Jugar

Hoy 20 de octubre es el día mundial del perezoso. Lo dice Google.

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No pensaba empezar esta entrada con esta noticia, pero siendo el perezoso un animal que me gusta mucho y portando tal nombre debido a su lentísimo movimiento y lentísimo proceso de vida, me ha parecido bueno integrarlo en lo que voy a contar a continuación. Hoy voy a empezar a hablar de jugar.

No se trata de una definición ni de buscarle un sentido a dicha acción, la de jugar, sino de mencionar un reencuentro personal con la idea de jugar, esa cosa que solía hacer de pequeña. A partir de ello, irán surgiendo otras curiosidades que posiblemente compartiré en lo sucesivo, solo porque me apetece.

Empiezo. Estaba leyendo hace un par de días un libro que va de un encuentro entre un poeta-juglar y una médium. Se encontraron en el lugar donde vive la médium, en una población del Prepirineo catalán, para hablar de, entre otras cosas, de los arcanos mayores del tarot. Más adelante (en otra entrada) diré qué son esos arcanos. Supongo que hablaron de muchas cosas de la vida y de muchas cuestiones vitales. El libro está editado de una forma cuidada, bella, bonita, lúdica, visualmente atractiva, con alusiones constantes a la poesía y a los poetas, a la experiencia de la vida, y decorado de forma especial por la médium, Amor Estadella, con sus dibujos representando cada uno de los arcanos mayores a su manera.

Pues bien, menciono este libro porque más abajo voy a anotar una cita de Amor Estadella en la que me voy a basar para hablar de mi experiencia con el juego, o para iniciar esta serie de entradas en las que, entre otras cosas lúdicas, también hablaré del tarot. A lo largo del tiempo, así, podré entender por qué a partir de este encuentro (o quizá no se debiera a ello, pero es lo mismo), mi cabeza se ha esclarecido y he hallado una forma de significarme que no necesita de demostraciones a nadie, y menos a mí misma. Antes bien, solo siento apetencia de compartir curiosidades que pudieran, en el mejor de los casos, incitar al juego, a la observación o a la contemplación. Es posible también que no inciten a nada. En ese caso, no es un problema. Precisamente la ambición del juego (el juego no competitivo) es eso, que no ambicione nada. Todo es construcción, deconstrucción y reconstrucción. Como ese set de bloques de madera con los que jugaba una y otra vez de pequeña.

Vale, no me adelanto. Lo que ahora quiero es un poco organizarme mentalmente, y como siempre hago, me organizo en el camino. De modo que escribo esta entrada, que solo es un ápice de lo que cuento, y me voy organizando. La cuestión es que me apetece abrir la senda para hablar del juego y del tarot, que son los dos catalizadores de mi creatividad en este momento. Para ello, ahora sí, voy a anotar la cita de la que hablaba antes, la del libro de Amor Estadella (médium) y de Oriol Sauleda (poeta-juglar). El libro se llama, por cierto, Y entonces me dijo (Ed. Luciérnaga, 2025):

«[…]llega un momento en el que la vida física ya funciona por su cuenta (se refiere a las tareas de la vida, en especial de la mujer), y entonces te viene a la mente que hay algo dentro de ti que está por hacer. Cuando estoy en una sesión en situaciones de ese tipo, dirijo a la persona hacia la infancia, el lugar donde reside la auténtica esencia, sin manipulación social. Procuro que recuerde alguna actividad que la hiciera feliz y que tuvo que abandonar. Hay aficiones que pueden comenzar en cualquier momento: una puede crear hasta la muerte, nunca es tarde. El número 31 está vivo siempre que tú lo mantengas con vida».

(1Esta cita pertenece a un lugar en el que está hablando del arcano de la Emperatriz, que ella ha renombrado como La Mujer, y que ocupa el número 3 en la serie de los arcanos mayores.)

