La figura en el prado

(Aprox. 6300 palabras)

Voy a contar una historia que según la entiendas podrá darte miedo, podrá darte risa, o quizá, lo más probable, te deje indiferente.

Gamira tenía la extraña costumbre de cruzar el prado que había cerca de su casa muy a oscuras. A pesar de que estuviera amaneciendo, era demasiado arriesgado para un alma en pena o solitaria hacer ese paseo por el prado. Pero a ella le gustaba hacerlo porque le parecía seguir los pasos de Keira Knightley en la piel de Elizabeth Bennet para desintoxicarse de sí misma, y también, a veces, pensaba en Mia Wasikowska en la piel de Jane Eyre; en este último caso aparecía en su imaginación la silueta de una enorme y antigua mansión, ominosa como pocas, allá por detrás de los árboles que ella apenas podía ver (a la mansión), pero sí la sentía.

Gamira leía, leía mucho y aquellos paseos le servían para engullir todos los papeles que pudiera representarse en su fantasía. Pero aquella vez era diferente. Se sentía estragada de sus lecturas, de sus días, de su mero estar en alguna parte por fuerza, de ser, de tener presencia alguna parte. No era la simple necesidad de desaparecer, sino eludir el sentido de conciencia, o esa tediosa consecuencia de ser persona con cerebro, que le llevaba a pensar sus pensamientos, visualizarlos, expresarlos, quisiera o no.

Y así iba cruzando el prado una vez más en una mañana tibia de octubre y sin un viento que azotara sus ideas, e iba verdaderamente como ánima errante, cuando vio asomar por entre unos fresnos que dibujaban el contorno de aquel prado, una figura que no pudo discernir si era humana o animal. Había dehesas y fincas en el entorno y no era infrecuente ver trabajadores o propietarios guiando a su pequeño ganado, o haciendo preparativos para la nueva jornada. Sin embargo, esa vez estaba todo tan callado, tan en calma, o así estaba la cabeza de Gamira en busca de su «no ser» que aquella figura le pareció una señal a tener en cuenta. Sintió cierto recelo, al principio, cierto temor y al tiempo curiosidad. Si hay curiosidad, la prioridad se impone sola, y entonces Gamira sintió, o más bien no lo sintió sino que se dejó llevar por aquella circunstancia que no le permitía reflexionar.

En definitiva, fue toda ella impulso y se puso a caminar en dirección a los fresnos. La figura vaciló y se alejó; caminó a su vez en dirección contraria a la de Gamira. Pequeños y tímidos rayos de sol fueron a caer del otro lado de los fresnos e iluminaron la figura que huía. Gamira ya no dudó. Aquello que había visto no era animal: era una persona, un ser humano. Casi con seguridad podía afirmarlo, y adivinó además que llevaba una especie de gabán largo con capucha. Muy bien podría confundirse con una capa que llegaba hasta el suelo. Gamira llegó a los fresnos y la figura ya había cruzado el siguiente prado bajo la pálida luz de una mañana que no terminaba de arrancar hasta alcanzar un cobertizo anexo a una finca; era la misma finca desde la que se podía oír el ladrar y el gemir de un coro de perros cada vez que Gamira, de día, paseaba por delante de sus vallas tupidas. Pastores, guardianes, perros que custodiaban lo suyo en contra de lo ajeno, pero en ese momento se mantuvieron en silencio. Quizá se los hubieran llevado de viaje. La figura, en cualquier caso, abrió una portezuela del cobertizo y desapareció en su interior.

¿Qué locura fue aquella que le llevó a Gamira a perseguir la figura? ¿No tenía miedo de lo que pudiera ocurrirle? ¿Quién sabe? Desde luego la figura no la había perseguido, sino que ella se había convertido en su perseguidora.

A escasos metros del cobertizo, donde se apilaban rocas que resultaron bastante oportunas para el reposo, se sentó Gamira o se apoyó; quizá esperara a que saliera la figura de nuevo, quizá solo se arrepintiera de su osadía al perseguirla, lo cual no era muy probable o ya se habría ido. Fueron segundos y luego minutos. No sé qué expectativa tenía, pero se sintió aliviada al tiempo que decepcionada de su aventura. No había pensamiento de consecuencia, ni reflexión posterior a un error o una acción ejecutada. La prioridad de la curiosidad primero y de la decepción, o el alivio, después. Quizá me esté liando. Como fuera, pasó el tiempo y seguía sin amanecer. Gamira suspiró, resopló y se dejó descansar sobre la piedra. Entonces atisbó una pequeña y vibrante luminosidad por uno de los agujeros de la pared mamposteada que había a la izquierda de la puerta por donde entró la figura. A Gamira se le irguieron las orejas como a un perro que detecta el movimiento de lo que más le interesa o podría interesarle, fuera presa o defensa.

