Yo era y ahora soy

Tremenda conclusión. Yo era y ahora soy. Pero no sé qué soy, aunque sí sé qué percibo y qué veo, y también qué hago y no hago. Más allá no hay horizonte. No es poca cosa.


Un pajarito más. Se ve que dibujar pájaros me va siendo amable. Un adjetivo que resulta extraño en ocasiones. Creo que es precisamente amabilidad lo que necesitaba recuperar en este acto de dibujar. Amabilidad con el tiempo, amabilidad con lo que hago, amabilidad en el aburrimiento, amabilidad con mi impaciencia o mi impotencia. Amabilidad con dejar la memoria flotar en la inopia. Amabilidad con el presente.

Me he dado cuenta de una cosa, ¡eureka!, qué importancia es la sensación de pertenencia. Yo estaba fuera y ahora estoy dentro. Qué amabilidad rezuma de esa sensación.

Y de pronto hay circunstancias y personas que son amables. Personas que dicen, mientras hablan de otras cosas —ni siquiera hay conciencia de que lo estén haciendo—: «Te veo, ¿sabes? Te estoy viendo.»

Feliz sábado🍂

Un día como otro cualquiera

Pues aquí estoy, en un día como otro cualquiera. Me pongo a crear una entrada porque, aunque no tenga algo concreto que compartir, me apetece dejar constancia de este viernes 14 de noviembre en la red.

Me paseo por dentro de mi cabeza como si estuviera paseando por una feria. Cada puesto me ofrece algo que contemplar y algo a lo que jugar. Me paseo entre los puestos llenos de dulces, premios, curiosidades, como si regresara a un lugar en el que las opciones se dan eternamente. Pero no participo exactamente de la oferta; en su lugar, observo. Y es una observación, por momentos, agradable, extraña, inquietante, un pelín dolorosa, y también reconfortante. Aprendí hace un tiempo a pasearme en mis sueños, cuando duermo, de esa misma manera.

No es decir mucho, pero es decirlo y con eso me vale.

Me gustaría compartir este dibujo de un pájaro —más abajo— que parece arrebujarse en su propio plumaje, quizá para no pasar frío o quizá para quedarse sumido en su pequeña existencia sin esperar grandes glorias. Hay algo en la forma de un pájaro —de tantas imágenes bonitas que revuelan por la red— que se me hace atractivo para dibujar. Se aleja de la forma humana y está más cerca del cielo, del aire, de cierta libertad de pensamiento o de sentimiento.

Un momento… sí, sé que dije que ya no le daría al dibujo —¿allá por el mes de julio?—. Pero esta es la cosa, hay algo de cierto en lo que dije. Fue una muerte necesaria, un lugar de cambio. Mis herramientas ahora son diferentes. Mentí en parte: me guardé los rotuladores y algún instrumento que no implica trapos, paletas, contenedores de agua. Y aquí estoy, dibujando pajarillos o los garabatos que se presten a presenciar la feria en la que vivo en mi cabeza.

Me ando paseando por entre los puestos de feria y sonrío. Cuántas opciones, me digo, cuál será la mía. Y entonces echo la vista hacia arriba, dirigida hacia la rama de un arbolito, por ejemplo, y veo un pájaro que se arrebuja —bonita palabra, ¿verdad?— en su plumaje, casi ajeno al ajetreo y el movimiento que tienen lugar en el entorno. Ahí está, quieto y vigilante.

Y esto es todo por el momento. Feliz viernes (14) de noviembre🍂

Roble

Aquí llego otra vez con poco que decir. Pero hoy he pasado por delante de un árbol y he visto sus hojas verdes oscuras, hojas de un tono ya profundo en la época en la que estamos, y he visto sus márgenes lobulados.

El viento azotaba la calle a primera hora de la tarde y zarandeaba las ramas más débiles de los árboles y arbustos, y mecía las ramas más fuertes, incluso algún tronco joven. Y estaba este roble a mano para fotografiarlo, que pronto perderá su verde profundo para tonarse rojizo —aunque es algo que supongo o dicen de esta variante— y finalmente quedará desnudo.

