Creo que ya he usado esta expresión, la del limbo, en una entrada anterior, de las que publiqué en la fase del blog que llamé El balanceo de las hojas. No voy a comprobarlo, porque no es el propósito de que escriba esto. El propósito de escribir esto es solo escribir algo.
Pasan los días con el blog en el limbo, que no es que me importe, y me sorprendo precisamente de eso, de que no me importe. Sin embargo, he visto un movimiento agradable en el entorno y me he animado, aunque sea para decir algo.
Puedo decir, por ejemplo, que estoy implicada en la escritura de forma bastante activa y que estoy disfrutando de ese momento. La sensación no es parecida a nada que haya vivido antes (o a lo mejor sí, pero no me acuerdo). No es nada extraordinario, ni epifánico, es una sensación de estar conectada con lo que hago. Incluso cuando la escritura se vuelve silenciosa; me refiero a cuando no sale nada porque no tiene por qué salir nada. Parón, descanso, o quedarse en la inopia. No son cosas que pueda compartir aquí, porque así, fragmentadas en diversas publicaciones no guardan sentido, y tampoco se sienten como en casa, esa narración o narraciones a las que pertenecen.
Así que ¿qué puedo decir para sumar con mis palabras en este entorno? Bueno, ya irá saliendo.
Me apetece incluir en esta entrada algo que tenía escrito para publicarlo y que luego me pareció una tontería. A pesar de parecerme una tontería, solo lo dejé aparcado y ahora tiro de él como recurso oportuno. Se trata de una impresión acerca de la palabra resonar.
Ahí va:
¿Qué decíamos en lugar de esta palabra antes de que se extendiera por nuestro vocabulario, y no en el sentido que se le daba anteriormente?: ¿Lo sientes familiar? ¿Te dice algo? ¿Te sientes atraída o atraído por algo? ¿Te parece interesante?
El caso es que la palabra es bonita. Claro que lo es. Porque evoca un sonido que se repite o que se sostiene en el espacio según el tipo de superficie en el que el sonido golpea, rebota, choca. Y depende, sobre todo, de eso que ha producido el sonido: un cristal que se rompe; el golpe en el metal; un trueno en una tormenta; un instrumento de percusión; el viento en las hojas de un árbol; la voz humana en una sala llena de espectadores en silencio; los pasos que avanzan en un camino de piedra por la noche.
Al preguntar si algo resuena con nosotros, como una respuesta a una pregunta, a la elección entre varios colores, a la lectura de un texto literario, o a la celebración en un día de fiesta, puedo imaginar, entonces, que hay un sonido en cualquiera de estas cosas que he mencionado antes que no es perceptible para el oído físico, pero sí para el oído de nuestro ánimo, de nuestra disposición y atención hacia la realidad que vivimos.
Así que si algo resuena con nosotros, y no se refiere a que podamos escucharlo como si de un ruido se tratara, lo que nos pasa es que de pronto el oído interno se nos abre a una dimensión desconocida, una en la que las ideas resuenan de una manera u otra, como resuena la música. Esto resuena conmigo. Esto resuena con lo que pienso, esto resuena con lo que siento, con lo que quiero. Esto resuena conmigo.
No sé muy bien qué decíamos antes de utilizar la palabra resonar, pero ya es un hecho que vino para quedarse, para resonar en nuestro vocabulario; intentar decirlo de otra forma es como querer atrapar su propio sonido. Un imposible.