Se le irguieron las orejas, sí, y también las piernas, porque se había puesto en pie y caminó hacia la luz literalmente hablando. Se asomó por el hueco de la pared del cobertizo, que en realidad era una pequeña ventana mal encajada, y mientras esto hacía, sintió que la puerta a su derecha se abría.

—Pensaba que ibas a tardar menos -—dijo una voz que no era ni mucho menos del inframundo.

Obviamente Gamira dio un respingo y le pasó algo más, sintió que el estómago se le había encogido. También se impresionó por no ver una figura encapuchada, sino un hombre que llevaba la cabeza al descubierto. Una sonrisa complaciente le cruzaba la cara casi de oreja a oreja. Sí llevaba el gabán abierto por el que asomaba una simple camisa de cuadros pequeños, informal, y unos pantalones, podrían ser chinos, e igualmente informales. Por la parte de atrás de la nuca colgaba la capucha con la que todo este tiempo había encandilado a Gamira.

No es que Gamira, a la primera, se hubiera dado cuenta de cómo vestía su figura misteriosa (y ya no tan misteriosa), pero el contraste del antes y el después le permitió hacer conjeturas sobre una vestimenta que le encajara en la situación.

—Venga, vamos, no te quedes a medias —insistió el hombre de sonrisa espléndida y ojos que disimulaban una pequeña burla—. Tengo una cafetera express dispuesta y otro asunto que con gusto compartiré contigo si te place.

El hombre se volvió a meter en el cobertizo. Gamira, tras meditar sin meditar un instante, se movió hacia la luminosidad que despedía el interior del cobertizo e hizo lo mismo que él: entró.

—¿Cierro la puerta? —le preguntó Gamira al tiempo que hacía ademán de cerrarla.

—Como quieras. Entórnala si quieres solo un poco. hace una temperatura perfecta a estas alturas de la mañana mientras el sol todavía sigue sin fuerza.

Gamira entornó la puerta. La oscuridad en el exterior continuaba siendo una bruma apenas teñida de un amarillo pálido y terroso. En el interior había una lámpara de pie en un rincón, que había tenido mucho uso, con la pantalla vencida pero todavía atractiva en su estilo clásico desfasado. Estaba hecha de un tejido que parecía bordado con patrones floreados, cornucopias y tallos de plantas que creaban el esquema por el que el resto de detalles deberían ir dispuestos. Es posible que Gamira no hubiera tenido oportunidad de fijarse en tal delicadeza desde el principio. Fue poco a poco, mientras avanzaban los segundos y minutos durante los cuales estuvo con ese hombre de sonrisa tan espléndida y ojos burlones. El resto del espacio lo componían dos sillas y una mesa, además de un mueble viejo con tres cajones que debió ser en su tiempo una mesa de noche. La cafetera express estaba encima de este mueble, encendida. Se veía el piloto rojo iluminado como un ojo maligno (y debo confesar que esta es una referencia robada de otra historia que me venía al pelo incluir en este momento). Había también un viejo calentador que le recordó mucho a los de las abuelas, si es que esa puede ser una descripción en sí. No estaba encendida porque ocupaba su puesto la cafetera, de modo que el cordón del enchufe caía como una serpiente rota en el suelo, acodado en un rincón de la pared.

La disposición de tal mobiliario mudó enseguida. La mesa redonda, como una mesa camilla desnuda salvo por algunos utensilios que tenía sobre su tablero —una pipa, una bolsa con tabaco para la pipa probablemente, dos cajas cerradas del tamaño de una baraja de cartas—, había estado apostada en el rincón opuesto a la lámpara, y Gamira vio cómo el hombre la trasladaba al centro, casi frente a la puerta. Las dos sillas de clásico y pobre valor, con la tapicería seguramente colonizada por los ácaros de la dejadez, y que habían estado apiladas junto a la mesa en el mismo rincón, también fueron trasladadas al centro como para disponer una pequeña reunión en torno al tablero.

—Si no te parece mal, podemos sentarnos a la mesa —le dijo el hombre mostrándole la única mesa que había con la mano.

Gamira cogió una silla por el respaldo y la alejó un poco del tablero para poder sentarse. El hombre en lugar de hacer lo mismo, se dirigió a la cafetera.

—Preparo un café y me siento. ¿Quieres uno?

—No suelo tomar cafeína.

—Pero esta vez te la recomiendo. No será cualquier café. Es una cafetera de origen italiano auténtica. Sacará una crema que te parecerá estar comiendo una golosina. Un Bombón.

