi conciencia, ese desconocido punto donde se abre y se cierra mi conciencia.