El primer mes (enero)
¿Cómo se explica el calendario?, ¿por meses o por años?
Nací entre pieles rojas de cocodrilo y púas verdiazuladas de puercoespín.
Puedo creer que no pertenezco al mundo, pero ya estoy aquí y debo aprovecharlo. El invierno tiene esas manías de hacerme pensar que todo está quieto y no importa, porque yo sé que no es cierto, aunque me cueste llevar su ritmo. Pierdo el compás del baile, tropiezo, me doy cuenta y me revuelvo, y al final, con un tobillo torcido, hago por regresar a las primeras notas de la fantasía que interpreta el mes de enero.
Vísperas de Reyes (enero)
La espera en el primer mes del año,
bajo la lluvia, la nieve y el sol…
es un momento extraño.
Van y vienen y pocos se quedan
bajo la luz blanca de enero, con el deseo congelado
en los brazos del invierno.
Hola, les digo, entretenida con mi roscón
aquí en mi cueva, cobijada por los sueños.
Parece que llueve, o parece que nieva,
y quizá sea todo eso que cubre el sol.
Adios, les digo a los que se van y no regresan,
pensaré en vosotros, adios.
Flor de almendro (febrero)
Almendro en flor a la luz del sol.
Tú, flor blanca y rosada, primera de las primeras
sin ser llamada,
te abres a la posibilidad inerme, sin haber vivido,
y un haz de alas iluminadas baña
todo lo que tu diminuta esencia abraza.
Estás quieta y esperas con el sol de la mañana, y
cuando llega la tarde,
convencida de tu existencia, te apagas.
Quisiera ser como tú, que naces y mueres, y apenas comprendes
la brevedad de tan indescifrable mudanza.
Cosas azules (febrero)
En un tiempo de azul plata, como es el tiempo del invierno, mi cabeza gira y gira como una veleta en el tejado de pizarra, como un pájaro que mira pasar el viento y no remonta el vuelo.
Yo miro hacia ese punto más allá y dejo que las horas se alarguen hasta el cielo. Y digo que estaré en alguna otra parte, pero aquí me quedo; porque no tengo ruta que andar, ya solo me queda flotar con los colores de los sueños y un poco de esa manera de esperar, como la de la veleta a un nuevo viento.
Y pienso, por qué debo irme, y me digo, por qué me quedo, y mis alas cansadas se visten de azul y con un acto reflejo se ahuecan sin más y solo siento el roce del aire en mi entumecido cuerpo.
Aún así, me dejo llevar por la primera sensación, por un extraño impulso de buscar el azul más allá de mi plumaje. No sé por qué, pero busco el azul de las cosas, el azul más intenso.
No sé por qué me gusta el azul de las cosas, pero me gusta.
Y yo miro un azul que se despliega y penetra en la tierra y entonces dibujo la silueta de unas flores para contenerlo, para que no desaparezca.
Y luego levanto los ojos y veo el amanecer en una rama. Manchas rosadas que se convierten en flores bajo la atenta mirada de dos pájaros azules.
Empiezan los brotes y siento que sucede muy lejos de mí, aunque sé que se acerca.
Pero esos pájaros azules, aquellos pájaros que descansan junto a los brotes, esos dos pájaros son tan azules…
Y la tierra se confunde con el aire. Los pájaros alzan el vuelo y arrastran el color marrón de la tierra mientras el cielo se viste de azul, el intenso azul de las cosas.
Un tiempo para cada cosa (20 de marzo)
Hay un tiempo para leer y otro para escribir; un tiempo para observar y otro para dibujar.
Un tiempo para estar.
Un tiempo para dormir.
Un tiempo para la vigilia y otro para el subconsciente.
Un tiempo para el inconsciente y otro para la intuición.
Un tiempo para dejarse llevar y un tiempo para atacar. Un tiempo para escuchar y otro para retirarse.
Un tiempo para concentrarse y otro para disiparse, dispersarse.
Un tiempo para jugar y otro para trabajar.
Transcurre el tiempo.
Cayeron las flores del almendro, nacen las flores de los prunos. Permanecen las flores del jazmín. Se abren los conos de los cedros. Nacen frutos que son apenas un asomo ocre entre las púas.
Se caen las puntas amarillas de los cipreses. Puedo acercarme a ellos, no me rechazan. Se acabó, es marzo. Puedo oler sin amenaza.