El hombre no esperó respuesta. Cuando hubo llenado dos tazas que había sacado del cajón superior de la mesa de noche, regresó a la mesa camilla (es una pena que no tengamos otro término que «mesa» para distinguir una de otra) junto a Gamira, o frente a ella, del otro lado o de forma opuesta (creo que puede quedar claro), situó las tazas de modo que estuvieran al alcance de uno y de otro y se sentó.-

—No estás obligada. Si no lo quieres, me lo tomo yo. Así de sencillo. Pero prueba, a ver qué tal.

Gamira pellizcó la taza por su diminuta asa, desprendiendo el meñique sin querer, sin propósito, al estilo de una comensal de té y se llevó la taza a los labios. Dio un pequeño sorbito, tras el cual tuvo que lamerse en parte el inicio del bigotito y exhaló un gemido de confusión y delicia.

—Está buenísimo —dijo y se quedó cariacontecida mirando el interior de la minitaza ya pensando que pronto se le acabaría el contenido gozoso y que sería una pena, aunque cafeína era más que suficiente. Dio un sorbo más hasta que notó que no quedaba nada en el fondo.

—Esto es como el buen vino —dijo el hombre celebrando el sorbo y el gemido de Gamira, y estirando los labios, que parecía que no tuviera espacio entre las orejas y la boca —. Si es bueno, no afecta.

El hombre se lo tomó de un trago, después sacó un trapo de un bolsillo del gabán, limpió con él el interior de su taza y de la de Gamira, habiéndosela quitado primero de la mano, y las devolvió al cajón superior de la mesa de noche.

—Bien, a lo que vamos —dijo el hombre—. Ya que estás aquí, déjame que juguemos un rato.

Gamira volvió a erguir las orejas al tiempo que sus piernas, que sintieron unas repentinas ganas de salir corriendo. El hombre debió captar la tensión y enseguida cogió una de las cajas que había en el tablero y se la mostró a Gamira para templar los ánimos.

—No mujer, no, no temas. No sé qué has imaginado. Esto va de hacer lo que la gente hacía en una tarde aburrida de antaño, o también en sus fiestas, supongo que también aburridas. Pero yo lo hago para enterarme de cosas, para barajar ideas. Y lo hago por la mañana muy temprano. Suelo estar a solas, como el que se monta un solitario y piensa, pero de cuando en cuando me asomo por ahí a ver si cae algún incauto o incauta, que a mí se me emborronan a veces los pensamientos.

La cosa era cada vez más extraña para Gamira. ¿Estaría aquel hombre loco? ¿Estaría ella loca? ¿Y solo se lo preguntaba a esas alturas de la historia?

—A esto lo llamo —añadió el hombre ya casi dando poca cuenta a Gamira—, a esto yo lo llamo quebrar bloqueos. No hay suficiente experiencia por ahí fuera, ¿sabes? Te lo digo yo que he viajado hasta la China. Viajar, viajar, todo se olvida y no hay cuaderno que soporte tanta actualización de la vida. Prefiero inventármelo todo. Ya ya, ya sé que no hay invento sin experiencia, pero eso que ya me he llevado. Ahora estoy aquí dentro y no me apetece moverme salvo para entrar en las narraciones que me satisfacen estas dos cajas.

Cogió la segunda caja y la puso junto a la otra, que ya reposaba en el centro del tablero.

—¿Tú viajas? ¿Has viajado? —preguntó el hombre con las manos sobre las cajas, cada mano sobre cada una de las cajas y en paralelo.

—No, la verdad, o apenas.

—Bien, bien. Eso es bueno.

Gamira quiso replicar algo a eso, pero el hombre se le adelantó.

—Elige una caja.

Las dos eran iguales. Las dos habían sufrido algún tipo de modificación para hacerlas más atractivas al ojo que busca misterio o que busca respuestas en lo desconocido. Cajas de madera tratada con una pintura a la tiza blanca. En la tapa, sobre la tapa, había dibujado un símbolo, una especie de enana mandala o uno de esos trisqueles celtas que invitan al movimiento. A lo mejor solo fue lo que se le ocurrió al artista hacer un día, una mañana en la que no se le ocurría nada más que pergeñar. Estaban pintados, los símbolos o garabatos rodantes, con una pintura marrón, rojiza, como en los tatuajes hechos con henna.

—¿Qué se supone que hay ahí dentro? -preguntó Gamira.

—¿No lo imaginas?

—Parece que sean cartas…

—Exacto —saltó el hombre de inmediato—. Elige una y te enseñaré el contenido de ambas. Piensa con el lado derecho.

—¿Cómo?

—Que pienses con el lado derecho de tu cerebro.

