(Aprox. 6800 palabras)
1
A las siete y media de la mañana las calles en Santaloma no son ruidosas. De hecho, están prácticamente vacías. El ambiente te acaricia con mano tibia, como recién enjabonado, desprendiendo un olor a talco y gel de ducha.
Paso por debajo de un balcón y escucho el tintineo de un adorno metálico que cuelga de su barandilla. Imagino que es un ángel anunciando su llegada. Pero dejo atrás el ángel, enderezo la dirección y prosigo hasta ocupar mi puesto de trabajo.
Soy empleada a tiempo partido en la sección de almacenaje de la fundación Incorporea. Mi trabajo consiste en copiar documentos. Soy copista, una especie de monje confinado a nueve metros cuadrados de tarima bajo los pies y tres metros de altura de paredes blancas. Hay dos mesas de trabajo: una donde se suelen apilar montones de documentos encerrados en cajas archivadoras y un ordenador, y otra situada en el centro de la estancia. Por encima de la mesa del ordenador, cuelga un aparato que sirve para dar tanto frío como calor. A lo largo de las restantes paredes, se extiende una librería vieja, de aspecto noble. Entra un poco de luz a través de la pequeña ventana que hay junto a la puerta.
– La pila de documentos no podrá descender –me avisa Emilio, mi compañero, el único que se acerca a mi celda en Incorporea–. Siempre habrá una nueva remesa. La torre de carpetas no desciende. Así que no midas el tiempo en volumen o desfallecerás.
–De acuerdo –asiento sin pestañear.
2
El ángel me avisa de algo, quién sabe, pero no dejo de oírlo cuando paso por debajo de ese balcón y el adorno metálico tintinea. Ahora es ese refugio de mi alma al que no puede acceder nada ni nadie, un presente inmutable, un presente que no deja huella y que siempre se expande infinito como el horizonte que no puedo alcanzar, aunque mi cabeza se empeñe.
Emilio ha entrado de nuevo cargando una inmensa carpeta azul que no puede cerrarse. Apenas lo sujetan unas gomas que están a punto de soltarse. Temo que un día de estos si lo deja caer en la mesa, como acostumbra a hacer cada vez que trae algo nuevo, las gomas acabarán por ceder y la carpeta se abrirá de forma instantánea como un abanico de mil posibilidades. En mi imaginación las hojas se desparraman sin remedio creando un caos de papel por el que me resulta difícil orientarme.
Emilio se aproxima a mi silla y deposita la carpeta con cuidado en la mesa, a la derecha de la pantalla del ordenador. El trabajo en el que me hallo entretenida está en el atril, a mi izquierda. Emilio me sonríe y yo simulo una sonrisa.
–Tendrás que dejar de lado el trabajo que estás haciendo. Órdenes nuevas. La fundación quiere que ten pongas a esto ya, y si puedes, terminarlo cuanto antes.
Me he cansado de abrir nuevos archivos apenas dando fin a unos pocos, y pienso que a este paso nunca seré capaz de dar término a los grandes ficheros, pero he de ser paciente. Eso es lo que me digo.
Pues bien, justo cuando creo que acabaré con un documento, llega Emilio y me trae otro. Pero este es el triple de lo que he comenzado a transcribir al ordenador e inesperadamente me sume en la ansiedad.
–Ya sabes lo que dicen, Roma no se construyó en un día.
–¿Qué Roma? ¿La ciudad o el imperio? –le pregunté sin tener conciencia de lo que había dicho.
–Las dos cosas son lo mismo, ¿qué se yo?
Aún no tenemos la confianza suficiente entre los dos como para detenernos en sutilezas de compañeros. Ni siquiera somos compañeros en el sentido estricto de compartir un único espacio. El cuarto donde estoy se encuentra en el sótano del edificio, al final de un largo pasillo. Mi ventana no da al exterior sino a un patio interior alrededor del cual se reparten las otras tantas dependencias para el almacenaje. El cuarto donde trabaja Emilio se halla al inicio del pasillo y al pie de las escaleras, que son el único acceso desde el sótano para salir del edificio.
La mayoría del tiempo le oigo caminar por el pasillo de una dependencia a otra. No sé qué hace. Supongo que organizar los documentos, pero son contadas las ocasiones en las que salgo de mi cuarto salvo para tomar un café en el piso superior, donde está la máquina expendedora, y entonces parece que resuelve en desaparecer para que no lo vea. Nuestra relación se basa en esto: él me trae las carpetas de documentos y yo los transcribo. No sé si le caigo bien o mal; no reparo en ello, porque es algo a lo que he decidido no prestar atención.
Es la primera vez que me veo en la posición de trabajar sin el roce humano, sin el temor a un ligero tambaleo de expectativas, porque sé que no hay nada más. Solo se trata de copiar, transcribir y no llegar a ninguna parte. Esto es así. No llegar a ninguna parte, solo transcribir. ¿Qué es mejor? ¿Avanzar o llegar? Sé que el avance no implica una mejora, y que llegar no significa un logro. Entonces me resguardo en este ahora que cuido como si fuera el último de mis pensamientos. Sin él me ahogo y cuando Emilio cruza el umbral para traer una nueva carpeta me siento hundir en el asiento protegiéndome de una regresión. No llegar a ninguna parte, solo transcribir. En lo posible, evitar el roce humano, solo transcribir.