Antes de leer este fragmento y este libro, yo ya andaba con mi necesidad de recuperar una memoria particular, la que tiene que ver con el juego en mi infancia. Porque cada vez estoy más convencida de que algo se me perdió en el camino, algún tipo de conexión que luego regresó en la adolescencia y en la juventud de una forma reinventada, disfrazada, quizá dramáticamente disfrazada y muy distorsionada. En cualquier caso, cuando leí este fragmento de arriba, me pregunté: «¿qué responderías tú a esto?»

Intenté visualizar la respuesta, como si estuviera delante de esta mujer. Estaba muy claro. La respuesta sería «jugar». Si por algo me sentí frustrada, incluso sin ser consciente de ello, cuando cumplí doce años, más o menos, fue por el abandono de mi juego con mis muñecos, con mis bloques de madera, con mis barajas de cartas (infantiles), mis cuentos de siempre, mis diálogos mentales y verbales acerca de la historia que estuviera fabricando en torno a los juguetes (físicos o simulados, con amigas y sin ellas). Estaba claro, la respuesta era «jugar». Y la verdad, aquí es donde me detengo de momento, de aquí surgen muchas cosas en las que me he empeñado y no tenían mucho que ver con el original. Aquí es donde me gustaría marcar el comienzo de mi charla empedernida acerca de ese simple acto de significación, el juego. Porque ese es el punto en el que la nostalgia deja de tener sentido y se transforma en posibilidad real.

A partir de ahí ya es solo avanzar según tu organismo necesite, como el perezoso. Cada cual a su ritmo.

Y entonces me dijo de Amor Estadella y Oriol Sauleda, Luciérnaga, 2025.

Una hoja de tilo

¿Qué es una hoja? Una prueba de vida. Ya fuera de su elemento, no tiene sentido, pero es lo que toca.


Este ha sido un día especial, diferente, y agradezco todos y cada uno de los momentos que he dedicado a leeros, y los que he dedicado a sentirme tranquila en el espacio que ocupo, en general.

No sentía que tuviera algo que decir en el blog, pero me acabo de sentar con una infusión a un lado del portátil, y otros pocos cachivaches alrededor, y me ha salido abrir esta entrada para compartir la hoja de tilo que recogí del suelo de la calle hace una semana. Os la dedico.

Hoy me siento alineada con las estrellas de cierto universo. No sé cuál es ese, pero creo que lo estoy.

Cuesta elegir

Observas el follaje de los árboles en otoño, antes de que se les caigan las hojas, y te pones a pensar si hay alguno que te guste más que otro. No, la verdad es que no es cuestión de elegir.

Tienes la costumbre de fotografiar las hojas en su cambio de color como si así pudieras conservar su mudanza, su sorprendente belleza. Sorprende. Siempre sorprende.


En su momento me obsesioné con capturar las formas de las hojas a través del dibujo. Era mi forma de aproximarme a su naturaleza. Lo usaba como forma de conocimiento. Eso creía. Me doy cuenta de que era mi forma de «fotografiar», de capturar un instante o una idea.

Ha pasado el tiempo, ya no dibujo las hojas —no de ese modo—, y me parece que todo intento de capturar la naturaleza de las cosas, en mi caso, es un acto por así decir «desesperado» por vivir en el aspecto visual del mundo. Porque vivir en el aspecto visual del mundo es una forma de evitar la palabra, que muchas veces es solo aproximativa de la realidad y otras veces una inevitable carga de emociones o pensamientos que no hayan salida.

Pues eso, que cuesta elegir siempre. A pesar de ello, qué bonitas pueden ser tanto una imagen como una palabra.

Y los frutos… qué, qué me decís de los frutos.

Granado (con frutos) en otoño

Vamos allá, te sigo

En la carretera, ayer 9 de septiembre de 2025, por la mañana.

Vamos allá.

Llévame a presenciar tu hermosa aventura. Me mueves a participar en tu viaje por la carretera y no me siento pequeña por hacerlo. Es esto entonces, ¿no? Rodearme de gente que brille, que le quede alguna luz o que la busque. Reflejar el sol o conservarlo. Quedar al desnudo y no sentir siquiera que no estás vestida, como en ese mal sueño en el que se te olvidó vestirte antes de ir a alguna parte, al colegio, al trabajo, a una tienda y de pronto miras hacia abajo y te sabes desnuda.