Gamira había leído y había oído hablar acerca de los hemisferios del cerebro y de cómo un tipo de pensamiento anidaba en las funciones de cada uno, algo así, pero no se le ocurría cómo físicamente podía forzar a su propio cerebro a pensar desde un lado u otro. Así que de manera más bien consciente, y no pudo remediar un poco el sentimiento de ridículo al hacerlo, inclinó la cabeza un poco hacia la derecha, como si así estuviera cumpliendo la rogativa del desconocido, o como si quisiera ver debajo de las cajas para averiguar qué ocultaban sobre el tablero de la mesa. También sintió que estiraba un poco el músculo del hombro izquierdo que últimamente le daba problemas. Fue a estirar de ese modo su mano derecha para alcanzar una de las cajas sin todavía tener claro cuál iba a ser la elegida.

—Espera un momento. Utiliza la mano izquierda.

Gamira recogió la mano derecha enseguida y extendió la izquierda mientras mantenía la cabeza ladeada a la derecha, que parecía que fuera a iniciar un ejercicio de natación. No sé cómo fue que las yemas de los dedos se le fueron a posar sobre la caja que quedaba a su izquierda, supongo que porque les quedaba más cerca. Después los retiró.

—Ah, pues muy bien. Has elegido por intuición. Muy bien, muy bien —dijo el desconocido frotándose las manos.

No era un gesto de satisfacción, aunque su extendida sonrisa seguía casi sin contraerse un milímetro. Frotó sus manos como si quisiera calentarse las palmas y a continuación estiró los dedos haciendo pequeños movimientos contráctiles con cada uno de ellos, como si fueran a tocar un teclado de piano imaginario, o el de un ordenador. Después dejó las manos levitando sobre las dos cajas, y entonces, cuando casi parecía que iba a entrar en una especie de trance, que en realidad era disponerse a actuar de un modo u otro, espetó:

—Un momento. Primero lo primero. No hace frío y no hay hogar para quemar leña, aunque lo hiciera. Para eso tengo la estufa, pero no hace falta, no. Cierto que por la mañana empieza a refrescar un poco a estas alturas de octubre, pero está más bien templado el asunto. Sin embargo, nos hace falta algo de ambiente.

Y en ese momento se levantó, abrió el segundo cajón de la mesa de noche y extrajo una bolsita alargada de la que sacó un palito de incienso y un mechero. Cogió también una especie de jarrita o botecito pequeño, alto y estrecho, y trajo todo a la mesa. Prendió el incienso, insertó el extremo apagado del mismo en el botecito y devolvió el mechero a su cajón.

—Ya casi está. Nos hace falta algo más —casi se dijo a sí mismo erguido y en dirección a la lámpara de pantalla obsoleta, única fuente de luz de la estancia pues la mañana seguía renuente a despertar del todo.

—Nos falta algo que sustituye a la leña quemada —sacó el móvil de un bolsillo trasero del pantalón retirando el vuelo del gabán hacia un lado y lo dejó también en la mesa.

Gamira contempló todos los movimientos con las manos recogidas en el regazo. Quedó hipnotizada desde el momento en el que el desconocido empezó a frotarse las palmas de la mano.

—Es que yo necesito escuchar el crepitar del fuego, ¿sabes? —y una vez sentado frente a Gamira, mesa mediante, comenzó a juguetear con el dedo en la pantalla del móvil. Picoteo por ahí, picoteo por allá, deslizamiento ahí, allá y picoteo de nuevo. Concentración y picoteo definitivo. Sonó el audio de un fuego que ardía en el hogar imaginario de una cabaña de invierno, la hoguera que consume los minutos en una noche de acampada, la combustión de un leño casi ya hecho brasa calentando las tibias de una mujer que dormita frente a la lumbre. Todo ello junto y por separado salía de ese audio que el desconocido reprodujo en su móvil.

—Ahora ya sí, comenzamos. No hay cosa que no pueda arreglarse hoy en día —y dispuso de nuevo sus manos palmas hacia abajo, levitando sobre las cajas—. Hemos dicho que esta no —añadió depositando su mano izquierda sobre la caja que quedaba a la derecha de Gamira—. Como verás, yo estoy usando mi mano izquierda también, pero para retirar la que no has elegido, que queda a tu derecha. Eso es producto del efecto espejo, lo cual es del todo relevante en esta circunstancia.

A Gamira le pareció que era dar una explicación demasiado trascendental para un acto producido por el sentido común.

—Sé que piensas que es una tontería, pero todo sentido común es relevante. Estamos tan acostumbrados a lo cotidiano que no le damos relevancia —dijo el desconocido remarcando la última palabra.

Lo que a Gamira le pareció más inquietante era la capacidad que tenía el desconocido para descubrir lo que pensaba o sentía, pero al fin y al cabo, ello era asimismo resultado del efecto espejo. Su cara debía reflejar muchas cosas y una de ellas podría ser el escepticismo.