3
Vuelvo a caminar bajo el balcón desde el que pende mi llamador de ángel. Los minutos de paseo hasta la fundación transcurren rápidamente. Emilio está sentado en una jardinera de la calle, delante de la puerta. Me da los buenos días y juntos, pero sin mirarnos, entramos en el vestíbulo. Junto con los de seguridad somos los primeros en transitarlo. Al cabo de unos segundos hemos descendido al sótano. Él comienza su ronda por la sección de almacenaje y yo me introduzco en mi cuarto. Abro la contraventana y la ventana para ventilar el espacio. La empresa de limpieza hizo su labor la tarde anterior; aún huele a amoniaco en los cristales. La primavera avanza y el patio hace rato que se ha iluminado de forma indirecta. Oigo los pasos de Emilio alejarse de un cuarto contiguo al mío.
Tras la entrega de ayer de esta enorme carpeta, por la que he dejado de transcribir documentos anteriores, no espero recibir nada más en un buen tiempo. Por primera vez miro la carpeta con detenimiento y leo: Cálculo de una vida imaginada, Resultados de la investigación por Irene Soto Palomares y Pablo Cifuentes Cuenca. Subvencionado por la Fundación Incorporea.
Echo un vistazo al número de página que hay en el interior. Nada menos que mil novecientos sesenta y ocho páginas entre apéndices y tablas anexadas. Cálculo de una vida imaginadaes un tratado de los que la Fundación puede sentirse orgullosa, sobre todo, de haber invertido sus fondos en una rigurosa labor de investigación. Saca a la luz los datos más dispares sobre la imaginación del individuo y los toma como factibles. La subjetividad es su punto de partida. Es el punto de partida de dos individuos por separado que, una vez conciliados desde un determinado fenómeno de encuentro, convienen en conformar un pastiche pseudohumano. Una nueva forma de crear vida de supuestos.
El punto de partida de los dos participantes en la elaboración de este tratado, Irene y Pablo, calculan la posibilidad de una vida imaginada sobre sujetos que jamás la han vivido. El primer sujeto de estudio es una mujer de 40 años. Roza de forma prematura el climaterio, pero no parece que eso le afecte. Trabaja en casa y en la calle. «En la casa siempre se trabaja» dice el sujeto, «y no lo digo porque tenga marido o hijos, pues no los tengo. Pero me siento responsable del entorno donde vivo y por eso trabajo en él, como en cualquier otra parte donde mi responsabilidad tome parte».
Me atrae seguir leyendo sobre este primer sujeto, y al contrario de lo que se puede suponer, no lo hago porque me sienta identificada. El sujeto estudió Magisterio allá por los años 91, 94, tomándose su tiempo entre asignatura y asignatura. No ingresó en la universidad inmediatamente después de acabar la escuela secundaria. En realidad, terminó la secundaria más tarde, pues tuvo que ayudar en el negocio que entonces regentaba la familia. Una mercería que no tardaría dos años en cerrar, después de muchos apuros de la madre por hacerla sobrevivir. Al primer sujeto le gustaban mucho los niños; cuidaba los hijos de amigos, conocidos y vecinos para ganarse la independencia dentro del hogar, así como para aportar su grano de arena para paliar los gastos de la casa. Su padre, que había acabado en el paro tras cerrar el concesionario de coches donde trabajaba, encontró finalmente un trabajo en otro concesionario que acababan de abrir como comercial. Un año más tarde, el sujeto número uno terminó COU e ingresó en la Universidad para hacer Magisterio. Desde entonces vive sola, se rodea de un elenco considerable de amistades fieles y gasta sus periodos vacacionales en un país escandinavo donde está segura de que podrá recibir las mejores enseñanzas con respecto a la educación en los colegios de primaria. Su madre murió de un infarto de miocardio diez años después de la pérdida de su negocio; el padre volvió a casarse un año antes de realizar este estudio. La hija, el sujeto número uno, dice sentir que ha tenido dos familias, pero que una de ellas se disolvió cuando murió su madre, por lo que ya solo le queda la presente, aunque prefiere acudir a sus amigos cuando le es verdaderamente necesario echar mano de alguien para resolver algún asunto interno de su mente. El sujeto número uno no tiene nombre. Me doy cuenta de ello después de leer todo esto sobre su vida y apenas he sentido la necesidad de bautizarla.
Me pregunto por qué Incorporea ha considerado oportuno invertir en esta historia, o bien es que el compromiso ya estaba sellado antes de que los autores del estudio pudieran mostrar sus resultados. Pero es el primer caso de tantos…
4
Emilio entra esta mañana, y me temo lo peor. Ni siquiera he transcrito el índice del documento que me ha traído hace dos días. Luego veo que lleva las manos vacías, así que exhalo un pequeño suspiro que supongo no percibe. Emilio, con la palma de la mano en alto y atrayendo los dedos hacia sí mismo, anuncia algo.
