(Aprox. 1700 palabras)
Qué temprano salgo por la mañana después de un sueño tan desesperado, que lo único que he sentido es ganas de lanzarme a la ventana. A decir verdad, no recuerdo qué he soñado.
Me levanto de la cama como una exhalación, como mi propio ánimo y hago aquello de lo que tuve ganas de hacer desde un principio, me lanzo a la ventana para abrir bien los párpados ante la tibieza del día que avanza por los muros de los edificios como un caracol tanteando y dejando su rastro de baba por las hojas, que no le queda al sol otro remedio que ir despacio. Pues claro, son solo las siete y media. Mi marido hace una hora, lo sé, que se levantó y está haciendo ejercicio en el cuarto de al lado. Me asomo por la puerta y le digo:
—Me voy a dar un paseo.
Él me mira y ve que ando vestido con el camisón de dormir y los pies descalzos.
—Hombre, no voy a salir así —le digo. Le aseguro que me pondré algo más acorde con las circunstancias y que para ello me calzaré unas deportivas. En realidad, lo imagino, esta respuesta, porque es una obviedad que no admite pronunciar palabras y a la que no está dispuesto a replicar él por eso mismo.
Así que le dejo haciendo sentadillas. Me visto, me aseo, o primero me aseo y luego me visto, y me lanzo al exterior con el mismo impulso con el que me lancé a la ventana desde la cama. Por supuesto llevo el móvil y los auriculares incrustados en los oídos para escuchar un poco de música. Esta vez sí, en soledad, sorteando los tímidos reflejos del sol que escapan de los escaparates de los comercios cerrados, clausurados, y acariciada por una brisa huidiza de mayo que a poco se me escapaba este año.
Me encanta incrustarme los auriculares a fondo. Elijo pistas de música en una lista de reproducción del Spotify que esté en sintonía con el movimiento de mis piernas, de mis pies, de mis brazos, y con esta forma de mirar tonta, de mirar que no miro, de mis ojos que buscan un horizonte donde no tropiecen con elementos, especialmente humanos, concretamente humanos, que no vienen a cuento en ese momento de la mañana. Estelas de matices fosforitos que me adelantan sobre zancos articulados o sobre ruedas desaforadas. Van en todas las direcciones y me hacen apresurarme, por eso miro que no miro, porque no quiero que me lleve la inercia de sus estelas fosforitas.
No sé, cualquier lista de reproducción de las que tengo guardadas, me vale. Pincho en una pista sin fijarme a qué altura de la lista esta, qué más da. La melodía se arrastra como si fuera una babosa después de la lluvia. No le sigo las notas, pero es perfecta. No necesito ni quiero fijarme. Y en esto que levanto los ojos del móvil —el móvil desde ese instante ha empezado a colgarme de la mano— y se me cruza una mujer con el pelo blanco. Lo tiene largo y rizado, de ondas profundamente marcadas. Ha asomado por la esquina de una calle a la que me estoy aproximando y me ha parecido reconocerla. Sí, a esta mujer la conozco porque vivía bloques más abajo en el mismo barrio, donde yo también vivía hace unos cuantos años. Sigue con el mismo pelo blanco y rizado que tenía hace unos cuantos años. La sigo. ¿Por qué no? Se me ha ofrecido como objetivo. Me empiezan a molestar el resto de los elementos humanos que se ponen en mi campo de visión, porque yo esto concentrada en ella, en la mujer del pelo blanco y rizado.
Se me escapa, se me escapa. Le he dado unos segundos de asueto al pensamiento al divagar sobre las coincidencias y a poco se me escapa. Apresuro el paso y salgo a la primera gran avenida que bordea el parque clausurado. Ahí está. Vuelvo a apresurarme, pero me digo al mismo tiempo que debo ser discreta si no quiero estropearme el juego y me fijo a la vez en su indumentaria. Calza unos zapatos planos, no lleva medias y lleva un chaquetón de entretiempo abierto. Se ve cómo los laterales del chaquetón ondean con el aire por la marcha enérgica de su dueña. Las perneras de su pantalón pesquero y ligero, como de verano, parecen enredarse en las canillas. Parece un abeto, me digo, porque las puntas de inferiores del chaquetón y de las perneras del pantalón crean un patrón semejante a las de las ramas de un abeto, salen un poco disparadas hacia arriba. Y recuerdo la pasada Navidad, pero no me dejo llevar una vez más. Ya me he vuelto a despistar. De suerte que la mujer ha tenido que esperar un poco en el cruce, aunque no mucho, porque no pasa ni tan siquiera un coche. Cruza la calzada y a mí me pilla el semáforo con la luz en ámbar para los coches. Me detengo. No puedo evitarlo. El resto de los elementos humanos, fosforitos y no fosforitos, me toman la delantera, toman posesión de la calzada sin importarles ni respetar los destellos ámbares, rojos o verdes; ignoran trino ya afónico del pájaro que hay encerrado en los postes de tráfico. Todos, elementos humanos y la mujer del pelo blanco y rizado no recelan en romper las reglas para cruzar la calzada. Me digo que debo atreverme y cruzo.
