Cinco amigas

(Aprox. 8500 palabras)

Eran cinco amigas, Muy parecidas entre sí y por eso se acercaron las unas a las otras. Las movía un ideal por la vida que llevaban en ese periodo de tiempo en el que las cosas son de verdad laxas. No tenían prisa por llegar a ninguna parte, aunque ansiaban que se les reconociera como personas que tienen un criterio propio y el deseo de realizar sus fantasías. No sabían que el deseo, por fuerza, impulsa el correr de las horas y de los días. No tenían prisa por llegar a ninguna parte y, no obstante, estaban llegando.

Antes de ello, de todo lo que habían vivido juntas durante el último curso de secundaria, cada una tuvo su camino por el que alcanzaron a verse por primera vez en el aula. Cada una procedía de una rama diferente de estudios, o bien, de otro centro de estudios y ya después, a lo largo de los meses, se fueron conociendo.

Estaba Paula, que soñaba de continuo y sabía interpretarse a sí misma mientras soñaba a la vez que al resto cuando le contaban sus sueños. Estaba Isabel, que hacía unos rápidos y curiosos dibujos a los que atribuía mil historias. Estaba Claudia, que rimaba cuanto decía y lo transformaba en poesía a veces jocosa a veces plena de melancolía. Estaba Lorena, que exprimía las redacciones de lengua y hacía de cuento escuchaba un relato para que no desapareciera. Y estaba, por fin y al final, Alejandra, que sometía la conversación entre las cinco a debate y reflexión e incluso podía convertirlo en cuestión de estudio.

Un día del mes de abril llegaron al instituto de secundaria los orientadores del estudio. Sometieron a las alumnas a un test cuyo resultado revelarían las inclinaciones de sus inteligencias. Habría quien revelara el deseo de defender las causas perdidas y el de acusar para aplicar el debido castigo; habría quien revelara el deseo de relacionarse con el colectivo, de conectar con el colectivo para persuadirlo o para disuadirlo de la verdad o lo pertinente de su posición en la sociedad, frente a la sociedad; habría quien revelara el deseo de sanar al colectivo, de prevenir la enfermedad del cuerpo, de evitar la muerte; habría quien revelara el deseo de comunicar, de transmitir el conocimiento acumulado a lo largo de los siglos, la sabiduría amasada por la humanidad, la sensibilidad de la naturaleza; habría quien revelara el deseo de expresar con un lápiz, de manipular los colores del mundo; habría quien revelara el deseo de contorsionar su cuerpo, de seguir el ritmo del sonido que rompe el silencio con el movimiento de todos los músculos y huesos; habría quien revelara el deseo de romper el silencio, moldear el silencio, transformarlo, respetarlo, acariciarlo, reconocerlo, y formar, en los intersticios de su rotura, pequeñas melodías que hablaran del regreso a su universo reposado, discreto, retraído; habría quien revelara el deseo de sumar los elementos, multiplicar las posibilidades, elucubrar sobre la tierra y el firmamento a través de los símbolos patrones fórmulas que desentrañaran el misterio; habría quien revelara el deseo de albergar una eterna canción en su garganta y expulsarla al viento exorcizando sentimientos; habría quien revelara el deseo de partir el universo en billones, trillones de pedazos y observar cómo ellos, solo por amor o recelo de sí mismos, se juntan o separan aún más para crear otros tantos universos imposibles de adivinar, o también observar la poderosa pavorosa fuerza de la naturaleza que destruye o construye únicamente con el fin de aliviarse o restablecerse para seguir su curso; habría quien revelara el deseo de vestir el mundo con patrones que se rompen y vestir el cuerpo de hombres y mujeres, niñas y niños, también todo ser vivo que se dejara vestir, animales, en pos de una corriente que no los dejara rezagados conforme a la novedad, empeñados en no parecerse a nada anterior o reinventando todo lo anterior; habría quien revelara el deseo de contabilizar las horas, minutos, segundos empleados en el rendimiento de sus iguales pero tratando a estos como inferiores como teclas de un ordenador que solo son concebidas para una determinada función; habría quien revelara el deseo de cuidar, salvar, nutrir, estar siempre dispuesto para los demás; habría quien revelara el deseo de volcar los días de invierno del verano y demás estaciones en tránsito en la salvaguarda de la historia del conocimiento, con tal de no mirar la realidad que de cerca abruma y quita el aliento; habría quien revelara muchas otras cosas, tantas como inclinaciones tiene el cerebro humano, tantas como aquellas de las que el cerebro humano se siente o puede ser capaz de hacer; habría uno, ese deseo definitivo, de contar la vida a su manera; habría quien revelara el deseo de narrar.

La inteligencia, cosa pequeña si la miras de frente, no nos dice nada, apenas nada. Un test sobre las capacidades en plena adolescencia explica los caminos que podrías elegir para crear un porvenir siempre que haya alguien dispuesto para interpretarlo. Sin embargo, en el test no hay un cuestionario específico para los condicionantes familiares o sociales; no lo hay para las circunstancias que el individuo está experimentando; no lo hay para las emociones, sensaciones.

Hay cierta indagación en las percepciones, pues de otro modo no podría realizarse, pero no hay un baremo para la historia personal, por joven que esta sea, por breve que esta haya sido. Sometieron a las cinco amigas a un test de inteligencia y el equipo de orientación fue negligente en cuanto a la historia personal de cada una de ellas

¿Y cuál era la historia personal de cada una? No me detendré a contar qué fue de ellas desde su nacimiento, no tiene mayor interés que el hecho de contar como encararon cada una ese test acerca de la inclinación de sus inteligencias.

I – Paula

Era un día de abril de 1986. Se acercaban los exámenes de la última evaluación; se acercaba todo porque era el último curso también. Al cabo de unos meses el escenario de un centro de estudios de secundaria cambiaría por completo por el de la universidad o quizá por el de otras opciones. Por aquella época, si se llegaba al bachillerato, la idea de tomar el puente a la universidad era un paso prácticamente seguro. El ideal era ir a la universidad fuera necesario o no y Paula tuvo uno de sus tantos sueños.