–Quieren hablar contigo.
–¿Ah, sí?
–Creo que es sobre el contrato.
Por fin, el contrato.
Hubo una primera vez en la que me condujeron por una solemne escalera de mármol hasta un despacho situado en la primera planta. Era el despacho de Recursos Humanos. Me atendió una joven de enormes proporciones y larga y rizada cabellera que no debía de tener más de treinta años. Me pareció guapa en toda su enormidad, como la de una cariátide de un templo griego. Hacía tanto tiempo que no me sometía a una entrevista que toda mi tensión se redujo a si mi apariencia sería lo suficientemente opaca como para desvanecerme bajo mi piel. Al principio sospeché de aquel lugar que me acogió con sus robustos brazos de mármol. Pero, ¿no es eso lo que siempre había hecho? ¿Tener miedo y huir? ¿Sospechar y huir? ¿Y si este era el lugar que me correspondía? ¿Y si lo que me correspondía era lo que no sentía como propio? Es increíble la cantidad de preguntas que se te pueden ocurrir en cuestión de segundos al borde de la huida. Pero no huí; me quedé. Lo que había perdido hasta entonces, no podía recuperarlo, sin embargo, podía cambiar mi rumbo. Desaparecer incluso, decir que era otra. No rendir cuentas a nadie. Nadie me iba a juzgar. Era libre en los brazos de mármol de ese edificio.
La joven de Recursos Humanos esbozó una sonrisa y dijo:
–Aquí, en tu currículum, pones que eres autónoma.
–Sí, es así.
–Podemos hacerte un contrato como empleada.
–Lo sé –me contuve–. En régimen general.
–¿Alguna vez has empleado alguien?
–Varias veces –me contuve de nuevo.
–Bien. Podemos hacerte un contrato…
Entonces es cuando la interrumpo.
–Desearía mantener mi estado de autónoma, si no es problema.
–Sí, claro, no creo que sea un inconveniente. Solo que me sorprende que desees dejarlo así. Normalmente el trabajador espera que la empresa se haga cargo de su seguro social… Bueno, parte de ello.
Y ahora, mientras recuerdo esa primera vez, subo los escalones de madera de un metro de ancho que conducen desde el sótano hasta el vuelo de escaleras de mármol. Lo hago siempre precedida de Emilio. Cuando llego al despacho de Recursos Humanos, veo que no es la misma persona. No está la cariátide, sino un hombre de mediana estatura, de caderas y hombros anchos. No parece estar en buena forma física, pero quién sabe, puede que debajo del traje haya algo diferente. La ropa le confiere cierto atractivo, sin embargo, como de hombre que sabe vestirse de su cargo y sabe desempeñarlo a la perfección gracias a la fe que ha puesto en ello toda su vida. Le falta algo de pelo en el inicio del cuero cabelludo y lo lleva cortado a un centímetro de altura de modo que no le resultará muy complicado encontrar la raya.
–Me han dicho… –rectifico–, bueno, me ha dicho Emilio que quería verme.
–Sí, sí. En realidad, debería haber sido ella quien hablara contigo, pero no importa. Lo importante es que terminemos con esto.
Me alerto un poco. No creía que fuera a hablar del contrato.
–Se trata del contrato. Tú eres autónoma, ¿verdad?
–Sí –suspiro.
–¿Y te interesa mantenerte como tal para este trabajo?
–No me importa.
–Pero si te hacemos un contrato como autónoma, eso es como un profesional libre y entonces sería algo así como un contrato mercantil –y añade–, lo cual, sea dicho de paso, no nos interesa tanto. Podemos facturar, pero no extender un contrato mercantil.
–Está bien. Me viene bien así –sonríe a mis palabras como si intuyera la resignación en ellas.
–Pero podemos simplemente contratarte y te ahorras la situación engorrosa de ir por tu cuenta, o puedes seguir pagando tu cotización aparte. Puedes mantenerte en el régimen general y en el de autónomos. No es incompatible…
–Comprendo y se lo agradezco.
–Por favor, trátame de tú.
–De acuerdo, te lo agradezco, pero yo no puedo dejar de ser autónoma.
–¿Y eso, por qué?
–Porque tengo deudas con la Tesorería.
–Deudas…
–Sí, atrasos. Estoy comprometida a un aplazamiento del pago por mis atrasos. En el momento en el que me diera de baja me harían una reclamación de la deuda total y debería pagarla al contado.
–Bien, no voy a preguntarte más por ello. No tienes que explicarme nada.
Ya se lo estoy explicando todo.
Su rostro, la profundidad y oscuridad de su mirada, me acompañan durante el resto del día, ahora ya en ejercicio de empleada.
