2 La presencia que vive en el piso de arriba

Pero para continuar lo que estaba contando, y para terminar, lo mejor es que regrese a ese momento en el que decía que «aquello» venía de la calle.

Pues así fue, intentaba conciliar el sueño cuando oí unas pisadas que se arrastraban por la calle. No debería repetir que aquí no se oye nada por la noche y menos en la madrugada; quizá algún torpe vecino que sube espeso, pero contento, las escaleras tras una experiencia milagrosa de entretenimiento en este pueblo que, por lo normal, solo despierta para celebrar sus infernales fiestas patronales. Pero no, el ruido es escaso.

Y aquellas pisadas que se arrastraban y se aproximaban a la puerta del exterior de la finca eran el preludio de una rutina que me tenía aprendida. El forcejeo en la puerta de metal, acompañado de dos o tres golpes impacientes hasta que alcanzaba a abrirla. Después se cerraba, lo que tuviera que cerrarse, con un aplomo difícil de imitar por el portón de un castillo en un cuento de fantasmas. Por supuesto que ya no podría dormirme hasta que aquello se alejara de nuestra vivienda. Solo una pared separa nuestro dormitorio del vestíbulo comunitario. Me quedé agazapada bajo la delgada sábana con la que nos cubríamos a estas alturas de septiembre, cuando el frío parece indeciso.

De pronto, mi marido tomó la posición que suelo temer tanto cuando estoy despierta y sé que me costará dormirme de nuevo, esto es, decúbito supino. No pintaba bien la cosa, porque de inmediato su respiración escalaría notas graves, ásperas. Pero eso realmente me daba igual en ese momento. Casi lo agradecí porque me desvió la atención a otra parte por unos segundos. Aunque también sentí cierto resentimiento hacia su actitud despreocupada. Verdaderamente es de locos creer que se tratara siquiera de una actitud. Tan solo dormía. Sin embargo, comprender que a él no le estaba afectando la situación, me hizo sentir más molesta a la par que asustada.

Y todo esto que estoy contando sucedía mientras «aquello» no avanzaba al otro lado del muro de la habitación donde dormimos. Y yo me preguntaba ¿qué pasa? ¿Por qué no te vas? Metí la cabeza debajo de la sábana; no del todo, solo cubriendo la oreja, que estaba de lado, y hasta la coronilla; algo que solía hacer de pequeña y desde hace un tiempo he vuelto a hacer en ocasiones. ¡Vete, por favor, vete! No me escuchó, yo creo que no. Desde luego mi marido no lo oyó. Si acaso se oyeron los ruidos que producía su garganta. Sea como fuere, «aquello» se fue. Se deslizó por delante de la puerta de nuestra casa y subió el vuelo de escaleras que conducía al primer piso. Yo me dije, por Dios, ya estamos otra vez, va a entrar en la casa de esta pobre familia. No me queda más remedio que mantenerme vigilante. A veces incluso creo que podría filtrarse por la rejilla de ventilación del baño y descender hasta nuestra casa. No pocas veces me he despertado con la sensación de que alguien se ha sentado a los pies de mi cama para observarme. Aunque eso forma parte de otra historia.

Pero bueno, decía que me lamentaba de que volviera a entrar en la casa de esa pobre familia, y no bien me hacía el comentario en silencio, oí que la puerta del piso de arriba se abría con su chirrido característico de estar falta de lubricante en sus goznes, y poco después se cerraba. Ya está, estaba dentro. Se oían sus pasos avanzando por el techo de nuestra casa. Unos pasitos hacia un lado, otros pasitos hacia otro, la cisterna del váter a lo lejos, la bajante resonando como una catarata. Al cabo de un rato, el crujido del somier, pues también andaba falto de lubricante, como la puerta. Y yo, como la que cuenta ovejas para combatir el insomnio, caí finalmente bajo los efectos del paracetamol y me quedé dormida. Gracias a Dios, mi marido había cambiado de postura y su garganta dejó de emitir asperezas. Nada. silencio. Qué fácil es sentir la intensidad del miedo y qué fácil olvidarlo.