Paula, como ya dije antes, soñaba de continuo. Aunque soñar signifique tantas cosas en este momento, me estoy refiriendo al sentido estricto del término en cuanto a soñar, es decir, cuando una está durmiendo. La mayor motivación que Paula podía encontrar en sus sueños, mientras dormía, era conocer la multiplicidad de personajes que iban supliendo unos a otros en las imágenes de su extraña película mental. Especialmente encontraba atractivo el hecho de que representaran cosas que en principio no se le ocurrirían cuando estaba despierta. Estaba esa amiga de la que sentía el rechazo y la otra amiga por la que se sentía atraída sexualmente; y luego un actor de cine encarnándose en un conocido con el que mantenía una relación más que íntima, con la pasión de un enamoramiento, ese que te lleva a hacer las más grandes estupideces; estaba esa madre que no le escuchaba por más que le gritara de frente y esa hermana que se ganaba el favor de la familia y la ignoraba; estaba en un lugar pasado, el pasillo de su antiguo colegio, y se encontraba allí, en vericuetos sombríos, secretos del edificio con amigas de juego de cuando era pequeña; y se ahogaba en el miedo, el terror de verse perseguida por criaturas, alimañas que deseaban morderla; sentía la amenaza, el miedo a lo desconocido y podía gritar, que ya lo he dicho, y no solo frente a su madre omisa, descuidada, sino a cualquiera, desgañitarse y no obtener respuesta e incluso sentir que quería gritar y que no le salía nada de la laringe, sentirla atorada; y podía necesitar salir corriendo y sentir que las piernas se le hundían en el suelo o como si quisiera correr en el agua; también en ocasiones alzaba el vuelo y nadaba en el aire, la mejor sensación de todas. Paula podía soñar muchas cosas y supo en algún momento que todas esas cosas o personas, en realidad, eran ella.

Fue un día, en el que hablando con Isabel y Alejandra, al saber de la recurrente necesidad de soñar de su amiga Paula, Isabel le comentó que había oído alguna vez que todo surge del inconsciente, que se acumula en el tiempo y se oculta y se pierde, y que de pronto aparece no sabiendo muy bien por qué; que a ella le parecía que sus propios dibujos en ocasiones le contaban algo de lo que estaba oculto porque no tenían modelo del que los hubiera copiado. Y entonces Alejandra, a la que todo le gustaba analizar con cuidado y avanzar en conclusiones, dijo que lo que Isabel decía podía ser cierto y que el motivo de que surgiera lo oculto en el sueño podría ser algo que se hubiera vivido en el mismo momento, en el mismo día, en la última semana, que seguro que el cerebro tiene sus maneras de purgar los acontecimientos. Y qué lista les parecía Alejandra a Paola y a Isabel; parecía siempre encontrar la razón, la causa, la explicación adecuada, las palabras razonables y razonadas. No dudaban de que llegaría lejos porque le venía de lejos, de padres, de abuelos. Alejandra había estudiado los primeros cursos de secundaria en ciencias, pero al final prefirió las letras, a pesar de que para ella todo era causa efecto y, si no, pura aleatoriedad en el universo. Pero no quiso y no querría estudiar las ciencias. No de momento.

Paula tomó notas de las dos ideas, que se apoyaban la una en la otra, y entonces, aunque sin todavía comprender mucho, comenzó a verse dentro del sueño como en un cuento. Lo cierto es que se le hizo más fácil asumir algunos errores y algunos desconciertos. Y fue después que, en clase de filosofía, se mencionó como de pasada que había un estudio que analizaba el alma en términos de comportamiento, pero que no encontraba su sitio en el ágora del pensamiento. Era un estudio que observaba la psique en su hacer, y que no se preguntaba por la libertad sino por cómo podría liberarse una persona y de qué necesitaba liberarse. Un año antes había leído El miedo a la libertad de Fromm y hasta entonces no supo que Fromm fue aquel tipo de persona que llamaran estudiosa del alma humana; que quiso saber tanto de las grandes abstracciones como de cómo, si fuera posible, superarlas.

Paula no era tímida, pero sufría de una gran introversión que le hacía encerrar las ideas, emociones, pensamientos en un cofre de bronce; solo ella tenía la llave y nadie la conocía. La dialéctica en su cabeza era continua y muchas veces deseó darle punto y final con el drástico cambio de amistades, dinámica de entretenimiento, lo cual llevó a cabo a lo largo de los años desde su infancia; la adolescencia desde luego le hizo experimentar el cambio como escudo frente a lo desconocido y, sobre todo, a lo conocido. Le parecía que ni familia ni amigos la comprendían. Y es que Paula ni siquiera se comprendía a sí misma.

Cuando llegó ese día en el que, después de realizado el test de orientación universitario, le tocó hablar con el experto acerca de sus resultados, se encontró en el terrible dilema de conocer sus fortalezas y debilidades. Paula tenía una expectativa, quería que de verdad le dijeran lo que podría estudiar. Cuando escuchó aquello que tenía que decirle la orientadora, que al final era una mujer, creyó oírle decir que no se organizaba bien con las palabras; que su sentido del espacio era mayor que su capacidad de expresión verbal; que estaba aparentemente dotada de una gran empatía, no sabiendo a ciencia cierta qué ítems del cuestionario iban dedicados a conocer el grado de empatía. Paula se sintió desconcertada. No habría esperado que le dijeran que tenía una mayor capacidad para percibir el espacio, para lo visual, que para el manejo de lo verbal. ¿Cómo podía ser eso? Ella se pasaba el día hablando consigo misma y expresando asociaciones de ideas a través de la palabra. Isabel dibujaba y le gustaba dibujar. Aquello era cosa de Isabel, de ser Isabel, no ella. En cuanto a la empatía, ¿a qué se refería la orientadora?