5
Esta mañana me despierto a las seis, como siempre. Quince minutos después compruebo los movimientos del banco. No pasa un día sin que lo haga. Mi uso de Internet se reduce a eso en un ochenta por ciento de las veces; no sé qué espero de ello porque no se mueve nada, excepto para sumar un signo negativo, y con sinceridad espero que no se mueva nada en ningún sentido. Sin embargo, algún día recibiré el pago de Incorporea, y entonces no podré evitar el movimiento añadiendo un signo positivo. Un signo positivo…
Siempre tengo alguna moneda en el bolsillo delantero de mi cartera. Aún hallándome inmersa en una permanente falta de liquidez, procuro, lo que es un verdadero esfuerzo, tener algo de calderilla en el bolsillo delantero de mi cartera. Lo suficiente para comprarme un café de la máquina. En la calle no me llegaría más que al uso de la taza. Normalmente me tomo el café a eso de las diez y media. Subo hasta la máquina y me pago uno. Lo bebo sentada en uno de los asientos del rellano. Nunca sé si puedo llevarlo a mi puesto de trabajo. Imagino que sí, pero me cuesta hacer algo que en parte puede estar prohibido, hacerlo a sabiendas de que está prohibido. Pero hoy estoy cansada y no tengo otra intención que permanecer sentada frente al ordenador transcribiendo, así que no tomo nada.
El sujeto número cincuenta es un hombre, un joven dulce, dulce, dulce. La palabra dulce aparece tres veces en cursiva. Tiene veintisiete años y estudia Bellas Artes. A los dieciocho años recién cumplidos decidió hacer un módulo profesional en Artes Gráficas. Sus padres regentan una imprenta heredada de los abuelos maternos. Su padre conoció a su madre cuando entró a formar parte del negocio como encargado y su madre ejercía con frecuencia de secretaria en ausencia de su abuela. Fueron dos años de noviazgo intenso y, por fin, decidieron dar el paso que les llevó a tener tres hijos. El sujeto número cincuenta es el tercero. Ninguno de sus hermanos sintió la llamada del negocio familiar, aunque hubo más de una ocasión en la que lo utilizaron como medio económico para su uso personal. Sin embargo, el sujeto número cincuenta escuchó a su padre y se le ocurrió que sería una buena idea cerrar el círculo que había quedado abierto por ascendencia. De otro modo sería difícil que perdurase la actividad. El sujeto número cincuenta a su vez tiene una gran sensibilidad artística. Dibuja y ha aprendido a hacerlo muy buen de forma autodidacta. No se le ocurrió nunca que pudiera recibir clases de los profesionales. Tampoco creyó que tenía algo realmente importante que ofrecer al mundo del arte. Dibuja porque lo necesita. No ha sido mal estudiante y sacó bachillerato en ciencias con una media de ocho sobre diez. Aunque tenía capacidad para realizar cualquier cosa que se propusiera, no sintió interés por ninguna disciplina de ciencias. Le falló la motivación interna, aquella que es intrínseca a la toma de decisión, y prefirió entrar en el negocio familiar al tiempo que hizo su módulo profesional como impresor. Era feliz; se sentía satisfecho. Pero un día se cruzó con una mujer que le puso el mundo que él había conocido hasta entonces patas arriba. Diez años mayor que él, no se le habría ocurrido tener ningún tipo de relación íntima con ella, y de hecho no consumaron ninguna relación. Un día ella le dijo que valía para algo más que para heredar la imprenta de sus padres. Descubrió su destreza, su habilidad para trazar formas y transcribir sus pensamientos en viñetas. Le dijo que admiraba su capacidad para transmitir las emociones que no llevan palabras, aquellas que rozan lo intangible. Había tocado la profundidad de su alma y sentía que debía rescatarse a sí mismo. El sujeto número cincuenta lo dejó todo por una idea, por un halago. Se preparó durante un año, decidido a entrar en Bellas Artes. Al cabo del año entró y ahora está en segundo de carrera. Se muere por dar marcha atrás y no haber conocido nunca a esa mujer. Ya no sabe nada de ella, salvo que marchó a Canadá para probar suerte con su vida, que por otra parte había sido un misterio para él. Se le pregunta por qué querría deshacer su decisión, y él mira a otra parte sumido en una profunda y prematura melancolía y responde que no sabría explicarlo, pero que ahora no siente su propio espacio en lo que está haciendo. Tan solo quiere dibujar. Sus palabras son amables, dulces. Su compañía es dulce, dulce, dulce.
Dejo de transcribir y me pregunto, ¿si pudiera dar marcha atrás, qué habría querido despejar de mi vida? No lo sé; realmente no lo sé.
