Querido diario, hoy es 31 de octubre

Querido diario, hoy es 31 de octubre. Estoy asando batatas en el horno, como solía hacer mi madre en sus tiempos remotos. He puesto una música de ambiente en el portátil que se llama Spooky Songs for Halloween. Hoy es el día en el que todo se viste de negro, naranja, algún gris y ciertos colores despistados que desean lo que está por venir después de esta somnolienta noche de difuntos.

Mis batatas ya asadas. Los agujeritos del tenedor parecen costuras como las de un Frankenstein.

Te voy a decir un secreto, me gusta esta fiesta cada vez más. Me gusta el otoño, me gusta ver cómo las hojas —las que deben hacerlo— se caen, me gusta soñar en un día lleno de bruma o nubes plateadas que esconden un tímido sol blanco.

Te contaré algo más: este es el momento en el que comienzo mi nuevo año y miro hacia atrás y me digo qué o cuántas cosas han pasado. Bueno, no es cierto del todo. El recuento lo hago casi de forma inconsciente. Pero la razón de escribir esto es otra. La razón de escribir esto es para decirte que prefiero esta celebración —para unos pagana y para otras religiosa— que la que llegará dentro de un mes y algo más. Nunca se me habría ocurrido pensarlo, pero ahí está.

A mí da igual de dónde lleguen las tradiciones, porque la verdad es que la tradición de este día y del día de mañana es universal. Que suceda tiene toda lógica. Dentro de poco, como decía, se empezará a celebrar a algo parecido a un nacimiento que llega en forma de sanación para la tierra, para las almas, para lo que sea. Y antes de ese nacimiento de algún modo hubo muerte.

Quizá en otra ocasión hablaré del tarot, porque está en mi lista de reencuentros con el acto de jugar, pero por adelantar algo que da sentido a lo que me estaba refiriendo antes, verás, en los arcanos mayores de un mazo de tarot convencional la secuencia es clara. En los últimos arcanos mayores, la muerte sucede a un futuro nacimiento, no sin que antes se realicen unos cuantos traspiés, de esos que nos gustan tanto a las personas —porque ni muertos nos quedamos tranquilos; que se lo digan, si no, a los fantasmas—. Esta fiesta habla de eso y de mucho más. Habla de traspiés y de muerte necesaria y de mucho más.

Secuencia de los arcanos mayores del Tarot de Marsella en la versión de Pierre Madenié (1709), desde el Arcano XIII —en otros mazos se le llama Muerte— hasta la Estrella.

Quiero decirte brevemente ahora por qué prefiero esta celebración a la que le sigue. Es una razón muy simple: verás, en esta fecha la gente podemos ser quienes somos y elegir el disfraz con el que más conectamos en lo más profundo de nuestro ser. Sacamos los miedos y las angustias y nos reímos de ello. Y si no nos reímos, lo sacamos fuera de nosotros por unos instantes. En la celebración de diciembre, sinceramente, me cuesta pensar que de pronto la bondad se instaura en el mundo. Hay compromiso forzoso, hay heridas que supuran por acontecimientos presentes o por el recuerdo; y hay poco respeto por el invierno, la retirada de la tierra para dormir, la necesidad de esos pocos que quieren descanso o, en su caso, celebrar el nacimiento de un año nuevo, de una vida nueva, de una posibilidad de reversión o restitución o de dejar ir libremente. Tal y como están las cosas, es difícil que se detenga ese tren de frenesí y de euforia. Así que me quedo con esta noche que transita entre octubre y noviembre.

