Amarillo en construcción
Es complicado pensar que nunca va a haber problemas, que todo será equilibrado, que siempre habrá ese pequeño rayo de luz que te facilitará el camino sin obstáculos. Es complicado y es ingenuo.
Estoy empezando a escribir como forma de olvidar lo que me preocupa, y también para continuar con la construcción de esa historia cuya idea y premisa todavía desconozco.
La inquietud se está apoderando de mí como hace tiempo que no lo hacía. O quizá no lo recuerde y no haya pasado tanto tiempo. Los hijos. Aun sin hacer nada, generan inquietud, temor. La existencia más allá del control de los padres, más allá de mi control, me desazona. Y no siempre es así, pero quién sabe qué le pasa al cuerpo en ocasiones que le da por sacudirse como si sufriera turbulencias. Puede ser los efectos del arranque de una primavera, los niveles altos de cortisol, los fantasmas que acosan desde la experiencia.
Acabo de disponer dos tableros en la pared encima de la mesa donde escribo. Los dos tableros juntos, uno más ancho que el otro, el de la derecha, porque en el chino no había las dimensiones que deseaba, ochenta o noventa centímetro por lo menos. Pero de este modo, habiendo comprado uno de sesenta de ancho y otro de veinte (la altura en ambos casos es de cuarenta centímetros), me parece mejor. Porque utilizaré cada espacio por separado para un propósito diferente. La finalidad de los tableros es poner anotaciones de la narración que ahora tengo entre manos, la de «Una vida llena de fantasmas», En el de la izquierda, el más grande por ser más ancho irán las anotaciones de las sucesivas historias o hilos narrativos que surjan, y en el de la derecha, el más pequeño, irán quizá las anotaciones o notas referidas a detalles como los personajes o los escenarios.
Podría cambiarlo todo, pero de momento es lo que ya he hecho. He escrito fichas, una por cada uno de los hilos narrativos que he abierto y los he fijado en el tablero de la izquierda. Todavía no he dicho que sobre el fondo de cada tablero que es de corcho, he pegado (en realidad está sujeto con chinchetas) una capa de fieltro de distinto color. Amarillo para el tablero de la izquierda y azul oscuro para el de la derecha. Tuve esa fijación desde que me vino la idea de poner tableros sobre la mesa donde escribo y dibujo, que a estas alturas llamaré mesa de trabajo. También puede que me dejara llevar por los argumentos de aquel pintor famoso acerca del color. Una vez lo leí y ya se me quedó en el subconsciente.
Tengo una predisposición hacia lo visual. A pesar de lo mucho que agito el pensamiento por asociaciones o argumentos verbales en silencio, no soy del pensamiento abstracto; las matemáticas no son lo mío, especialmente porque me parecen inasibles incluso en su dominación por el mundo. Necesito proyectar los asuntos para verlos. Una vez me preguntó un amigo si pensaba en imágenes o en palabras. Vaya pregunta aquella. Quizá porque mi forma de pensar es asociativa y dispersa cuando me siento abrumada o desalentada o bien inquieta, necesito ver los asuntos expuestos, ver un escenario, ver el movimiento. La conexión de lo que llevo hecho. De otro modo, es muy probable que abandone. De pequeña me enseñaron a hacer esquemas en el colegio y ya me llevé ese aprendizaje en la mochila a través del instituto y de la universidad.
Esto que acabo de decir, lo de que necesito visualizar los asuntos es algo que ya sabía de hace tiempo, pero no lo puse en práctica durante un largo intervalo de tiempo salvo por el dibujo. Gracias al dibujo, gracias a haber tenido cierta constancia en su desarrollo —a veces a pesar de mí misma, de mi juicio interno—, y gracias a que he sabido conservar parte de lo que he hecho en los últimos años, ahora puedo observar el conjunto de lo que hago, de lo que hecho, de lo que era y de lo que soy capaz de hacer. Solo al final del camino y gracias a la exposición de una labor, es posible, me ha sido posible constatar que puedo llegar a realizar algo, a completar algo que no deseo rechazar.
Azul en deconstrucción
Por supuesto lo que hice ayer ya fue deconstruido y me refiero a los tableros que pegué en la pared. Los he quitado. De hecho los quité anoche antes de irme a la cama. No estaba convencida de su utilidad o bien no estaba convencida de su formato ni tampoco del fieltro que usé para cubrirlos, ni del color.
Por alguna razón que se me escapa, y que seguramente solo podría encontrar en la lógica de los sueños mientras duermo, sentí la necesidad de poner un tablero en la pared encima de mi mesa y ese tablero debería ser amarillo o azul celeste. Esta idea creció en mí después de verlo en Internet.
Yo buscaba tableros y de pronto vi uno de color amarillo anaranjado, como de ese matiz de amarillo nápoles que llaman en los materiales de pintura; al poco de seguir buscando, vi un tablero de color azul claro. Y he dicho antes que debería ser azul celeste, pero el matiz no es exacto. Es el azul del cielo a plena luz del día en un instante anterior a la entrada del otoño. Finalmente, tras otras tantas búsquedas en la red, topé con un gris claro, perlado. Este es otro valor en la pintura que me transporta una realidad sutil, de neblina que oculta lo feo y realza la templanza.
El amarillo se dispone como una herramienta de acción positiva; al azul intenso, que no oscuro o punzante, habla de las sombras a tener en cuenta; el gris perla, vela por la constancia, por no dejar que la nitidez de la realidad enturbie el impulso primero e interrumpa una riada de pensamientos sobre el teclado o el papel. Esa riada de pensamientos, argumentos que se solapan, tienen su curso aun antes de ser generados, deben seguir ese curso para construir y deconstruir, para construir y deconstruir ajenos al juicio, atentos al momento, dejándose llevar para la consecución de un fin. El fin solo surge por prueba y error, por prueba y error, por prueba y error.
Verde en el regreso
Ha pasado una semana de mi última desesperación y ha pasado casi todo, gracias a la providencia. Llegarán otros bucles, otras vorágines, pero llegarán otras calmas. Y siempre de este modo hasta que no se puedan contar ni los bucles o las vorágines ni las calmas. Como dijo ese monje cuando trataba de explicar el satori: este llega cuando tienes los pies por delante. Ya se imagina a qué se refiere el monje.
No te angusties por eso, el humor es sano. Es lo más sano que hay y hacer aquello que una voz cada vez más lejana te pide hacer, también es bueno, es lo mejor, incluso en la lucha por no saber acometerlo. Debes disponer un pie detrás de otro, antes de que decidan por sí solos ponerse juntitos y por delante.