Cuando la calle, a esas horas, está vacía y corre el aire, como suele hacerlo en este pueblo si le visita en ráfagas, es fácil escuchar el movimiento del viento. Es hermoso y es relajante. Hace mucho que no visito el mar, pero creo que el efecto del canto del viento puede compararse con el de las olas en cuanto a las sensaciones que suscitan. Por supuesto que son diferentes, pero el hecho es que suscitan sensaciones intensas y son voces exclusivas de la naturaleza.

El roble es un árbol que no puede evitar que se le asocie a la fortaleza y a la nobleza. Solo pronunciar su nombre evoca la imagen de la constancia, la permanencia.

Fuerte como un roble, dicen.

En el limbo (resuena)

Creo que ya he usado esta expresión, la del limbo, en una entrada anterior, de las que publiqué en la fase del blog que llamé El balanceo de las hojas. No voy a comprobarlo, porque no es el propósito de que escriba esto. El propósito de escribir esto es solo escribir algo.

Pasan los días con el blog en el limbo, que no es que me importe, y me sorprendo precisamente de eso, de que no me importe. Sin embargo, he visto un movimiento agradable en el entorno y me he animado, aunque sea para decir algo.

Puedo decir, por ejemplo, que estoy implicada en la escritura de forma bastante activa y que estoy disfrutando de ese momento. La sensación no es parecida a nada que haya vivido antes (o a lo mejor sí, pero no me acuerdo). No es nada extraordinario, ni epifánico, es una sensación de estar conectada con lo que hago. Incluso cuando la escritura se vuelve silenciosa; me refiero a cuando no sale nada porque no tiene por qué salir nada. Parón, descanso, o quedarse en la inopia. No son cosas que pueda compartir aquí, porque así, fragmentadas en diversas publicaciones no guardan sentido, y tampoco se sienten como en casa, esa narración o narraciones a las que pertenecen.

Así que ¿qué puedo decir para sumar con mis palabras en este entorno? Bueno, ya irá saliendo.

Me apetece incluir en esta entrada algo que tenía escrito para publicarlo y que luego me pareció una tontería. A pesar de parecerme una tontería, solo lo dejé aparcado y ahora tiro de él como recurso oportuno. Se trata de una impresión acerca de la palabra resonar.

Ahí va:

¿Qué decíamos en lugar de esta palabra antes de que se extendiera por nuestro vocabulario, y no en el sentido que se le daba anteriormente?: ¿Lo sientes familiar? ¿Te dice algo? ¿Te sientes atraída o atraído por algo? ¿Te parece interesante?

El caso es que la palabra es bonita. Claro que lo es. Porque evoca un sonido que se repite o que se sostiene en el espacio según el tipo de superficie en el que el sonido golpea, rebota, choca. Y depende, sobre todo, de eso que ha producido el sonido: un cristal que se rompe; el golpe en el metal; un trueno en una tormenta; un instrumento de percusión; el viento en las hojas de un árbol; la voz humana en una sala llena de espectadores en silencio; los pasos que avanzan en un camino de piedra por la noche.

Al preguntar si algo resuena con nosotros, como una respuesta a una pregunta, a la elección entre varios colores, a la lectura de un texto literario, o a la celebración en un día de fiesta, puedo imaginar, entonces, que hay un sonido en cualquiera de estas cosas que he mencionado antes que no es perceptible para el oído físico, pero sí para el oído de nuestro ánimo, de nuestra disposición y atención hacia la realidad que vivimos.

Así que si algo resuena con nosotros, y no se refiere a que podamos escucharlo como si de un ruido se tratara, lo que nos pasa es que de pronto el oído interno se nos abre a una dimensión desconocida, una en la que las ideas resuenan de una manera u otra, como resuena la música. Esto resuena conmigo. Esto resuena con lo que pienso, esto resuena con lo que siento, con lo que quiero. Esto resuena conmigo.

No sé muy bien qué decíamos antes de utilizar la palabra resonar, pero ya es un hecho que vino para quedarse, para resonar en nuestro vocabulario; intentar decirlo de otra forma es como querer atrapar su propio sonido. Un imposible.