6
Arranca una nueva semana. He tenido este sueño: conduzco por una carretera que se construye a medida que avanzo. Me siento aliviada de alejarme y recobro energías a cada tramo de asfalto. Recuerdo que deseo prolongar el camino. A pesar de que no sé conducir, en el sueño conduzco con enorme destreza, sin temor. Esta destreza surge de un profundo conocimiento intuitivo. Hablo al mismo tiempo con mi marido, pero no recuerdo que lo haga a través de un teléfono. Son breves conversaciones telepáticas por las que le doy cuenta de lo que estoy haciendo en cada momento, hasta llegar a una región que en el mismo momento de atisbarla por el parabrisas se hace más atractiva, más verde y más frondosa. Le advierto a mi marido de que llego a un bello paraje donde seguramente querré quedarme durante un tiempo. Después entro en un pueblo y en su entrada me detengo entretenida por algún acontecimiento que estoy presenciando. Unos lugareños buscan algo o alguien y entro en la misma dinámica que ellos; me pongo a indagar y a buscar. Maniobro con el coche de modo que no tenga que salir de él. Me paro frente a un albergue, en una plaza, en una rotonda. A continuación, regreso por el mismo camino de llegada cuesta arriba y montada en una bicicleta que apenas puede sostener entre mis piernas.
Cuando despierto me siento insegura. ¿Y si solo me estoy poniendo a prueba?, ¿y si solo me estoy avisando de un cambio inminente?, ¿y si solo me estoy percatando de la vulnerabilidad de mi persona en estos momentos? En este cuarto donde los trabajos por transcribir y los ya transcritos tienen una mínima posibilidad de salida, siento que mis dedos discurren por un camino atravesando una tierra baldía. Una tierra baldía. Me río. No habría imaginado nunca que fuera a tener en cuenta a T.S. Eliot después de tanto tiempo.
Llevo en mi puesto dos meses. Hace tiempo que solo transcribo el mismo archivo; las investigaciones de Pablo e Irene. Voy por el caso número noventa y nueve. Observo que hay un dato común a todos los sujetos. Todos apartaron una trayectoria inicial en un momento de sus vidas, y todos viven en Santaloma. El estudio de cada uno de los casos finaliza en un momento de cambio en el que se lamentan de un período de tiempo no vivido o vivido de una forma que no habrían esperado; existe un final abrupto que es la coda de sus existencias pero no se menciona, algo así como una cadencia expandida, unos pocos datos a modo de compases, o bien una pieza entera que no halló hueco en otro momento del registro. Así que me quedo con las ganas de saber un poco más, de conocer sus caras, sus domicilios, sus manías, sus miedos, lo que les causa risa, lo que prefieren comer en un momento de ansiedad, sus películas favoritas, la música que enciende sus silencios. Me queda todo por saber. Aquí solo hay datos y esas palabras dictadas al ritmo de un pensamiento melancólico. No estoy segura de poder creérmelo. Pero me lo creo al fin y al cabo, pues son un hecho.
Me digo, si pudieras cerrar los ojos y volar alto, lejos, ¿dónde irías? Entonces, mi pensamiento surca un cielo de ficción por encima de la tarima del sótano del edificio, se encarama a las escaleras de mármol de la primera planta, se asoma al despacho de la cariátide y del hombre de mediana estatura. A veces, los dos, sienten necesidad de asegurarse de que deseo permanecer, otras me preguntan por mi opinión sobre las investigaciones de Pablo e Irene. A veces me entrevista la mujer enorme, de rostro amable y, otras es el hombre del traje, de hombros y caderas rotundas. Pero mi pensamiento pasa de largo. Se arrima a los muros de mármol y sigue ascendiendo. Dicen que en el ático hay una azotea y que la puerta está cerrada salvo en los meses de primavera y verano. La primavera está finalizando y me pregunto si seré capaz de retirarme de las carpetas de mi mesa para descubrir qué hay detrás de la puerta del ático. Subo hasta la puerta, la abro. La luz tenue de la mañana baña las chimeneas de hormigón. Su brillo choca contra el acero de los pararrayos y regresa a mis ojos. Se está bien. Solo es una azotea. Pero esta vez mi pensamiento ha volado lo más alto que ha podido.
7
Emilio se asoma a la puerta. Se apoya en el quicio de madera con sonrisa burlona y yo creo que trae un nuevo material para transcribir, por lo que mi corazón da un inesperado brinco de alegría. ¿Será posible que el largo número de casos de vidas sin concretar provoque este extraño sentimiento de nostalgia por la novedad? Es un hecho que aceptaría el nuevo reto sin remilgos, pues la pila de documentos ha descendido de forma alarmante, por no mencionar que me hallo en el último caso de la investigación. Con esto acabo mi tarea, y, a menos que Emilio me traiga más carpetas y más documentos, temo que mi labor ya no será necesaria. El augurio de mi primer día de trabajo en Incorporea, el de una tarea interminable, ha dejado de cumplirse. La entrega de documentos cesó casi en el mismo momento en el que recibí mi último encargo. Después de esto no queda nada. Sin embargo, Emilio es portador de una noticia más desconcertante.
–Quieren invitarte a comer con ellos.
–¿Quiénes?
–Ellos, Pablo e Irene.
Me rasco la cabeza por detrás de la oreja. No he comprendido bien.
–¿Te refieres a los investigadores? –pregunto.
–Los mismos.
–¿Sabes por qué? –pregunto de nuevo.