Nacen las semillas de alas verdes de los olmos. Brotan los retoños del castaño de indias; parecen pollitos envueltos en su pelusa verdiamarilla.
El fresno se rezaga.
Los perales se engalanan con humildes ramilletes de flores blancas entre diminutas hojas alimonadas. El plátano de sombra recoge sus bolitas y da salida a sus hojas palmeadas. Apenas son una sombra de lo que serán en breve.
La mimosa ha perdido la intensidad de su amarillo. Esas pelusitas que se aferran unas a otras. Se despiden lentamente con el dulzor de su aroma.
Crecen hojas, aparecen, permanecen, mudan de color, perennes y caducas. Flores y frutos proyectan olores y posibilidades. Prometen una larga conversación con el aire, el suelo, lo que haga falta.
La morera se rezaga.
Los arbustos lanzan una gama extensa de colores. Algunos. Otros comienzan a lucir sus mejores galas, cuanto pueden.
Retoños silvestres, inflorescencias extrañas, formas alejadas del rosal, el pensamiento o la petunia. Pequeñas, imperceptibles, pero qué fulgor el de la hierba y las espigadas gramíneas cuando se encuentran invadidas por el volátil diente de león, la margarita, una purpúrea vinca o la aromosa lavanda, nuestro prosaico espliego.
Transcurre el tiempo. Mis ojos no se acostumbran a su paso.
Pero hay un tiempo para todo.
La noche es azul (marzo)
La noche es azul como azules son los sueños, como azul es el pensamiento que se escapa al día, como azul es el despertar de las ideas, como azules son las sombras que se mueven con el aire por entre los muebles, como azules son los crujidos del amanecer que se esconde detrás de los pinos azules de las colinas azules, como azul es la mirada de un gato que se agazapa y espera, como azul el gorjeo de un pájaro que se multiplica por cientos de trinos azules en los últimos instantes de la madrugada, en los primero de la alborada, como azul es el aliento del hogar que se despereza. Azul es azul, como azules las palabras que nacen del mismísimo azul de mi boca con mi lengua suspendida.
Amiga mía, qué suerte la mía (marzo)
Amiga mía, qué suerte la mía,
qué alegría ver tu cara y tu sonrisa,
qué voz tan tenue y tan rotunda,
qué sol ilumina cuando abres las ventanas
de tus ojos sobre mi verde.
Livianos movimientos que se pierden,
pasos extrañados, una silueta que aparece.
Amiga mía, tu saludo sabe a miel de bosque por la mañana.
¿Por qué tras soñarte estos años
me ha costado tanto volver a verte?
La noche calla (abril)
Quizá un día te invite a mi casa
y entonces, de día, departiremos sobre mis canas.
Me contarás trinos de tus andanzas
y yo te daré cuenta de mis faltas,
de mis sueños, de mis defectuosas alas.
Regresas dos años más tarde a mi ventana
repleto tu pico de ascuas,
alimentando la calma,
con tu gorjeo jubiloso alborotas mi alma.
Echaba de menos la vehemencia de tu palabra.
Estoy aquí, ¿dónde esperabas?
¿Crees que puedo abandonar esta cabaña
llena de horas y semanas?
Una vez que anido en la rama
no hay razón que de ella me arranca.
Qué alegría volver a verte la cara
de plumas humildes y pardas
entre las sombras moradas
de esta madrugada tan rala.
¿Asomarías al día con tu cadencia arbolada?
No te zafas, no te engañas;
este es tu don, tu afán y esperanza.
La noche calla y matiza tu balada,
la mece en su propia tonada
y la cubre con hojas de plata.
Estoy dormida, me pesan las sábanas
de tanto como me resisto a replegarlas
—que todavía el invierno invade mi cama—,
pero oigo tu voz y enciendo la lámpara;
es tibia y es dulce, una llama blanca.
Dime, ¿te quedarás conmigo hasta el alba?
Transición (mayo)
Mayo transita, zozobra entre días de fiesta, celebración de vísperas, días cálidos que se desean o se temen. La naturaleza sigue su curso.
Hay rosas que crecen donde menos las esperas, con colores que escapan a la imaginación. No hay jardín que las cuide, se cuidan solas.
Las piedras verdean. Manan hojas como manantiales llenos de vida propia. Algunas especies de árboles, como el ailanto (a la izquierda), proliferan. No hay lugar imposible para ellas.
Las copas de los árboles se preparan para dar buena sombra antes de que el sol queme el margen de sus hojas.