Lo cierto es que Paula hizo la pregunta y la orientadora hizo un quiebro en lugar de responder y le devolvió una pregunta un tanto ambiciosa; le preguntó cómo se veía a sí misma especialmente en lo de emplearse para un futuro. Paula le habló de sus inquietudes, de sus sueños. A saber por qué le diría eso, lo de los sueños, sobre todo los recurrentes, y finalmente le habló de lo que le habían comentado sus amigas, Isabel y Alejandra. Le dijo que pensaba que había algo en lo que le gustaría seguir indagando al respecto, pero que no sabía qué estudió o qué profesión, o más bien qué profesión y qué estudio, le formaría para ello o podría haber para satisfacer sus inquietudes. La orientadora dio una especie de respingo en el asiento, tal como estaban sentadas una frente a la otra en sillas del aula donde estudiaba Paula. La orientadora no se lo pensó mucho; había dado con algo que la sacaba de todo apuro. Lo que Paula debía hacer, o sería conveniente que hiciera, era investigar la posibilidad de estudiar la psique humana. Eso implicaba estudiar psicología y cierto aspecto de las matemáticas, tales como la estadística que Paula había dejado atrás hacia un año; pero según la orientadora, los resultados del test también demostraban que los números, en algún sentido desconocido para Paula, no se le daban mal del todo. A saber a qué se refería. Sin embargo la posibilidad estaba ahí y todavía estaba a tiempo de recuperar algunas nociones perdidas.

Y así Paula comenzó a valorar la posibilidad de sacar rendimiento de su volatilidad onírica, de su aparente empatía, de su desorden expresivo, solo debido, como le apuntó inteligentemente la orientadora, a un posible exceso de comprensión e intuición sobre las cosas. La carrera de Psicología, además de para otras cosas, podría ayudarle a encontrar un orden en su compulsiva tendencia a asociar ideas. Podría dotarla de herramientas suficientes para dirigir cada una de esas asociaciones de ideas a una conclusión pertinente acerca de un comportamiento, o una situación, un sueño, lo que fuera con tal de, fundamentalmente, aclararse a sí misma.

II – Isabel

Ya he dicho más o menos quién era Isabel y qué es lo que hacía cuando le dejaban a solas con un lápiz o un bolígrafo y una superficie donde trazar cualquier tipo de forma que no fueran solo las palabras; porque ella dibujaba y atribuía palabras a eso que dibujaba solo cuando quería. Por lo general se limitaría a la pura expresión plástica, apenas utilizando el verbo.

Era algo que había hecho desde pequeña y desde luego lo hacía por entretenimiento. Lo hacía sobre los libros de texto, sobre sus cuadernos. Lo hacía en los papeles que había cerca del teléfono en su casa y garabateaba para pasar el tiempo. Lo hacía para dibujar espacios, espacios que imaginar para cuando jugara con sus amigas. Lo hacía para aquel concurso patrocinado por una marca de dulces y que se llevó a cabo en su colegio. Lo hacía cuando quería felicitar a sus padres en Navidad, por sus cumpleaños, por el día señalado de su padre o de su madre. Lo hacía para retratar los personajes de los cuentos que leía. Lo hacía como continuación de un pensamiento al que no sabía ponerle nombre o leyenda. Lo hacía para organizar sus lecciones en esquemas y así poder asimilar los conceptos, los apuntes, desde la imagen que dibujaba en un folio. Lo hacía para organizar lugares en un mapa imaginario. Lo hacía sin querer hacerlo o sin saber lo que estaba haciendo.

Y entonces, más allá del trazo, llegó la luz y algunos colores. Se obsesionó con la luz que caía por la tarde por las fachadas de los edificios, especialmente la que caía por la fachada del edificio que tenía frente a la ventana de su dormitorio. Y aquel grisáceo ocre que revestía su construcción vecina se volvía de pronto oro o bronce y se cubría de intensos puntos luminosos en las ventanas que le hacían olvidar lo que estuviera haciendo. La luz y el color fueron un todo y ya no hubo más tonos clasificados por un supuesto estado natural de las cosas, sino estaciones del año, días de sol y días de nubes, la mañana y la noche. Y poco a poco fue conociendo el misterio de otros que, al igual que a ella, les atrapaba el movimiento de la luz sobre la realidad que imaginaba que estaba ahí, delante de sus ojos. Podía ser cualquier cosa que estudiara en el Curso de Orientación Universitaria. Por ejemplo, en el ámbito de la filosofía lo adaptaba a su interés estético; si Kant decía que la realidad estaba preconcebida, si Hume decía que nuestros sentidos nos proporcionaban una impresión de las cosas que están ahí fuera, si tenía que abstraer la realidad y transformarla por la emoción, o a través de la emoción que la realidad le provocara, en una idea. Y bueno, esta idea es la que llevaba al papel, o al soporte que fuera, a su modo, desde lo que creía que había percibido, fuera real o no. Y fue conociendo otros soportes: un papel, un lienzo, una tablilla de madera. Nunca tomó clases para amaestrar la ráfaga de trazos y colores que salían de su cabeza.

Isabel tenía claro que fuera cual fuera el resultado del test de orientación, ella siempre había acometido el dibujo desde el disfrute, desde la necesidad, sin pensarlo como tal; era algo que le salía y no lo juzgaba, no lo sometía a juicio. Sabía que existía la posibilidad de estudiar algo que se ajustaba bastante a sus hábitos; sabía que existía la carrera de Bellas Artes; sabía que el acto de crear a través del dibujo o la pintura había llegado a convertirse, en algún momento, en una disciplina académica, y también que por aquel entonces era un estudio universitario para el que había que prepararse a través de un examen de ingreso. Aquello le asustaba un tanto. Podría ser que ya llegara tarde. Debería haberse preparado todo aquel tiempo mientras cursaba su último año de secundaria. No se le había ocurrido proponerle a su familia que le pagaran unas clases de preparación para el acceso de Bellas Artes. Pensó que era un juego, el más querido de sus juegos y tampoco nadie se lo propuso pues lo consideraban un mero entretenimiento para Isabel. A su edad, además, muchos a lo largo de la historia ya habrían alcanzado un punto de madurez que Isabel parecía lejos de haber alcanzado con el manejo de su destreza. Esa disciplina que ahora lucía el birrete cum laude universitario fue cosa de oficio en un pasado remoto. Solo muy recientemente el resultado de obrar por una motivación de tipo estética, plástica, se debía a la singularidad de una persona. En el pasado hubo maestros, discípulos y talleres. Artesanos que eran artistas y viceversa. Eso era todo y ya era mucho, era suficiente.