Y eso es todo, en realidad. Este relato se funde en rutinas. Empecé por contar que «aquello» llegó de la calle, y me concentré en esa anécdota con esfuerzo para resumir una serie de detalles que me hacen pensar —a mi marido también cuando está despierto— que algo no cuadra con el piso de arriba. Que debe de haber un entresuelo o espacio entre techo falso y tarima flotante donde un pequeño ser se establece por las noches y grita y ulula por el día. Es, además, una voz que sabe imitar todo tipo timbre y tono: gritos, alaridos, aullidos, todos aparentemente humanos, y en ocasiones un recitar de escalas musicales con tesitura de embriaguez, aunque no es de continuo. Se mueven los muebles, incluso después de constatar, o más bien de presentir, cómo nuestros vecinos, la tímida familia que vive encima de nosotros, han salido. Al menos eso es lo que refleja el chirriar de los goznes de su puerta cuando se abre y se cierra y entonces se oyen pasos que descienden con parsimonia por las escaleras, pasan por delante de nuestra puerta y salen al exterior de la finca entre susurros de velados comentarios. Ahora que lo pienso, es de veras inquietante, tanto la presencia de «aquello» como el sigilo y la timidez de nuestros vecinos.

En fin, yo solo quería hablar de esta noche en la que el hombro me empezó a doler y que me dejó el tiempo suficiente como para darme cuenta de que «aquello» regresaba de la calle una vez más y subía al piso de arriba. Pero hasta aquí he llegado porque no se trata de un relato que tenga final; es algo que estamos viviendo y soportando. Quizá haga falta que pase el tiempo para concluirlo. Ojalá sea así y ojalá que concluya con la buena noticia de saber que la presencia de arriba, y toda señal de su existencia, se ha marchado para siempre.

1 La presencia que vive en el piso de arriba

Inspirado en hechos reales, y puede que esta entrada sea una primera parte.

Eran las tres menos cuarto de la mañana, más o menos. Lo sé porque cuando me despierto de mis seriales oníricos, suelo ponerme las gafas para ver la hora en el móvil. De otro modo, no veo más que una luz punzante y borrosos garabatos en un indefinido mar de color azul y amarillo. Estos dos colores son los que predominan en la pantalla de mi móvil desde que le puse un tema de fondo azul y margaritas de refulgente amarillo y blanco. Bueno, me voy por las ramas.

Decía que me desperté de mis seriales oníricos, y fue porque tan pronto sentí que las escenas estaban cambiando, noté que el velo del sueño se estaba levantando y que iba a descubrir el misterio que ocultaba y eso no podía permitírmelo. Y por otra parte, que es lo más probable, el manguito rotador, ese que se me lesionó no sé sabe cuándo y que intento recuperar con un conjunto de ejercicios que en mi vida había considerado, comenzó a hacerse notar. Regresó el dolor sordo. Ese dolor molesto que recorre algunas zonas del cuerpo como un explorador para ver donde depositar su existencia durante un tiempo apreciable. En definitiva, lo que quería decir es que empezó a dolerme y ya sabía que me costaría dormirme de nuevo. Al cabo de unos minutos procurando encontrar la postura más afable para mi hombro, me levanté y me fui al cajón de medicinas para coger un paracetamol. Me resisto, yo me resisto a tomar la pastillita, pero me puede más la necesidad de dormir para recuperar mis seriales, de modo que extraje el blíster de la cajita del Antidol y me proporcioné un comprimido. El paracetamol, qué medicina más curiosa. En mi caso, no solo me permite afrontar molestias leves o estados febriles, sino que también me induce al sueño. A saber por qué me sucede, pero es algo que me viene de madre; a mi madre también le pasaba lo mismo. Y de nuevo me ando por las ramas.

Pues bien, eran las tres menos cuarto de la mañana, o quizá ya habría pasado un cuarto de hora desde entonces, y ya me habría tomado mi medicina, cuando aquello regresó de la calle. La noche, la madrugada, estaba totalmente en calma, como suele estarlo a esas horas en este lugar en el que vivo. Y suele estar en calma salvo por determinados momentos. En esos momentos a los que me referiré en lo sucesivo, hay una rotura en el silencio de la noche y un desequilibrio en el día de los que he podido ser testigo desde que vivimos en esta casa, en este piso. Pues sí, poco después de mudarnos nos dimos cuenta de que había una presencia viviendo en el piso de arriba.