Ahora no te fijas. Vamos allá, corriendo por la carretera, escuchando una música cualquiera.

Es por la mañana y el sol es un faro entre nubes que se acarician.

Yo te sigo. Di tú un lugar. Yo te sigo.


Feliz viernes🍂

Autumn 3, Max Richter (de su álbum Vivaldi Four Seasons Recomposed by Max Richter, 2012).

El primero y el último

Donde quiera que voy, los lugares están ocupados,
los papeles de la función, repartidos,
las raciones, asignadas.

Donde quiera que voy
parece que me esté yendo.

Será el impulso del propio movimiento,
la corriente que provoco al paso.
Será la cabeza que viaja de antemano
y que siente, o más bien piensa,
que ya todo lo tiene visto.

Una incapacidad de llegar
a cualquiera de los polos de la Tierra,
de avanzar y de que la orilla no se haga pequeña.

De todos los números,
soy el primero y el último.


Cae la tarde y veo que el sol se oculta detrás de la arizonica, frente a mi ventana.

La encontré en el suelo

La encontré en el suelo, con los pétalos desgastados. Al tacto parece que fuera de mentira, pero es real.

En esos días en el que ocupaba el tiempo con el dibujo o con la pintura (nunca podré dar con una palabra que englobe a estas dos actividades), el color de esta flor que me he encontrado esta mañana en el suelo me tenía, por decir así, obsesionada. Es un rojo intenso, rojo sangre, rojo que tiene su justa medida de amarillo y su puntito de azul, ¿quizá? La verdad es que no lo sé. Pero este rojo, así como el naranja, o el azul profundo, o el azul liviano, o el amarillo brillante… Sí, cualquier color. Y no le pongo los colores técnicos, porque son solo eso, técnica, y yo, en este momento y en todos los demás, me estoy refiriendo a la percepción del color y lo que provoca en el ánimo solo mirarlo. Lo que decía, que este rojo me atrapaba por su tonalidad intensa.

Pues nada, cogí la flor y me la llevé a casa. Le saqué esta fotografía y la subí al blog.

Este acto tan tonto que hacemos casi todos, me resulta ahora tan bueno como la intención de un escrito o un dibujo, o lo que sea. Porque para mí, este momento es el que ha marcado el ritmo de mi mañana y de mi día. También determina un punto en el tiempo. Representa un paso hacia delante a partir de lo que hice ayer. Y es que ayer concluí una etapa de mi largamente arrastrada crisis creativa. Primero fue el dibujo, después llegó la escritura.

Confesiones:

Puedo dibujar y no hacerlo del todo mal si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Puedo escribir narraciones más o menos largas y no hacerlo del todo mal si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Puedo volver a estudiar, y sacar un título o dos más, si pusiera empeño en ello, pero no quiero.

Razones:

No quiero hacer nada de eso porque nada de eso me hace feliz.

Y ahora vamos a ver, ¿qué me hace feliz? O bueno, no voy a ser tan ambiciosa y mejor me pregunto ¿qué no me hace infeliz? Respuesta sencilla: hacer esto que estoy haciendo, leer lo que me apetece, lidiar con las cosas de la vida con el ritmo que me permita mi cuerpo y mi cabeza (esto ya lo marca la prioridad). Compartir el espacio con otros que desarrollan sus blogs. Jugar más. Por lo demás, se trata de no seguir planteándome nada que no me aporte serenidad de ánimo.

Curioso esto del juego, ¿verdad? Pero a esto del juego le dedicaré una entrada a parte.