Isabel no había llegado a elucubrar cuánto más podría significar su apetencia de trazar líneas sobre el papel, sobre el cuaderno o su necesidad de contemplar cómo la luz bañaba la fachada del edificio vecino, ese que tenía frente a su ventana. No reconocía su capacidad, no lo tomaba en serio, tal y como los adultos parece que se toman todas cosas. Así que no se había preparado para el examen de ingreso. Le faltaría estar a la altura incluso del curso que la preparase para el examen de ingreso. ¿La aceptarían en un curso para la preparación del examen de ingreso? Demasiadas etapas y una duda inmensa.

Isabel no había dudado nunca de su habilidad porque la duda no se planteaba. Para ella era una forma de ser. No lo consideraba una meta o un objetivo. Solo tendría que seguir siendo ella misma, aunque ya empezaba a sentir que con eso no era bastante. Y, sin embargo, ¿de dónde le vendría repentinamente el deseo de atreverse a indagar en aquello que era una simple afición, una manera de sobrellevar las horas bajas y altas en la inquietud de su cerebro?, ¿qué apoyo recibiría de los suyos?, ¿cómo les convencería de que posiblemente hubiera de esperar un año más para prepararse, o incluso para experimentar y estudiar la posibilidad de prepararse, de saber si aquello que se sometía a la academia y al lustre universitario iba con ella o ella iba con todo eso? Isabel dejó la intención suspendida de un hilo que puede que no llegara a cortar nunca.

Acudió a la entrevista con la orientadora tras los resultados de su test, tal como hizo Paula antes que ella. En efecto, existía toda la posibilidad de la que tuvo noticia. La orientadora por supuesto escuchó las inclinaciones de Isabel. Supo que estudiar cualquier materia le era indiferente y que, salvo hacer trazos de cualquier manera y en cualquier lugar, poco más o nada le atraía como para arrastrar su vida de juventud durante otros cinco años o los que fueran para encajar en un papel social, el que fuera y si lo hubiera.

La orientadora tuvo claro que la capacidad que tenía Isabel para abstraer objetos y cuerpos del espacio visual era interesante, era buena. ¿A qué andarse con rodeos? Le confirmó la posibilidad de realizar un estudio universitario en las Bellas Artes. Verdaderamente eran épocas en las que estudiar en la universidad significaba un valor rotundo, un valor en auge o un valor que ignoraba la realidad corriente. Triste condición para el empleo de un oficio artesano, por más que este produzca objetos singulares, incomparables, únicos y ejecutados por un solo individuo; al fin y al cabo, todos quedarían sujetos a la volatilidad del cambio.

III – Claudia

Pasemos a Claudia, mientras la narrativa se aclara a sí misma sobre las especulaciones.

Claudia hacía poesía y le hubiera gustado contar su propia historia sin rima, pero solo le salía la fácil melodía que se asentaba en la pura prosodia del lenguaje. Era prácticamente inconsciente de ello.

Surgía una palabra y se extendía en el tiempo, se replicaba, se aliteraba, rimaba, se escindía. Y era como cantar en silencio porque no la acompañaba la música, no aquella que se compone como aire alrededor de las palabras, las cosas, el pensamiento. Era melodía en su centro, como el esqueleto de un ser vivo que, en sí, ya se adivinan todas sus formas finales.

Se cantaba a sí misma en sus frecuentes en sueños, se arrullaba. Retiraba la mirada de una página del libro de filosofía cuando sentía que encontraba la asociación precisa para la sentencia que acababa de leer, cuando en su interior sabía que alma sonaba de forma parecida a alba, cama, palma, pala, aula.

Se veía de pronto anidando en la cabeza de su amiga, que tenía delante de ella sentada en la clase, o volcándose sobre el pozo insondable de los trazos de Isabel, o rendida ante la clarividencia de Alejandra, poderosa en la materia que en ese momento la profesora estaba impartiendo, o anhelando la facilidad que tenía Lorena para narrar la vida. Del mismo modo, desde su pequeña habitación, a escasos centímetros separada del libro de filosofía, otra vez la filosofía, fantaseaba con la posibilidad de apoyarse sobre el hombro de Lorena, que, ya he dicho, estaba siempre sentada a su lado, mientras dejaban las horas pasar delante de sus ojos pavorosamente jóvenes, mientras las palabras se juntaban y se acumulaban en el encerado o en el espacio en derredor de la profesora.

Lorena le haría las gracias por lo bajini. Esas ocurrencias suyas, la eterna prosa que lo sabía amalgamar todo sin recurrir de continuo a lo que era de por sí ocurrente en el lenguaje; esa cadencia conformada por las cuerdas vocales que dejan salir el aire a su manera; la lengua que se posiciona en la boca para distinguir las notas; los labios y dientes que transmiten ideas inequívocas; la cabeza que asocia y asocia y le gusta jugar a la que no sabe nada y lo sabe todo, y se disfraza y se hace la arcana, la ambigua.

“Dios mío, ¿cómo se le llama a eso?” —se decía Claudia— “Apenas lo conozco, y es lo mínimo que se me ocurre cuando leo, cuando escucho, cuando uno una palabra con otra. ¿Qué será de mí cuando me pregunten por aquello que quiero ser, que quiero hacer? ¿Y qué es eso? Ay de mí, ay de mí.”

Alejandra se sentía a veces próxima en esos cuestionamientos, pero tenía de inmediato una teoría o como poco una tesis sobre la que ir caminando. De hecho parecía que disfrutara de la inquietud del no saber, de la abstracción y de las conclusiones a medias. Alejandra, como Lorena, también sabía echar su narrativa, aunque con ello creara sendas imposibles, laberintos donde perderse, vericuetos impensables, paradojas de escaleras que no llevan a ninguna parte. En eso era distinta a Lorena. Lorena solo contaba las cosas, que parecía que no iba con ella. Se disfrazaba de la bruja del bosque de los hermanos Grimm para contar pequeñas historias que variaban y con ello se contentaba. Así lo creía Claudia. Cada cual tenía su sitio, cada cual su propósito. Así lo creía Claudia.