La mujer ya ha alcanzado la segunda gran avenida y acaba de pasarse al otro lado, muy cerca de las angostas calles que la atraviesan. Intento no quedarme atrás y continúo. De pronto la melodía que no se hacía notar en mis oídos, se impone, y es que ya no es la misma, seguro que no. De hecho, ha arrancado una nueva pista; pertenece del musical de Gershwin Un americano en París. Podría reconocerla hasta dormida. Lo conozco por la película que protagonizaron Gene Kelly y Leslie Caron. Es el fragmento en el que Kelly se pone a andar y a bailar con todos los seres urbanos de París. Le sigue una melodía en la que Kelly y Caron se seducen con una pasión contenida, dedicada, medida, que hace que mi corazón se duela. Pero no estamos en esta melodía todavía, no en ese instante de seducción. Solo sé que debería llegar a continuación. Kelly, por su parte, sigue pateando las calles y parques de París entre bocinazos de coches antiguos, transporte de otra época y se cruza con gendarmes, marineros, chicas bonitas, con niños y sus niñeras —bueno, así es como lo recuerdo—. Todo un escenario de la urbe en ebullición y pleno de vida.
Vuelvo a lo mismo, casi se me escapa la mujer del pelo blanco y rizado. Casi. Gene Kelly y Gershwin, Gershwin y Gene Kelly. Me he quedado embobada en el recuerdo. Mis ojos se han vuelto hacia dentro y yo he seguido la ruta que le convenía a mi instinto, porque mi instinto seguía a la mujer del pelo blanco y rizado. Ahí está. La veo. Lo sabía. Se ha metido por una de las bocacalles de la segunda gran avenida que estoy a punto de cruzar. Se mete por la bocacalle yo también habría elegido si no me hubiera decidido a seguirla.
Es un rincón tranquilo. Los elementos humanos van desapareciendo. Han quedado atrás en la vereda del parque y recorriendo las aceras de las dos grandes avenidas. Solo estamos ella y yo, a cierta distancia la una de la otra., o bueno, eso creía, porque de pronto estoy sola. Ha ocurrido justo cuando ha comenzado el fragmento del idilio entre Kelly y Caron. Son los primeros acordes de la seducción con la que mi corazón tiende a encogerse, o bien se expande —nunca sabré muy bien qué le ocurre en esos casos—. ¿Dónde está la mujer del pelo blanco y rizado? Se ha escapado, esta vez en serio. ¿Es eso posible?
Me agazapo en mitad de una acera que tiene las baldosas en muy mal estado, en frente de una iglesia cerrada y eso que es domingo, por muy temprano que sea se hace extraño. No sé por qué me planteo eso ahora, yo soy atea, y no sé tampoco por qué me agazapo. La calle entera es sombría porque está protegida por las copas de los árboles que se engarzan con sus ramas de un lado al otro de la estrecha calzada —solo puede circular un coche en una sola dirección—. Es una calle ciertamente pequeña y me hace sentir recogida. La brisa me brinda un agradable resuello. La melodía de Gershwin, derrotada, rendida a la pasión de los bailarines, va dando los últimos coletazos. Comprendo que no hay nadie más a mi alrededor. Solo yo en un escenario quizá de cartón piedra y solitario. Puede que incluso el sol se haya apartado de ese rincón de la ciudad y no solo porque las copas de los árboles proyectan una amplia sombra, sino porque realmente la luz que hay a estas horas de la mañana no alcanza el lugar o es demasiado tenue.
Me agazapo entonces con los últimos compases de la melodía que no encuentra el momento adecuado para agotarse, hasta que dejo de oírla. Los auriculares se han quedado mudos. Puede que sea la última pista de la lista de reproducción. La cuestión es que no hay nadie. Y no se oye nada ni desde mi móvil ni desde la calle, más allá donde fluyen con pereza unos pocos, poquísimos coches, y donde los elementos humanos siguen avanzando sin un objetivo cierto, casi como en un desfile de zombies. Como yo ahora. ¿Qué hago? ¿Hacia dónde tiro?
Me estiro un poco y doy unos pasos por la misma acera esperando poca cosa. Alcanzo la siguiente esquina y antes de que pueda darle la vuelta, surge alguien como de la nada. Me deja paralizada. No ha habido ninguna señal que lo indicara, ni un sonido de pasos, ni una sombra, nada que me avisara de que ella iba a estar ahí al acecho. Su cara frente a la mía, a una distancia, ahora, de un metro más o menos.
©Olga (Peregrina) — Primavera 2019