Te elijo a ti

(Aprox. 740 palabras)

Regañaron. Miraba a su hijo como si quisiera rescatarlo del olvido. Lo miró de nuevo y se detuvo el tiempo. Parpadeó y volvió a mirar. Atónita por lo que acababa de suceder; Amir ya no tenía veinte años, sino cinco.

El niño se sostenía sobre las rodillas y las palmas de las manos buscando un circuito por el que un coche de policía de playmobil atestado de pasajeros pokemon pudiera transitar. Ya no era ese ser que se le enfrentaba con cabellos de ángel adheridos al cráneo imitando a no se sabe qué cantante de rock de los 90. Con pantalones que desafiaban la ley de la gravedad más allá de unas nalgas escurridas, el hijo que ostentaba veinte años en su carnet de identidad, se había vuelto menudo de nuevo. Dolía verlo, al tiempo que paliaba las punzadas de nostalgia. Entonces compartían minutos de ocio en silencio. Ella le observaba convencida de su bienestar, él convencido de estar en el juego. La miró como si fuera cierto. Los enfrentamientos se reducían a una lucha de inmortales, de unos seres pequeños que se rendían sin remedio al capricho de su minúscula experiencia. Aquellos pokemon. “Hazte con todos”. Evoluciones cien mil. La madre se aprendió los nombres de la primera generación, la de su hijo. No era una pretensión, sino que junto a él se volvía pequeña ella también y compró el álbum para coleccionar todas las criaturas del universo Nintendo bajo el pretexto de que se lo pedía Amir, su pequeño.

Amir también le pidió que le comprara una bola de las que usaba el protagonista de la aventura para atraparlos. Una especie de esfera hueca circundada por una línea negra por la que se partía en dos hemisferios, blanco y rojo. Y ella se la compró. Si presionabas el botón situado en plena línea divisoria de la bola de plástico, y si sabías de antemano cuál de ellos necesitabas para plantar cara a la lucha entre entrenadores de pokemon, con una orden certera la bola se abría de par en par para dar paso a una furia de colores japoneses con explosión de símbolos gráficos incluido.

Amir se levantó de la alfombra hipnotizado por el trazado de su playmobil. Sacó la bola rojiblanca del abultado bolsillo, la alzó en el aire y chilló ahogando la emoción en la garganta:

—¡¡¡Geeengaaarrr, te elijo a ti!!!

Gengar, una bala morada con ojos rodeada de pinchos, salió disparado al espacio y aterrizó a un metro por delante del circuito, boca abajo. Como la madre estaba tumbada en el sofá, a veinte segundos de haber despertado de la siesta, pudo atisbar la cara distorsionada del muñeco que hacía esfuerzos por enderezarse sobre su cabeza abultada. Gengar era el amigo con el que Amir podía contar en cualquier fase de crecimiento; le valía para derrotar miedos, amenazas y caprichos. Se abrazaba a él y cuando lo hacía se olvidaba de la incorporación del extraño trasto a su pecho.

Amir seguía jugando, todo estaba en orden. Ella volvió a dormirse y soñó con uno de esos sueños donde la realidad es un peso bajo el que dormitan los ojos que no quieren despertar del engaño. Una voz desde lejos le preguntó, quién sabe, quizá fuera su propia voz:

“¿Y si viviera en una poké ball? ¿Y si viviera en el cuerpo morado de Gengar? ¿Y si fuera Gengar? ¿Y si fuera el juego favorito de Amir? ¿Cómo sería vivir en su bolsillo? ¿Cómo sería incrustarme en su pecho? Evolucionaría a una fase pokemon más fuerte, más poderoso, más valiente. Sería Gengar de sonrisa maliciosa, puercoespín de la muerte. Nada podría hacerme daño porque caminaría por la oscuridad como fantasma que envenena con su sombra. Además, y más importante, Iría con él al colegio, me elegiría a mí para atacar al enemigo, se ayudaría de mí para ganar la competición de entrenadores. Juntos seríamos uno, nada podría separarme de su suerte.”

Y de ese modo siguió soñando hasta regresar a la vida de hoy, en la que Amir, de frente a ella y con quince años de aumento, soltaba la mochila de regreso de la Universidad, donde agotaba las horas en su ausencia, se daba la vuelta y se encerraba en su cuarto ajeno a la ensoñación de su madre. Un instante antes del clic del pestillo, a ella le pareció ver cómo de la melena de ángel de su niño habían salido chispas de un pokemon desconocido.

©Olga (Peregrina) — Julio 2016

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