Y sí, a mí me da igual de dónde vengan las tradiciones porque es un hecho universal que hay muerte y hay nacimiento y luego muerte otra vez. Podría leer El monte de las ánimas de Bécquer, o Rip Van Winkle de Washington Irving, o hacer algún rito celta, o tallar ojos y boca en una calabaza, irme de truco o trato por las calles pensando que estoy en un barrio residencial norteamericano, o preparar calaveras de azúcar escuchando un dulce acento mejicano de fondo, o comerme directamente unos huesos de santo o terminar de asar mis batas, que es en lo que estoy ahora mismo; la cuestión es que me vale todo esto y no pertenece a nadie. Es una celebración universal del acontecimiento mas difícil y duro de todos, el único que provee de sentido a la vida. Esta noche podemos vestirnos —física o espiritualmente— de aquello que más miedo nos dé y sentirnos bien por quedar ridículos. Esta es la noche en la que todos nos conocemos por lo que somos.

Buuu

Ya está, la cocina huele a batata, he apagado el horno. Miro por la ventana y veo un velo gris plata extendido por encima de los cipreses de Arizona —cipreses al fin y al cabo—. Vamos a disfrutar la víspera, escondernos después en las tinieblas de la noche. Mañana habrá templanza.

Este no es un ciprés de Arizona, es un castaño que vi esta mañana.

Que la noche te acompañe en los sueños y la templanza te reciba en la mañana🌕🍂

Garabatear es un juego

Hablaba de los bloques de madera, de las barajas de cartas, de los cuentos de siempre, pero hoy prefiero dar espacio al garabateo.

El garabateo es un juego. En el momento en el que se convierte en una obligación o en un esfuerzo por ocupar un espacio en la vida, deja de ser juego. Yo lo siento así. Y es que esto lo estoy escribiendo desde mi experiencia.

Nunca he sentido que nací con un lápiz en la mano, ni tampoco con una voluntad férrea de construir un mundo de escenarios visuales o escritos. Eso solo lo imaginé más tarde. De pequeña, que yo recuerde, jugaba o pasaba el tiempo o mataba el tiempo. Si me aburría se me ocurría una forma de atravesar el desierto de las horas muertas. Una de esas formas era hacer esas cosas que se hacían en las ocasiones en las que la imaginación ayudaba: una felicitación para un cumpleaños, una invitación para una celebración, un calendario de adviento… esas cosas varias. Y entonces me esmeraba en hacer algo que pudiera hacer con mis manos y mi cabeza. Cierto es que a veces me frustraba ver que las figuras no me salían del todo como desearía. Tenía a las ilustraciones de mis cuentos de siempre como un referente.

Pero tampoco me descorazonaba —o eso creo, a saber—, hacía mis atajos y remiendos, o bien usaba otros recursos. No era solo dibujar; muchas veces era continuar desarrollando algo que acabara de aprender en las clases de manualidades, que entonces se llamaban «pretecnología». Por cierto que hasta ahora no caía en lo que significaba, en la morfología y significado del término. A mí me parece que era todo artesanía, pero bueno. Y lo que iba diciendo, que no era solo dibujar, podía haber aprendido un poco de trabajar con el estaño y me liaba con ello en casa, o bien sacar el azogue de un espejo para encajar una estampa o imagen, o bien formar figuras con masa de pan, de arcilla blanca, o tallar en arcilla blanca también, hacer flores con papel pinocho. No digo que se me dieran bien todas estas cosas, no, desde luego que no. Únicamente que echaba mano de ellas para hacer cosas decorativas.

Pero volviendo a lo de dibujar, otra ocasión para hacerlo, para experimentarlo o iniciarse en ello, eran esas famosas tareas del colegio que consistían en copiar una imagen del libro de estudios. También podía improvisar dibujos para los trabajos, en lugar de usar fotografías recortadas, y en ese caso copiaba de lo que veía en nuestras fantásticas y ya obsoletas enciclopedias. Ahí, en ese momento, comprendí que no se me daba mal copiar una imagen. Me dio cierto gusto. Me sentía, creo, orgullosa del resultado.