En una comunidad de vecinos es lógico pensar que haya personas residiendo en el piso de al lado, en el piso de arriba, en el piso de abajo. Nuestro caso no es una excepción, aunque de forma más reducida, pues se trata de edificios de pocas unidades familiares, propietarios o inquilinos. Y por supuesto, sabíamos que arriba ya vivía alguien antes de que llegáramos. La cuestión es que no es coherente con lo que conocemos. Los que dicen que viven arriba se comportan de una manera que no parece encajar con lo que escuchamos en ocasiones. Para empezar, los que dicen vivir arriba son una familia de madre, padre y una hija, que a lo largo de estos cuatro años se ha ido convirtiendo en una adolescente; le queda rato todavía de furia, energía, angustia, rebeldía y todas esas cosas que parecen atravesar el páramo del crecimiento. Y al margen de esta sucinta explicación de la encantadora edad del despertar, lo que quería decir es que son una familia, en principio, corriente. Imagino que Tolstoi diría que lo es, al menos, a su manera.

Así es, los vemos salir del portal cuando nosotros entramos y parecen tranquilos, incluso tímidos, especialmente la madre y la hija, y también, podría decirse que colaborativos. Parecen ser respetuosos con el entorno. Los vemos integrarse en el pueblo con amabilidad y conciencia de pertenencia. En la piscina pequeña que tenemos, bajan la madre y la hija, una enormidad de mujer en el primer caso y una fina silueta en el segundo, ambas con caras circunspectas y concentradas en sus acciones, y se echan al agua con poca temeridad, con cautela, como si cada vez que se introdujeran en el fluido elemento sintieran la necesidad de medir las consecuencias. Lo hacen por la tarde, más bien al atardecer; lo hacían, porque ya va acabando el verano y aquí no hay quien moje un pie a estas alturas de la temporada, del mes de septiembre. Y, por otra parte, ya han extendido la lona sobre la cubeta. En cualquier caso, es digno de mención cómo se entretenían en el agua. Lleva la niña, que aún lo es quizás, sus figuritas de plástico, un delfín y una ballena y coge cada cual su figurita y las alzan en el aire y las enfrentan. Madre e hija se hablan y se susurran o comentan. No sé qué hacen realmente.

Y esta de arriba es un poco la historia de la familia que, presumiblemente, vive en el piso de arriba. Sin embargo, sucede algo extraordinario. Nosotros la mitad de las veces no oímos su trasegar en el techo. Estos son tabiques, separaciones endebles. Ya sabemos que las construcciones del presente tienen poco que ver con los gruesos muros de antes. Nos oímos unos a los otros. El cuarto de baño es el peor caso. Gracias o por culpa del hueco para la ventilación, la transmisión de todo tipo de sonidos es extraordinaria, la cisterna, la bajante, las cascadas de agua sobre el plato de ducha o la bañera, el abrir o cerrar de un grifo, el flujo en las cañerías y otras cosas más orgánicas. Nuestra suerte es vivir en un piso bajo, pero tenemos un piso encima de nosotros que debería reflejar la rutina de nuestros tímidos vecinos. Mucho me temo que no puedo decir que esto suceda. En su lugar, pasan los días sin que se oiga nada. Pasan las horas en un insólito silencio, salvo cuando se rompe, y cuando se rompe, ya te digo, sucede de una forma que nos inquieta.

Fantasma de pacotilla

Una anotación del 19 de agosto de 2025 que se mantuvo oculta por pereza.

Tengo mi propio espacio en línea para crear y para decir lo que se me venga a la cabeza, pero pocas ganas de publicarlo, incluso de abrir la entrada. Esto es algo del todo diferente a todo lo que he vivido anteriormente. Siento pereza incluso de revisar lo que se mueve en mi entorno. Me gusta saber que no es estático, que tiene sus corrientes de pensamiento, que hay quien comparte y se habla, intercambian emociones y experiencia y eso lo dice todo. Pero yo permanezco en mi huequito de exploración interna y de miradas al exterior con escaso escudriñamiento de lo que veo. Lo percibo como una historia que escapa de mis manos y eso es agradable. Cuánta posibilidad hay en ello.

Me muevo por el mundo como un fantasmita de pacotilla y lo acepto. No hace falta dármelas de espectro. Moldeo el tiempo a mi manera. Merodeo por las habitaciones de mi cabeza y busco la mejor orientación para cada estación del año, así como definir sus puntos cardinales, aunque estos se me resisten la mayoría de las veces. Podría imaginar dónde está el norte y dónde el sur; podría también seguir el curso del sol y definir el este y el oeste y de este modo ajustar el día y la noche y reservar un espacio para todo tipo de sueños, los que aparecen cuando duermo y los que aparecen cuando estoy despierta. Al menos diferenciarlos, aunque yo creo que se distinguen por un nivel de veracidad que corresponde solo a los que aparecen cuando duermo.