—No dejes que el escepticismo te estropee la experiencia —dijo el desconocido.

¿Una vez más era espejo, reflejo?, ¿o era que disparaba conjeturas a ver si acertaba? El desconocido por fin retiró la caja descartada y la dejó junto al incienso, y a continuación cogió la que quedaba y se puso a abrirla, lo que le costó un poco porque al parecer la pintura a la tiza blanca había penetrado entre los diminutos goznes e impedía que se abriera a la primera.

—Se queda pegada a veces. Con el tiempo se abrirá mejor —dijo el desconocido.

Finalmente consiguió abrirla, volcó el contenido en una mano poniéndo la caja del revés sobre la palma y lo colocó encima el tablero.

Era una baraja de cartas, como había prefigurado Gamira.

—No me gusta que me hablen del futuro —dijo Gamira y su reflejo debió despedir un temeroso pensamiento de escepticismo y credulidad al mismo tiempo.

—No mujer, no —respondió el desconocido—. ¿Quién habla de futuro? Si esto no es más que un cuento. Y me refiero a un cuento de verdad. Una forma de pasar el rato, un relato. A mí me sirve para seguir viajando sin moverme del sitio. Estoy demasiado cansado y hay demasiados turistas en los lugares de culto. Se te va la ilusión al retrete de pensarlo. Con esto rompo el bloqueo que atenaza el intelecto y me lo invento todo.

La sonrisa por primera vez se relajó. El desconocido se quedó mirando la baraja en silencio. Gamira llegó a pensar que se había quedado traspuesto porque, con la barbilla pegada al pecho y las cartas apresadas entre las manos, el desconocido empezó a emitir unos leves sonidos como de ronroneo o de ronquidos que anuncian un leve sueñecito. Pero cuando más relajada había conseguido mantenerse Gamira, el desconocido se espabiló de nuevo. Levantó la barbilla y, con una sonrisa un poco más comedida y los ojos algo más inquisitivos, se dispuso a barajar.

—A ver qué historia nos sale de esto —se dijo a sí mismo.

Gamira pensó que su presencia ahí era una mera excusa para el delirio de ese personaje que empezaba a hacerle más gracia que otra cosa, y pensó para sí misma, «nunca se sabe, de todas formas».

—Ahí vamos —dijo el hombre con más ánimo que un obrero de camino a la playa en verano.

Barajó, barajó, cortó la baraja tres veces. Primero con la mano izquierda formó tres mazos de derecha a izquierda; luego, recogió los mazos con la mano derecha en la misma dirección. Rezaba para dentro mientras lo hacía:

—De la izquierda, el pasado; de la derecha, el presente…

Y se reía por lo bajo, calladito. Seguía rumoreando. Parecía que se cantara una nana. Barajó, barajó y se detuvo, y contuvo las cartas entre las dos manos, la derecha por encima y la izquierda por debajo. Después decía:

—Consciente, inconsciente, lo que se ve y lo que hay oculto…

Y al final, las depositó en la mesa, a cubierto, bocabajo. Entonces empezó a levantar carta tras carta, de la parte superior, y mientras lo hacía, seguía con su mantra, aunque no era repetitivo, por lo que podríamos decir que era más bien una nana, que se repite un poco menos:

—Yo, el sol…

Y posaba la carta en un lugar más o menos céntrico, bocarriba. Después ponía otra carta cruzada por encima de la primera:

—Desafío, el tres de pentáculos…

Y así siguió una tras otra recitando:

—¿Para qué? El ocho de bastos. Vale, ahora seguimos. Lo que está oculto, el mundo…

Y dispuso esta última carta debajo de la primera, la que llamó «yo». Y continuó:

—Lo que se ve, la estrella. Bien, bien, curioso, cuánto brillo…

Gamira aspiró aire demasiado fuerte en ese momento y un hilillo perfumado intenso de incienso le entró por un orificio de la nariz. Se sintió mareada. Siguió escuchando, sin embargo:

—Y ahora viene, cómo se ve en el entorno, el seis de bastos…

Aquella carta la puso aparte, a su derecha, la del desconocido. Y continuó:

—Por último, cómo la ve su entorno, el rey de pentáculos. Y debajo del mazo, el cinco de espadas.

Vamos a decir que las cartas que vio Gamira encima de la mesa no eran cartas que le recordaran a las que se usaban en las lecturas de adivinación de las películas. Desde el principio hasta el final solo había podido contemplar escenas de campo o de bosque donde las figuras protagonistas eran animales en distintas circunstancias. Unas ilustraciones de tono intimista, tan cercanas a las que iluminan un cuento de hadas que pensó que el desconocido le había estado tomando el pelo todo el rato, o bien, a esas alturas del relato, que estaba del todo pirado. Con el aroma del incienso aún incrustado en el interior de su fosa nasal, intentó sofocar el mareo que le había producido, moviendo su cuerpo hacia delante un poco y levantando el culo del asiento. Quería irse. Aquello había colmado su paciencia.