Nada permanece quieto (mayo)
Puedes creer que eres la misma, pero algo te dice desde el interior que has dejado de serlo.
Puedes pensar que eres pequeña, pero el paso de las estaciones te dice que nada permanece quieto, aunque se repita.
Te agachas a coger una flor, una brizna de hierba y te preguntas, como Alicia, cómo es que la hierba que queda más lejos de tu mano siempre parece más verde o más amarilla.
El sol se entibia. Es mayo. Los días se tensan como bandas de goma hasta la tarde y luego se retraen como el canto de los pájaros hacia la noche.
Son las tres, son las cuatro, son las cinco, son las seis, y así eternamente, en una eterna caída de horas, las más reflexivas de tu vida.
Puedes creer que eres la misma y puede que sea cierto.
La luz sobre las hojas (junio)
Miro el movimiento de la luz sobre las hojas, entre las hojas, de la morera que saluda con insistencia a mi ventana. El aire zarandea sus endebles ramas y el verde aparece y desaparece y yo me quedo pasmada ante tanta sencillez, ante tanta belleza gratuita, libre, que no pesa sobre mi cabeza.
Nada, no hago nada. Es mi mano la que llega a aburrirse y se aferra a una tiza negra y garabatea sobre el papel que tengo delante y me despierta.
Todo el verdor que contemplaba se queda pegado en mis ojos y ya no veo de otro modo, que a través del alma de esta morera, zarandeada como vive en mitad de la nada junto a mi ventana.
Algunos soles (10 de junio)
Cada vez que miro el sol, amanece uno nuevo.
Cada vez que miro al segundo sol, a su círculo brillante, este se hace más pequeño, o es que se sitúa más lejos.
Cada vez que recorro el perímetro de los restantes soles que van amaneciendo, siento que menguan, los noto menos oscuros, más amarillos, aunque solo por un instante porque después palidecen.
Cada vez que viajo de uno a otro con los ojos cansados, como también se cansan sus rayos cada vez más mortecinos, me siento desaparecer entre los seres vivos.
No persigas misterios (junio)
No esperes para validar tus destrezas, tus capacidades. No mires a tu izquierda o a tu derecha para encontrar el maestro que te confirme el camino que ya has andado.
Te queda poco tiempo, aunque no lo sepas.
Ya estás muriendo, aunque no lo sepas.
Han muerto muchos antes que tú y morirán otros tantos.
No esperes. Hónrales con tu existencia breve.
No te detengas en el pensamiento de que hay una manera de hacer las cosas; que la manera que tú usas no es la adecuada, no es la que gusta, no es la que usaría alguien que, en tu opinión dañada, sí sabe hacerlo.
No busques fórmulas. No persigas misterios. Pierdes el disfrute.
Muchos son los que mientras dormían también les vinieron a visitar los fantasmas del desaliento. ¿Fue Marco Aurelio quien dijo algo así?, ¿con otras palabras?, ¿para otra historia? No importa.
No hay mayor presente que el que estás viviendo. ¿Lo dijo Buda? ¿Lo dijo Tolstoi? No importa.
No hay otra persona que te sustituya tal como eres para realizar el sueño que dejaste partir; ese que se alejó del puerto de las dudas y las insatisfacciones.
No hablo de escalar una montaña o de tener un hijo, o de plantar un árbol, o de escribir un libro, o de actuar conforme a las reglas que te posicionan en la sociedad en la que vives inmerso.
No hablo de correr juergas, de atesorar un número indefinido de amigos, de fingir que andas enamorado, enamorada, o de anhelar las alas de un pájaro para volar más alto que nadie y luego regresar para contarlo.
Haz aquello que sientes que te hace querer la vida cada vez más. Peléate por ganarle terreno al tiempo y luego ríndete y déjate llevar por la inercia de tu propio movimiento.
Punto de no retorno (junio)
Regresa a ese punto entre la infancia y la adolescencia, a las puertas de un punto de no retorno.
Cierra los ojos y se dice: «qué bien estoy ahora, qué bien estaba entonces».
La trayectoria ha sido una pérdida de costumbres.
De vuelta al aprendizaje. De vuelta al asombro, de vuelta al umbral de las posibilidades y de vuelta al oficio sin garantías.
Jugar por seguir jugando, jugar por inercia, jugar por no pensar tanto.
«¿Qué fue todo eso? ¿Un mal sueño, el galope desbocado de mi imaginación demasiado torpe?»
