Generosidad (10 de octubre)
Con las manos abiertas caminas hacia las flores,
no cierras los dedos, ni los extiendes rogando,
entregas lo más delicado de tu ser en un abrazo
en la alborada del día.
¿Quién puede saberlo salvo tu alma dormida,
vencida por los años, agradecida por la inmensa suerte
de tan bella compañía?
Tanta suerte debe ser revelada,
y en el debe no hay un rescoldo de promesa,
sino de rendición de los sentidos aquí, al pie de un árbol
que creció con nuestros deseos y esperanzas y
con nuestra labor de amor bien realizada.
Te entrego esta copa de agua repleta de mí misma.
Tanta suerte es posible, pero tanta suerte quema en las manos
si no es finalmente compartida.
Oráculo del día: Siete de copas (20 de octubre)
Es avaricia, es triquiñuelas. Es convicción, es defensa. Es descanso, es cosecha. Es oportunidad, es ilusión.
Está bien, lo que sea.
Porque todo viene de una emoción desbordada, de un desafío mal encarado, de una alianza que es regalada, de un inicio que no tiene límites, de algo que fluye y que fluye, y que no se contiene con nada.
Un jinete regio toma las riendas de su aventura y galopa, vuela como río después de la tormenta que cae desde la montaña, a borbotones. Es el impulso de lo nuevo que ya es viejo. No se detiene en las rocas; se golpea contra ellas, las rodea y sigue corriendo.
Cuatro son las reglas del juego y tres son la creatividad asimétrica.
Cinco es el maestro y dos es el librillo que lleva debajo del brazo, porque sin él, no sabría qué decir o diría algo, pero sería vacuo, un alarde vanidoso.
Seis son los amantes encontrados, la división del alma, y uno es el mago que construye la casa.
Siete calas blancas en la oscuridad, apuntando a la orilla del río por el que descienden emoción, juego, aprendizaje, intimidad, amor, hogar y el impulso de un jinete desbocado que va gritando a su paso: «dejadme pasar, dejadme pasar».
Llega la noche con su escenario lunar y las estrellas recogen las aguas salpicadas por el joven jinete y las vierten en siete calas blancas, siete copas cobijadas entre el verdor y las sombras.
Humildad violeta (23 de octubre)
Humildad, eres violeta.
No pronuncies su primera letra. Léela y asimila su significado.
No la busques en grandes macizos de plantas, ni persigas su rastro a la sombra de centenarios árboles.
Está en ninguna y en todas partes.Pequeña violeta, tu humildad te delata.
Quizá no exijas tan poco; quizá no seas tan delicada.
Tarde de viernes (24 de noviembre)
Se va el sol y el día ha sido tan luminoso.
Horas de felicidad por tratarse de minutos extensos.
Un rayo escapa y roza las hojas de la morera y apenas alcanza la ventana.
Esqueletos de arizónicas tiemblan cuando el aire se apaga.
La melodía a mi derecha divaga y se va haciendo pequeña.
Viernes de noviembre que abandonas y dejas sencillez a tus espaldas.
Las dos cáscaras del fruto (30 de noviembre)
Créeme si te digo que no siempre fui así;
que ahora soy recién nacida, o nacida de nuevo,
por quincuagésima vez en esta línea de tiempo,
y que soy tierna, consciente, serena,
aunque no lo parezca, pero es que
tampoco me estás viendo.
Pues te cuento: soy un fruto que se va abriendo.
La cáscara que me protegía
a lo largo de esta mitad de siglo
se va agrietando, abriendo por donde se le supone
y asoma algo que tiene vislumbre de ser otra cáscara
algo más dura y férrea, pero es eso,
lo que corresponde a este momento;
y esa segunda cáscara no podrá abrirse sola;
necesitaría un estímulo de fuera.
No sé, es así como estoy a gusto,
en el umbral de la segunda mitad de mi tiempo.
Y esto no es poesía; no lo intento y no sabría cómo.
Pues claro, soy una almendra, ¿qué pensabas?
Aquí dentro de mi segunda cáscara
establezco las palabras como peldaños de una escalera
que no llevan a ninguna parte.
Aprovecho a contar parte de mi vida
antes de que llegue ese día en el que me abran
y me conviertan en un rico dulce…
¿No es esa una auténtica metamorfosis,
aunque no proceda de la misma naturaleza?
Pero aquí sigo de momento, dentro de mi segunda cáscara,
y estoy bien, estoy a gusto.
El fin del año (11 de diciembre)
Las horas de esplendor han pasado y el año ha vencido. Con la cara despejada y un nuevo ropaje sobre los hombros, nos vamos de regreso a casa.
Hopes and expectations (12 de diciembre)
Apunto está de llegar el invierno
con su espuma blanca y deseos de plata.
¡Mira! Contempla el verdor de la conífera,
su presencia eterna, como esa amiga infinita.
Paisaje interior de luz y oropel que se avecina.
Se arremolinan las sensaciones
y los ojos se vuelven perezosos.
No quiero adornos, no, no me hacen falta.
Escucho la música y me mezo.
Esperanzas y expectativas,
como en un relato de Dickens;
pero la esperanza es más grande que la expectativa.
Y qué bonito es eso, te lo aseguro.
Yo casi lo había olvidado.
Apunto está de llegar el invierno
para recordármelo.
Nocturno en diciembre (28 de diciembre)
Apenas existo, un suspiro mediano, pero qué dulce pensar que existo o que soy hoja que cae y se levanta de nuevo.
Qué belleza en su sonido cuando cae.
Apenas soy, y menos contemplo la posibilidad de ser frente a una platea de teatro enriquecida con luces glamurosas, dispuesta a soltar un aplauso.
Qué susto cuando salgo al escenario.
Las luces se apagan; las manos se quedan agarrotadas en el amago.
Y yo me río y me sonrío y lloro, que no sé su razón, pero me siento bien, tan bien, o puede que sea al contrario…
Qué bien que no sé si existo o soy, qué gozo apenas ser aire que se consume al segundo de ser expelido.
El día es amado por la noche, la noche amada por el día, aunque no se contemplan las caras de frente, y yo sigo apenas existiendo, apenas siendo.
Y qué si soy solo una mota de polvo vista al bies de la luz de un foco. Bailo y me pierdo entre bambalinas; soy el Cascanueces, soy Giselle, soy Petrushka, soy lo que sean aquellos que apenas fueron y quisieron y murieron.
Pero qué belleza aquella de no ser vista por nada ni nadie y elevarte a la luna y acariciar el sol y depositar los sueños sobre las copas de los árboles y de nuevo caer, ser hoja, para volver a nacer, quizá, puede…
Apenas soy, apenas existo, pero mi mano se mueve, mi corazón le sigue o es al revés, todo al revés…
Qué bien, qué placer, qué ilusión que nos envuelve en un nocturno efímero de Chopin.
Pienso y me revuelco en lo que pienso, y de todos los pensamientos surge la duda que me hace tanto bien, y le cojo la mano a Descartes y le digo «cuanto tú creas me parece bueno, me parece bien».
Y apenas soy, apenas existo, y mientras dudo o canto o bailo, siento que floto y vuelo y regreso a todas las cosas que tuvieron un principio y un final en mi pequeñita cabeza, y me sumerjo en todas ellas y me hace tanto bien…
Me hace tanto bien apenas ser, apenas escuchar el sonido de mi propia caída de hoja al brotar y descender.