–No tengo ni idea –juraría que tiene algo más que decirme que no se atreve a pronunciar. Solo sonríe aliviado ante mi gesto, y es que de pronto yo también sonrío y me inclino hacia delante, por encima de la silla donde estoy sentada, y apoyo la barbilla en el respaldo en escorzo como satisfecha por una idea. Sé que es así, porque en ocasiones me miro desde fuera y comprendo que un gesto dice más que una ristra de palabras. Irónico que solo encuentre paz en la transcripción de las mismas.
–A las dos –me advierte levantando el dedo anular de su mano izquierda y apuntando directamente a mis ojos—. Sin falta.
Así que después de su advertencia, Emilio se va. Me queda una hora para mi cita, y en esa hora me pongo a divagar. Me pregunto por qué los investigadores lo dejarían en ese número, en el número noventa y nueve; me pregunto por qué no habrán hecho el esfuerzo de por lo menos haberse inventado un caso más, el caso número cien, un número redondo.
Recuerdo que un día nos reunieron en el quinto piso del edificio en un despacho. De ese modo supe de la existencia de otros seres en el edificio que trabajaban al mismo nivel que yo, o eso parecía. Nos alinearon en cuatro columnas y llenamos el espacio. Un ventanal que se extendía a nuestra izquierda, de un extremo a otro de la sala, permitió que nos recreáramos en el mundo exterior mientras nuestros cuerpos insistían en ejercer una presión contradictoria sobre las sillas.
Fue la primera de cinco convocatorias. En cada una de ellas, nos pidieron rellenar una serie de formularios y cuestionarios que había dispuestos junto a un bolígrafo sobre nuestras mesas. En cada una de ellas, se personaron al menos uno de los componentes de Recursos Humanos. Primero ella, después él, después ella y después él. La última vez, la semana pasada, fue él. Cuando leí la última de las preguntas, deposité el bolígrafo en la mesa, sin urgencia, y clavé los ojos sobre las azoteas de los edificios vecinos donde los rayos del sol de mediodía colisionan y no dan tregua a la sombra. Se trataba de una pregunta final, un golpe de gracia. Algo que rezuma en las emociones que no pueden contenerse: «Si tuvieras la posibilidad, ¿cambiarías de vida?»
Recordarlo todo esto y entonces se me ocurre una cosa: durante esta hora de espera hasta la dos crearé mi propio supuesto, el caso número cien, el número redondo con el fin de entregárselo a los investigadores. Siempre he deseado tener la oportunidad de sacar a relucir ese personaje de mi sueño del que no se le supone ningún relato concreto pero que es real y vive para contarlo a la menor ocasión que se le presente con dignidad, solo que no tiene voz para hacerlo. Necesita de un escriba para descodificar su pensamiento, sus percepciones, sentimientos, ideas, emociones, para después codificarlo en ese lenguaje encriptado que es la escritura donde el ser hace eco y reverbera con toda su fuerza hasta convertirlo en verdadero, en auténtico.
Y lo he hecho; al estilo de un metódico y aséptico estudio, objetivo si cabe, he renunciado a plasmar una emoción de abandono y arremeto con toda premura contra la extensión de una vida llena de recovecos y de grietas que no pueden sellarse de ningún modo hasta que… Bueno, hasta hallar la forma y el instrumento para hacerlo:
Sujeto número cien. Es una mujer de cuarenta y cinco años. La pequeña de unos cuantos hermanos. Le gusta la música, la música instrumental interpretada por el piano y la cuerda. La escucha a todas horas. Le gusta, por supuesto, escribir. Pero tiene, sobre todo, una pequeña debilidad que es casi una obsesión: los libros. Le entusiasma la idea de encapsular una idea. De pequeña no le interesa estudiar, solo ver películas de épocas pasadas en las que los personajes actúan sobre un mismo escenario. Apenas dos o tres espacios en los que aparecen y desaparecen y en los que permanece el mismo escenario, impertérrito, inamovible, testigo de un movimiento y un parloteo incesante. En ocasiones mostrando un sonoro silencio de gestos y miradas. Mejor si son en blanco y negro. Conoce los nombres de los artistas por la forma en los que lo pronuncia su madre. Durante su juventud pasa las horas dedicada a un quehacer inquieto; se deja llevar por la ansiedad y la impaciencia hasta que recurre a la necesidad vital de reflejarlo en todo lo que hace. Entonces descansa. Cuando termina COU decide estudiar, por consejo de su padre, aquello que le da una oportunidad de trabajo, aprovechando sus facultades lingüísticas, que él mismo se ha encargado de fomentar. Mientras realiza sus estudios ocupa sus horas libres en escribir, dibujar, dar clases de inglés y trabajar en empresas sustituyendo a empleados en sus bajas laborales o vacaciones durante la época estival. Su obsesión por encapsular ideas crece pero no toma forma. Un año después de sus estudios conoce a su marido. Un año después tiene su primer hijo. Un año y medio después tiene su segundo hijo. Mientras tanto sigue dando clases de inglés. Después de nacer su segundo hijo se dispone a trabajar en una empresa editorial como administrativa. Sus conocimientos de idiomas le proporcionan la continuidad en el puesto, pero no posee suficientes cualidades para ascender a ningún otro cargo superior. No sabe por qué. Un buen día decide crear su propia empresa. Cree tener la sensibilidad y el criterio necesarios para la propuesta de una nueva línea editorial. Destinaría su esfuerzo a localizar ideas con un argumento propio, exento del oportunismo que garantiza el éxito. Así que establece su propia actividad pero genera tantos gastos y tantos compromisos de pago administrativos que ahoga la iniciativa en la publicación de su tercer libro. Ha consumido el ahorro de la familia y abandona. Por supuesto, eso no es todo, la administración no es su único verdugo, pero los datos objetivos son los que cuentan.