Claudia no podía, no alcanzaba a tirar del hilo que tejía una narrativa. Ella pensaba que no contaba nada por más que juntara palabras evocando sus sonidos, por más que le pareciera que recordaban a una melodía, a una canción, lo que fuera. Nada de eso le hablaba de una historia, de un relato que recorriera su curso desde el principio hasta el final. Claudia pensaba que lo más parecido a lo que hacía ella lo encontraría en eso que hacían los bardos de la antigüedad, los trovadores enamorados. Pero solo podía suponerlo; no se atrevía a asegurarlo. Podía suponer que lo encontraría en los recitales de un ciego que alzaba la voz para entonar el lamento de una muerte, la queja de una vida sin sentido, o un sentimiento no correspondido o en la travesía de dioses y héroes y en las hazañas de un pueblo. En verdad, lo que hacía Claudia se parecía a eso, aunque sin el lustre de los tiempos pasados. Como también carecía de la capacidad o la voluntad para escucharse a sí misma, no podía asegurarlo.

En aquel último curso la asignatura de Literatura le presentó generaciones de aquello que llamaban poetas en tiempos modernos: generación del 98, generación del 27; lo que hubiera entre medias sería como el músculo, las fibras, los tendones entre los huesos. Ella recordaba, de años anteriores, aislados ejemplos de especímenes únicos que le cantaban al alba, a la noche, a Dios, al vino, a las plantas, a la sensatez, a la desgracia. Cantos de rebeldía, de conformismo, apenas aullidos de animales heridos, rabiosos, satisfechos. Ironía, cinismo, filosofía, drama, cualquier cosa sería motivo de elevación de la voz, de modulación más o menos acertada. ¡Y qué satisfechos parecían y qué ufanos en el alargamiento de las sílabas, en el salto de las reglas o en su ruptura! A Claudia aquello, en cuanto a su gramática, le decía poco o apenas nada; esa era la ironía. Sin embargo, sin embargo, esas grandes narrativas, ¡cuánto le contaban! La desazón de no lograr abarcarlas, como sí hacía Lorena, el anhelo de parecerse a cualquiera de los que las relataban, o siquiera estar cerca de ellas, junto a ellas, junto a sus ideas peregrinas y acertadas.

¿Qué podría escuchar de labios de la orientadora de estudios?, ¿qué resultado le amenazaría con estar eternamente desubicada?, ¿qué objetivo habría de perseguir en lo sucesivo?, ¿qué podría ella estudiar que le diera sentido, que le brindara un beneficio a la larga en esa tendencia suya a modular el lenguaje como si de un instrumento musical se tratara con menos fondo que forma aparentemente?, ¿quién la querría a ella, a Claudia, rimando ideas por el solo hecho de rimarlas?

Y con estas mil cuestiones en el pecho acudió a la entrevista que tuvo lugar después de realizar el test de orientación universitaria para debatir su futuro ambiguo, indefinido, incierto. ¿Acaso debía esperar alguno en concreto? Hasta entonces no se había detenido a pensarlo.

Y llegó el momento. Apenas expresó nada. Las palabras nadaban. Procuraban salir a flote sobre el líquido confuso que anegaba a su cabeza borboteando mientras tuvo a la entrevistadora de frente, mirándola, escudriñándola, se diría. Ella pensó que debía ser así sin más. Apenas le salía nada o le salía mal. ¿Qué esperaba la orientadora que le dijera Claudia acerca de sus gustos, sus aficiones, sus pasatiempos, de lo que hacía en su tiempo libre y sin compañía?

Llovía. Recuerda que llovía y veía la ventana inundarse de pequeñas gotas de lluvia, y luego eran enormes y se iban juntando unas con otras, y formaban grandes charcos en vertical. El aula estaba tibia y sentía un cierto relente, pero en su cabeza, en su cabeza era un caldero hirviendo. Y la mujer le preguntaba:

—¿Qué te gusta hacer?

—No sé.

—¿Qué te gusta ver?

—No sé.

—¿A dónde sueles ir en un día del fin de semana?

—No sé.

No sé, no sé, no sé. Y la verdad es que tampoco consideró la idiotez implícita en esas preguntas. La mujer que la entrevistó le contó que no se le daba mal el ejercicio lingüístico, pero que tampoco se le daba mal el visual, que quizá la lógica le dejaba atrapada entre la extrañeza de las fórmulas, pero que no había nada definitivo. Le dijo que, si bien sería bueno que estudiara, que analizara sus inquietudes un poco más, que podría dedicarse a lo que quisiera, pero que no le recomendaba estudiar nada muy técnico puesto que, además, hacía tiempo que Claudia había rechazado el estudio de las ciencias, como supo bien la orientadora antes de hacerle la entrevista. Aquello último fue verdaderamente revelador para Claudia.

“No sé” fue la respuesta de Claudia y se quedó en el limbo de las decisiones hasta bien entrado el siguiente invierno.

IV – Lorena

No es un gran salto ni cuantitativo ni cualitativo el que se produce cuando después de Claudia me zambullo en la fascinación por el misterio, por las tensiones no resueltas y que no tienen razón aparente de Lorena.

Oh, para Lorena todo estaba totalmente claro y su voluntad se fundamentaba en la intención. De continuo se decía a sí misma que estaba condicionada a escribir un relato o cien; preferiblemente una gran novela, después de haber leído aquello que lo había inspirado, pero que le faltaba experiencia. Y se decía: “No es cierto no me sale tan fácilmente como pueden creerlo. Me falta experiencia. Quizá nunca logre nada.” Y antes de cumplir una mayoría de edad se hizo pequeña, enana, tullida, en su inconstancia; porque ella buscó por todos los vericuetos de la humildad falsa, de la impotencia frente a los grandes cuyos bustos o cuerpos lucían en una escalinata del patrimonio histórico, o en las ilustraciones de las enciclopedias obsoletas, o cuyos nombres se adecentaban por el mero hecho de ser pronunciados por las bocas de los miles de aspirantes a la inaccesible narrativa de los tiempos. “No es cierto, no es cierto, no cuento nada. Todo es un perpetuo comienzo, la pavesa de una llama que no prende, el impulso que se come al mundo pero no cuenta nada. Me falta experiencia, no cuento nada.”

