Pero para continuar lo que estaba contando, y para terminar, lo mejor es que regrese a ese momento en el que decía que «aquello» venía de la calle.
Pues así fue, intentaba conciliar el sueño cuando oí unas pisadas que se arrastraban por la calle. No debería repetir que aquí no se oye nada por la noche y menos en la madrugada; quizá algún torpe vecino que sube espeso, pero contento, las escaleras tras una experiencia milagrosa de entretenimiento en este pueblo que, por lo normal, solo despierta para celebrar sus infernales fiestas patronales. Pero no, el ruido es escaso.
Y aquellas pisadas que se arrastraban y se aproximaban a la puerta del exterior de la finca eran el preludio de una rutina que me tenía aprendida. El forcejeo en la puerta de metal, acompañado de dos o tres golpes impacientes hasta que alcanzaba a abrirla. Después se cerraba, lo que tuviera que cerrarse, con un aplomo difícil de imitar por el portón de un castillo en un cuento de fantasmas. Por supuesto que ya no podría dormirme hasta que aquello se alejara de nuestra vivienda. Solo una pared separa nuestro dormitorio del vestíbulo comunitario. Me quedé agazapada bajo la delgada sábana con la que nos cubríamos a estas alturas de septiembre, cuando el frío parece indeciso.
De pronto, mi marido tomó la posición que suelo temer tanto cuando estoy despierta y sé que me costará dormirme de nuevo, esto es, decúbito supino. No pintaba bien la cosa, porque de inmediato su respiración escalaría notas graves, ásperas. Pero eso realmente me daba igual en ese momento. Casi lo agradecí porque me desvió la atención a otra parte por unos segundos. Aunque también sentí cierto resentimiento hacia su actitud despreocupada. Verdaderamente es de locos creer que se tratara siquiera de una actitud. Tan solo dormía. Sin embargo, comprender que a él no le estaba afectando la situación, me hizo sentir más molesta a la par que asustada.
Y todo esto que estoy contando sucedía mientras «aquello» no avanzaba al otro lado del muro de la habitación donde dormimos. Y yo me preguntaba ¿qué pasa? ¿Por qué no te vas? Metí la cabeza debajo de la sábana; no del todo, solo cubriendo la oreja, que estaba de lado, y hasta la coronilla; algo que solía hacer de pequeña y desde hace un tiempo he vuelto a hacer en ocasiones. ¡Vete, por favor, vete! No me escuchó, yo creo que no. Desde luego mi marido no lo oyó. Si acaso se oyeron los ruidos que producía su garganta. Sea como fuere, «aquello» se fue. Se deslizó por delante de la puerta de nuestra casa y subió el vuelo de escaleras que conducía al primer piso. Yo me dije, por Dios, ya estamos otra vez, va a entrar en la casa de esta pobre familia. No me queda más remedio que mantenerme vigilante. A veces incluso creo que podría filtrarse por la rejilla de ventilación del baño y descender hasta nuestra casa. No pocas veces me he despertado con la sensación de que alguien se ha sentado a los pies de mi cama para observarme. Aunque eso forma parte de otra historia.
Pero bueno, decía que me lamentaba de que volviera a entrar en la casa de esa pobre familia, y no bien me hacía el comentario en silencio, oí que la puerta del piso de arriba se abría con su chirrido característico de estar falta de lubricante en sus goznes, y poco después se cerraba. Ya está, estaba dentro. Se oían sus pasos avanzando por el techo de nuestra casa. Unos pasitos hacia un lado, otros pasitos hacia otro, la cisterna del váter a lo lejos, la bajante resonando como una catarata. Al cabo de un rato, el crujido del somier, pues también andaba falto de lubricante, como la puerta. Y yo, como la que cuenta ovejas para combatir el insomnio, caí finalmente bajo los efectos del paracetamol y me quedé dormida. Gracias a Dios, mi marido había cambiado de postura y su garganta dejó de emitir asperezas. Nada. silencio. Qué fácil es sentir la intensidad del miedo y qué fácil olvidarlo.
Y eso es todo, en realidad. Este relato se funde en rutinas. Empecé por contar que «aquello» llegó de la calle, y me concentré en esa anécdota con esfuerzo para resumir una serie de detalles que me hacen pensar —a mi marido también cuando está despierto— que algo no cuadra con el piso de arriba. Que debe de haber un entresuelo o espacio entre techo falso y tarima flotante donde un pequeño ser se establece por las noches y grita y ulula por el día. Es, además, una voz que sabe imitar todo tipo timbre y tono: gritos, alaridos, aullidos, todos aparentemente humanos, y en ocasiones un recitar de escalas musicales con tesitura de embriaguez, aunque no es de continuo. Se mueven los muebles, incluso después de constatar, o más bien de presentir, cómo nuestros vecinos, la tímida familia que vive encima de nosotros, han salido. Al menos eso es lo que refleja el chirriar de los goznes de su puerta cuando se abre y se cierra y entonces se oyen pasos que descienden con parsimonia por las escaleras, pasan por delante de nuestra puerta y salen al exterior de la finca entre susurros de velados comentarios. Ahora que lo pienso, es de veras inquietante, tanto la presencia de «aquello» como el sigilo y la timidez de nuestros vecinos.
En fin, yo solo quería hablar de esta noche en la que el hombro me empezó a doler y que me dejó el tiempo suficiente como para darme cuenta de que «aquello» regresaba de la calle una vez más y subía al piso de arriba. Pero hasta aquí he llegado porque no se trata de un relato que tenga final; es algo que estamos viviendo y soportando. Quizá haga falta que pase el tiempo para concluirlo. Ojalá sea así y ojalá que concluya con la buena noticia de saber que la presencia de arriba, y toda señal de su existencia, se ha marchado para siempre.