Ya está. Será así como conoceré a los autores de la investigación. Por un momento he recuperado las ganas de reconciliarme con mis esperanzas de hace veinticinco años. Quise creer que todo lo que hacía en la intimidad serviría para una causa mayor que solo se reflejaba en los libros que devoraba a solas con impaciencia.
Es el primer día de sol después de dos semanas de lluvia intermitente. Es junio y necesito sentir el calor del sol sobre la espalda. La ventana del cuarto donde trabajo no deja entrar toda la luz de la que es capaz de soportar los últimos días de primavera, y me parece que el gris del patio va a prolongarse hasta donde mi pensamiento considere oportuno rendirse. Salgo de mi celda, como una exhalación en mi interior, con calma medida por fuera. No doy a conocer mi apresuramiento, pero claro que no hay nadie en ese momento, ni siquiera Emilio, ante quien pueda lucirlo.
La cita es en el despacho de Recursos Humanos. He volado como suspendida de un hilo por encima de los últimos escalones hasta la planta superior. Solo veo dos caras a las que ya he podido acostumbrarme. La cariátide, la enorme mujer de cara amable y el hombre de mediana estatura, de caderas y hombros robustos. Ambos enfundados en ropa cómoda y lejos de la formalidad con la que suelo verles vestidos, esperan de pie delante de la mesa. Me extienden sendas manos por orden y se presentan como si no nos conociéramos de antes. Se presentan. Ella se llama Irene y él se llama Pablo. Si mal no recuerdo, esos no eran sus nombres o es que ni siquiera los habían mencionado antes. Me doy cuenta de lo que ocurre y sonrío de forma estúpida.
Deciden que no comamos en la cantina de la fundación, sino fuera, en un restaurante que conocen muy bien. Todo el camino me quedo entre los dos cuerpos que se mueven ofreciendo una protección de acero frente al aire fresco que me golpea a pesar de lo avanzado del día y del sol que, en efecto, se halla en su punto más alto de ascenso. Me dan ganas de salir corriendo, y al mismo tiempo de permanecer como imantada por la gravedad de su paso acompasado. Hablan con naturalidad y creen que yo puedo hacer lo mismo. El trayecto hasta nuestro destino se hace eterno.
Nos sentamos finalmente. Hemos pedido algo para comer, pero ellos no se hacen esperar y abordan el tema con deliberada desconsideración hacia mi estupor. No se hacen esperar y hablan sin preámbulo de ningún tipo:
–Calculamos la posibilidad de una vida imaginada sobre sujetos que jamás la han vivido, eso es lo que hacemos. Y hemos calculado la posibilidad de una vida imaginada con los datos que nos has facilitado en tus cuestionarios –esto lo ha dicho el hombre, Pablo, que me observa con rara curiosidad. Apenas me guiña un ojo, lo cual siento como un mero ejemplo de su irresistible capacidad de convencer en la mayoría de los casos. También he querido suponer cierto afecto.
Ahora habla la mujer, Irene:
–Hemos calculado una aproximación a la vida que has imaginado y nos preguntamos si estás dispuesta a aceptar este reto.
–¿Qué debería hacer?
–Deberías…, deberás hacer como que no has vivido nada de lo que has vivido hasta ahora. Tendrás que abandonar tu entorno; no podrás recoger lo bueno ni ventajoso de ello. Olvidarás que has sido esa persona y todo lo que has significado. Nacerás de nuevo en una nueva conciencia, la que ahora imagines, la que imaginaste en tu cuestionario –me dice Pablo.
–¿A cambio qué obtengo? –me sorprendo de hacer estas preguntas, pues casi parece que esté aceptando.
–A cambio guardarás tu puesto y terminarás la investigación que has estado transcribiendo, la harás tuya y serás felicitada por ello. Conseguirás un reconocimiento académico y un salario de por vida de la fundación Incorporea –sigue hablando Pablo–. Todo por una breve decisión que te costará milésimas de segundo una vez hayas determinado seguir adelante. Nosotros te apoyaremos de ahora en adelante. No serás responsable de tu fracaso ni encontrarás barreras que derribar para ser quien eres. Serás libre. Ah, y serás eximida de todas tus deudas. Simplemente no las habrás contraído… ¿Aceptas?