—Pero bueno, ¿a dónde vas? Falta que te cuente el relato.

—¿De qué estás hablando? —bufó Gamira, aunque volvió a arrellanarse en la silla, porque a pesar de su fastidio y malestar, no pudo evitar la curiosidad que le producía—. ¿Qué cuento?

El hombre picoteó la pantalla del móvil y silenció el crepitar del fuego invisible.

—Esto es lo que hago. Soy un cuentista. Ya te lo dije. Me aprovecho de los que se acercan por aquí mostrando interés, por no decir del hecho de que sois unos cotillas, para seguir viajando a través de las historias que me ofrecéis —dijo el cuentista.

—Yo no he ofrecido nada —protestó Gamira.

—¿Crees que no?, ¿y esto qué es? Tú proyectas y yo transcribo tu historia. Es lo que hacen los cuentistas. O tú proyectas y yo proyecto sobre lo que tú proyectas.

—Esto es demasiado, señor. Así no vamos a ninguna parte.

—Un momento —se adelantó el cuentista a detener a Gamira en su intento de volver a levantarse para marcharse—. Déjame que te cuente y luego decides tú si me regalas la historia.

La última brizna del palito de incienso se consumió, su ceniza cayó sobre el tablero de la mesa y el cuentista arrastró su mano derecha para limpiarlo, tras lo cual quedó una raya inapreciable de tizne gris.

—¿Qué dices?, ¿te lo cuento? —preguntó el cuentista con una cálida sonrisa.

No hizo falta que Gamira pronunciara una palabra. Con su gesto de apoyarse sobre el respaldo de la silla lo dijo todo. Pero no era una disposición voluntaria, sino más bien una rendición de su cuerpo. Había estado en tensión durante un buen rato.

—De acuerdo, allá vamos —dijo el cuentista.

Érase una vez el sol al que se le planteó un desafío. Tenía algo que hacer en su vida, y no era porque no supiera exactamente qué hacer, sino cómo abordarlo. Había estado sola, si me permites que lo ponga en femenino, durante demasiado tiempo. Ya sabes, cosas de irradiar un calor extremo, que es tan malo como el frío extremo. Pero el ardor seguía ahí dentro consumiéndola, por lo que sintió que tenía que hacer algo para aliviar la intensidad, sobre todo, en la estación donde se acercaba a la tierra; se trataba de paliar los efectos de sus rayos, o de otro modo aquello que servía para hacer crecer se podía convertir en una perfecta arma para matar. Con un poder tan grande entre sus manos deseó encontrar una manera de extinguirlo, moldearlo, al calor, ¡un desafío! ¿Sería alguien capaz de acercarse tanto a tamaño portento a riesgo de extinguirse a sí mismo?

Cuentan que en un terreno solitario, entre sotos de chopos, fresnos y pinos, trabajaban tres hermanos. Y como la historia podría parecerse demasiado a las parábolas que rondan por ahí, vamos a alejarnos del significado individual de cada uno de estos tres figurantes. Formaban un trío. La cuestión es que durante sus muchos viajes en busca de su objetivo, abrasando o acariciando las espaldas de hombres y mujeres a partes iguales, el sol atisbó tres sombras, tres cabezas con extensiones de brazos y piernas, moviéndose con agilidad a un ritmo certero sobre aquel terreno solitario entre sotos. Eran aquellos tres hermanos que recogían aperos de su labor para descansar de su largo día. Quedaba aún todo por trabajar. Sus métodos eran tempranos, jóvenes. Acababan de heredarlo de sus padres, y estos de sus padres también, y así sucesivamente. Pero por mucha herencia que hubiera, el suelo no estaba preparado para el laboreo, ni por asomo. Lo que hasta ese momento hacían con sus herramientas fue un mero prólogo de sus planes. Realmente sintieron la necesidad de limpiar el terreno, desbrozar, quitar malas hierbas, dejar casi a ras del suelo, pues solo de ese modo las ideas podrían surgir con limpieza y claridad.

Cuando el sol los vio, pensó que aquella era la señal que esperaba. Sintió que aquello era lo que andaba buscando. Fue una especie de comunión con esas tres figuras que recogían sus instrumentos sobre una superficie tan llana y tan desnuda, cobijada por árboles frondosos que proyectaban su hermosa sombra alargada y amoratada a esas horas bajas del día, bajo la cual fueron los hermanos a sentarse para descansar. Prácticamente oculta con un manto oscuro con el que solía protegerse en su retirada de cada paraje, el sol se aproximó a escuchar lo que decían. Pero lo que decían era más bien poco. Sentados y mirando hacia delante con los ojos brillosos por la posibilidad, observaban e intentaban succionar algún valor de su terreno.