En cuanto a lo de escribir, pues sí que seguiré escribiendo, pero me he dado cuenta de una cosa, y creo que la entrada de La presencia que vive en el piso de arriba, me ayudó a observarlo de frente, y es que no me gusta acabar los relatos; no siento necesidad de terminar los relatos. Sé que muchos dirán que es una excusa tonta para no afrontar el trabajo de escribir, y eso me preocupó en su momento, cuando pensaba que yo quería escribir para llegar a hacer algo de verdadero valor y para no sé qué más, pero ahora sé que era un error. El error era creer que quería concluir un relato, una narración. No siento la necesidad de concluir. A mí se me ocurren las cosas, pero no sé cómo terminan y no me importa.

Después de publicar en el blog el relato de La presencia que vive en el piso de arriba, me dije ¿por qué no sigues, por qué lo dejas ahí? Y la respuesta que me di fue que no me interesaba, que quizá fuera parte de una serie de anécdotas que iría contando en lo sucesivo, porque la verdad era que la historia no acababa ahí, pero no sabía cómo acabaría tampoco. Eso lo diría el tiempo. Y entonces eché la vista atrás y pensé en los relatos que todavía conservo y me di cuenta de que tienen algo en común y esto es que ninguno de esos relatos acaban, ninguno tiene fin.

Así que esto que he comentado antes me hizo reflexionar, y me dejó muy tranquila. Acto seguido hice lo siguiente: empecé a organizar el blog. Subí los pocos escritos que conservo y los guardé en diferentes páginas según su naturaleza. Los relatos en una página que he llamado del mismo modo «Relatos»; los textos breves y poéticos en una página que he llamado «Meditaciones»; otros relatos muy muy breves en una página que he llamado «Leyendas» (porque me lo parecen); una página para un cuento infantil ilustrado que publiqué hace mucho tiempo («Little Galileo«); hay una página más en la que he subido el comienzo de una narración más extensa («Crónicas de un albergue«) que dudo que vaya a tener continuidad, pero por si acaso la dejo ahí. Imagino que crearé alguna página más en un futuro para subir mis pasados dibujos, pero como los tengo muy guardados, me da pereza de momento. De todo esto que he comentado, los contenidos que he subido a las distintas páginas que he creado son muy pocos, porque son en realidad los únicos que conservaba en el ordenador, mis favoritos.

Y ya está. Puedo decir que es una etapa muy diferente. Aquí sí puedo decir que he concluido un relato, el de mi crisis creativa de años y años. Ahora puedo dedicarme a lanzar escritos inconclusos, palabras que me dicen algo, fotografías despistadas de mi entorno, observaciones triviales, o simplemente estar por aquí leyendo. Y que sepas que si apenas comento en vuestras entradas, no es porque no lo haya leído o no me interese, sino porque las más de las veces me parece que digo tonterías. Esta soy yo, toda entera.

Gracias por leer🍂

Un guiso de otoño

Estaba ayer por la mañana, o quizá fuera el día anterior (no recuerdo ahora bien), paseando con mi perra, coja como voy estos días de la pierna izquierda, y pensé en el tiempo que había pasado desde el 2019. Lo de mi cojera ha tomado el relevo de mi hombro, que ya parece ir recuperándose debido a mi insospechada constancia con el ejercicio físico. Y ya es una ironía que haya sido precisamente el ejercicio físico el que me ha provocado la cojera, aunque claro está que no debía de estar haciéndolo de forma adecuada. En cualquier caso, ahora menciono estas cosas del cuerpo porque así parece que añade cierto colorido al relato.

Bueno pues, como iba diciendo, iba paseando con mi perra y me dio por pensar en el tiempo que había pasado desde el 2019, más concretamente desde el otoño del 2019. Me parece que por aquella época comencé a sentir cierto interés por conocer más a fondo los árboles. El otoño es siempre una época que los pone a prueba, a los árboles, pero no sin que antes tengan las oportunidad de mostrar su genial abanico de colores. Y en ese año me empeñé en conocer sus nombres, al menos de aquellos árboles que tenía a mano; también de arbustos. Como por aquel entonces dibujaba, y, de hecho, me puse a dibujar con más ahínco del que había tenido en años anteriores —casi como un raro resurgir de una destreza que, de cuando en cuando, había asomado en mi vida en otras ocasiones—, los árboles, o sus hojas, frutos y flores, se convirtieron muy pronto en ese estímulo que necesitaba para sacar el lápiz o el pincel.