Al margen de todo esto, insisto que no he sentido ninguna de esas cosas que se suelen decir para expresar que la vocación le llega a una de lejos: que nací con un lápiz en la mano, o con una libreta para escribir en la mano, o con el deseo de leer y todo eso. Creo que estaba en primero de primaría cuando escuché por primera vez esa pregunta de «¿qué quieres ser de mayor?». Recuerdo vagamente que tuve que inventarme algo porque no tenía ni idea. Por favor, ni siquiera ser qué quiero ser todavía. Lo que sí tengo claro, insisto, es que no nací con un lápiz en la mano ni con una libreta para escribir en la mano, ni el resto de las cosas que se presuponen para seguir una determinada llamada vocacional. Simplemente lo usé como juego. Era totalmente consciente de mis limitaciones, pero es que cuando era pequeña tampoco sentí que debiera tener una ambición por algo que hacía por entretenerme o por embellecer una ocasión. Solo cuando en algún momento del camino eso cambió —esa inoportuna toma de conciencia que llegó por el motivo que fuera —, perdí la oportunidad de seguir cultivando una faceta como tal, como juego al menos.

Me consta que hay muchas personas que en eso no han fracasado.

Pero… no hay que darse por vencidos. Estos últimos tiempos, semanas, en las que el juego se ha vuelto a imponer como una forma de abrazar la vida —y no me refiero a tomarse la vida a broma—, o como un espejo en el que mirarme, no he podido remediarlo, el dibujo regresó para llamar a la puerta. Esta vez, sin embargo, ha llegado para imponer sus propias normas. Me dijo: «o me tomas por lo que soy o me largo, me voy del todo; te lo digo en serio».

Me lo pensé un rato largo y esto es lo que ha estado sucediendo, entre mazos de tarot, recuerdos de infancia, cuentos de siempre, etc.

El balanceo de las hojas, ese apartado del blog en el que dejé que aparcada una trayectoria quebrada de intenciones ha resurgido, o resucitado —debe de ser la proximidad de Halloween—, de la mejor manera, en mi opinión, que es la que vale para seguir jugando. Si no disfruto —incluso si me parece una tontería o me frustro un pelín— lo dejo. De lo contrario, él me deja a mí.


Estas son unas pocas muestras de mi profunda regresión a la infancia. No me digáis que no, pero oye, yo lo llamo garabateo y esto es lo que hay cuando se aligera el peso, cuando los pensamientos se hacen ingrávidos para dar paso a lo espontaneo. Garabatear puede ser un juego.


A este dibujo de abajo lo llamé algo así como «Iban a ser cinco, pero a uno lo desplumó el vuelo».

Jugar

Hoy 20 de octubre es el día mundial del perezoso. Lo dice Google.

Photo by Camilo Laverde on Pexels.com

No pensaba empezar esta entrada con esta noticia, pero siendo el perezoso un animal que me gusta mucho y portando tal nombre debido a su lentísimo movimiento y lentísimo proceso de vida, me ha parecido bueno integrarlo en lo que voy a contar a continuación. Hoy voy a empezar a hablar de jugar.

No se trata de una definición ni de buscarle un sentido a dicha acción, la de jugar, sino de mencionar un reencuentro personal con la idea de jugar, esa cosa que solía hacer de pequeña. A partir de ello, irán surgiendo otras curiosidades que posiblemente compartiré en lo sucesivo, solo porque me apetece.

Empiezo. Estaba leyendo hace un par de días un libro que va de un encuentro entre un poeta-juglar y una médium. Se encontraron en el lugar donde vive la médium, en una población del Prepirineo catalán, para hablar de, entre otras cosas, de los arcanos mayores del tarot. Más adelante (en otra entrada) diré qué son esos arcanos. Supongo que hablaron de muchas cosas de la vida y de muchas cuestiones vitales. El libro está editado de una forma cuidada, bella, bonita, lúdica, visualmente atractiva, con alusiones constantes a la poesía y a los poetas, a la experiencia de la vida, y decorado de forma especial por la médium, Amor Estadella, con sus dibujos representando cada uno de los arcanos mayores a su manera.

