Tea y el gigante de piedra

(Aprox. 1200 palabras)

Allá en el verano de algún año pasado, los residentes de la pequeña población donde vivía Tea podían disfrutar de la piscina que tenían en común.

Por el mes de julio el sol caminaba erguido; las moscas hacían un vuelo controlado y no se pegaban a los almuerzos de las toallas; el aire olía a cloro, aceite de coco y lavanda; el eco de las voces ociosas atravesaba las copas de los árboles, y las chicharras de los arbustos se dejaban oír si se les prestaba la suficiente atención desde una posición horizontal en la hierba.

La novedad se presentó un día con la instalación del nuevo trampolín de cemento que se elevaba a dos metros por encima del nivel del agua. Tea, que cumplió doce años aquella misma mañana y quería celebrarlo, se apresuró a ser la primera para estrenarlo. El resto respetó su impulso.

La subida a ciegas fue ágil, pero al encontrarse en la cima frente al enorme socavón en el aire, se pegó a uno de los arcos superiores del pasamanos. Otros niños, de entre diez y doce años, como cachorros de hiena alrededor de su primera comida, se hacinaban a los pies de la escalera, y alguno ya iba subiendo con manos y pies de mono, mientras Tea seguía pegada al calor del acero.

—¡Tírate! ¡Vamos, tírate!

Cuanto más le gritaban, más se aferraba a la barandilla.

—¡Vamos, tírate! ¡Vamos!

El niño apoderado del último peldaño le enseñaba los dientes hasta las encías y luego siseaba al grupo de hienas que le iban comiendo los talones.

—¡Bájate! ¡Bájate ya! ¡Lo estás haciendo aposta! ¡Lo estás haciendo aposta!

Tea no vio el modo de atender aquellas exigencias. Y es que el primero de los pies de mono no entendía que para que ella bajara, él tendría que hacerlo antes.

Como los gritos iban en aumento, al chico que hacía de socorrista no le quedó otro remedio que abandonar su silla para averiguar el problema y resolverlo.

—¿Te vas a tirar o no?

—No —contestó Tea sin saber quién le hablaba, aunque supo que no era ninguno de sus compañeros.

—Pues si no vas a tirarte, deja que lo hagan los demás.

—No puedo. No me dejan pasar.

—A ver, vamos a retirarnos todos.

Entonces se oyeron los gemidos de las hienas y la fricción de los pies sobre el metal de los monos que al tiempo que descendían rezongaban con gruñidos. Al cabo de unos segundos, apareció la cabeza del socorrista.

—Vamos, dame la mano. Si no vas a tirarte, ¿por qué te subes?

Tea le dio la mano, exploró el extremo de la tabla con andar de pato, y de espaldas a la escalera, se dejó coger por la cintura hasta asegurarse de que sus pies pisaran un lugar firme.

Después de aquello, Tea se quedó a contemplar cada día cómo otros trepaban y caminaban por la superficie sin perder el equilibrio; cómo sus brazos y piernas se agitaban como aspas hasta las últimas consecuencias; cómo sus cuerpos volaban, levitaban como hojas, se plegaban contra las rodillas, creaban piruetas grotescas y resquebrajaban la superficie del agua o la penetraban con clavados recién aprendidos. Tea lo veía todo desde el bordillo de la piscina, o desde la toalla, y prefirió que nunca hubieran instalado aquel monstruo de piedra que le daba la espalda desafiante.

Llegó agosto. Los compañeros de Tea se fueron de vacaciones y ella se quedó conviviendo con el olor a cloro y con la hierba mojada por los aspersores de primera hora de la mañana. Era como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor y así jugaba, a la sombra de un árbol, sobre su toalla, montando cartas en un solitario, emparejando los palos de forma sistemática. Otras se sentaba en el borde de la piscina, mojaba los pies y regresaba para tumbarse de nuevo.

Un día en el que empezó a levantar un castillo sobre los naipes, le pareció que el coro de chicharras cantaba de forma inusual. Se manoteó las orejas para despejar el sonido, pero este persistía y se hacía más intenso. Levantó los ojos y vio el trampolín. Se le hizo como un gigante de piedra que le mostraba su retaguardia, mientras que las curvas del pasamanos en lo alto lanzaban destellos como los de una almenara. Tea decidió acortar distancias con su rival. Empezó a merodear por las escaleras. Subía dos peldaños y bajaba uno. Hacía que encontraba algo en el suelo y se acuclillaba para mirarlo con detenimiento. Paseaba a su alrededor, hasta que finalmente volvió a su toalla, donde continuó elevando el castillo con las cartas. Y en esto estaba cuando, de pronto, boleó la mano por delante de la construcción y la abatió. Acto seguido, se levantó, se acercó a las escaleras y comenzó a trepar.

Trepó y siguió trepando. Se alzó por encima de la tabla y apoyó los brazos en la superficie que empezaba a calentarse demasiado. Las llamas del pasamanos la deslumbraron, pero recuperó la visión y vio de nuevo el vasto foso en el aire que el primer día le había paralizado.

—¡Eh, chica!

Tea supo que alguien la llamaba, pero no podía darse la vuelta.

—¿Me oyes? Déjame que suba primero para echarle un poco de agua. Te vas a quemar los pies.

Tea se atrevió a mirar por encima del hombro hacia abajo y vio al socorrista, que no era el mismo de antes. Aquel hombre llevaba puestas unas gafas de espejo y tenía la piel tan curtida por el sol que parecía hecha de escamas duras. De una de las manos le colgaba un cubo de agua. Tea se aferró al pasamanos mientras sus pies tanteaban los peldaños para bajar. Ya en el suelo miró al socorrista y este le devolvió la imagen de un ser diminuto en cada una de sus lentes reflectantes.

—Si quieres pisar ahí arriba, es mejor que le echemos un poco de agua. Déjame que suba primero.

El hombre reptó la escalera portando el cubo con destreza y, una vez arriba, derramó el contenido por la superficie. El líquido sobrante cayó por los laterales en una pequeña cascada. A su regreso, junto a Tea, se levantó las gafas de sol por encima de la frente y entonces asomaron dos pedruscos verdes engastados bajo unos párpados cansados y severos.

—Quieres subir, ¿no? Quieres tirarte.

—Sí.

—Bueno, pues ahí lo tienes. Pero te digo una cosa, no tienes por qué hacerlo si no quieres. No significa nada.

Y diciendo esto último, el socorrista se volvió a poner las gafas y se alejó con la sombra incrustada entre las escamas.

Tea se quedó un buen rato esperando y no sabía qué esperaba. Las chicharras retomaron su canto con estridencia. El olor a cloro le despejó la nariz y el de la hierba sobre tierra mojada le recordó que podía regresar a su toalla con su juego de cartas. Así de sencillo. Pero no; Tea decidió hacer lo contrario. Subió con pasos ágiles la escalera y traspasó las llamas de la almenara. Sintió el aire estrellándose contra su cara y los pies adheridos a la superficie rocosa. Estaba montada sobre la cabeza de un gigante y este no parecía quejarse de su imprudencia. Extendió los brazos para atrapar el vacío, pero no había nada. Y eso era lo mejor. No había nada. Nada podía hacerle daño.

—Por eso. Si no quiero, no lo hago —se dijo.

Y sin tener en cuenta la distancia que mediaba entre el foso y el mundo que no podía alcanzar con los dedos, la chica avanzó hasta el final de la tabla.

©Olga (Peregrina) — Noviembre 2018

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