Diré que disfruté mucho de ese reconocimiento de los árboles, y de arbustos, y que el resultado fue que efectivamente me quedé con algunos de sus nombres, especies, variedades. Pero, desde luego, un poco por encima, lo suficiente como para no recorrer ya a ciegas un paisaje.

De todas formas, recordé el otoño de 2019, no tanto por lo que inicié sino por el tiempo transcurrido. Cada otoño que comienza y que pasa suma un año más, y cada otoño que comienza y que pasa no soy totalmente consciente de todo lo que se ha transformado en mi entorno y en mi vida. Parece que no pasa nada y ha pasado de todo. He agarrado estos últimos cinco años como puñados de legumbres para echar en remojo y hacer un guisadito al día siguiente. Suma un año tras otro y pienso que ese 2019 fue hace apenas nada. Pero tengo constancia de que no es así.

Creo que si una persona finalmente consigue reconciliarse con sus propias creaciones, un escrito, un dibujo, una entrada de blog acerca de los libros, de la música, de eso que ocupa sus horas y días, aunque no aspiren más que a ser granos de arena en una playa, el sentido de hacerlo es precisamente dejar constancia. Y no es dejar constancia para los demás, sino para sí misma. Lo que sucede es que ha de pasar tiempo hasta encontrar esa forma de expresión que le devuelva su propia imagen sin prejuicio y sin arrepentimiento. Para mí, al menos, es lo que importa.

Hay una sensación de reconocimiento en el ambiente que abre la posibilidad de ser y de cambiar y de reafirmarse que ya percibí antes de que entrara el pasado verano, y vuelvo a percibirlo con esta estación de otoño que acaba de entrar. No es casual que en esa transición acordara conmigo misma, por fin, que debía, quería, dejar el dibujo atrás y que debía, quería, nadar entre las palabras dichas y no dichas.

Efectivamente, ha pasado el tiempo y ya no soy la misma. Aunque sé que la de antes era también yo y lo acepto, es como si no lo hubiera sido, como si formara parte de un cuadro antiguo y distante, merecedor de un lugar en la memoria. Ya por el mes de junio sentí que la atmósfera me mostraba una luz diferente y no tenía nada que ver con el hecho de que el sol se estuviera acercando cada vez más a la tierra. En este pasado mes de septiembre ha vuelto a ocurrirme lo mismo con esa luz, justo cuando noté que el sol se estaba alejando. Es la percepción de mutabilidad y de posibilidad que despierta mientras las cosas se preparan para descender a la tierra. Cómo explicarlo.

Enlazar, vincular, concluir

Soy incapaz de hablar de las cosas que me gustan de una forma metódica y razonada. Incapaz de hablar de las cosas en las que he indagado o he estudiado, de exponerlas de una forma esclarecida, de desarrollarlas por puntos, de enlazar, de vincular y concluir.

Soy incapaz, por ejemplo, de hablar de música que escucho o de por qué y de por qué no la escucho, como soy incapaz de hablar de los libros que he disfrutado o que no he disfrutado, de mis películas o series favoritas. Cuando he intentado hacerlo, me he arrepentido y me he dicho «vaya chorrada que has soltado».

Por estas y otras cosas, como las referidas a mis estudios, a construir ensayos y ese tipo de escritura en el que se necesita una mente analítica y sintética, si es que sé qué es eso, me di cuenta no hace mucho —triste de mí— de que lo mío es inventarme las cosas, beber de todo eso de lo que se supone que estoy compuesta, de eso que he experimentado, para crear una realidad alternativa, paralela, superpuesta, como sea.

