(Aprox. 1600 palabras)
F. compraba cuadernos de todos los tamaños y colores, de toda clase de trama, cuadrículas, horizontal, punteado y el simple blanco, es decir, liso, sin una línea cruzando las hojas. Y esto hacía sin saber por qué. Él decía que con cada uno de ellos nacía un proyecto, lo cual no era del todo cierto, porque nacer nacer, no nacía nada, ni siquiera las ganas de hacerlo. Pero él encontraba un no sé qué en comprar cuadernos y libretas y blocs y libros en blanco que parecían cuadernos, y los iba acumulando todos en sus estanterías, donde no había volúmenes impresos, sino solo libros y volúmenes y blocs de papel blanco o ahuesado o crema o lo que fuera, totalmente en blanco. Con los lomos trabajados, de imitación de piel repujada, con espirales, con grapas o cosidos con hilo. Todo muy curioso.
Hubo una época en la que F. recibía invitados en su casa y entonces todavía había algún que otro libro impreso, de los que contarían historias en su interior, y los invitados iban viendo cómo poco a poco esos libros, de los que contenían historias, iban desapareciendo y los cuadernos iban ocupando el hueco de aquellos. Y los invitados que posaban sus ojos por los anaqueles, y a veces también sus dedos, por esos lomos y espirales y lo demás, como si fueran tocando teclas desiguales de un piano, blancas y negras, pulsando variadas notas, algunas asonantes y otras disonantes, bueno pues, esos invitados le preguntaban a F. cómo es que cada vez había menos libros impresos, de los que contenían historias, en sus anaqueles, y sin embargo, cada vez quedaban más cuadernos.
F. se los quedaba mirando un poco y luego a sus anaqueles y, como el que le habla a algún jurado académico, procuraba hallar alguna forma adecuada para expresar lo que ya le iba sucediendo desde hacía un tiempo, y es que cada vez confiaba menos en las historias de esos volúmenes impresos y cada vez más en los volúmenes de contenido en blanco y que, además, en estos todo era posibilidad y que en la posibilidad está todavía la voluntad de una historia por contar, de una vida entera, si le apuraban. Al poco de decir esto quizá que se abrían de ese lugar en el que se encontraba frente a F., porque les era complicado concebir una idea tan peregrina; o quizá ni siquiera habiendo podido pronunciar una respuesta, porque todo hubiera sido imaginación suya, los invitados miraban con cara de haber escuchado una compleja ecuación matemática para la que no estaban preparados y seguían ensamblando palabras en una conversación que posiblemente habían dejado abandonada minutos antes. F. sentía que el momento de compartir sus costumbres y creencias quedaba cada vez más lejos y se acomodaba a una conversación anecdótica y anodina.
Hubo otra época en la que los invitados dejaron de venir a la casa de F., por lo que este ya no sentía necesidad de explicar sus movimientos. Y así se fue deshaciendo de los últimos libros impresos que quedaban en las estanterías, y entonces comenzó a comprar más y más cuadernos, y empezó a encontrar un regusto en el hecho de tirar los libros que contenían historias y en adquirir los que contenían páginas en blanco, y encontró un regusto también en comprar de todo tipo y condición, de todo tipo y forma, de toda calidad de papel, de todas dimensiones, y se dijo, a la vez que esto hacía, que cada uno de esos cuadernos contendría una posibilidad infinita y que por ello no importaba que se deshiciera de los libros que contenían historias, porque él podría sustituirlas todas. Se dijo incluso, en un arrebato de soberbia y resentimiento, que las historias acabadas no le permitían tener sus propias historias, que estaba hastiado de masticar las palabras ajenas con vidas y pareceres ajenos. Y de pronto se puso a proyectar. Y proyectó y proyectó.
Realmente F. se quedaba a veces mirando las estanterías llenas de espirales, lomos cosidos y repujados, o con grapas y gomas fresadas, y achinaba los ojos como mirando un infinito, y parecía incluso estreñido, que parecía que fuera a expulsar un tapón bien atascado en el culo, o que fuera a parir un niño de lo menos tres años. Se esforzaba, bien se esforzaba, y luego se retiraba a hacer cualquier cosa, todo menos coger uno de esos cuadernos para dar curso a su particular historia. Pero en eso estribaba el placer de F., en poseer el volumen en blanco, adecuado a cada ánimo, humor, voluntad, minuto y segundo de su día, y creer, creer que contendría la posibilidad de la historia que un día proyectaría. A veces también conseguía coger uno de sus cuadernos, abrirlo sobre la mesa y acariciaba, mesaba sus hojas como si fuera el cabello de un ser mitológico, un cabello que no tenía fin ni principio, y podía quedarse anonadado frente a las páginas abiertas, en blanco, y pensaba en cómo sería esa escritura que corriera por las líneas o se adaptara en las cuadrículas o que contuviera el aliento en un espacio liso sin pautas. Y en el mismo momento de contemplar la estructura, el argumento de la caligrafía y la disposición en sí, morían las ganas, se apocaba la voluntad, aunque no por completo, porque quedaba un resquicio, como una pequeña llama de vela a punto de apagarse por carecer de cera, y era como una llamada al impulso por no extinguirse del todo.