Abre los ojos, se estira desde los dedos de los pies hasta la coronilla y mira lo que tiene delante.
Hay una estepa, un prado, un claro de bosque, una mesa con papeles.
Todavía somnolienta, se levanta, merodea por la cocina y se detiene: «¿lunes o viernes?»
«¡Qué bien estoy ahora, qué bien estaba entonces!»
Se da la vuelta y regresa a la mesa, al hueco de su cabeza, a la estepa, al pie del monte, a las sombras del sotobosque.
Regresa al punto de no retorno entre la infancia y los años recientes.
Se pierde y regresa, se pierde y no vuelve.
Ahora que el verano está conmigo (julio)
Ahora que el verano está conmigo
y su azote de calor se hace algo tibio,
que a veces creo que pasaron los meses
hasta ese instante en el que las hojas mueren;
ahora que no dudo de la luz que cae en vertical
sobre las cabezas de los árboles
y la gente desaparece,
se adentra en sus escenarios pintados
de color turquesa o siena tostada;
ahora que no se me escucha,
o se me escucha poco,
porque la lengua se me quedó de trapo
entre ventiladores que imitan
la brisa portadora de aroma de coco;
ahora que es tiempo de adorar el estómago,
y darle aquello para lo que pasó hambre
en las horas oscuras del año;
ahora que el silencio me rodea
y las preguntas de interés gratuito
llueven como aguanieve de invierno,
porque a nadie le supone mayor esfuerzo
interpretar la realidad del que tiene de frente;
ahora que son las doce del mediodía y el sol se ciega
por mero capricho del clima cambiante;
ahora, es ahora, ahora, es ahora.
Quizá pareciera que iba a decir una cuestión definitiva,
pero no hay nada parecido a tal cosa.
Ahora, es ahora, ahora, es ahora.
Tan solo la música se oye de fondo y me acaricia
con notas abrumadoramente calmas.
Verano, es verano, verano, es verano.
Desaparecen las caras,
desaparecen los velos que ofuscan los ojos.
Bendita imaginación de los sueños,
todos pintados de color turquesa y siena tostada.
Bendita sensación del recuerdo,
todo impregnado del aroma de coco.
Te extraño, te echo de menos (julio)
Te extraño, te echo de menos,
y lo hago de tal modo que no sé,
realmente,
en quién estoy pensando
cuando siento lo que siento.
Si quizá esté pensando en ti
o quizá esté pensando en mí misma,
o en la que he sido desde que me arrojaste al mundo.
Todavía recuerdo tu cara,
todavía recuerdo tu voz,
incluso puedo imaginar que recuerdo
tu olor después de tu aseo,
ese aseo tan extenso
que ocupaba la primera hora de la mañana
y yo te esperaba detrás de la puerta
para darte un beso,
para decirte que eras bonita,
para verme en tus ojos profundos,
pero despejados,
y en el calor de tus palabras.
Te extraño y al mismo tiempo
no deseo estar en otra parte,
no deseo que reculen los años.
Estoy bien como estoy,
sintiendo que te extraño,
sintiendo que te echo de menos.
Amarillo derramado sobre la sombra azul (11 de julio)
Me alegra saber que veo el mundo de color verde.
Y no es por la esperanza, porque esperar, no espero nada.
Hay un suspiro de gratitud en el aire que a nadie llega y que de nadie procede.
Me alegra saber que el aire que me rodea no me pertenece,
que las hojas que me cubren son fruto del sol,
de sus rayos que caen como fina lluvia sobre mis días azules.
Me alegra saber que debajo de todo hay un atisbo amarillo
de renacimiento, de ligereza que se esconde
entre las cortinas del tiempo,
trasegando instantes de vigor y melancolía.
Veo el mundo de color verde y el verde me cobija.
Me pregunta y me responde, y yo no sé devolverle tanta dicha.
Solo me aferro a sus prolongaciones,
a la cascada de haces luminosos que descienden de las ramas
y me invitan a seguirlos sin vacilaciones.
Amarillo derramado sobre la sombra azul
viste mis días de verde.
Cierta esperanza vestida de azul (2 de diciembre)
Hay una cierta esperanza vestida de azul.
Mi búsqueda es perpetua.
Salto de roca en roca, de hoja en hoja,
me cuelgo de finas ramas
que se quiebran al viento.
Subo, subo, bajo, bajo.
Me sostengo y me detengo.
Me dejo llevar y contemplo.