Recuerdo que en aquel tiempo en el que hice una tesina para cerrar los cursos de doctorado, preparé una introducción al tema que era lo único de cierto valor en el trabajo, más que nada porque me divertí cuando lo escribí. Mi tutora me devolvió la tesina —no tesis— y me dijo que desde luego percibía mi gusto por lo literario; por lo demás había tanto salto y dispersión de ideas que era difícil ver la intención de lo que le había presentado. Si no me falla la memoria, la introducción trataba de exponer una escena en la que varios nadadores estaban a punto de saltar a la piscina para una competición y yo llamaba la atención sobre el hecho de que en un único salto a la vez de todos ellos era fácil que no compartieran la misma postura en el aire, que no estuvieran perfectamente alineados en el aire. Unos estarían adelantados y otros atrasados. Quise servirme de esta metáfora para presentar no sé qué concepto de la variación lingüística en el tiempo, algo que, por otra parte, me gustaba mucho.

A pesar de las pistas que se me han dado en el curso de mi vida, y no con eso quiero decir que fuera a hacer gran cosa con la escritura, sino tan solo disfrutarla más y de mejor manera, yo me he obcecado en desviarme de continuo. Bueno, a eso se le llama sacar experiencia. Como se suele decir siempre: es una forma de asegurarse. Consuelo de tontos.

Pero mira, ahora me sirve por lo menos para contarlo. Y esto no es una invención, sino una realidad. Es un escrito de poco fondo, pero es un ejercicio interesante para esta tarde de viernes, aunque ya lo iba rumiando desde la mañana.

Y al margen de esto de arriba, me doy cuenta de que me voy lesionando partes del cuerpo poco a poco: Primero, unos cuantos meses con el hombro estropeado por pintar paredes con palo extensible y rodillo. Y ahora, de pronto, no sé qué músculo o ligamento, lo que sea, por debajo de la rodilla. Me lo he fastidiado precisamente por empezar a hacer ejercicio físico en serio. De momento, tengo que bajar el ritmo un poco, pero siempre me quedarán los estiramientos al compás de los sonidos de la naturaleza y de los cuencos tibetanos. Con que no se me agarroten los dedos de las manos para escribir, me doy por satisfecha. Quizá debiera empezar a considerar la telequinesia por si acaso.

2 La presencia que vive en el piso de arriba

Pero para continuar lo que estaba contando, y para terminar, lo mejor es que regrese a ese momento en el que decía que «aquello» venía de la calle.

Pues así fue, intentaba conciliar el sueño cuando oí unas pisadas que se arrastraban por la calle. No debería repetir que aquí no se oye nada por la noche y menos en la madrugada; quizá algún torpe vecino que sube espeso, pero contento, las escaleras tras una experiencia milagrosa de entretenimiento en este pueblo que, por lo normal, solo despierta para celebrar sus infernales fiestas patronales. Pero no, el ruido es escaso.

Y aquellas pisadas que se arrastraban y se aproximaban a la puerta del exterior de la finca eran el preludio de una rutina que me tenía aprendida. El forcejeo en la puerta de metal, acompañado de dos o tres golpes impacientes hasta que alcanzaba a abrirla. Después se cerraba, lo que tuviera que cerrarse, con un aplomo difícil de imitar por el portón de un castillo en un cuento de fantasmas. Por supuesto que ya no podría dormirme hasta que aquello se alejara de nuestra vivienda. Solo una pared separa nuestro dormitorio del vestíbulo comunitario. Me quedé agazapada bajo la delgada sábana con la que nos cubríamos a estas alturas de septiembre, cuando el frío parece indeciso.

De pronto, mi marido tomó la posición que suelo temer tanto cuando estoy despierta y sé que me costará dormirme de nuevo, esto es, decúbito supino. No pintaba bien la cosa, porque de inmediato su respiración escalaría notas graves, ásperas. Pero eso realmente me daba igual en ese momento. Casi lo agradecí porque me desvió la atención a otra parte por unos segundos. Aunque también sentí cierto resentimiento hacia su actitud despreocupada. Verdaderamente es de locos creer que se tratara siquiera de una actitud. Tan solo dormía. Sin embargo, comprender que a él no le estaba afectando la situación, me hizo sentir más molesta a la par que asustada.

