Haven (Octubre 2023)
«Hoy me siento gótica», se dijo y no se levantó del lugar donde la dejaron tendida hace ya unos cuantos años. Claro que ella había perdido toda noción de tiempo, como cualquier animal de tierra, agua o aire, que solo, o apenas, saben de su presente. Se quedó así y pensó que no había mejor manera de estar que seguir soñando, es decir, lo que había hecho durante toda su corta existencia. Ninguna existencia es en realidad larga, por eso lo digo. Y mientras soñaba, lo hacía con uno de esos sueños lúcidos en los que sabes que te crees despierta, y entonces supo que, de todos los animales probablemente ella fuera una especie de lagarto. Sería algo prehistórico, aunque actualizado, tal que un crocodilo o un caimán, puesto que son especies que pueden mantenerse en letargo por una inmensidad de tiempo sin comer hasta que les entra hambre y buscan alguna presa que transita por su lado.
Así se mantuvo, dejando pasar las imágenes, y aquel día se dijo que se sentía gótica. Suponemos que lo dijo porque era otoño, y también porque sentía la lluvia penetrar por las hendiduras de la piedra y llegarle a la ropa raída, a la piel que se descomponía y a los huesos que le iban asomando. Y como se sintió gótica, se puso a cantar:
What have I done? What have I done? Find a deep cave to hide in. In a million years they’ll find me…
Y entonces, a lo lejos pero nítido, oyó una voz infantil que la dejó muda.
—¡Oh, mamá, es Jack Skellington!
—No hijo, no —se oyó como respuesta de una voz más cercana y que tiraba más bien a su derecha.
La voz infantil, de niño, insistió, aunque todavía no podía localizar muy bien la dirección de donde procedía.
—Que sí, que sí te digo, que yo he visto la película en clase de inglés.
—Pero hijo mío, si eso fue hace mucho tiempo. Lo que tiene morir tan joven y con ilusiones.
—Lo he oído aquí al lado, mamá, junto a nosotros.
Así que era por eso por lo que se oía la voz del niño más lejos, porque estaba al otro lado de su madre y esta obstruía un tanto el sonido.
—Aquí al lado no hay nadie. Solo una piedra grande. Dudo mucho que a alguien se le haya ocurrido enterrar a un querido suyo bajo una simple piedra.
Cuando oyó esto la aludida, se despertó de su sueño y tomó conciencia. Su cuerpo de lagarto se transformó en una suerte de esbozo de ser humano y todos los años transcurridos se le vinieron de golpe en forma de estruendosas campanadas y recordó la última cara que vio antes de sumirse en su sueño sempiterno, la suya en un espejo de baño enturbiado por el vapor de la ducha caliente que se acababa de dar.
Cómo se produjo el inmenso salto a las aguas de su actual refugio, no supo; como tampoco supo nada de lo que había acontecido antes de ese día en el baño. Se le había borrado la memoria.
—Cuando eres querido te hacen toda clase de agasajos y homenajes fúnebres. Así se curan todos en salud —volvió a oírse la voz de la madre con más ufanía que agradecimiento.
—Sería tan chulo que estuviese Jack Skellington aquí con nosotros, ahora que es casi Halloween, ¿verdad, mamá?
La voz del niño se iba apagando según pronunciaba sus deseos.
—Deja de soñar, querido. Ay, y aguantar esto todos los años —se lamentó la madre.
—¿Me traerán este año unos cuantos caramelos por lo menos? —la voz del niño ya pendía de un hilo.
Hubo un silencio que pocas veces había oído. Normalmente corría un rumor de viento, la lluvia golpeaba la tierra mojada, incluso se percibían murmullos indistinguibles de rezos y lamentos. Algún quejido, alguna risa también. Sin embargo, esa vez todo fue silencio rotundo y sofocante. Así regresó a sus sueños, no sin antes entonar una alegre cancioncilla que permaneció en la calabaza hueca que tenía por cabeza para el resto de sus días.
This is Halloween, this is Halloween. Pumpkins scream in the dead of night…
Desde una orilla (Noviembre 2023)
Abrí mi libro de fábulas y cuentos de hadas y me puse a escribir sobre lo escrito. Así que comienzo…
Hoy escribo desde una orilla. Es la misma orilla a la que me llegaron sus voces. Me hablaban de cuidarme y de sentirme parte de ellos. Con sus voces aterciopeladas como los elfos de Tolkien. Y yo sentí que se dirigían a alguien que no estaba ahí y que también apelaban a mi corazón. Pero no me conocían. No sabían qué hacía y cómo lo hacía. Me parece que era como si mi cuerpo no existiera y en su lugar hubiera erigido un gran espejo donde podían reflejarse sus melenas rubias doradas o negras como el ópalo, o como la obsidiana. Total que no me veían a mí, sino a sí mismos. Y lo malo era que yo hacía por que me vieran, tanta era mi añoranza y sensación de soledad arrastrada de toda mi vida. Y del mismo modo que me cantaban para atraerme a sus botes, también me decían «o con nosotros o contra nosotros».
Soy una criatura pequeña que ha esperado muchos años para lograr que en su propio hogar nada pueda hacerle sentir sola. Un caracol que asoma los ojos al sol y se resguarda con la lluvia.