Sobre todo, hablaba. Hablaba y hablaba. Hablaba y hablaba. Sabía que su compañera, y amiga, Isabel la miraba desde detrás de su asiento en el aula y entonces ella le decía algo que no tenía continuación ni apenas sentido, pero Isabel le respondía a su vez que un día harían ese algo juntas: “Yo pondré la imagen y tú la letra.” Y estaba desde luego Claudia, que la miraba por encima de su hombro y le dirigía una sonrisa extraña, a veces embelesada, a veces derrotada, y le decía que sabía contar las cosas, le preguntaba cómo se le ocurrían las cosas. A esto Lorena replicaba apenas en silencio, o ella creía que se le escuchaba un poquito: “Qué va. Pero si no cuento nada. Si contara eso que tengo ahí dentro. ¿Cuándo hallaré la forma? Me falta experiencia.”

Sin embargo, hacía reír, hacía pensar, hacía que quien la escuchara se perdiese en un bosque de cuentos sin propósito y sin final. Hablaba por dentro, hablaba por fuera. Hablaba hablaba. Cualquier desaire, desaprobación, cualquier rencor, ella sentía que debía transformarlo en un misterio. Solo tenía que encontrar el quién, el cuándo, el dónde. ¿Y cómo hablar de lo que tenía cerca, de los que vivían y convivían con ella? Necesitaba atrevimiento y le faltaba experiencia. Dios mío, escribir más de doscientas páginas y que no le faltará al aliento. ¿Pero qué decía? Era escribir siquiera una página y que no le fallara el aliento. Ahí está, ahí está la pavesa, la chispa, la idea. Todo es eso.

—Anda, escribe. Escríbelo todo. Tienes material para rato— le decía Paula cuando intercambiaban sueños.

—No te creas, no te creas. Al final me doy cuenta de que solo escribo sobre mí. Me falta experiencia, me falta experiencia.

—¿Y a quién le importa eso? La gente se lo inventa, ¿no?—

Sí, sí. Era cierto y Paula le decía, insistía:

—Pues yo te doy material y me lo organizas. Yo sí que estoy liada. Si vivieras en mis sueños.

Pero era cierto. La gente se lo inventaba. ¿Qué gente? Lorena leía, o había empezado a hacerlo recientemente, a los grandes a los clásicos, a los inmensos narradores con sus mil ocurrencias que ya lo habían vivido todo, lo habían experimentado todo, para cuando escribieron sus largas y apelmazadas novelas. Y todo, en eso que habían escrito, parecía tan original, tan bien dicho, tan bien engarzado.

Algunos murieron antes de tiempo, otros se sometieron a la locura, a los infiernos. La vida de Lorena era anodina y escribía como el camaleón que se va adaptando al medio, como el insecto que se mimetiza cuando se asienta en un nuevo entorno y lo invade todo. Lo que se le ocurría manaba de la mimesis de la réplica. Yo quiero una historia en ese escenario; yo quiero seguir de la mano a ese personaje; yo quiero escribirle al fantasma del autor muerto hace un siglo, dos siglos, una eternidad que provocaba el anacronismo de su sensibilidad y de su pensamiento. ¿Cómo viajar a Rusia, cómo viajar a Escocia? ¿Cómo viajar a cualquier parte, recoger la esencia del lugar y del tiempo, de las voces y de las apariencias? Imposible saberlo.

Lorena comenzaba historias que no tenían término. ¿Y si todo era una simple farsa?, ¿y si en realidad no era la escritura lo que perseguía?, ¿y si aquel impulso se debía a que ella era un simple bicho mimético a la que todo se le pegaba, a la que se le pegaban las cosas, que rayaba en la envidia de aquellos a los que sí se les ocurría todas las brillantes ideas, aquellos a los que les visitaba el misterio con forma finita y un contenido atemporal? Aquellos individuos afortunados eran capaces de extender sus redes por el mundo hasta atraparlo, hasta hacerlo suyo a través del “érase una vez”, a través de la divina disposición de las palabras, y lograban de hecho transmitir su mensaje claro y determinado, lleno de connotaciones y de implicaciones, de significados; mensajes cargados de empatía, de atracción y reflejo de la vida en suma. Su recompensa era la confirmación de que había otro detrás del texto para recibir esa plétora semántica y para devolverla con un agradecido y eterno silencio.

Y llegó el día en el que el orientador de estudios frenó sus ansias y sus frustraciones en seco. Estaba claro que había verborrea en esa mente inquieta al tiempo que inquisitiva. Lorena habló frente al hombre joven que tenía delante en la entrevista. El sol todavía iluminaba desde un ángulo bajo a la izquierda de la ventana. Le llegaba una incógnita sin respuesta del este de donde surgen las cosas. Habló y expuso toda su alma en forma de bucles, volutas de humo que subían en una espiral y se hacían grandes y descendían en la misma a espiral, y se hacían diminutas y estallaban como pompas de jabón dejando tras de sí un nimio destello de juventud ignorante.

El orientador comprendió que Lorena había quedado prendada de la expresión oral, de la palabra. Comprendió que no le era difícil fabricar patrones para dar cobijo a un pensamiento demasiado prolijo, y un tanto complejo sin carecer de interés. También detectó los principios de una narración vital que se atascaba.

La lógica desde su formación le decía que Lorena debía conocer la lengua a fondo y hacer acopio de las herramientas que le ayudaran a desarrollar aquella buena historia que la chica no lograba extraer de su intensa y desconocida experiencia.

—No tengo experiencia— le dijo Lorena.

—No hace falta. Pero realmente sí la tienes, aunque no te des cuenta. Habla de lo que sabes, de lo que eres, de lo que vives.

—¿A quién le interesa eso?

—Habrá a quien le interese. Lo importante no es el qué, sino cómo lo cuentes. ¿Por qué no estudias los entresijos de la lengua? Te permitirá exprimir tu bagaje personal para narrarlo de la mejor manera. A tu manera.

Lorena quizá creyóque había mantenido tal diálogo, como el que acabamos de apuntar, pero no es cierto. Ella oyó algo acerca de estudiar la lengua y luego el argumento se construyó solo para contárselo a sí misma a su manera.

¿De verdad quería estudiar algo? No se daba la posibilidad de otra cosa en ese momento. Después de realizar un test psicológico para adivinar su futuro, Lorena no se puso a pensar en la cosa del estudio. Tan solo pensaba en cómo sacarse una historia de la cabeza. Pero, en fin, no era tan mala cosa permanecer los cinco años siguientes haciendo alquimia con su propia lengua mientras esperaba a que le llegara aquel digno relato que no se dejara asustar por la falta de experiencia.