En ese instante F. sentía el impulso, el renovado impulso de comprarse otro cuaderno, y así lo haría. Por supuesto que lo haría. Sería aquel que le faltaba, que le susurraría los misterios para proyectar más y de mejor manera.
Así que buscó un nuevo cuaderno, ese que no se parecería a ninguno de los que había adquirido anteriormente y tendría que ser el que se ajustara a su deseo, a su necesidad, a su ánimo. Podría ser que se anticipara a la historia que iba a proyectar, que estaba a punto de proyectar. Contactó con algunos artesanos que se anunciaban en Instagram, de los que imitaban productos de antaño, de los que hacían las cosas con sus propias manos y les daban a esas cosas que hacían el calificativo de vintage, sea lo que sea que significara eso. Las cubiertas de piel, o de aquellas que respetaban el medioambiente, de las páginas desiguales cosidas en pliegos de un papel reciclado, rugoso, demasiado grueso; contactó también con alguna casa de papelería que le ofrecería un catálogo más extenso: Claire Fontaine sería una propicia. Las posibilidades se multiplicaban y eso era terrible porque toda voluntad se anulaba ante la inevitable dispersión.
Pasó F. los días envuelto en una nebulosa de incertidumbre y de duda que le recosía las entrañas. Ya ni siquiera el hecho de permanecer de pie frente a las estanterías achinando los ojos le brindaba ese atisbo de gestación de una idea, por general que fuera.
Entonces fue tocando los bordes de los cuadernos, blocs y libros que contenían las hojas en blanco; fue dejando la huella de su índice derecho en cada uno de los formatos y creyó sentir un murmullo que crecía en intensidad en la parte de atrás de la cabeza. El murmullo se hizo exigente; creyó sentir su exigencia. Eran palabras sin sentido, como letras con sonido, vibrantes, que surgieran de un libro que alguien, puede que él mismo, le leyera desde un abismo. Podía ser que aquellos libros que tiró, aquellos de los que se deshizo con poco miramiento y con un tanto de soberbia y desquite, le estuvieran reclamando su sitio y le estuvieran reprochando su situación de desahuciados, y también se estuvieran riendo por lo bajini, al mismo tiempo, porque desde el averno donde se encontraban hacinados, les pareció oír la conciencia estreñida y enajenada de su antiguo dueño.
F. quiso acallar aquel enojo del inframundo, pero no pudo. En el fondo sabía que aquel enojo y él eran lo mismo. De pronto los anaqueles atestados de cuadernos le parecieron inútiles, insulsos, inánimes, todo lo que de vida y energía y propósito pudieran representar precedido de un despreciable prefijo negativo. Con claridad vio que todo había sido un sinsentido, que por el impulso de una voluntad extraviada, se había alejado demasiado de todas las posibilidades que en algún momento soñó proyectar sobre todo tipo de papel en blanco, pautado o no pautado, y comprendió también que no podía regresar a un tiempo anterior en el que sus estanterías lucían libros impresos con historias a las que, por cierto, él no podía aspirar. Las posibilidades no eran infinitas, los cuadernos solo eran receptáculos vacíos que ocupaban mucho, demasiado, espacio. Echó de menos incluso a sus invitados.
No le quedó otro remedio, para romper el statu quo que le paralizaba su existencia. Se deshizo de todos los cuadernos, de todas aquellas páginas vacuas por las que desde luego los árboles lloraron una eternidad, y de nuevo, en un arrebato de soberbia y resentimiento —de nuevo la sempiterna soberbia y el resentimiento—, concibió la remota idea de abrir una puerta en la misma pared donde se alza la librería con sus baldas. Aquello no le llevaría a ninguna parte, pues solo daba al pequeño cuarto de baño que tenía en la casa. Sin embargo, qué cosa buena no sería aquella idea y por qué o cómo es que le llegó de pronto. Realmente consideró que era buena cosa porque el retortijón que sentía en el estómago era grande y de algún modo debía expulsarlo, y el baño en su gran utilidad se le presentó como el lugar más adecuado y amable para hacerlo. Un buen lugar para aliviarse mientras todo lo demás buscaba su propio hueco en la cabeza.
©Olga (Peregrina) — 19 de junio de 2023 (Revisado julio 2024)