Pues bien, menciono este libro porque más abajo voy a anotar una cita de Amor Estadella en la que me voy a basar para hablar de mi experiencia con el juego, o para iniciar esta serie de entradas en las que, entre otras cosas lúdicas, también hablaré del tarot. A lo largo del tiempo, así, podré entender por qué a partir de este encuentro (o quizá no se debiera a ello, pero es lo mismo), mi cabeza se ha esclarecido y he hallado una forma de significarme que no necesita de demostraciones a nadie, y menos a mí misma. Antes bien, solo siento apetencia de compartir curiosidades que pudieran, en el mejor de los casos, incitar al juego, a la observación o a la contemplación. Es posible también que no inciten a nada. En ese caso, no es un problema. Precisamente la ambición del juego (el juego no competitivo) es eso, que no ambicione nada. Todo es construcción, deconstrucción y reconstrucción. Como ese set de bloques de madera con los que jugaba una y otra vez de pequeña.

Vale, no me adelanto. Lo que ahora quiero es un poco organizarme mentalmente, y como siempre hago, me organizo en el camino. De modo que escribo esta entrada, que solo es un ápice de lo que cuento, y me voy organizando. La cuestión es que me apetece abrir la senda para hablar del juego y del tarot, que son los dos catalizadores de mi creatividad en este momento. Para ello, ahora sí, voy a anotar la cita de la que hablaba antes, la del libro de Amor Estadella (médium) y de Oriol Sauleda (poeta-juglar). El libro se llama, por cierto, Y entonces me dijo (Ed. Luciérnaga, 2025):

«[…]llega un momento en el que la vida física ya funciona por su cuenta (se refiere a las tareas de la vida, en especial de la mujer), y entonces te viene a la mente que hay algo dentro de ti que está por hacer. Cuando estoy en una sesión en situaciones de ese tipo, dirijo a la persona hacia la infancia, el lugar donde reside la auténtica esencia, sin manipulación social. Procuro que recuerde alguna actividad que la hiciera feliz y que tuvo que abandonar. Hay aficiones que pueden comenzar en cualquier momento: una puede crear hasta la muerte, nunca es tarde. El número 31 está vivo siempre que tú lo mantengas con vida».

(1Esta cita pertenece a un lugar en el que está hablando del arcano de la Emperatriz, que ella ha renombrado como La Mujer, y que ocupa el número 3 en la serie de los arcanos mayores.)

Antes de leer este fragmento y este libro, yo ya andaba con mi necesidad de recuperar una memoria particular, la que tiene que ver con el juego en mi infancia. Porque cada vez estoy más convencida de que algo se me perdió en el camino, algún tipo de conexión que luego regresó en la adolescencia y en la juventud de una forma reinventada, disfrazada, quizá dramáticamente disfrazada y muy distorsionada. En cualquier caso, cuando leí este fragmento de arriba, me pregunté: «¿qué responderías tú a esto?»

Intenté visualizar la respuesta, como si estuviera delante de esta mujer. Estaba muy claro. La respuesta sería «jugar». Si por algo me sentí frustrada, incluso sin ser consciente de ello, cuando cumplí doce años, más o menos, fue por el abandono de mi juego con mis muñecos, con mis bloques de madera, con mis barajas de cartas (infantiles), mis cuentos de siempre, mis diálogos mentales y verbales acerca de la historia que estuviera fabricando en torno a los juguetes (físicos o simulados, con amigas y sin ellas). Estaba claro, la respuesta era «jugar». Y la verdad, aquí es donde me detengo de momento, de aquí surgen muchas cosas en las que me he empeñado y no tenían mucho que ver con el original. Aquí es donde me gustaría marcar el comienzo de mi charla empedernida acerca de ese simple acto de significación, el juego. Porque ese es el punto en el que la nostalgia deja de tener sentido y se transforma en posibilidad real.

A partir de ahí ya es solo avanzar según tu organismo necesite, como el perezoso. Cada cual a su ritmo.

Y entonces me dijo de Amor Estadella y Oriol Sauleda, Luciérnaga, 2025.