V – Alejandra

De las cinco Alejandra era, a la vez, la más cercana y distante. La que se dejaba llevar por las circunstancias sin necesidad de encararlas y la que se replanteaba los giros de opinión y decisiones al mismo tiempo. Era la que argumentaba a favor y en contra. La que hallaba la palabra precisa. La que se sintió directamente apelada por la asignatura de filosofía, y no se trataba de la asignatura que correspondía al penúltimo año de secundaria, sino de la materia que se impartía en ese último curso dirigido a la orientación universitaria; aquella en la que la historia iba dejándose las contradicciones, encontronazos y grandes concordias por el camino entre los que pensaban a lo grande o los pensaban desde lo objetivo o lo subjetivo.

Alejandra era referencia para cualquiera de las otras cuatro amigas, quizá porque llegaba de ciencias, quién sabe debido a qué extraño complejo. Aquella que sabía y conocía los puntos precisos que anotar en su cuaderno de apuntes que sabía qué leer, qué estudiar y qué comentar en un examen. Alejandra era la que parecía que al hablar nunca se equivocaba. Era etérea y era terrenal. Era curiosa y era comedida. Era humilde y contenta de sí misma. Rozaba lo intangible y se aferraba a la tierra.

Paula le confiaba sus sueños y Alejandra le hacía preguntas que derivaban en sugerencias hipotéticas; alejaba los significados de una obsesión subjetiva, los elevaba a cuestiones metafísicas. Así hablaba ella misma. Escuchaba y prácticamente sonreía, y le animaba a Paula, su amiga, a seguir soñando como la que sueña desde detrás de una celosía a través de la cual sólo podría admirar cómo el alma puede ser una sola cuando el cuerpo dormía, o cómo le era imposible al alma prescindir de lo humano cuando lo humano consistía en ser cuerpo y alma al mismo tiempo. Quizá Paula se perdiera en esas disquisiciones, pero le prestaba oídos porque parecía descender de algo divino a la par que de la propia naturaleza de las cosas.

Alejandra hablaba bien, narraba y también hacía poesía. A poco que la escucharan parecía que entonaba una melodía. Era pura oratoria. Isabel escuchaba esa sutil melodía y sus manos procedían a garabatear sobre su cuaderno. Tan cerca como se sentaban en el aula, su risa, la de Alejandra, su ironía, la duda disfrazada de escepticismo, la pose cínica, todo lo era Alejandra y lo dejaba caer de cuando en cuando sobre su hombro a un lateral y a otro. Cuando Isabel recibía esa tenue brisa de argumento bien imbricado sus dedos garabateaban más libres, más aprisa o se detenían y satisfechos se dejaban descansar sobre la superficie del cuaderno, de la mesa, de lo que fuera, y pensaba que ya estaba bien por aquel día de probar a escuchar cualquier otra tontería que no fuera de Alejandra. Los trazos se le volvían abstractos.

Y ahí estaba Paula alejada de sus palabras y ocurrencias en el flanco derecho del aula y sentía la risa por lo bajini de Isabel, y el rascado de su lápiz o bolígrafo en el papel al compás de un murmullo intermitente que venía de la cabeza agachada de Alejandra. Sonaba como una tonada lejana, un poema de una vieja hazaña, la balada de una vieja trovadora que supiera contarle a su público desde unos ojos ciegos y el espíritu bien alimentado por una incomprensible seguridad en sí misma; la figura impertérrita que hacía historia.

Qué orden y qué concierto en las ideas de Alejandra, en las propias y en las ajenas. Un sueño no era un desvarío; podría conducir a una teoría que engarzara bien las ideas, una decisión por tomar, una duda que resolver. Todo podía traducirse a una lógica aplastante mediante fórmulas que atraviesan el lenguaje; era cuestión de apoyarlo en un sistema un esquema un diagrama que lo hiciera ver más estructurado, equiparado, contrastado, categorizado y al final más sencillo, simplificado. Y luego, por arte de magia, jugaba con los elementos, desbarataba los castillos y se empleaba a fondo en enlazar expresiones en función de una asociación de conceptos que en palabras evocaban la misma poesía. Y ahí llegaba Claudia y entonaban juntas, con Alejandra, una curiosa melodía que llegaba de la nada; solo por el mero hecho de sonarles bien al oído mientras los significados se disipaban. Alejandra acudía a Claudia para regocijarse en el encadenamiento de las palabras, en cómo sonaban, y Claudia le respondía con un giro expresivo inspirado en el discurso de su amiga y entonces Alejandra elevaba el canto a una máxima y hundía el pensamiento en la ambigüedad de la poesía. Cada cual tomaba luego la parte que les compensará; el bien estaba hecho, según Alejandra. Cada cual recibía lo que necesitaba. Claudia, sin embargo, sentía que le faltaba comprender el sentido de generar una máxima que no le explicaba la realidad inmediata que estaba viviendo, ni lo que sentía, ni lo que esperaba, ni qué estaba haciendo.

Fue Lorena la que pudo alimentarse de mejor manera cuando escuchaba a Alejandra, ávida de aventura experimentada, ávida de experiencias, sintiendo que se quedaba siempre a medias de una narración que prometía una continuidad en alguna parte del planeta que ella todavía desconocía y no sabiendo si iba a conocerla a pesar de toda la voluntad que pusiera. Alejandra por su parte se alimentaba desde su narrativa, la de Lorena. Porque lo cierto es que por mucha ilación de ideas que se procurase a sí misma, Alejandra en sus horas muertas necesitaba de la verborrea, no en el sentido despectivo de esta palabra, sino en el de encontrar la fuente lingüística inagotable de la que manaran las expresiones como agua fresca. No importaba la coherencia, ella aplicaría sus esquemas, diagramas, la consecución de las cosas y la posibilidad de un resultado mucho antes de que este sucediera. Así que eso no era mala cosa para Lorena a la que le faltaban las continuidades y los finales. La cuestión es lo que Alejandra aprovechaba: una eterna narrativa alejada de las máximas, de las fórmulas sonoras, de las categorías que podían encorsetar el pensamiento cuando elegía ensimismarse o aburrirse. Hablar por hablar y, por qué no, escuchar ficciones, cuentos. Nada que ver con la enrevesada teoría de la vida.