Acabo de llegar a la misma orilla donde escuché sus voces por última vez y rememoro cómo fue que el espejo que vieron en lugar de mi figura se rompió en pedazos porque uno de los remos que aquellas voces de elfos usaban para bogar en sus hermosas barcas en forma de cisne lo rompieron, supongo que sin querer, pero no sé cómo. Cuando me vieron se asustaron; se espantaron de no ver a alguien que fuera igual que ellos. Se asustaron al comprender que le habían estado cantando con sus mejores notas a un simple caracol apostado en la orilla.
Ya no era «con nosotros o contra nosotros», porque estaba a la vista que era diferente y demasiado pequeña para subir a sus bellas embarcaciones. Y siguieron cantando y siguieron bogando en busca de más espejos que no les hicieran sentir extraños y pequeños.
Y aquí estoy apostada en la orilla de ese río que solo ofrece reflejos de lo que cualquiera desea, recordando ese día de despedida. Me doy la vuelta y me arrastro por el suelo húmedo; las hojas tímidamente van susurrando a mi paso y les oigo decir «quédate aquí, no lo tengas en cuenta». Está bien, me digo, y me introduzco en mi concha frágil a la que no le falta ni holgura ni calor, aunque todavía preguntándose qué hizo aquel remo para romper el espejo.
Un cuento de Navidad (Diciembre 2023)
Aquellos días en los que te llevaban de la mano por las calles para ver las luces y el color.
¿Lo habías olvidado?
Pues espera. Date tiempo, que así juega tu imaginación.
Todavía eres una niña que lee su cuento favorito en su cama. Falta poco para viajar con los sueños.
Y aunque tengas muchos años más, cualquier noche puede ser una buena sorpresa. Sigue leyendo y vuela.
Es medianoche. Escuchas unos pasos en el salón. Asómate por si acaso.
🎶Ding dong ding dong, ding dong ding dong 🎶
Algo se remueve en tu interior. Es una melodía que llega de lejos y se va acercando a tu corazón.
🎶Ding dong ding dong, ding dong ding dong🎶
La historia de Topito (marzo 2024)
Topito, ciego como era, estaba demasiado ocupado en su tarea de cavar túneles.
Hacía un esfuerzo desmedido al realizar las cosas y no sabía para qué. Solo sabía que tenía que hacerlo.
Buscaba ayuda, buscaba una guía y buscaba herramientas en cualquier parte. Escuchaba todo tipo de consejos sin importar de dónde le llegaban.
Y eso era un lío porque descuidaba sus tareas al mismo tiempo.
Y comenzó una pequeña odisea. Perdió el rumbo bajo la tierra. Era un animal de tierra y se olvidó de sus funciones. Casi pensó que debía volar o que debía nadar, pero ni el aire ni el agua eran sus elementos.
Pero como el topito insistía y no permanecía quieto, de pronto llegó a ese lugar donde la memoria sí tiene un hueco, y aquel lugar le habló de quién había sido y de qué había hecho todo ese tiempo. Topito se sorprendió primero y luego se sintió satisfecho.
Después de eso Topito volvió a cambiar el rumbo y regresó a sus tareas. Siguió cavando bajo la tierra y, de vez en cuando, también se asomaba a la superficie para calentarse al sol aunque no pudiera verlo.
Charlas en el cementerio con los vivos y con los muertos (marzo 2025)
Qué lugar más huidizo, el cementerio. ¿Pero puede haber algo más tranquilo que este lugar? Probablemente en una ciudad el cementerio está más concurrido. Donde yo vivo, si uno acude a un cementerio no vemos ese paisaje de hierba interrumpido por la pauta de la piedra. Son imágenes que nos llegan de las películas de otras culturas diferentes a la nuestra. En nuestra cultura se hacinan los mausoleos, los monumentos funerarios compitiendo entre ellos en inabarcables espacios de milímetros. Hay de todo. Hay columnas que acogen columbarios, hay muros que acogen nichos. Tantos restos de muertos rozando pared con pared, fragmentos de tierra desenterrada y vuelta a enterrar.
A pesar de todo, sea cual sea el paisaje y sea cual sea la cultura, hay silencio, hay murmullo. Es como esos espacios urbanos que se mantienen limpios porque están limpios como principio. Nadie se atreve a romper el inmaculado asfalto o el diáfano y pulcro pavimento. Nadie se atreve tampoco a rasgar el silencio de los muertos.
¿Crees que me estoy poniendo lúgubre? Pues no, no es cierto. Siento cierta añoranza por los lugares que nos vuelven silenciosos y cautos, eso es todo. Sería hora de que visitara uno de ellos, pero no quiero que sea uno cualquiera.
Antes hablaba de esos cementerios que se extienden en prados de hierbas, o me parecía que aludía a ellos. También están lo que se arraciman en torno a una iglesia. Estos tienen un halo de misterio que roza en gótico. Los monumentos, lápidas, losas, túmulos, pueden ser tan dispares según localización, religión, todo eso. Yo por lo único que siento interés es por adentrarme en un espacio donde habitan los muertos aunque no atestado de huesos. Quizá el cementerio de una pequeña población. Aunque lo que de verdad querría sería visitar un cementerio en el que vivieran mis antepasados, incluyendo los que todavía no han muerto: familia, también amigos, compañeros. Tengo esa rara sensación de que a pesar de que se me constaten sus existencias, las de todos estos últimos no muertos, no hay nada que me asegure que sus vidas corren paralelas a la mía. Por lo que respecta a mi propia existencia, yo para ellos, al igual, podría estar ya en otro plano de la realidad. Un plano incorpóreo. La idea, en cualquier caso, sería tener un lugar tranquilo donde visitarlos y poder mantener una sencilla conversación con ellos.