–¿Y qué será de mi vida? –les pregunto.
–¿De tu vida?
–Sí, del tiempo que he vivido…
La mujer se ríe y su risa parece una brisa de esperanza. Me sorprendo de sentirme aliviada por una décima de segundo.
–¿Qué vida? –dice– Ya no será esa vida. No podrás contar con ella y tampoco la recordarás. Puede que no vuelvas a ver a nadie de los que ahora conoces, o que vuelvas a vivir con las mismas personas con las que vives ahora. Ni siquiera serás consciente de ello.
–¿Cómo? ¿Será como tener amnesia?
–Sí, eso es; será como tener amnesia.
–Perdonad, pero me resulta difícil asimilarlo.
–Esa es la clave de nuestro estudio. Nosotros tampoco podemos concebirlo, pero hay muchas cosas, como en la física teórica, que no pueden concebirse desde la realidad que percibimos y, sin embargo, son posibles; la pieza fundamental de nuestra investigación reside precisamente en calcular cómo habría sido esa vida imaginada que tú misma propusiste en tus respuestas a nuestros cuestionarios.
–¿He realizado una propuesta?
–A tenor de lo que respondiste, sí.
Hago un breve esfuerzo por recordar mis palabras.
–Y si no acepto –les digo, aunque mi intención no es amenazarlos.
–¿Qué podrías decir contra nosotros? –esta vez se ríe el hombre. Me doy cuenta de que todo este tiempo, desde que lo he conocido, me ha sido demasiado atractivo para no tenerlo en cuenta cada día que he pasado en mi puesto de trabajo; solo que lo he ignorado– ¿Qué hay de malo en lo que hacemos? Lo facilitamos todo en un sentido o en otro. Tú decides en todo momento. Solo seremos una mera posibilidad de existencia; un sueño. Siempre existirá la duda, y mientras haya una duda también habrá una posibilidad.
–¿Cómo haréis para que no recuerde?
–Tranquila. No se trata de ningún tratamiento invasivo, sino el simple deseo de olvidar. Podríamos echar mano de algún compuesto químico apelando a insólitos conocimientos fácticos de la neurociencia, pero tan solo se trata de olvidar. Preferirás olvidar y así lo harás. Es perfectamente posible. Lo hacemos todos los días.
Irene se levanta de su silla para ir al baño. Un gesto extraño para una circunstancia que pende de una respuesta taxativa.
–Podría ser mejor… –es lo único que se me ocurre decir. He dejado el habla el suspenso y no sé por qué. No tengo la menor duda de lo que deseo en este momento, y lo que me proponen es lo más cercano a la conversión de ese deseo en realidad.
–Podría ser mejor –insiste Pablo. Me coge de la mano y vuelve a guiñarme un ojo. Esta vez es diferente. Me parece que esté intentando decirme algo. Su sonrisa me devuelve a la vida. Siento un profundo agradecimiento. A quién, o a qué. No lo sé.
No me hago esperar. Digo que no. Prefiero mi realidad. No necesito ni quiero olvidarla.
Cerramos el encuentro. Irene y Pablo dicen que van a permanecer en la mesa y que yo puedo irme si quiero. Así de simple y así de fácil. A partir del día siguiente determinarán el curso final del estudio y me darán instrucciones precisas, a través de Emilio, para terminar de transcribirlo. Entonces recuerdo el relato de mi propia existencia para poder ser incluido en el recuento de casos.
–He pensado que podría interesaros esto para ocupar el número cien de los casos que habéis recogido. Lo he hecho lo más objetivamente posible –digo esto de forma ingenua y les tiendo la mano que apresa mi escrito.
–Los números redondos no nos importan –dice Irene con cierta arrogancia.
Pablo se apresura a recoger el documento de mi mano.
–Podremos echarle un vistazo –me dice y me mira con nostalgia.
Es la primera vez que le miro a los ojos con atención. Sus pupilas dilatadas y coronadas por un iris oscuro reflejan mi cara. Me siento agradecida de nuevo.
Epílogo
Al día siguiente regreso a mi puesto de trabajo en la empresa editorial para la que he trabajado desde el nacimiento de mi segundo hijo. Estoy en la planta baja como el resto de los administrativos. Hay una pila considerable de carpetas sobre mi mesa, junto al ordenador. Mi tarea es digitalizar sus contenidos y archivarlos.
Me siento cansada, pero extrañamente aliviada. Me estiro delante de la pantalla y me recuesto en el respaldo de mi asiento. Me tomo mi tiempo. Entonces Emilio, mi compañero, se acerca y me trae un café porque dice que alguien necesita cuidarme. Le miro a los ojos mientras lo deposita en mi mesa y veo una abrazadora oscuridad coronando unas inmensas pupilas donde puedo reflejarme por entero.
No son las siete y media de la mañana y tampoco estoy en la calle, pero oigo un insistente tintineo en mi cabeza que no abandona mi pensamiento. Presiento que un ángel se acerca.
Versión revisada de Brevitas, 2014.
©Olga (Peregrina) | 2019