Y todo esto que estoy contando sucedía mientras «aquello» no avanzaba al otro lado del muro de la habitación donde dormimos. Y yo me preguntaba ¿qué pasa? ¿Por qué no te vas? Metí la cabeza debajo de la sábana; no del todo, solo cubriendo la oreja, que estaba de lado, y hasta la coronilla; algo que solía hacer de pequeña y desde hace un tiempo he vuelto a hacer en ocasiones. ¡Vete, por favor, vete! No me escuchó, yo creo que no. Desde luego mi marido no lo oyó. Si acaso se oyeron los ruidos que producía su garganta. Sea como fuere, «aquello» se fue. Se deslizó por delante de la puerta de nuestra casa y subió el vuelo de escaleras que conducía al primer piso. Yo me dije, por Dios, ya estamos otra vez, va a entrar en la casa de esta pobre familia. No me queda más remedio que mantenerme vigilante. A veces incluso creo que podría filtrarse por la rejilla de ventilación del baño y descender hasta nuestra casa. No pocas veces me he despertado con la sensación de que alguien se ha sentado a los pies de mi cama para observarme. Aunque eso forma parte de otra historia.

Pero bueno, decía que me lamentaba de que volviera a entrar en la casa de esa pobre familia, y no bien me hacía el comentario en silencio, oí que la puerta del piso de arriba se abría con su chirrido característico de estar falta de lubricante en sus goznes, y poco después se cerraba. Ya está, estaba dentro. Se oían sus pasos avanzando por el techo de nuestra casa. Unos pasitos hacia un lado, otros pasitos hacia otro, la cisterna del váter a lo lejos, la bajante resonando como una catarata. Al cabo de un rato, el crujido del somier, pues también andaba falto de lubricante, como la puerta. Y yo, como la que cuenta ovejas para combatir el insomnio, caí finalmente bajo los efectos del paracetamol y me quedé dormida. Gracias a Dios, mi marido había cambiado de postura y su garganta dejó de emitir asperezas. Nada. silencio. Qué fácil es sentir la intensidad del miedo y qué fácil olvidarlo.

Y eso es todo, en realidad. Este relato se funde en rutinas. Empecé por contar que «aquello» llegó de la calle, y me concentré en esa anécdota con esfuerzo para resumir una serie de detalles que me hacen pensar —a mi marido también cuando está despierto— que algo no cuadra con el piso de arriba. Que debe de haber un entresuelo o espacio entre techo falso y tarima flotante donde un pequeño ser se establece por las noches y grita y ulula por el día. Es, además, una voz que sabe imitar todo tipo timbre y tono: gritos, alaridos, aullidos, todos aparentemente humanos, y en ocasiones un recitar de escalas musicales con tesitura de embriaguez, aunque no es de continuo. Se mueven los muebles, incluso después de constatar, o más bien de presentir, cómo nuestros vecinos, la tímida familia que vive encima de nosotros, han salido. Al menos eso es lo que refleja el chirriar de los goznes de su puerta cuando se abre y se cierra y entonces se oyen pasos que descienden con parsimonia por las escaleras, pasan por delante de nuestra puerta y salen al exterior de la finca entre susurros de velados comentarios. Ahora que lo pienso, es de veras inquietante, tanto la presencia de «aquello» como el sigilo y la timidez de nuestros vecinos.

En fin, yo solo quería hablar de esta noche en la que el hombro me empezó a doler y que me dejó el tiempo suficiente como para darme cuenta de que «aquello» regresaba de la calle una vez más y subía al piso de arriba. Pero hasta aquí he llegado porque no se trata de un relato que tenga final; es algo que estamos viviendo y soportando. Quizá haga falta que pase el tiempo para concluirlo. Ojalá sea así y ojalá que concluya con la buena noticia de saber que la presencia de arriba, y toda señal de su existencia, se ha marchado para siempre.