Y en cualquier caso Alejandra fue la necesidad de todas ellas,la necesidad de anclar sus expresiones ambiciones o la falta de ellas en sus pequeñas y jóvenes existencias; la entonación precisa, la ocurrencia precisa, la duda precisa, la cuestión precisa, la confianza precisa, la observación precisa, la ilusión precisa, la propuesta precisa, la definición precisa, la apreciación precisa, la aclaración precisa, la explicación precisa, la verdad y la mentira precisas; la compañía silenciosa que se deja escuchar por el mero hecho de sentir su presencia. Ni juez ni temor ni defensa ni reticencia, Alejandra se hacía necesaria y daba sentido a cada una de sus individualidades en la ambigüedad de una poesía, en la denotación de un dibujo, en la connotación de un sueño, en la infinitud de una narrativa.

No le hacía falta escuchar los comentarios del orientador una vez que relleno el cuestionario de estudios. Alejandra sabía de sobra donde irían a parar los años siguientes de su vida. En la materia de filosofía quedaba prendada de cada una de las mentes que exponía la profesora en la pizarra a través de esquemas, diagramas y categorías. Lamentó que fueran todo hombres por si eso iba en detrimento de su posición en un futuro prediseñado por una afección masculina, pero la presión fue breve. En su lugar determinó seguir el curso de baldosas amarillas, por permitirse el préstamo de una ficción cualquiera, y se dejó llevar por el dictado de su intuición. El resultado del test fue que había palabra, que había música, que había orden y lógica, que batía los argumentos a favor y en contra, y que no consideraría ninguna otra circunstancia posible que la de renacer en el ágora y viajar hacia adelante desde ese punto hasta donde le permitieran sus fuerzas y su voluntad. Tanto Alejandra como el orientador de estudios estuvieron de acuerdo.

Epílogo
Lo que ocurrió pasado el tiempo pertenece al conocimiento de cada una de las cinco amigas. Sin embargo, hay quien siempre tiene un deseo de recordar y en el recuerdo crea una narrativa, un relato que le conviene y de ahí surge una historia que amalgama todas las experiencias, aunque las experiencias parezcan vanas, indefinidas. Hay solo una conciencia de contar las cosas que surge de una sola cabeza. Se podría decir que en la crónica de su relación, la de las cinco amigas, había una mente casi preclara que seguro sabría describir el transcurso de sus vidas, aunque ella no lo supiera. Alejandra tendría las papeletas. pero no fue así. Todo esto que se escribió no surgió de la cabeza de Alejandra, sino de la verborrea de Lorena. ¿Cómo si no? Es uno de esos relatos que no se conciben con el propósito de llegar hasta el final ni se basan en la multiplicidad de perspectivas de alguien que observa desde un plano superior. Todo esto que comencé a contar allá por el mes de abril, cuando la primavera es un hecho en el calendario de la naturaleza, tuvo su origen en una mera sensación de pérdida de identidad. Ni el sueño, ni el trazo espontáneo sobre el papel, ni la libertad de dejarse llevar por la musicalidad del lenguaje, ni el conocimiento o el aprendizaje truncado por los simples acontecimientos del día a día, nada de esto, pues, vale para enderezar el curso de la vida. Esto es así, especialmente, cuando hace tiempo la vida se pasó de la estación ferroviaria en la que alguna jovencita depositó el equipaje y se fue a comprar el billete a ninguna parte para regresar y ver su equipaje transformado, insuficiente, y escuchar el lejano traqueteo del tren que ni siquiera tuvo a bien pararse pues pensó, al no ver a nadie, que la estación era un paraje fantasma, abandonado.

No fue Paula durmiendo, ni Isabel dibujando en trance, ni Claudia dirigiendo miradas melancólicas al aire, ni desde luego Alejandra, que se guardó mucho de mezclarse con el resto una vez se entregó a los brazos nada menos que de la mística.

Fue Lorena la que no dejaba de parlotear, la que sentía que ninguna experiencia de la vida le era suficiente, la que creyó que nunca llegaba a nada y para la que en cada instante había una senda que se le escapaba. Fue Lorena la que dejó el equipaje en el andén fantasma, la que corrió a comprar su billete a ninguna parte y a su regreso se encontró que las vías de abajo tan solo resonaban con el paso de un tren que no se había percatado de su presencia. Se imaginó los vagones, lejos de desesperarse, como orugas de una procesión lenta pero constante e imaginó que de sus costados blandos y agujereados asomaban las caras de pasajeros que supieron subirse a tiempo; y creyó ver, en su imaginación, las caras de sus amigas mirando hacia afuera, atravesando el campo con oios neblinosos. Y ella, Lorena, tuvo la esperanza de que la reconocieran. Y entonces recordó aquella vez en la que tuvieron que hacer un test para que un profesional de la educación, quizá con cierta base de psicología y un pelín de pedagogía, les pudiera orientar sobre sus opciones de futuro, para hablarles de lo que sería útil, de lo que sería práctico, de lo que se les daba bien, de lo que obraría en desventaja a raíz de las decisiones. Lorena se sentó sobre una de sus dos maletas, una de fuelle grande y roja como para destacar en el paisaje gris y ocre. A su lado estaba el pequeño neceser en el que, además de guardar los utensilios para el aseo, se hallaban un libro y un cuaderno, por si las ganas de escribir le llegaban de repente. Sentada, como estaba frente al andén, sobre la maleta roja se inclinó para abrir su neceser y sacar el cuaderno. Todo en calma, solo los pájaros quebraban el silencio que se había arremolinado en torno a su cuerpo. Lorena sacó el lápiz que tenía encajado en el interior del cuaderno, apoyó el cuaderno en su regazo y comenzó a deslizar la mano por encima de las páginas haciendo garabatos casi precisos con el grafito. la historia comenzaba y ella no tenía prisa; se quedó sumida en un mudo parloteo. Comenzaba diciendo Cinco amigas y prometía enredarse en un círculo eterno.

©Olga (Peregrina) — Abril-mayo 2024