No sé, no sé —se decían.

Poco más, y siempre era lo mismo, sin discordía entre ellos. Después dijeron:

Necesitamos algún tipo de ayuda —y por un momento sus miradas fueron un poco más elevadas que el horizonte. Vieron el resplandor adormilado que descendía detrás de los árboles y de los pequeños montes.

¡Aquel, aquel era su desafío! El sol enseguida lo supo. quiso ayudarles y se sintió de pronto alborozada, llena de júbilo, aunque todavía no supiera qué significaba aquello ni para qué necesitarían su ayuda en ese momento. No podría ser que conservara su forma actual; acabaría por eclipsar sus ojos. Pero no importaba: la solución llegaría con el movimiento. A fin de cuentas, ¿qué era ella? Una estrella. Así que se sentía en estado puro, refulgía con esperanza. Su calor extremo se tornaba tibio y emanaba rayos de optimismo. Se veía a sí misma como la ganadora de un largo maratón lleno de sufrimiento por la espera de algo que merecía, aunque todavía no supiera qué era aquello que merecía. Tuvo la insensata convicción de que no podía ser otra cosa que hinchar la admiración por su luz, su valiosa aportación en cada viaje por la tierra, y esos tres hermanos no tenían una respuesta para su porvenir. Debía unirse a su búsqueda, así ya serían cuatro para desentrañar el misterio de un suelo que guardaba todas las posibilidades para producir algo. Porque el sol comenzó a pensar para sí misma y de ese modo comenzó a asentar un criterio, y ya he dicho que todavía no sabía qué era. Cuestión peligrosa la de construir un trono, un reino con bases de aire, columnas de fuego y sin un objeto de culto certero. La visión se le hizo borrosa, empezó a brillar en exceso. Toda la confianza que merece la reina de los objetivos satisfechos hecha añicos. Aire, bruma, la oscuridad del manto que la ocultaba la engulló como a un agujero negro. Los hermanos percibieron el helor del otoño repentino.

Mejor lo pensamos en otro momento —se dijeron.

Recogieron sus aperos y sus planes y se fueron abandonando el terreno recién saneado en barbecho. los árboles a su alrededor sintieron un punzante dolor que les hizo sacudir las hojas. Unas cayeron de cansancio, otras permanecieron en sus ramas de pino como centinelas del universo.

—Y bueno, fin de este relato. Es suficiente —dijo el cuentista y picoteó de nuevo sobre la pantalla de su móvil. La hoguera se consumió. Se hizo un breve silencio.

—¿Y todo esto de dónde lo has sacado? —preguntó Gamira. Fue su espontaneidad la que habló esta vez. Le costó desconectar de la voz del cuentista que había sonado como una melodía antigua de un clásico de Broadway. El cuentista esbozó de nuevo su espléndida sonrisa y achinó los ojos, en parte por defecto de la sonrisa, los pómulos alzados, ya se sabe, y en parte porque así fingía una actitud más complaciente.

—De las cartas. Tú me lo has contado todo. Tú has cortado el mazo, tú has recogido sus partes, tu cerebro izquierdo me lo ha expresado todo.

—¿Pero tú estás loco? —exclamó Gamira, y esta vez sonrió un poco ella también— ¿Pero tú me has visto bien? No he dicho ni media palabra y no sería capaz de inventarme nada de la nada.

—Entonces es que has proyectado. ¿Lo ves? ¡Te lo dije! Es inevitable -dijo el cuentista, y alzó un dedo en señal de advertencia divertida.

—¿Quieres decir que yo soy el sol? —Gamira empezó a rezumar un falso sentimiento de vanidad.

—No es tan así…

—Pero has dicho que era mi relato, mi cuento —protestó Gamira.

—Sí, pero no que tú fueras la protagonista.

Gamira abrió la boca, pero se le quedó abierta sin decir nada a continuación.

—¡Proyección, proyección! —dijo con entusiasmo el cuentista— ¡Oh, cómo me gusta esta parte, cómo disfruto con todo esto! Una vez más hemos abierto la compuerta que nos había cerrado el bloqueo.

El cuentista se había levantado de la silla. Dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo y se detuvo de pronto. Dejó caer la barbilla sobre el pecho de nuevo, como antes de disponerse a expulsar todo aquel relato fuera de su cuerpo. Se respiraba tensión en su trance. Entonces abrió los brazos y los extendió hacia los laterales y luego los dobló llevándose las palmas de las manos a la nuca. Estiró la espalda hacia atrás formando un arco e inspiró prolongadamente. Después recuperó la forma de la espalda, dejó caer los brazos y se volvió hacia el tablero para recoger las cartas, ordenar los utensilios, cajas, incienso, jarrita, excepto la pipa y la bolsa de tabaco, y llevarlos de vuelta a la mesa de noche. Guardó unos en el primer cajón y otros en el segundo, como correspondía. El móvil se lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón, para lo cual tuvo que retirar al vuelo un lado de su gabán, y finalmente abrió el tercer y último cajón y extrajo de allí una libreta tamaño A5 junto con un bolígrafo. En todo momento ignoró a Gamira, que todavía estaba sentada y presenciaba todos sus movimientos mientras su mandíbula parecía haber emprendido un ligero forcejeo del que su lengua y sus dientes sacaban la peor parte.

—¿Me disculpas? —le preguntó el cuentista al tiempo que se disponía a sentarse a la mesa—. Ahora necesito estar a solas o a esto se lo lleva el viento.

Cargó la pipa con tabaco de la bolsita que había estado esperando todo este tiempo en silencio y se la llevó a la boca. Al cabo de un instante las volutas de humo ascendieron, el olor impregnó la estancia, y entre los dos se formó una cortina gris de indiferencia.

Se puede entender que Gamira estuviera demasiado confundida, molesta, extrañada o quizá solo airada. Pero como siempre ocurre con estas cosas, a Gamira le pudo más el enojo de haber concedido desde el principio, y sobre todo, le pudo el enojo hacia sí misma, que si hubiera habido un espejo en ese lugar, el propio reflejo de sí misma le escupiría, incluso le pudo la tontería de su curiosidad malentendida. Y al rendirse ante su propio enojo, perdió también en el interim el derecho a expresarlo o a exigir una compensación por su tiempo mal invertido, su escucha gratuita, la inspiración regalada.

—No señor —interrumpió el cuentista las sensaciones que ya cristalizaban a su alrededor—. No hay derechos de autor. Esto es del inconsciente colectivo. Todo esta contado, no hay nada por inventar. Solo hay que saber contarlo y saber tirar del hilo. Las oportunidades vuelan, señorita.

Tras lo cual abrió su cuaderno, empuñó el bolígrafo y lo dejó correr por las páginas que todavía le quedaban por emborronar con sus artificios. la mano libre despedía a Gamira como quien ahuyenta una mosca pesada y atrapada entre efluvios que se erigían en espirales y creaban figuras más o menos definibles en la cueva del mago escriba.

Y sí, Gamira se retiró, por extraño que parezca. Tenía todo por decir y nada por decir. Se quedó vacía y enfadada y no atendió a razones de por qué se había dejado llevar por la curiosidad o por qué había sentido enojo en esa tibia mañana que ya empezaba por fin a clarear. Salió al prado, cerró la puerta tras de sí. Caminó hacia la primera hilera de fresnos donde había divisado por primera vez a la figura, al hombre, al desconocido, al cuentista, al mago, comiéndose los pensamientos una y otra vez con ansia antropófaga y entonces comprendió que había dejado ir una oportunidad, aunque no supo cuál era todavía. Se detuvo y se dio la vuelta. Se apresuró andando hacia el cobertizo y fue a abrir la puerta. Nada de llamadas sobre la madera. Quería pillarle desprevenido, de igual manera que él había prescindido de su presencia, habiéndole robado lo que le pertenecía. Quería revertir el proceso o quizá que no hubiera sucedido, o quizá solo reivindicar su autoría. Y de nuevo el enojo le nubló el entendimiento. Intentó girar el picaporte oxidado, pero no obtuvo respuesta. Estaba cerrado. Entonces llamó a la puerta. Después se asomó al ventanuco del muro. Este estaba cegado por una tela mosquitera raída. Ni siquiera traslucía la iluminación de la lámpara que había dentro, o que pensó que habría, porque de momento estaba oscuro y no se veía nada. Ni un movimiento, ni una luz, nada.

Se alzó el sol tanto que alcanzó a bañar los fresnos dejando un lustre de pequeñas hojas flameantes en sus copas; transformando su verde intenso en amarillo enardecido. Una ráfaga de aire los zarandeó y sus ramas, alborozadas por la repentina sacudida de sus crías quemadas, entonaron una melodía con letra a espaldas de la única figura humana que ocupaba el prado a esas alturas de la mañana:

Ay, Gamira, Gamira, un tesoro enterrado bajo tus pies y tú todavía nadando en el lamento.

El aire se detuvo, las ramas callaron y unas cuantas hojas, como testimonio de la chanza cantada, se desprendieron para ir a besar el suelo.

©Olga (Peregrina) — Cuento de octubre, 2023.

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